Fábulas de Esopo
Fabulista griego. Según una tradición muy
difundida, nació en Frigia, Así, se cuenta que
Esopo fue esclavo de un tal Jadmón o Janto de
Samos, que le dio la libertad. Y que viajó mucho
con su amo, el filósofo Janto. Las fábulas a él
atribuidas, conocidas como Fábulas esópicas,
fueron reunidas por Demetrio de Falero hacia el
300 a.C. Se trata de breves narraciones
protagonizadas por animales, de carácter
alegórico y contenido moral, que ejercieron una
gran influencia en la literatura de la Edad Media y
el Renacimiento.
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El león, Prometeo y el elefante
No dejaba un león de quejarse ante
Prometeo diciéndole:
-- Tu me hiciste bien fuerte y hermoso,
dotado de mandíbulas con buenos
colmillos y poderosas garras en las
patas, y soy el más dominante de los
animales. Sin embargo le tengo un gran
temor al gallo.
-- ¿ Por qué me acusas tan a la ligera?
¿ No estás satisfecho con todas las
ventajas físicas que te he dado?
Lo que flaquea es tu espíritu.
Replicó Prometeo.
Siguió el león deplorando su situación,
juzgándose de pusilánime. Decidió
entonces poner fin a su vida.
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Se encontraba en esta situación cuando
llegó el elefante,
se saludaron y comenzaron a charlar.
Observó el león que el elefante movía
constantemente sus orejas,
por lo que le preguntó la causa.
-- ¿Ves ese minúsculo insecto que zumba a
mi alrededor?--respondió el elefante --,
pues si logra ingresar dentro de mi oído,
estoy perdido.
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Entonces se dijo el
león: ¿No sería
insensato dejarme
morir, siendo yo
mucho más fuerte y
poderoso que el
elefante, así como
mucho más fuerte y
poderoso es el gallo
con el mosquito?
Muchas veces, muy pequeñas molestias nos hacen olvidar las
grandezas que poseemos.
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Cuántos de
nosotros andamos
aturdimos con
pequeñas
preocupaciones, sin
darnos cuenta que
otros tienen otras
mayores.
La vida es una lucha y un eterno saltar obstáculos. No
enfrentarlos es envejecer derrotados y aturdidos en el
recuerdo de no haberlos vencido.
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No nos hace falta ni ser leones, ni ser elefantes ni enfrentarnos a gallos y
mucho menos a mosquitos. Necesitamos ser nosotros mismos. Para ello
hay que creer en Dios, que todo lo puede. Creer en nosotros mismos,
lugar del valor y creer en los demás, para observar en la cotidianidad los
vaivenes de la vida que al igual que el columpio se mecen de un lado a
otro.
Entonces, aunque se ruja con voz muy fuerte
siempre seremos débiles y necesitados.
Aunque se pise con pie grande siempre dejaremos
la huella para que nos encuentren.
Y aunque gallos que pretendamos afirmar que con
nuestro canto amanece, siempre seremos mosquitos que
finalizan el zumbido al mes de nacido.
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