Seminario basado en el libro
“THE NEW DARE TO DISCIPLINE”
del Dr. James Dobson
Los métodos y las filosofías
sobre la disciplina han sido punto
de acalorados debates y
desacuerdos a los largo de los
últimos setenta años. En el drama
han intervenido por igual
psicólogos, pediatras y
catedráticos universitarios, todos
diciéndoles a los padres cómo
criar correctamente a sus niños.
Lamentablemente, muchos
de estos “expertos”
directamente se han
contradecido entre sí,
difundiendo más conflicto
que luz acerca de un tema
de enorme importancia
Tal vez por eso el péndulo pasa de un
lado a otro regularmente, por un lado
el rudo y opresor y por otro la
permisividad sin estructura que
vimos a mediados del siglo XX.
Ya es hora de que nos percatemos de
que ambos extremos dejan sus
cicatrices en la vida de las jóvenes
víctimas, y resulta difícil decir cuál de
los dos es más dañino.
En el extremo del espectro
donde se toma una postura
opresora, el niño sufre la
humillación de una
dominación total. La
atmósfera es fría y rígida y
vive en constante temor.
Es incapaz de tomar
sus propias
decisiones y su
personalidad queda
aplastada bajo la bota
de la autoridad de sus
padres.
Mayor preocupación producen
los niños y niñas que se ven
sometidos al maltrato físico y
emocional.
Es difícil de creer lo crueles que
pueden ser algunas madres y
padres con su hijo o hija
indefensos y asustados, quienes
no entienden por qué se les odia.
Un padre terrible que constantemente
envolvía la cabeza de su hijo pequeño en
la sábana que el niño había mojado la
noche anterior. Luego embutía al
chiquitín de cabeza en la taza del
inodoro, a modo de castigo.
Una madre enloquecida que, con una
navajilla de afeitar, le arrancó los ojos a
su hija. Pobre niña, ciega para toda la
vida.
Estos son algunos ejemplos verídicos
Hay otras formas de maltrato, que no
están fuera de la ley. Se los hace
sutilmente. Pueden ser castigos
injustos, o algunos “castigos
corporales”, como el tener la rutina
de golpear al niño, abofetearlo,
patearlo o tirarlo al suelo.
Hay otra gama de conductas
humillantes que realiza una madre o
un padre, haciendo que el muchacho
se sienta tonto y raro y no amado.
Afirmamos con el mayor énfasis que
las formas de disciplina agresiva,
pertinaz, que genera servilismo,
destructivas para los niños y no debe
tolerarse. Un niño puede quedar
dañado de por vida.
Más adelante veremos la forma
correcta y juiciosa del castigo
corporal en ciertas circunstancias y
límites; ¡No el maltrato y el abuso!
Debemos tomar nota, como se
indicó anteriormente que el
extremo opuesto es también
perjudicial para los niños.
Ante la ausencia de la
autoridad de los adultos, el
niño se convierte en su propio
amo desde su más tierna
infancia.
Piensa que el mundo
gira alrededor de su
caprichoso imperio y
con frecuencia muestra
absoluto desprecio y
falta de respeto por
quienes están más cerca
de él.
La anarquía y el caos reinan en
su hogar y su madre suele ser la
mujer mas nerviosa y frustrada
del barrio.
Cuando el niño es pequeño, la
madre se queda confinada en la
casa porque le da demasiada
vergüenza llevar su pequeño hijo
colérico a alguna parte.
Muchos profesionales que en
años recientes han ofrecido
sus opiniones sobre el tema
de la disciplina han
confundido a los padres,
despojándolos de la
capacidad de gobernar en su
propio hogar.
No han logrado reconocer
que la mayoría de los
pequeños desean gobernar
sus propias vidas y
prevalecer en la contienda
de voluntades que
típicamente de da entre una
generación y otra.
Por ejemplo un tal doctor Luther
Woodward, en su libro “ Your
Child from Two to Five” (Su niño
de dos a cinco años), a mediados
del siglo veinte aconsejaba a los
padres a cruzarse de brazos en la
educación de los hijos, ya que
según él, ellos solos van a
comenzar en algún momento a
portarse bien. Solo es cuestión de
paciencia y comprensión.
La cosa no es así de simple.
Si deseamos que los niños
sean amables, agradecidos
y agradables, esas
cualidades hay que
enseñarles, en vez de
simplemente tener la vaga
esperanza.
Si queremos ver en
nuestros hijos cualidades
como honradez, honestidad
y generosidad, entonces
esas características deben
ser objetivos conscientes
de nuestro proceso de
instrucción en su infancia.
El argumento es evidente
la herencia genética
no equipa al niño con
aptitudes apropiadas;
los niños aprenden lo
que se les enseña
No debemos esperar
que la conducta
anhelada aparezca por
arte de magia, si no
hemos hecho nuestra
tarea desde el
principio.
La clase de consejo que el doctor
Woodward y otros han ofrecido a
madres y padres a lo largo de los
años, ha conducido a una especie
de parálisis en la forma de criar a
sus niños. Al no contar con el
“permiso” para intervenir y dirigir,
los padres y madres quedaron
únicamente con su enojo y
frustración, como reacción a la
conducta desafiante.
Si ambos extremos son
perjudiciales, la excesiva rigidez
y la permisividad, ¿cómo
encontramos la seguridad de un
punto intermedio?
Sin duda hay una filosofía lógica
y razonable sobre la crianza de
los niños, que podrá orientar
nuestras interacciones cotidianas
en el hogar.
¿No será posible que a los
científicos del campo social se
les ocurra un plan de juego
realizable?
Creemos que la comunidad
científica no es la mejor
fuente de información acerca
de técnicas apropiadas del
papel de padres.
Desde luego se han
hecho investigaciones
importantes. Pero el
tema de las relaciones
entre padres e hijos es
increíblemente
complicado y sutil.
La mejor fuente de
orientación para los padres
se puede hallar en la
sabiduría de la ética
judeocristiana, que tuvo su
origen en el propio Creador
y luego fue transmitida de
generación en generación,
desde los tiempos de Cristo
Hace cien años, cuando nacía un
bebé, las tías, las hermanas y las
abuelas venían a enseñarle a la
nueva madre cómo cuidar de su
hijo. Lo que estaban haciendo era
transmitir la sabiduría tradicional –
el legado – a la siguiente
generación, realizando
posteriormente el mismo servicio
para los recién llegados al
vecindario.
Ese sistema funcionó
bastante bien hasta la época
de 1920 y un poco después.
Pero entonces la cultura
comenzó lentamente a
perder confianza en esa
tradición y pasar su lealtad
mas bien a los “expertos”.
J. B. Watson experto en
comportamiento humano fue
uno de los primeros y más
influyentes guías que
aparecieron. Ofrecía lo que le
llamaba un método infalible,
para la crianza de los niños y
las madres se tragaron el
anzuelo, el hilo y la caña.
Con sólo que siguieran su
consejo, decía él, ellas
podrían producir cualquier
clase de niño que
quisieran… “un médico, un
pintor, un jurista elocuente,
un empresario, y ¡claro,
hasta un mendigo o un
delincuente!”
Watson aconsejaba: “Nunca los
abrace, ni los bese, nunca los deje
mecer en su regazo. A lo mucho,
béselos una sola vez en la frente
cuando se van a acostar. Por la
mañana dense un apretón de
manos… Recuerde, cuando usted
sienta la tentación de mimar a su
niño, que el amor materno es un
instrumento peligroso”
Hoy en día este consejo del
doctor Watson nos parece un
verdadero absurdo y en efecto
eso es exactamente lo que es.
Incluso es difícil de creer que
alguien hubiera dado crédito a un
consejo así en 1928. Aun así
Watson fue enormemente popular
en su tiempo y sus libros se
vendieron por millones.
Luego vinieron los doctores
Sigmund Freud, Benjamín
Spock, A. S. Neill, Tom Gordon,
Ruth Westheirmer, Phil
Donahue, Oprah Winfrey, y
revistas para amas de casa y
por último un periódico para
“mentes inquietas que quieren
saber”… Y con cada consejo
nuevo y extraño.
El propósito principal de este
seminario ha sido consignar
para la posteridad el concepto
judeocristiano de la paternidad,
que ha servido de guía a
millones de madres y padres
durante siglos.
Este concepto demostrará ser
exitoso también en su familia.
Entonces…
comencemos a
examinar cinco
fundamentos de la
crianza de niños
basados en el sentido
común:
Es imperativo que el niño
aprenda a respetar a sus
padres, no para satisfacer
su ego, sino porque su
relación con ellos sirve de
base en su trato con el
resto de la gente en el
futuro.
Su modo de ver la autoridad de
los padres en los primeros
años se convierte en la piedra
angular para su actitud futura
ante la autoridad escolar, los
funcionarios de la ley, los jefes
y otras personas con quienes
en algún momento va a
convivir y trabajar.
El respeto a los padres debe
mantenerse por otra razón
igualmente importante. Si usted
quiere que su hijo acepte sus
valores cuando llegue a la
adolescencia, entonces usted
debe hacerse digno de su
respeto durante sus primeros
años.
Cuando su hijo logra
exitosamente desafiar a sus
padres durante sus primeros
quince años, riéndose de
ellos en su cara y
burlándose con terquedad
de su autoridad, va
formándose un desprecio
natural hacia ellos.
“¡Esos viejos tontos de mamá y
papá! Me los eché al bolsillo.
Claro que me quieren, pero en
realidad creo que me tienen
miedo.” Es posible que un niño
no articule esas palabras, pero
las siente cada vez que
demuestre ser más astuto que
sus padres y cada vez que gana
las confrontaciones y peleas.
Mas adelante es probable
que demuestre su falta de
respeto en formas más
descaradas. Al considerar
que sus padres son indignos
de su respeto, muy bien
puede rechazar todo vestigio
de la filosofía y la fe que
ellos tienen.
Este factor es también
de vital importancia
para los padres
cristianos que quieren
transmitir a sus hijos e
hijas el amor que ellos
tienen por Jesucristo.
Porque los niños pequeños
típicamente identifican a sus
padres – y especialmente a su
papá – con Dios.
Por consiguiente, si la mamá o el
papá no son dignos de respeto,
entonces tampoco lo son su
moral, su patria, sus valores y
creencias y ni siquiera su fe.
Dios nos ha dado la tarea de
representarlo a Él durante los
años formativos de la
paternidad. Por eso resulta tan
fundamental que pongamos a
nuestros niños en contacto
con los dos rasgos
predominantes de Dios: su
profundo amor y su justicia.
Si amamos a nuestros hijos,
pero les permitimos que nos
traten sin respeto ni
consideración, habremos
distorsionado su comprensión
del Padre. Por otro lado, si
ejercemos una disciplina rígida
sin mostrar amor, habremos
empujado la balanza en la otra
dirección.
La cuestión de respeto también es
útil para orientar a los padres en
su interpretación de una conducta
determinada. Ante todo, decidir si
un acto indeseable representa un
desafío directo a su autoridad, a su
posición directiva como padre o
madre. La forma de acción
disciplinaria que emprendan debe
depender del resultado de esa
evaluación
Por ejemplo, supongamos que Luisito
está jugando en la sala y tropieza con
una mesa, quebrando muchas tazas de
porcelana, caras y otros objetos. O
supongamos que Clara pierde su
bicicleta o deja la cafetera de su mamá
afuera bajo la lluvia. Estos son actos
irresponsabilidad infantil y deben ser
tratados como tales. Quizá el padre o la
madre dejará pasar por alto el
acontecimiento, o tal vez pondrá a su hijo
a trabajar para pagar las pérdidas, según
su edad y madurez, por supuesto.
Sin embargo, estos ejemplos no
constituyen desafíos directos a la
autoridad. No derivan de una
desobediencia deliberada y altanera, y por
lo tanto, no deben ocasionar castigos
serios.
Las nalgadas (de lo cual trataremos
después) deben ser reservarse para el
momento en que un niño (entre la edad de
un año y medio hasta diez años) expresa a
sus padres en forma desafiante: “¡No lo
voy a hacer!” o “¡Cállense la boca!”
Cuando los pequeños transmiten esa
clase de rebeldía pertinaz, uno debe
estar dispuesto a responder al desafío.
Cuando tiene lugar una confrontación
cara a cara entre usted y su hijo, no es
hora de conversar sobre las virtudes de
la obediencia. No es la ocasión para
mandarlo a su dormitorio a hacer
pucheros. Tampoco es apropiado
postergar las medidas disciplinarias
hasta que su cónyuge regrese cansado
del trabajo.
Usted ha trazado una línea en el suelo,
y el niño deliberadamente, ha
extendido el piececito al otro lado de
ella. ¿Quién va a ganar?, ¿Quién es
más valiente? ¿Quién manda aquí? Si
usted responde en forma terminante a
esas preguntas, a sus niños de
voluntad fuerte, ellos precipitarán
otros confrontamientos diseñados
especialmente para plantear las
mismas preguntas, una y otra vez.
La máxima paradoja de
la infancia es que los
pequeños quieren ser
guiados, pero insisten
en que sus padres se
ganen el derecho a
guiarlos.
Cuando las madres y los
padres se quedan sin
asumir el mando, en
momentos de desafío,
crean para sí mismos y
para la familia, lo que
puede ser, toda una vida
de pesadumbre.
Para que el respeto funcione, debe ser
recíproco. Los padres no pueden exigir
que sus hijos los traten con dignidad, si no
están dispuestos a hacer lo mismo a
cambio. Los padres deben tratar con
cortesía a sus niños, sin humillarlos ni
avergonzarlos, jamás frente a sus amigos.
Por lo general, la disciplina debe
administrase lejos de los ojos curiosos de
quienes gozan en contemplar eso. No hay
que reírse de los niños si eso los hace
sentirse incómodos.
Sus profundos sentimientos y
solicitudes, aunque parezcan
tontos, deben ser objeto de una
apreciación sincera. Ellos deben
sentir de sus padres: “realmente sí
se interesan por mí”. El amor
propio es el atributo más frágil de la
naturaleza humana. Puede ser
dañado por incidentes menores, y
su reconstrucción suele ser difícil
de realizar.
Antes de dejar el tema del respeto,
digamos algunas cosas respecto a ese
maravilloso tiempo de la vida que se
conoce como la EDAD DE LAS
TRAVESURAS. Comienza con un
estallido (por ejemplo una lámpara o
un florero de porcelana que se rompe
en mil pedazos) más o menos al año y
medio de edad y avanza lleno de
emociones y acontecimientos más o
menos hasta el tercer cumpleaños.
Un niño de esa edad es el
enemigo más empedernido de la
ley y del orden y cree que el
universo da vueltas alrededor
de él. Con su propio estilito
simpático, resulta curioso,
encantador, divertido, adorable
y emocionante… pero también
egoísta y exigente, rebelde y
destructivo.
Los padres y madres que hacen
todo correctamente al manejar a
estos preciosos bebés, aun así
es probable que les resulten
difíciles de controlar. Por esa
razón los padres no deben
abrigar la esperanza de hacer
que sus niños de dos años
actúen como niños más
maduros.
Una mano firme pero
paciente logrará, con el
tiempo apaciguar al
pequeño anarquista,
pero probablemente no
antes de que cumpla
tres o cuatro años.
Lamentablemente, sin embargo, la
actitud del niño para con la
autoridad puede ser perjudicada
gravemente durante la edad de las
travesuras. Los padres y madres
que sienten tanto cariño por esa
graciosa personita amada, pero no
se atreven a correr el riesgo de
contradecirlo, pueden perder el
control sobre él para no recuperarlo
jamás.
Cuando los padres pierden
confrontaciones tempranas con
sus hijos, los conflictos
posteriores se vuelven difíciles de
ganar. Los padres que son
demasiado débiles o que están
demasiado cansados u ocupados
como para ganar, cometen un
costoso error que les acosará
durante la adolescencia de su hijo.
Si usted no puede hacer que un
niño de cinco años recoja sus
juguetes, es poco probable que
vaya a ejercer mucho control
durante la etapa más desafiante de
su vida.
Es importante entender que la
adolescencia es una condensación
o compendio de toda la instrucción
y la conducta que le han precedido.
Dijo el Pediatra Bill
Slonecker: “Si la
educación comienza el
segundo día de vida,
ya lleva usted un día
de retraso”
Hay algunas formas de conducta
rebelde que son claramente
diferentes en su origen, de ese
desafío “insolente” que hemos
venido describiendo. El
antagonismo de un niño y su terco
negativismo pueden emanar de la
frustración, la desilusión o el
rechazo y deben interpretarse como
señal de advertencia a la que hay
que prestar atención.
Tal vez la tarea más difícil del
papel de padres estriba en
discernir la diferencia entre esas
dos motivaciones distintas.
La conducta resistente de un
niño envía siempre un mensaje
para sus padres, que ellos
deben descifrar antes de
reaccionar:
“¿Son ustedes los que
mandan o yo?” En ese
caso, lo apropiado es
una respuesta clara que
desanime todo intento
futuro de derrocar el
gobierno constituido del
hogar.
Por otro lado, el antagonismo de
pequeño puede ser su modo de decir:
“Me siento poco amado, ahora
apareció el obstáculo de ese
hermanito, el bebé gritón. Antes
mamá se ocupaba de mí; ahora nadie
me quiere. Detesto a todo el mundo.”
Cuando es este tipo de significado lo
que subyace a la rebeldía, los padres
deben tomar medidas cuanto antes
para apaciguar su causa.
Los padres más eficientes son
los que tienen la destreza de
penetrar en la mente de su hijo,
viendo lo que ve, pensando lo
que piensa, sintiendo lo que
siente.
El arte de ser buenos padres gira
en torno a la interpretación del
significado que está detrás de la
conducta.
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