Violencia
Intrafamiliar
INDICE
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¿Qué es?
Formas de Violencia
Causas de La Violencia
Causas de la violencia II parte
Consecuencias
Consecuencias II parte
Factores de Riesgo
Factores de riesgo II parte
Categorías de Violencia
Categorías de violencia II parte
• Clasificación de Violencias
• Clasificación de violencia II parte
• Efectos
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Indicadores de Violencia
Indicadores de violencia II parte
La Victima
La victima II parte
El Agresor
El agresor II parte
El agresor III parte
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La Rehabilitación
Medidas de Protección
Medidas de protección II parte
Medidas de protección III parte
Gracias por su atención
• Imágenes sobre la Violencia Intrafamiliar
I
¿Qué es?
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Por violencia intrafamiliar nos referimos a todas las situaciones o formas de abuso de
poder o maltrato (físico o psicológico) de un miembro de la familia sobre otro o que se
desarrollan en el contexto de las relaciones familiares y que ocasionan diversos niveles de
daño a las víctimas de esos abusos.
Puede manifestarse a través de golpes, insultos, manejo económico, amenazas, chantajes,
control, abuso sexual, aislamiento de familiares y amistades, prohibiciones, abandono
afectivo, humillaciones o al no respetar las opiniones, son estas las formas en que se
expresa la violencia intrafamiliar, comúnmente en las relaciones de abuso suelen
encontrarse combinadas, generándose daño como consecuencia de una o varios tipos de
maltrato.
Quienes la sufren se encuentran principalmente en los grupos definidos culturalmente
como los sectores con menor poder dentro de la estructura jerárquica de la familia, donde
las variables de género y generación (edad) han sido decisivas para establecer la
distribución del poder en el contexto de la cultura patriarcal. De esta manera las mujeres,
los menores de edad (niños y niñas) y a los ancianos se identifican como los miembros de
estos grupos en riesgo o víctimas más frecuentes, a quienes se agregan los discapacitados
(físicos y mentales) por su particular condición de vulnerabilidad. Los actos de violencia
dirigidos hacia cada uno de ellos constituyen las diferentes categorías de la violencia
intrafamiliar.
Si bien muchas acciones de violencia intrafamiliar son evidentes, otras pueden pasar
desapercibidas, lo fundamental para identificarla es determinar si la pareja o familia usa la
violencia como mecanismo para enfrentar y resolver las diferencias de opinión. Un ejemplo
frecuente es una familia donde cada vez que dos de sus integrantes tienen diferencias de
opinión, uno le grita o golpea al otro para lograr que "le haga caso" (sea niño, adulto o
anciano el que resulte agredido).
I
Formas de Violencia
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Algunas acciones de maltrato entre los miembros de la familia son evidentes,
generalmente las de que tienen implicancia física, otras pueden pasar desapercibidas,
sin embargo todas dejan profundas secuelas. la violencia intrafamiliar puede adoptar
una o varias de las siguientes formas: violencia física, violencia psicológica, abandono,
abuso sexual y abuso económico.
Violencia física
• La violencia, maltrato o abuso físico es la forma más obvia de violencia, de manera
general se puede definir como toda acción de agresión no accidental en la que se
utiliza la fuerza física, alguna parte del cuerpo (puños, pies, etc.), objeto, arma o
sustancia con la que se causa daño físico o enfermedad a un miembro de la familia. La
intensidad puede variar desde lesiones como hematomas, quemaduras y fracturas,
causadas por empujones, bofetadas, puñetazos, patadas o golpes con objetos, hasta
lesiones internas e incluso la muerte.
Violencia psicológica
• La violencia psicológica o emocional, de manera general, se puede definir como un
conjunto de comportamientos que produce daño o trastorno psicológico o emocional
a un miembro de la familia. La violencia psicológica no produce un traumatismo de
manera inmediata sino que es un daño que se va acentuando, creciendo y
consolidando en el tiempo. Tienen por objeto intimidar y/o controlar a la víctima la
que, sometida a este clima emocional, sufre una progresiva debilitación psicológica y
presenta cuadros depresivos que en su grado máximo pueden desembocar en el
suicidio.
• Algunas de estas acciones son obvias, otras muy sutiles y difíciles de detectar, sin
embargo todas dejan secuelas. Un caso particular de este tipo de abuso son los
niños testigos de la violencia entre sus padres, los que sufren similares consecuencias
y trastornos a los sometidos a abusos de manera directa.
I
Causas de La Violencia
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La causa de la aparición y mantención de la violencia intrafamiliar es compleja y
multifactorial, se relacionan con ella actitudes socioculturales como la desigualdad de
género, las condiciones sociales, conflictos familiares, conyugales y los aspectos
biográficos como la personalidad e historia de abusos en la familia de origen.
La historia nos muestra que las formas de maltrato familiar existieron desde la antigüedad
en diversas culturas donde los hijos eran considerados propiedad privada de los padres,
estos tenían derecho sobre su vida y muerte, pudiendo decretar además su estado de
libertad o esclavitud.
Derechos similares poseían los hombres sobre las mujeres, las que se encontraban
ancladas en relaciones de sumisión y dependencia con un limitado rol a nivel social y donde
la violencia masculina era aceptada y tolerada por la sociedad e incluso por la mujer.
La violencia ha sido y es utilizada como un instrumento de poder y dominio del fuerte
frente al débil, del adulto frente al niño, del hombre frente a la mujer, su meta es ejercer
control sobre la conducta del otro, lo cual se evidencia en los objetivos como "disciplinar",
"educar", "hacer entrar en razón", "poner límites", "proteger", "tranquilizar", etc., con que
quienes ejercen violencia y también muchas víctimas intentan justificarla.
La estructuración de jerarquías que avalan el uso de la fuerza como forma de ejercicio del
poder es uno de los ejes conceptuales del proceso de naturalización de la violencia el cual
históricamente ha dificultado su comprensión y reconocimiento al instaurar pautas
culturales que permiten una percepción social de la violencia como natural y legítima
favoreciendo su mantención.
I
• La naturalización de la violencia suele materializarse en expresiones populares o
mitos que recogen la pauta cultural. La fuerza del mito radica en que es
invulnerable a las pruebas racionales que lo desmienten, de ese modo las víctimas
suelen quedar atrapadas en medio de un consenso social que las culpabiliza y les
impide ser concientes de sus derechos y del modo en que están siendo
vulnerados.
• Las instituciones no son ajenas a la construcción de significados que
estructuran nuestro modo de percibir la realidad y contribuyen a naturalizar la
violencia, pasaron siglos antes de que existieran leyes de protección a las
víctimas; las instituciones educativas durante gran parte de la historia utilizaron
métodos disciplinarios que incluían el castigo físico; en variadas organizaciones
se resisten aún a reconocer el efecto de la violencia sobre la salud física y
psicológica de las personas; los medios de comunicación continúan exhibiendo
violencia cotidianamente.
• Todo ello, junto a la transmisión de los estereotipos de género a lo cual también
contribuye la familia, forma un conjunto de acciones y omisiones que tiene como
resultado la percepción de la violencia como un modo natural de resolver
conflictos interpersonales y sienta las bases para el desequilibrio de poder que
se plantea en la constitución de sociedades privadas como el noviazgo, el
matrimonio y la convivencia.
• De igual forma, el proceso de invisibilización del problema de la violencia,
relacionado con variados obstáculos epistemológicos (fundamentos y métodos
del conocimiento científico) ha estructurado las dificultades para identificarla y
ha permitido perpetuarla.
• El proceso de invisibilización considera que para que un fenómeno resulte
visible deben existir inscripciones materiales que lo hagan perceptible, a su vez el
observador (en este caso el campo social) debe disponer de las herramientas o
instrumentos necesarios para percibirlo.
I
Consecuencias
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La gravedad de sus consecuencias físicas y psicológicas, tanto para la víctima como para la familia, hacen de la violencia intrafamiliar
un importante problema de salud con intensa repercusión social.
Para la víctima, las principales consecuencias a nivel físico son cefaleas, dolores de espalda, trastornos gastrointestinales,
disfunciones respiratorias, palpitaciones, hiperventilación y lesiones de todo tipo como traumatismos, heridas, quemaduras,
enfermedades de transmisión sexual y/o embarazos no deseados debido a relaciones sexuales forzadas, embarazos de riesgo y
abortos. Las mujeres maltratadas durante el embarazo tienen mas complicaciones (hemorragias, infecciones y otras) durante el
parto y post-parto y, generalmente, los bebés nacidos bajo esta situación tienden a ser de bajo peso o con trastornos que ponen
en riesgo su supervivencia y con secuelas que influyen en su crecimiento y desarrollo posterior. Por lo demás la violencia puede
acarrear para la víctima incluso consecuencias letales mediante el homicidio o el suicidio.
A nivel psicológico se generan efectos profundos tanto a corto como a largo plazo. La reacción inmediata suele ser de conmoción,
paralización temporal y negación de lo sucedido, seguidas de aturdimiento, desorientación y sentimientos de soledad, depresión,
vulnerabilidad e impotencia. Luego los sentimientos de la víctima pueden pasar del miedo a la rabia, de la tristeza a la euforia, de la
compasión de sí misma al sentimiento de culpa. A mediano plazo, pueden presentar ideas obsesivas, incapacidad para concentrarse,
insomnio, pesadillas, llanto incontrolado, mayor consumo de fármacos y adicciones.
También puede presentarse una reacción tardía descripta como Síndrome de Estrés Post-traumático, consiste en una serie de
trastornos emocionales, que no necesariamente aparecen temporalmente asociados con la situación que los originó, pero que
constituyen una secuela de situaciones traumáticas vividas, tales como haber estado sometida a situaciones de maltrato físico o
psicológico. Algunos de sus síntomas son: trastornos del sueño (pesadillas e insomnio), trastornos amnésicos, depresión, ansiedad,
sentimientos de culpa, trastornos por somatización, fobias y miedos diversos, disfunciones sexuales y el uso de la violencia hacia
otros como con los propios hijos.
A nivel social puede ocurrir un deterioro de las relaciones personales, aislamiento social y la pérdida del empleo debido al
incremento del ausentismo y a la disminución del rendimiento laboral.
Cuando la víctima sea un menor de edad, se generarán además trastornos del desarrollo físico y psicológico que pueden
desembocar en fugas del hogar, embarazo adolescente y prostitución. En el ámbito de la educación aumentará el ausentismo y la
deserción escolar, los trastornos de conducta y de aprendizaje y la violencia en el ámbito escolar.
Los hijos o menores que sin haber sido víctimas directas de la violencia la han presenciado como testigos sufrirán de igual forma
riesgos de alteración de su desarrollo integral, sentimientos de amenaza (su equilibrio emocional y su salud física están en peligro
ante la vivencia de escenas de violencia y tensión), dificultades de aprendizaje, dificultades en la socialización, adopción de
comportamientos violentos con los compañeros, mayor frecuencia de enfermedades psicosomáticas y otros trastornos
psicopatológicos secundarios.
A largo plazo estos menores presentarán una alta tolerancia a situaciones de violencia y probablemente serán adultos
maltratadores en el hogar y/o violentos en el medio social ya que es el comportamiento que han interiorizado como natural en su
proceso de socialización primaria, lo que llamamos violencia transgeneracional, En otros ámbitos de la realidad social los modelos
violentos en el contexto privado generan un problema de seguridad ciudadana, al aumentar la violencia social y juvenil, las conductas
antisociales, los homicidios, lesiones y los delitos sexuales. La economía se ve afectada al incrementarse el gasto en los sectores
salud, educación, seguridad y justicia y al disminuir la producción.
Para el agresor las principales consecuencias serán la incapacidad para vivir una intimidad gratificante con su pareja, el riesgo de
perder a su familia, principalmente esposa e hijos, el rechazo familiar y social, aislamiento y pérdida de reconocimiento social, riesgo
de detención y condena, sentimientos de fracaso, frustración o resentimiento y dificultad para pedir ayuda psicológica y
psiquiátrica.
I
Los efectos de la violencia pueden ubicarse en 6 (seis) niveles de acuerdo a la combinación de dos variables: el nivel de
amenaza percibido por la persona agredida y el grado de habitualidad de la conducta violenta (Sluzki, C., Violencia Familiar
y Violencia Política, Nuevos Paradigmas, Cultura y Subjetividad. Paidós, Buenos Aires, 1995.), estos son:
Disonancia cognitiva
Ataque o fuga
Inundación o Parálisis
Socialización cotidiana
Lavado de cerebro
Embotamiento o Sumisión
Disonancia cognitiva: Ocurre cuando se produce una situación de violencia de baja intensidad en un contexto o en un
momento inesperado (como la luna de miel). La reacción es de sorpresa, de imposibilidad de integrar el nuevo dato a la
experiencia propia.
Ataque o fuga: Ocurre cuando se produce una situación de violencia de alta intensidad de un modo abrupto e inesperado.
En estos casos se desencadena una reacción psicofisiológica de alerta, pudiendo reaccionar con una posición defensiva,
escapándose del lugar; u ofensiva, enfrentando la amenaza. La sorpresa obra a modo de disparador de conductas.
Inundación o Parálisis: Ocurre cuando se produce una situación de violencia extrema, que implica un alto riesgo percibido
para la integridad o la vida. La reacción puede incluir alteraciones del estado de conciencia, desorientación y ser el
antecedente para la posterior aparición del Síndrome de Estrés Post-traumático. Frecuentemente las víctimas relatan esta
experiencia de paralización frente a situaciones tales como amenazas con armas, intentos de estrangulamiento o violación
marital.
Socialización cotidiana: Ocurre cuando las situaciones de maltrato de baja intensidad se transforman en habituales, se
produce el fenómeno de la naturalización. Las víctimas, principalmente mujeres, se acostumbran a que no se tengan en cuenta
sus opiniones, que las decisiones importantes las tome el hombre, a ser humillada mediante bromas descalificadoras, etc.,
pasando todas estas experiencias a formar parte de una especie de telón de fondo cotidiano que tiene efecto anestesiante
ante la violencia.
Lavado de cerebro: Cuando las amenazas, coerciones y mensajes humillantes son intensos y persistentes, la víctima suele
incorporar esos mismos argumentos y sistemas de creencias como un modo defensivo frente a la amenaza potencial que
implicaría defenderse o refutarlos, cree que la obediencia automática la salvará del sufrimiento. Llegado a este punto, asume
y puede repetir ante quien intente ayudarla, que ella tiene toda la culpa, que se merece el trato que recibe, etc.
Embotamiento o Sumisión: Cuando las experiencias aterrorizantes son extremas y reiteradas, el efecto es un
"entumecimiento psíquico" en el que las víctimas se desconectan de sus propios sentimientos y se vuelven sumisas al extremo.
En estos casos, la justificación de la conducta del agresor y la autoinmolación alcanzan niveles máximos.
En todos los casos los efectos de la violencia intrafamiliar están acompañados por la sintomatología descrita a nivel físico y
psicológico, siendo visibles estas consecuencias a través de los indicadores o señales de maltrato.
I
Factores de Riesgo
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Existen factores de riesgo y situaciones de especial vulnerabilidad que explicarían por qué en
contextos similares, en ocasiones se producen situaciones de violencia y en otras no. La identificación
de estos factores, asociados con las distintas formas que adopta la violencia intrafamiliar resulta
decisiva a la hora de elaborar propuestas o realizar alguna intervención, tanto en lo que respecta a la
atención del problema como a su prevención. Los factores riesgo no son los causantes de la violencia
pero inciden en su aparición y mantención.
Si bien cualquier persona puede verse afectada por la violencia intrafamiliar, ya que esta se da en
todas las culturas, sin distinción de sexo, edad, raza, religión o clase social, el ser mujer, menor de edad,
discapacitado o adulto mayor y encontrarse en una relación de pareja con desequilibrio de poder o al
interior de una familia de estructura rígida, con un alto grado de control entre sus miembros y con
valores culturales que favorezcan una división jerárquica vertical y autocrática; supone un mayor riesgo
de sufrirla pues se es más vulnerable mientras menor poder se tiene dentro de la estructura jerárquica
familiar o al ser física y/o psicológicamente dependiente.
Aunque dado el bajo índice de detección, probablemente muchas víctimas de maltrato no respondan a
un perfil determinado, en la persona, principalmente mujer, con mayor riesgo de convertirse en víctima se
pueden encontrar características como: un bajo nivel cultural y educacional, baja autoestima, actitudes
de sumisión y dependencia debido a una concepción rígida y estereotipada del papel del hombre y la
mujer, nivel socioeconómico de pobreza (de gran relevancia en cuanto a medios y posibilidades para
poder escapar o no de una situación de violencia) y un aislamiento social que impide acceder a fuentes
de apoyo externas ya sean familiares o comunitarias; además podrían presentarse situaciones de
consumo o dependencia de alcohol o drogas.
El embarazo también suele representar una mayor proporción de riesgo, en muchas ocasiones el primer
episodio de agresión física ocurre en ese período pues el agresor lo percibe como una amenaza para su
dominio, esto genera un mayor número de abortos, complicaciones en el embarazo, partos prematuros y
retrasos en la asistencia.
El factor que más se relaciona con las mujeres maltratadas y a la vez uno de los más claramente
vinculados con la aparición de conductas agresivas en el hombre hace referencia a la historia, vivencias
de violencia o exposición a la misma que hayan tenido en la niñez o adolescencia, en sus respectivas
familias de origen, ya sea como víctimas directas de maltrato o como testigos de actos violentos. La
violencia puede transmitirse de una generación a otra al repetir modelos basados en pautas culturales
que mantienen la desigualdad entre los géneros y la legitiman, tanto en la crianza de los hijos, como en
las relaciones interpersonales y resolución de conflictos. Los varones tendrán más posibilidades de
convertirse en hombres violentos y las niñas en víctimas al aprender que la sociedad acepta la violencia
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hacia las mujeres.
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Otros factores que incrementan el riesgo y están asociados al agresor, principalmente hombre son: el
consumo y la dependencia de sustancias psicoactivas como las drogas y el alcohol que pueden extremar
la personalidad, la tensión o el stress que genera el desempleo, la inestabilidad laboral y las crisis
económicas o afectivas, estados depresivos profundos, baja autoestima, un bajo nivel cultural,
educacional y socioeconómico, ya que aunque la violencia no hace distinción de clases sociales, la
pobreza acarrea un stress social al que contribuyen situaciones como el hacinamiento y las dificultades
económicas.
Si bien el agresor es generalmente un individuo sin trastornos psicopatológicos evidentes la violencia
puede emerger de cualquier estructura de personalidad psicótica (no tiene verdadera conciencia de sus
actos), psicopática o perversa (autoritarios, narcisistas y manipuladores, no sienten culpa) o neurótica
(pueden actuar impulsivamente como una manera de compensar frustraciones y luego arrepentirse),
siendo por lo general mas grave cuando mayor sea el trastorno.
Existen otras situaciones como el embarazo precoz o no deseado, las depresiones post parto, la
ignorancia o incomprensión de las necesidades (fundamentalmente de ancianos, discapacitados u otros
miembros de la familia dependientes o semidependientes) y el cansancio o agobio por el exceso de
tareas a atender, que son claros factores de riesgo para la aparición de abusos y negligencias.
Algunos factores como la inadecuada respuesta institucional y/o comunitaria a los casos de violencia
intrafamiliar debido a la naturalización de la violencia o a la falta de capacitación o formación, la
ausencia de legislación adecuada o dificultades en la aplicación de la existente y la ausencia de redes
comunitarias de apoyo generan también un riesgo importante al actuar como elementos perpetuadores
de la violencia.
I
Categorías de Violencia
CATEGORÍAS DE VIOLENCIA INTRAFAMILIAR
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Las categorías de la violencia intrafamiliar se definen según el contexto en que ocurren los actos y fundamentalmente de
acuerdo a la identidad de la víctima, la que generalmente se encuentra dentro de los grupos definidos culturalmente como
los de menor poder en la estructura jerárquica de la familia.
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Dado que en el marco de una cultura patriarcal las variables decisivas para establecer la distribución del poder son
género y edad, los miembros de la familia en mayor riesgo y quienes son las víctimas más frecuentes determinan las
distintas categorías de la violencia intrafamiliar, estas son: La violencia hacia la mujer (y en la pareja), el maltrato infantil, el
maltrato al adulto mayor y la violencia hacia los discapacitados (físicos y mentales), estos últimos se consideran como una
categoría individual dada su particular condición de vulnerabilidad.
Violencia hacia la mujer y en la pareja
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La violencia en la pareja constituye una de las modalidades más frecuentes y relevantes entre las categorías de la
violencia intrafamiliar. Es una forma de relación de abuso entre quienes sostienen o han sostenido un vínculo afectivo
relativamente estable, incluyendo relaciones de matrimonio, noviazgo, pareja (con o sin convivencia) o los vínculos con ex
parejas o ex cónyuges. Se enmarca en un contexto de desequilibrio de poder e implica un conjunto de acciones,
conductas y actitudes que se mantienen como estilo relacional y de interacción imperante en la pareja donde una de las
partes, por acción u omisión, ocasiona daño físico y/o psicológico a la otra.
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La violencia en la pareja es ejercida mayoritariamente hacia la mujer, realidad que es constatable y cruda, a nivel de
estudios e investigaciones en casi la totalidad de los países que registran algún dato al respecto, se señala que en al
menos el 75% de los casos esta se presenta como una acción unidireccional del hombre hacia la mujer y salvo un 2% (razón
por la cual no es considerado un problema social) representativo de los casos en que son los varones los agredidos física
y en su mayoría psicológicamente, el porcentaje restante hace referencia a la violencia bidireccional (también denominada
recíproca o cruzada) que es aquella donde ambos miembros de la pareja se agreden mutuamente. Se debe resaltar que
para utilizar esta última clasificación, es necesario que exista simetría en los ataques y paridad de fuerzas físicas y
psicológicas entre los involucrados.
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Las cifras explican y justifican los esfuerzos e iniciativas que apuntan a la mujer como víctima principal y dado que el
espacio de mayor riesgo de una mujer para sufrir violencia es su propio hogar, contrario al de los hombres para quienes el
espacio de mayor riesgo es la calle, en la variada literatura existente al referirse a la violencia hacia la mujer en el contexto
doméstico o al interior de la pareja se suelen utilizar los conceptos de violencia doméstica, violencia conyugal e incluso
violencia intrafamiliar.
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La violencia sobre la mujer puede tomar muchas formas, desde las más sutiles y difíciles de diferenciar hasta las más
brutales. Puede ocurrir en cualquier etapa de su vida, incluyendo el embarazo y afectar tanto su nivel físico como mental.
I
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La violencia hacia el varón al interior de la pareja, dada la excepcionalidad de los casos, no se consideran un problema
social y menos una categoría específica de la violencia intrafamiliar. Todo lo anterior a los ojos de un hombre que sufre
maltratos puede resultar irrelevante, además se debe considerar que gran parte de los resultados expuestos se basan en
la cantidad y tipo de denuncias recibidas y es un hecho establecido que el hombre agredido en general no denuncia las
situaciones de maltrato.
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En que no se produzcan estas denuncias influyen la ignorancia de la ley, la escasez de instituciones relacionadas
dirigidas a los varones, su prejuicio hacia la imparcialidad de los, y principalmente, las profesionales (asistentes sociales,
psicólogas, etc.), pero son determinantes los aspectos socioculturales como el machismo y la vergüenza, consecuencia de
una ideología patriarcal de estereotipos rígidos con respecto a lo que se espera del varón dentro de la relación de pareja.
Otras razones, y que también limitan a la mujer, son el amor a la pareja, a los hijos o el temor a las consecuencias
económicas y judiciales que puede implicar una separación.
Maltrato infantil
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El maltrato infantil, de manera general, puede definirse como todo acto no accidental, único o repetido, que por acción u
omisión (falta de la respuesta o acción apropiada) provoca daño físico o psicológico a una persona menor de edad, ya
sea por parte de sus padres, otros miembros de la familia o cuidadores que, aunque externos a la familia, deben ser
supervisados por esta.
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El maltrato infantil incluye el abandono completo o parcial y todo comportamiento o discurso adulto que infrinja o
interfiera con los Derechos del Niño (Declaración Universal de la ONU, 1959). La violencia, ya sea física, sexual o
emocional es una de las más graves infracciones a estos derechos, por las consecuencias inmediatas, a mediano y largo
plazo que generan en el desarrollo del menor.
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Dentro de esta categoría podemos clasificar también el abuso fetal que ocurre cuando la futura madre ingiere,
deliberadamente, alcohol o drogas, estando el feto en su vientre. Producto de lo cual el niño(a) puede nacer con
adicciones, malformaciones o retraso severo, entre otros problemas.
Violencia hacia el adulto mayor
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La violencia o el maltrato al adulto mayor, de manera general, puede definirse como todo acto no accidental, único o
repetido, que por acción u omisión (falta de la respuesta o acción apropiada) provoca daño físico o psicológico a una
persona anciana, ya sea por parte de sus hijos, otros miembros de la familia o de cuidadores que, aunque externos a la
familia, deben ser supervisados por esta. Estas situaciones de maltrato son una causa importante de lesiones,
enfermedades, pérdida de productividad, aislamiento y desesperación.
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El maltrato hacia los ancianos es producto de una deformación en nuestra cultura, que siente que lo viejo es inservible e
inútil. Los ancianos son sentidos como estorbos o como una carga que se debe llevar a cuestas además de la familia a
sostener, por eso no es de extrañar que el tipo más frecuente de maltrato sea el abandono y la falta de cuidados.
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Por otra parte la ausencia de registros o estimaciones reales de la dimensión de este problema, así como la escasez de
denuncias, debido al miedo, la depresión, la incapacidad de moverse por si mismos y la poca credibilidad, ha permitido que
este fenómeno sea casi invisible.
Violencia hacia los discapacitados
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La violencia o el maltrato a los discapacitados, de manera general, puede definirse como todo acto que por acción u
omisión provoca daño físico o psicológico a personas que padecen temporal o permanentemente una disminución en sus
facultades físicas, mentales o sensoriales, ya sea por parte de miembros de la familia o de cuidadores que, aunque
externos a la familia, deben ser supervisados por esta. Este tipo de violencia afecta a personas que por su condición de
mayor vulnerabilidad se encuentran en una posición de dependencia que los ubica en una situación de mayor riesgo en
relación al maltrato.
I
Clasificación de Violencias
Físicas y Psicológicas
La violencia psicológica presenta características que permiten clasificarla en tres categorías:
Maltrato: puede ser pasivo (definido como abandono) o activo que consiste en un trato
degradante continuado que ataca la dignidad de la persona. Generalmente se presenta
bajo la forma de hostilidad verbal, como gritos, insultos, descalificaciones, desprecios,
burlas, ironías, críticas permanentes y amenazas. También se aprecia en actitudes como
portazos, abusos de silencio, engaños, celotipia (celos patológicos), control de los actos
cotidianos, bloqueo de las iniciativas, prohibiciones, condicionamientos e imposiciones.
Acoso: se ejerce con una estrategia, una metodología y un objetivo, la víctima es perseguida
con críticas, amenazas, injurias, calumnias y acciones para socavar su seguridad y
autoestima y
• lograr que caiga en un estado de desesperación, malestar y depresión que la haga
abandonar el ejercicio de un derecho o someterse a la voluntad del agresor.
• Para poder calificar una situación como acoso tiene que existir un asedio continuo, una
estrategia de violencia (como cuando el agresor se propone convencer a la víctima que es
ella la culpable de la situación) y el consentimiento del resto del grupo familiar (auque
también de amigos o vecinos) que colaboran o son testigos silenciosos del maltrato, ya sea
por temor a represalias, por satisfacción personal o simplemente por egoísmo al no ser
ellos los afectados.
• El acoso afectivo, que forma parte del acoso psicológico, es una situación donde el
acosador depende emocionalmente de su víctima, le roba la intimidad, la tranquilidad y el
tiempo para realizar sus tareas y actividades, interrumpiéndola constantemente con sus
demandas de cariño o manifestaciones continuas, exageradas e inoportunas de afecto. Si
la víctima rechaza someterse a esta forma de acoso, el agresor se queja, llora, se desespera,
implora y acude al chantaje emocional como estrategia, amenazando a la víctima con
retirarle su afecto o con agredirse a si mismo, puede llegar a perpetrar intentos de suicidio
u otras manifestaciones extremas que justifica utilizando el amor como argumento.
I
Manipulación: es una forma de maltrato psicológico donde el agresor desprecia el valor de la víctima como
ser humano negándole la libertad, autonomía y derecho a tomar decisiones acerca de su propia vida y
sus propios valores. La manipulación hace uso del chantaje afectivo, amenazas y críticas para generar
miedo, desesperación, culpa o vergüenza. Estas actitudes tienen por objeto controlar u obligar a la
víctima según los deseos del manipulador.
Abandono
• El abandono se manifiesta principalmente hacia los niños, adultos mayores y discapacitados, de
manera general, se puede definir como el maltrato pasivo que ocurre cuando sus necesidades físicas
como la alimentación, abrigo, higiene, protección y cuidados médicos, entre otras, no son atendidas en
forma temporaria o permanente. El abandono también puede ser emocional, este ocurre cuando son
desatendidas las necesidades de contacto afectivo o ante la indiferencia a los estados anímicos.
Abuso sexual
• El abuso sexual dentro de una relación de pareja, de manera general se puede definir como la
imposición de actos o preferencias de carácter sexual, la manipulación o el chantaje a través de la
sexualidad, y la violación, donde se fuerza a la mujer a tener relaciones sexuales en contra de su
voluntad, esta última acción puede ocurrir aún dentro del matrimonio pues este no da derecho a ninguno
de los cónyuges a forzar estas relaciones y puede desencadenar la maternidad forzada a través de un
embarazo producto de coerción sexual.
• El abuso sexual afecta también a niños y adolescentes cuando un familiar adulto o un cuidador los
utiliza para obtener algún grado de satisfacción sexual. Estas conductas abusivas pueden implicar o no
el contacto físico, su intensidad puede variar desde el exhibicionismo, el pedido de realizar actividades
sexuales o de participar en material pornográfico, hasta la violación. Discapacitados y adultos mayores
pueden verse afectados de igual forma, al ser violentados sexualmente por familiares o cuidadores
sirviéndose de su incapacidad física o mental.
Abuso económico
• El abuso económico ocurre al no cubrir las necesidades básicas de los miembros de la familia en caso
de que esto corresponda, como con los hijos menores de edad y estudiantes, la mujer que no posee
trabajo remunerado, los adultos mayores u otros miembros dependientes. También sucede cuando se
ejerce control, manipulación o chantaje a través de recursos económicos, se utiliza el dinero,
propiedades y otras pertenencias de forma inapropiada o ilegal o al apropiarse indebidamente de los
bienes de otros miembros de la familia sin su consentimiento o aprovechándose de su incapacidad.
I
Efectos
Los efectos de la violencia pueden ubicarse en 6 (seis) niveles de acuerdo a la combinación de dos variables: el nivel de
amenaza percibido por la persona agredida y el grado de habitualidad de la conducta violenta (Sluzki, C., Violencia
Familiar y Violencia Política, Nuevos Paradigmas, Cultura y Subjetividad. Paidós, Buenos Aires, 1995.), estos son:
Disonancia cognitiva
Ataque o fuga
Inundación o Parálisis
Socialización cotidiana
Lavado de cerebro
Embotamiento o Sumisión
Disonancia cognitiva: Ocurre cuando se produce una situación de violencia de baja intensidad en un contexto o en un
momento inesperado (como la luna de miel). La reacción es de sorpresa, de imposibilidad de integrar el nuevo dato a la
experiencia propia.
Ataque o fuga: Ocurre cuando se produce una situación de violencia de alta intensidad de un modo abrupto e inesperado.
En estos casos se desencadena una reacción psicofisiológica de alerta, pudiendo reaccionar con una posición defensiva,
escapándose del lugar; u ofensiva, enfrentando la amenaza. La sorpresa obra a modo de disparador de conductas.
Inundación o Parálisis: Ocurre cuando se produce una situación de violencia extrema, que implica un alto riesgo percibido para
la integridad o la vida. La reacción puede incluir alteraciones del estado de conciencia, desorientación y ser el
antecedente para la posterior aparición del Síndrome de Estrés Post-traumático. Frecuentemente las víctimas relatan
esta experiencia de paralización frente a situaciones tales como amenazas con armas, intentos de estrangulamiento o
violación marital.
Socialización cotidiana: Ocurre cuando las situaciones de maltrato de baja intensidad se transforman en habituales, se
produce el fenómeno de la naturalización. Las víctimas, principalmente mujeres, se acostumbran a que no se tengan en
cuenta sus opiniones, que las decisiones importantes las tome el hombre, a ser humillada mediante bromas
descalificadoras, etc., pasando todas estas experiencias a formar parte de una especie de telón de fondo cotidiano que
tiene efecto anestesiante ante la violencia.
Lavado de cerebro: Cuando las amenazas, coerciones y mensajes humillantes son intensos y persistentes, la víctima suele
incorporar esos mismos argumentos y sistemas de creencias como un modo defensivo frente a la amenaza potencial que
implicaría defenderse o refutarlos, cree que la obediencia automática la salvará del sufrimiento. Llegado a este punto,
asume y puede repetir ante quien intente ayudarla, que ella tiene toda la culpa, que se merece el trato que recibe, etc.
Embotamiento o Sumisión: Cuando las experiencias aterrorizantes son extremas y reiteradas, el efecto es un "entumecimiento
psíquico" en el que las víctimas se desconectan de sus propios sentimientos y se vuelven sumisas al extremo. En estos
casos, la justificación de la conducta del agresor y la autoinmolación alcanzan niveles máximos.
I
Indicadores de Violencia
INDICADORES DE MALTRATO
• La violencia intrafamiliar es un problema social que todos debemos conocer y enfrentar, afecta a un alto
porcentaje de familias, sin distinción de niveles sociales, económicos o culturales. A las víctimas les
cuesta mucho relatar lo que les sucede pues tienen miedo, vergüenza y por lo general, tienden a
culparse de la situación.
• Desde la posición de víctima suele ser fácil detectar las acciones de maltrato físico o sexual pues
producen dolor y daños evidentes. Detectar la violencia psicológica o emocional puede ser mas
complejo porque a menudo desarrollamos mecanismos psicológicos que ocultan la realidad cuando esta
nos resulta excesivamente desagradable, sin embargo el sorprenderse realizando determinados actos o
en ciertas situaciones puede evidenciar el hecho.
• Si sufres en silencio una situación dolorosa, esperas que las cosas se solucionen por sí mismas o que el
agresor deponga espontáneamente su actitud; si deseas que alguien acuda en tu ayuda; si te
sorprendes haciendo algo que no quieres hacer, que va contra tus principios o que te desagrada y te
sientes incapaz de negarte o; si has llegado a la conclusión de que la situación dolorosa que sufres no
tiene solución y que lo mereces porque te lo has buscado; podrías considerar que estás siendo víctima
de abuso, manipulación y/o acoso psicológico.
• Detectar la violencia, física y/o emocional, que sufre otra persona es generalmente más fácil si nos
preocupamos de observar y escuchar. Todos los seres humanos expresamos los sufrimientos, temores
o problemas de algún modo. Muchas víctimas no delatarán a su agresor abiertamente por temor a
represalias o a empeorar la situación, es el caso de mujeres y niños que además dependen de él. Otras,
como los ancianos o los discapacitados, pueden no contar con la capacidad de expresión para
denunciar lo que les sucede, sin embargo existen varios indicadores o señales que permiten detectar
una posible situación de violencia intrafamiliar.
Indicadores físicos: Los indicadores físicos son frecuentemente más visibles, aparecen en forma de lesiones
físicas, generalmente múltiples, hematomas, arañazos, mordeduras, quemaduras e irritaciones en la piel,
marcas y cicatrices en el cuerpo, fracturas, dislocaciones, torceduras, movilidad y/o pérdida de los
dientes. Si la víctima ha sido abusada sexualmente pueden presentar además enfermedades de
transmisión sexual, irritaciones o hemorragias en la zona genital o anal y dificultad para caminar o
sentarse, situación que es aún más evidente cuando el afectado es un niño(a).
• Cuando el maltrato consiste en el abandono o la falta de atención a las necesidades físicas suelen
haber síntomas de desnutrición, deshidratación, falta de higiene corporal y dental y enfermedades,
generalmente de tipo respiratorio o dermatológico de frecuente aparición en ancianos, discapacitados
y niños que carecen de cuidados.
I
Indicadores emocionales y conductuales: Estos indicadores se presentan en forma de llanto,
sentimientos de culpa o vergüenza, temor, tristeza, angustia, depresión, ansiedad, insomnio,
irritabilidad, cambios de humor, olvidos o falta de concentración, confusión, desorientación
y aislamiento, enfermedades como la anorexia y la bulimia, baja autoestima, ideas o
conductas suicidas.
• Cuando la víctima es un niño(a) pueden presentarse además problemas en el lenguaje,
cambios bruscos e inesperados de conducta, temor al contacto con adultos o rechazo a
determinadas personas o situaciones, resistencia al contacto físico, alteraciones del sueño,
del apetito o de la evacuación, agresividad, retraimiento, aislamiento, erotización de la
conducta y de las relaciones, baja inesperada del rendimiento escolar, lenguaje y
comportamientos que denotan el conocimiento de actos sexuales inapropiados a su edad
y fugas del hogar. Se debe estar atento además a expresiones como: "Estuve solo todo
el fin de semana", "mi hermano no me dejó dormir anoche", "la niñera me estuvo
molestando", "El Sr. X usa calzoncillos divertidos" que puedan dar señales indirectas de
abuso.
• Una víctima de maltrato físico o emocional, convencida de que su caso no tiene solución,
puede desarrollar mecanismos de defensa, inconscientes y mecánicos, para adaptarse a la
situación y lograr su supervivencia, existen varios indicadores en su forma comportarse:
• Mantiene una relación con su agresor al que agradece intensamente sus pequeñas
amabilidades; suele negar que haya violencia contra ella y si la admite la justifica; niega que
sienta ira o malestar hacia el agresor; está siempre dispuesta a mantenerlo contento;
intenta averiguar lo que piensa y lo que desea, llegándose a identificar con él. Cree que las
personas que desean ayudarla están equivocadas y que su agresor tiene la razón y la
protege. Le resulta difícil abandonarlo y tiene miedo de que regrese por ella aún cuando
este se encuentre en la cárcel o incluso muerto.
• El reconocimiento de estos síntomas puede permitir la identificación, el tratamiento precoz
y la prevención de problemas futuros, por lo que ante la menor aparición o sospecha de
maltrato es imprescindible una seria investigación, si bien esta corresponde a las
autoridades, todos podemos y debemos tomar ciertas medidas de reacción.
I
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La Victima
De acuerdo al concepto de violencia intrafamiliar, quienes la sufren se encuentran
principalmente en los grupos definidos culturalmente como los sectores con menor poder
dentro de la estructura jerárquica de la familia como las mujeres, los menores de edad
(niños y niñas), los ancianos y los discapacitados.
Un factor común en quienes han sufrido situaciones de violencia en la infancia, sean
hombres o mujeres es la baja autoestima. Esta, por efecto de la socialización de género se
manifiesta de manera distinta según el sexo: en las mujeres incrementa los sentimientos de
indefensión, originados tras los intentos fallidos de salida de la situación de maltrato, y la
culpabilidad; en los hombres, activa mecanismos de sobrecompensación que lo llevan a
estructurar una imagen externa dura.
En un nivel emocional la víctima posee sentimientos de desesperanza, se percibe a sí misma
sin posibilidades de salir de la situación en la que se encuentra. Tiene una idea
hipertrofiada acerca del poder del agresor, el mundo se le presenta como hostil y cree que
nunca podrá valerse por sí misma.
En general la víctima suele sentir vergüenza por los actos de violencia de su pareja, actitud
denominada "delegaciones emocionales" (Ravazzola M.C., Historias Infames: Los
Maltratos en las Relaciones. Paidós, Buenos Aires, 1998) y definida como aquella
circunstancia en las que un miembro de la familia siente el malestar que debiera sentir otro.
De igual forma suelen sentirse culpables del fracaso de su relación, atribuyéndose muchas
veces la responsabilidad de ser maltratadas mediante las mismas justificaciones que utiliza
el agresor, reforzando así sus conductas.
Cuando el maltrato es muy grave y prolongado la víctima puede tener ideas de suicidio o
de homicidio, se refuerzan los sentimientos de desvalorización y comienza a verse a sí misma
como inútil, tonta o loca, tal como se le repite constantemente. Muchas veces puede llegar
a dudar de sus propias ideas o percepciones, esta pérdida de confianza le dificulta
excesivamente tomar decisiones aún aquellas del ámbito más cotidiano y doméstico.
El miedo es una emoción frecuente en las personas que viven violencia, se relaciona con la
vivencia de los episodios violentos y generalmente actúa inmovilizando, en muchos casos le
impedirá a la víctima salir de la situación de abuso, pedir ayuda y buscar soluciones.
I
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En la dimensión conductual, la víctima tiende al aislamiento y a ocultar al entorno, lo que
vive en su relación de pareja y/o familiar. Suele tener conductas temerosas y expresar
dependencia y sumisión, experimenta un verdadero conflicto entre su necesidad de
expresar sus sentimientos y el temor que le provoca la posible reacción de su agresor. Al
mismo tiempo, mantiene diversas conductas de apoyo, cuidado y protección hacia su
agresor. Su comportamiento puede aparecer contradictorio y expresa ambivalencias (por
ejemplo, denunciar el maltrato y luego retirar la denuncia).
La víctima tiende a ubicarse en un lugar secundario o postergado en sus relaciones, en
este sentido se orienta a los otros, percibiéndose poco central o protagónica en los
sistemas en que vive, por el contrario, atribuye a su agresor un gran poder, lo asume como
dueño de la verdad, le atribuye autoridad y frecuentemente justifica los abusos, ya sea por
sentirse responsable de ellos o porque asume que al haber sido su agresor víctima de otros
abusos, queda liberado de su responsabilidad.
Otras características, al no ser generales, son identificadas como factores de riego, entre
ellas el bajo nivel cultural y educacional, nivel socioeconómico de pobreza, de gran
relevancia en cuanto a medios y posibilidades para poder escapar o no de una situación de
violencia y un aislamiento social que le impide acceder a fuentes de apoyo externas ya sean
familiares o comunitarias.
La represión de las necesidades emocionales lleva a menudo a canalizar la expresión de lo
reprimido a través de síntomas psicosomáticos. A nivel sintomático lo más frecuente es
encontrar depresión (abierta o larvada), las personas que viven violencia se sienten
prisioneras entre la agresión y la impotencia. Por otra parte es frecuente el aumento del
consumo de alcohol y drogas como parte de las conductas autodestructivas o de las
anestesiadoras.
También se encuentra presente la sintomatología de stress post-traumático, cuyos
componentes principales son la tendencia a volver a experimentar el trauma, expresado en
pensamientos recurrentes, sueños e imágenes y sentimientos que aparecen en forma
súbita, pérdida de interés por el mundo externo, por las actividades, sentir a las personas
como extraños, inexpresividad afectiva, estado de hipervigilancia, trastornos del sueño,
dificultad de concentración y memoria, entre otros. Otros signos serán visibles a través de
los indicadores de maltrato o de las consecuencias y efectos de la violencia intrafamiliar.
I
El Agresor
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Los agresores presentan ciertas características que contribuyen a describir cómo se va
organizando su comportamiento y los mecanismos que le permiten mantener su posición.
Frecuentemente quienes están involucrados en relaciones violentas muestran un alto porcentaje
de contextos violentos en sus familias de origen. Los agresores suelen haber sido maltratados o
abandonados en su infancia o, al menos, testigos de actos de violencia intrafamiliar. La violencia
en la familia de origen ha servido de modelo de resolución de conflictos interpersonales y ha
ejercido el efecto de normalización de la violencia. La recurrencia de tales conductas, percibidas
a lo largo de la vida, las ha convertido en algo corriente, a tal punto que muchos agresores no
comprenden cuando se les señala que sus conductas ocasionan daño.
El agresor, tanto el que maltrata a su pareja como a sus hijos u otros familiares, suele ser una
persona de baja autoestima, pobre control de impulsos y sin trastornos psiquiátricos evidentes
(aunque suele tener una fuerte tendencia a confundir sus suposiciones imaginarias, como los
celos, con la realidad), por tanto su objetivo no es satisfacer algún tipo de necesidad sádica o
psicopática que proporcione placer a través del sometimiento del otro, sino emplear un recurso
definitivo que le permita instaurar o mantener el poder y control en la relación de pareja o
familiar.
El agresor tiende a eludir su responsabilidad a través de medios como la externalización,
mediante la cual justifica su actuar con extensas listas de razones o culpando a fuerzas externas;
y la negación, que le permite identificar a otros como los causantes del problema y desligarse de
las acciones necesarias para superar sus dificultades. En el caso del abuso sexual el agresor
tiene plena conciencia de su actuar por lo que niega o encubre su conducta para poder
mantenerla. Todo lo anterior como una manera de proyección de la responsabilidad y la culpa.
El aislamiento social tiende a ser una imposición a sí mismo pues percibe el entorno más próximo
como una amenaza a su necesidad de ejercer control, a pesar de esto suele proyectar una
imagen de excelente cónyuge, pareja, padre o hijo, al adoptar modalidades conductuales
disociadas: en el ámbito público se muestra como una persona equilibrada, en la mayoría de los
casos no trasunta en su conducta nada que haga pensar en actitudes violentas, haciendo menos
creíble una eventual denuncia. En el ámbito privado, en cambio, se comporta de modo
amenazante, utiliza agresiones verbales y físicas, como si se tratase de otra persona. Su
conducta es posesiva y se caracteriza por estar siempre "a la defensiva".
I
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Existen otras características que aunque principalmente se orientan a las víctimas, algunas son
asociadas al agresor, sin embargo al no ser generales, son identificadas como factores de riego.
Abusador infantil
• Las características generales, si bien no son suficientes para elaborar un perfil, suelen ser comunes a
los agresores. En cuanto a quien ejerce violencia hacia un menor de edad, además de ellas, se puede
agregar que este suele ser el padre o la madre del niño(a), en ocasiones pueden ejercerla ambos, en
todo caso generalmente será un conocido o familiar, sin que exista otro rasgo específico de su
personalidad. Puede que ni siquiera desearan ser padres, en otras oportunidades serán padres muy
permisivos que se ven sobrepasados por los niños(as) al no fijar normas claras y mantenerlas en el
tiempo, luego al no poder validar su autoridad recurren a gritos, descalificaciones e incluso golpes.
• En cuanto a su comportamiento, además de lo expresado en las características generales,
rutinariamente emplean una disciplina inapropiada para la edad y condición del niño(a), tienen
expectativas irreales en cuanto él y demuestran falta de preparación o inexperiencia en el ejercicio de la
paternidad responsable.
Hombre que agrede a la mujer
• Generalmente en una situación de violencia al interior de la pareja se identifica al hombre como el
miembro de la familia que la ejerce, estos se caracterizan por su inexpresividad emocional y la escasa
habilidad para la comunicación verbal de sus sentimientos. Tienen miedo de perder a su pareja (miedos
de dependencia), el cual generalmente reprimen y la perciben a ella como la
• causante del hecho de sentirse amenazados. Esta expresión inadecuada de emociones, que enmascara
como rabia o enfado la mayor parte de los miedos, ansiedades e inseguridades responde a lo difícil que
le resulta observarse y cuestionarse a sí mismo (resistencia al autoconocimiento) debido a la
internalización de un modelo masculino tradicional donde se posiciona al hombre en una situación de
privilegio sobre la mujer, en los ámbitos político, jurídico, económico, psicológico, cultural y social y se
validan los mitos de superioridad del hombre en los aspectos biológico, intelectual, sexual y emocional.
Estas ideas suelen ser cerradas, con pocas posibilidades reales de ser revisadas debido a una
percepción rígida y estructurada de la realidad.
• De una manera más específica, los hombres que ejercen violencia hacia su pareja han sido clasificados
en dos categorías: Cobras o Pit Bulls (concepto muy resistido por quienes gustan de esta raza de
perros).
I
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"La cobra es una serpiente, tranquila y concentrada antes de atacar a sus víctimas con poco o ningún
aviso. La furia del Pit bull arde lentamente y crece, una vez que sus dientes se hunden en su víctima, no
la sueltan" (Jacobson, N.; Gottman J., When Men Batter Women: New insights into ending abusive
relationships. Simon & Schuster, New York, 1998).
A los hombres Pit bull sus miedos de dependencia los llevan a monitorear cada movimiento de su pareja,
sus celos los hacen ver traición en cada uno de ellos y esto los enfurece, cuando su rabia se torna
violenta parecen perder el control y atacan, incluso públicamente.
Los hombres Cobra son fríos y calculadores, suelen presentar rasgos criminales y antisociales, su
violencia nace de una necesidad patológica de cumplir su objetivo de ser el jefe y estar seguro de que
todos, especialmente sus esposas o parejas, lo sepan y actúen de acuerdo a ello, cuando piensan que
su autoridad ha sido retada luchan rápidamente y con furia llegando a amenazar con cuchillos o armas
de fuego. Aunque tienen mayor control que los Pit Bulls, suelen ser más violentos y dirigen su
agresividad no solo hacia quienes aman, como los Pit bulls, sino que también a extraños, animales,
amigos o compañeros de trabajo, calmándose internamente mientras su violencia aumenta.
Las historias de vida de los Cobras y los Pit Bulls también tienden a ser diferentes, los primeros casi
siempre tuvieron infancias traumáticas y violentas, con participación en actos delictuales y experiencias
personales de abuso de alcohol y drogas. Los Pit Bulls son menos propensos a tener historial criminal
y presentan mayor probabilidad de provenir de hogares violentos, en general suelen presentar mejor
potencial de rehabilitación que los Cobras.
De acuerdo a su personalidad, los agresores también han sido divididos en (Dutton, D.; Golant, S.,
El golpeador: Un perfil psicológico. Paidos, Barcelona, 1997):
Básicos o perfil básico del maltratador
Psicopáticos
Hipercontroladores
Básicos: Cíclicos, emocionales con episodios esporádicos y remordimientos, estados de ánimo
variables y de cambios intensos, inseguros, impulsivos, con pobres relaciones interpersonales.
Psicopáticos: Con personalidad antisocial, generalmente con antecedentes penales y violencia en
otros contextos, agresión indiferenciada, ausencia de respuestas emocionales, manipulación interesa de
los demás, adicciones, agresividad en general, irresponsabilidad persistente.
Hipercontroladores: Con personalidad paranoide, necesidad de control sobre su pareja, desconfianza
y sospecha generalizada, celos, percepciones de persecución o complot, control del entorno preventivo,
acciones violentas planificadas
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La Rehabilitación
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La rehabilitación es un proceso que debe comprender tanto a agresores como a víctimas, las personas que han
experimentado un evento de violencia intrafamiliar, sufren en un primer momento un estado emocional de crisis, el cual
debe ser tratado psicológicamente por personal especializado que le permita recuperar su estabilidad emocional, de igual
forma se debe realizar la atención de seguimiento psicológico a los eventos de crisis, a través de lo cual se logra una
comprensión amplia del problema por parte de las personas que lo sufren, y es un preámbulo para la incorporación a las
sesiones de terapia grupal.
Las personas que han sufrido una o varias experiencias de violencia intrafamiliar, así como aquellas que generan la
violencia, necesitan dentro de su tratamiento emocional, incorporase a grupos terapéuticos y de auto ayuda, en los cuales
se desarrollan técnicas conjuntas entre personas que han experimentado el mismo problema (víctima-víctima o agresoragresor, la terapia víctima-agresor suele estar contraindicada), logrando conocer la experiencia de otras, y aprender mas
sobre su situación. Es en estos grupos terapéuticos donde se desarrollan los espacios necesarios para terminar de sanar
las huellas emocionales de la violencia, y poder recuperar la autoestima de cada persona, lo cual es indispensable para
continuar nuevos proyectos de vida.
Respecto a la rehabilitación de los agresores se ha reconocido que la atención de los mismos es fundamental para romper
el ciclo de la violencia y evitar su reincidencia, pues aunque en muchos casos la víctima se separará del agresor (la mujer se
separará del marido violento, los hijos de los padres, etc.) un alto porcentaje continuará viviendo con él. Además, en los
casos de separación, el agresor podrá formar una nueva pareja o tener nuevos hijos y existirá una alta probabilidad de
que se repita la situación anterior.
Sin embargo existe controversia respecto a los programas de rehabilitación pues muchos sostienen que los escasos
medios y los esfuerzos públicos deben destinarse preferentemente a asistir a las víctimas. Esto, sumado al gran
escepticismo respecto de las posibilidades rehabilitadoras de los hombres maltratadores (experiencias conocidas, en
Europa y los Estados Unidos, presentan altos índices de abandonos de la terapia aunque se ha de tener en cuenta que
muchas de estas intervenciones se hacen generalmente dentro de programas carcelarios, con hombres convictos por
delitos graves y obligados por orden judicial) hacen que en la actualidad la vía más concreta para comenzar una
rehabilitación voluntaria sea la solicitud particular, por parte del agresor, de atención psiquiátrica y/o psicológica en los
sistemas de salud público o privado.
Por otra parte, tanto partidarios de los programas como detractores coinciden en que los tratamientos de rehabilitación
pueden ser complementarios pero nunca sustitutivos de las medidas penales.
La rehabilitación se refiere a un complejo proceso de modificación de conductas concientes, esta solamente puede
enmarcarse en el contexto de un tratamiento ejercido por profesionales con un adecuado enfoque teórico y metodológico
que guíe su actuación con el agresor.
Fuera de esto es posible modificar los actos de violencia psicológica que podamos ejercer inconcientemente, si aplicamos
los indicadores o señales de maltrato a nuestras propias acciones podremos detectar la existencia de personas en
nuestro entorno a las que, sin darnos cuenta, estemos manipulando o maltratando. La mejor forma de dilucidar si nos
estamos comportando con alguien como agresor es utilizar toda nuestra capacidad de empatía y nuestra humildad para
ponernos en el lugar de las personas y familiares que nos rodean y analizar nuestra conducta frente a ellos.
A veces somos conscientes de la hostilidad que sentimos hacia una persona, pero no del maltrato que le estamos
infligiendo, sentir rabia, envidia o rencor contra otros es casi siempre irremediable porque las emociones no se someten al
raciocinio, lo que si podemos someter al control de la razón son nuestras acciones. Por lo tanto ejercer o no violencia hacia
otros siempre será nuestra elección y quien maltrata siempre será responsable de su proceder.
I
Medidas de Protección
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La mejor y primera medida que debería tomar cualquier persona para protegerse y evitar un nuevo incidente de violencia
intrafamiliar es denunciar el hecho. La ley está para ayudarle, generalmente el juez podrá ordenarle al agresor que
abandone la casa, el pago de pensión alimenticia temporal para sus hijo(as) y otras medidas que evitarán que el agresor se
le acerque.
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Sin embargo, si no se siente preparada o existe alguna otra razón que siente le impiden abandonar a su agresor, hay
ciertas acciones factibles de realizar para poner a su familia y a usted a salvo. Para minimizar las consecuencias debe
preparar algunas condiciones de seguridad y actuar de acuerdo a un plan de acción ante un incidente violento, así usted
solo deberá cumplirlo evitando que el temor domine o nuble sus decisiones.
Condiciones de seguridad
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Las siguientes son las condicones de seguridad que debe adoptar:
Tratamiento de armas: Primeramente de manera muy cuidadosa y evitando manipularla, preferentemente cuando esté sola en
casa, saque cualquier arma que allí se encuentre, entréguela a la policía argumentando el temor a su seguridad o, como
último recurso, escóndala o entiérrela asegurándose que no sea encontrada por terceros o por el agresor, evite entregarla
a otra persona o familiar pues lo involucraría en un acto ilegal al no poseer los permisos correspondientes para la
posesión. Nunca se quede con el arma para su propia defensa ya que el agresor podría arrebatársela y usarla en su
contra o, de acuerdo a sus consideraciones morales, quizás usted no sea capaz de utilizarla y si lo hace puede tener
consecuencias psicológicas aún más graves que la misma violencia, además legalmente no sería considerado como legítima
defensa sino como un acto premeditado.
Números telefónicos: Memorice los números de teléfonos de emergencia y de familiares, no es conveniente que los grabe o
escriba en los teléfonos de la casa pues su agresor podría detectarlos, sospechar y desencadenar una agresión.
Aspectos de seguridad: Instale, en al menos una habitación, una cerradura o chapa que pueda cerrarse por dentro, utilice un
sistema de seguro con perilla o botón, evitando las llaves pues podría llevarle demasiado tiempo asegurar la puerta.
Asegúrese de que esta habitación tenga teléfono o, preferentemente, obtenga un teléfono móvil (celular) y preocúpese
de mantenerlo siempre con usted. Instale las nuevas cerraduras cuando el agresor no se encuentre en el hogar y trate de
que sean semejantes, por ejemplo en el color, a las que ya posee, de esta manera quizás él no se percate del cambio y
usted tendrá un factor sorpresa a su favor, de lo contrario si le reclama, sospecha o pregunta al respecto, dé
explicaciones argumentando la privacidad de la pareja u ofertas comerciales.
Equipaje de emergencia: Prepare un bolso o maleta con al menos una tenida o muda de ropa y zapatos, incluya copias de
documentos importantes como los de identidad de usted y sus hijos, certificados de nacimiento y cuenta bancaria, si
posee algún vehículo guarde también una copia de la llave, no olvide incluir dinero en efectivo, las direcciones y teléfonos
de familiares y amigos, ni cualquier otra cosa que pueda ser de utilidad o importancia en caso de tener que salir
rápidamente (como medicamentos de los que pueda depender). Guarde el bolso en un lugar seguro fuera de su casa, de
preferencia en el mismo que seleccionará como refugio temporal.
I
Refugio: Identifique un lugar a donde ir en caso de que tenga que escapar. La casa de un familiar o amigo(a) de
extrema confianza puede servirle para este propósito, evite seleccionar los hogares de amigos o conocidos que
tengan en común con su agresor. Una vez identificado el lugar converse y acuerde con el anfitrión de su refugio
temporal (mientras obtiene usted obtiene refugio y atención legal) métodos de comunicación, horarios y otros
para evitar descoordinaciones.
Ruta de escape: Identifique las ventanas y puertas por las que sea factible salir de su casa, luego planifique más de
una ruta de escape, así evitará improvisar en caso de que su agresor bloquee alguna salida.
Coordinación vecinal: Si confía en algún o algunos vecinos, tanto como para estar segura de que no le contarán a su
agresor, coordine con ellos señales o claves que le indiquen cuando llamar a la policía como determinada
posición de las cortinas, luces encendidas o pídales directamente que llamen a la policía si escuchan gritos o
peleas.
Enséñele a sus hijos e hijas: Preocúpese de enseñarle a sus hijos e hijas, e incluso a familiares dependientes o
semidependientes que vivan con usted, a no interferir en una pelea, ponerse a salvo, llamar a la policía y dar su
dirección y número telefónico.
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Todas las anteriores son las condiciones de seguridad que usted debe procurar cumplir para que el siguiente
plan de acción sea efectivo.
Plan de acción
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Cuando comience a ser amenazada, atacada o cuando la agresión sea inminente debe comenzar a poner en
práctica las siguientes acciones:
Aléjese de la cocina: Como primera acción aléjese de la cocina y/o muebles donde se guardan cuchillos pues estos
pueden ser utilizados como armas.
Aléjese de los espacios cerrados: De igual forma debe alejarse de baños, armarios, áreas con superficies peligrosas
y poco espacio o habitaciones pequeñas donde le puedan atrapar.
Corra y escape: Corra sin dirigirse hacia donde están los niños ni otros familiares dependientes o semidependientes
que vivan con usted, ya que pueden terminar siendo agredidos también. Gríteles para alertarlos y utilice
inmediatamente la ruta de escape previamente planificada, si no puede porque esta ha sido bloqueada,
rápidamente diríjase a la habitación donde haya colocado cerraduras o chapas y enciérrese, si la habitación
tiene una ventana, escape o grite para pedir ayuda. Si puede evite huir sin los niños, ya que pueden usarse para
el chantaje emocional.
Llame a la policía: Tome el teléfono o su teléfono móvil (celular), si el agresor ha cortado la línea telefónica, y llame a
la policía, pida y anote o memorice el nombre de la persona que le ha atendido. Cuando acuda la policía cuente
lo sucedido y tome el nombre y número de la insignia o placa del agente.
•
Si todo ha fallado, usted está siendo golpeada y no puede escapar, póngase en una esquina contra la pared y
agáchese, acerque la cabeza lo más posible a las rodillas y protéjase la cara y cabeza con las manos y brazos,
utilice los codos para cubrir las costillas, al estar contra la pared podrá proteger su espalda, parte trasera de las
costillas y órganos como los riñones, ante la menor oportunidad corra y ejecute el plan de acción.
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Si ha sido víctima de maltrato físico, busque ayuda médica y denuncie el hecho en cuanto reciba atención,
tómese fotos de las heridas o lesiones que tenga. Es muy importante, de cara a futuras actuaciones, que
queden formalmente denunciados los hechos. No utilice estas medidas para enfrentar reiteradas agresiones, en
general solo podrá ponerlas en práctica una vez, en la próxima ocasión el agresor conocerá su modo de operar y
se adelantará a sus acciones.
Si se ha separado de su agresor aún debe mantenerse alerta, cambie las cerraduras de las puertas y ventanas
de su casa, de ser posible instale rejas. Cancele cualquier cuenta bancaria o tarjeta de crédito que tenga en
conjunto con él. Cambie su número de teléfono, asegúrese de que permanezca como privado y no sea
publicado en las guías telefónicas, utilice un identificador de llamadas (caller-id) y una máquina contestadora
para grabar los mensajes, revise las llamadas antes de contestar. No olvide preparar las condiciones seguridad
y su plan de acción pues podría necesitarlo si el agresor irrumpe en su hogar. Aunque nunca es recomendable
enfrentarse a una persona violenta podría tomar un curso de defensa personal, que además le ayudará a
mejorar o conservar su estado físico, mejorar su autoestima y confianza en si mismo y liberar el stress.
Si tiene hijos asegúrese de entregar en la escuela una foto del agresor e instrucciones para que el personal no
entregue a nadie su dirección o numero de teléfono, deje por escrito los nombres de las personas autorizadas
para recoger a sus hijos(as) y asegúrese de que sepan a quien informar si ven al agresor en la escuela.
Cuando se encuentre fuera de casa cambie regularmente su rutina de viaje, haga compras, pagos y
transacciones bancarias en distintos lugares. En su lugar de trabajo converse previamente con su empleador y
entregue al personal de seguridad y compañeros más cercanos una foto del agresor, cuando salga ya sea a
almorzar, a su auto o al transporte pública vaya siempre acompañada. Si el abusador le llama al trabajo guarde
los mensajes y cualquier correo electrónico.
Cuando acuda al tribunal vaya en compañía de un familiar o amigo cercano, no lleve a sus hijos. Tome asiento lo
más lejos posible del agresor, no converse con él ni con familiares o amigos que pudieran estar acompañándolo.
Asegúrese de mostrar al juez y/o al fiscal, directamente o a través de su abogado, las fotos de sus heridas o
lesiones, certificados médicos y lista de testigos. Tenga presente que no necesariamente se privará al agresor
de visitar a sus hijos, exija por su seguridad que las visitas sean supervisadas y que le notifiquen antes de que lo
dejen en libertad. Al retirarse hágalo por una puerta distinta o espere para no hacerlo de manera simultánea.
Recuerde que debe mantenerse siempre alerta, si ha sido víctima de una agresión consulte además las medidas
de actuación que puede adoptar.
En aquellos casos en que la víctima sea hombre, si bien goza de los mismos derechos y garantías legales, por ser
una situación excepcional es recomendable que además de lo anterior, el agredido: Guarde siempre un registro
con las fechas y las circunstancias de incidentes de violencia, señale siempre la violencia a su médico y a la
policía, asegurándose de que registren sus lesiones y todos los detalles del acto violento; busque siempre la
atención médica en un hospital para constatar lesiones y, fundamentalmente, evite en todo momento actuar o
defenderse de manera violenta ante una agresión.
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