NOVELA ESPAÑOLA A PARTIR DE
1939
LA IDEOLOGÍA DE LOS VENCEDORES EN LA GUERRA CIVIL
El levantamiento militar de julio de 1936 tiene como primer efecto la eliminación
de las organizaciones e ideologías democráticas y obreristas (revolucionarias). En
palabras de Franco al embajador francés Herbette, España necesitaba una
«operación quirúrgica», que limpiase al país de la izquierda revolucionaria. […] En
definitiva, se trataba de poner en marcha una lógica de represión, ya visible en el
discurso de los sectores cedistas radicales (las Juventudes de Acción Popular), en
Falange, en el tradicionalismo que, por supuesto, culmina en los militares alzados
en el verano del 36. Como explicaba una circular a las Comisiones depuradoras del
magisterio a fines de año: «Los individuos que integran esas hordas
revolucionarias, cuyos desmanes tanto espanto causan, son sencillamente los hijos
espirituales de catedráticos y profesores que a través de instituciones como la
llamada Libre de Enseñanza forjaron generaciones incrédulas y anárquicas. Si se
quiere hacer fructífera la sangre de nuestros mártires, es preciso combatir
resueltamente el sistema seguido desde hace más de un siglo de honrar y
enaltecer a los inspiradores del mal, mientras se reservaban los castigos para las
masas víctimas de sus engaños.» Ahora el alcance de la contra-ideología era
general, bajo esa consigna de eliminación del oponente, fueran «hordas marxistas»
o demócratas: en definitiva, el Mal, la Antiespaña.
(A. Elorza y C.López Alonso: Arcaísmo y modernidad)
NOVELA DE POSGUERRA:
Los gozos y las sombras
A Carlos se le había ocurrido que aquella noche Rosario tenía que venir. No sabía por
qué, ni si era un presentimiento. Había preparado una bandeja con café y galletas y había
encendido la chimenea de su dormitorio. Cuando supuso que Paquito ya no subiría, salió de la
torre y fue a ver si los leños se habían encendido, si la habitación se calentaba. Llevaba en la
mano el quinqué encendido. Tuvo que hacer fuego otra vez, y atizarlo, porque la leña estaba
húmeda. Pasó algún tiempo antes de que la llama fuese satisfactoria y segura. Le dolían las
rodillas y la espalda.
Se incorporó y echó un vistazo. Realmente, la habitación estaba destartalada, había
desconchados por todas partes y agujeros en el piso, por los que entraba el aire. Añadió una
manta a la cama. Al hallar frías las sábanas, pensó que debiera haber traído unas botellas de
agua para calentarlas, porque Rosario llegaría mojada y tiritando.
Era inexplicable lo de Rosario. Él era pobre, no había más que ver la casa en que vivía.
Rosario se engancharía a su pobreza para siempre. Algún día tendría que regalarle algo, un traje,
un mantón, unos zapatos, y eso costaba dinero, más de lo que él tenía. En cosas de oro no había
ni que pensar. (Rosario, delicadamente, se había despojado de todos los regalos de Cayetano.)
Las mujeres no son fácilmente comprensibles.
La Familia de Pascual Duarte
Me acuerdo que un día -era un domingo- en una de esas temblequeras tanto espanto llevaba y tanta rabia dentro [mi
pequeño hermano Mario], que en su huida le dio por atacar -Dios sabría por qué- al señor Rafael que en casa estaba
porque, desde la muerte de mi padre, por ella entraba y salía como por terreno conquistado; no se le ocurriera peor
cosa al pobre que morderle en una pierna al viejo, y nunca lo hubiera hecho, porque éste con la otra pierna le arreó tal
patada en una de las cicatrices que lo dejó como muerto y sin sentido, manándole una agüilla que me dio por pensar
que agotara la sangre. El vejete se reía como si hubiera hecho una hazaña y tal odio le tomé desde aquel día que, por mi
gloria le juro, que de no habérselo llevado Dios de mis alcances, me lo hubiera endiñado en cuanto hubiera tenido
ocasión para ello.
La criatura se quedó tirada todo lo larga que era, y mi madre -le aseguro que me asusté en aquel momento que la vi tan
ruin- no lo cogía y se reía haciéndole el coro al, señor Rafael; a mí, bien lo sabe Dios, no me faltaron voluntades para
levantarlo, pero preferí no hacerlo... ¡Si el señor Rafael, en el momento, me hubiera llamado blando, por Dios que lo
machaco delante de mí madre!
Me marché hasta las casas por tratar de olvidar; en el camino me encontré a mi hermana -que por entonces andaba por
el pueblo-, le conté lo que pasó y tal odio hube de ver en sus ojos que me dio por cavilar en que había de ser mal
enemigo; me acordé, no sé por qué sería, del Estirao, y me reía de pensar que alguna vez mi hermana pudiera ponerle
aquellos ojos.
Cuando volvimos hasta la casa, pasadas dos horas largas del suceso, el señor Rafael se despedía; Mario seguía tirado en
el mismo sitio donde lo dejé, gimiendo por lo bajo, con la boca en la tierra y con la cicatriz más morada y miserable que
cómico en cuaresma; mi hermana, que creí que iba a armar el zafarrancho, lo levantó del suelo por ponerlo recostado en
la artesa. Aquel día me pareció más hermosa que nunca, con su traje de color azul como el del cielo, y sus aires de
madre montaraz ella, que ni lo fuera, ni lo había de ser...
Cuando el señor Rafael acabó por marcharse, mi madre recogió a Mario, lo acunó en el regazo y le estuvo lamiendo la
herida toda la noche, como una perra parida a los cachorros; el chiquillo se dejaba querer y sonreía... Se quedó
dormidito y en sus labios quedaba aún la señal de que había sonreído. Fue aquella noche, seguramente, la única vez en
su vida que le vi sonreír...
La Familia de Pascual Duarte
•
Tenía una perrilla perdiguera -la Chispa-, medio ruin, medio bravía, pero que se entendía muy
bien conmigo; con ella me iba muchas mañanas hasta la Charca, a legua y media del pueblo
hacia la raya de Portugal, y nunca nos volvíamos de vacío para casa.
Al volver, la perra se me adelantaba y me esperaba siempre junto al cruce; había allí una piedra
redonda y achatada como una silla baja, de la que guardo tan grato recuerdo como de
cualquier persona; mejor, seguramente, que el que guardo de muchas de ellas. Era ancha y
algo hundida y cuando me sentaba se me escurría un poco el trasero (con perdón) y quedaba
tan acomodado que sentía tener que dejarla; me pasaba largos ratos sentado sobre la piedra
del cruce, silbando, con la escopeta entre las piernas, mirando lo que había de verse, fumando
pitillos. La perrilla, se sentaba enfrente de mí, sobre sus dos patas de atrás, y me miraba, con
la cabeza ladeada, con sus dos ojillos castaños muy despiertos; yo le hablaba y ella, como si
quisiese entenderme mejor, levantaba un poco las orejas; cuando me callaba aprovechaba para
dar unas carreras detrás de los saltamontes, o simplemente para cambiar de postura: Cuando
me marchaba, siempre, sin saber por qué, había de volver la cabeza hacia la piedra, como para
despedirme, y hubo un día que debió parecerme tan triste por mi marcha, que no tuve más
suerte que volver sobre mis pasos a sentarme de nuevo.
La perra volvió a echarse frente a mí y volvió a mirarme; ahora me doy cuenta de que tenía la
mirada de los confesores, escrutadora y fría, como dicen que es la de los linces... un temblor
recorrió todo mi cuerpo; parecía como una corriente que forzaba por salirme por los brazos, el
pitillo se me había apagado; la escopeta, de un solo caño, se dejaba acariciar, lentamente,
entre mis piernas. La perra seguía mirándome fija, como si no me hubiera visto nunca, como si
fuese a culparme de algo de un momento a otro, y su mirada me calentaba la sangre de las
venas de tal manera que se veía llegar el momento en que tuviese que entregarme; hacía calor,
un calor espantoso, y mis ojos se entornaban dominados por el mirar, como un clavo, del
animal.
Cogí la escopeta y disparé; volví a cargar y volví a disparar. La perra tenía una sangre oscura y
pegajosa que se extendía poco a poco por la tierra.
Nada
Empecé a seguir –una gota entre la corriente- el rumbo de la masa humana que,
cargada de maletas, se volcaba en la salida. Mi equipaje era un maletón muy pesado porque estaba casi lleno de libros- y lo llevaba yo misma con toda la fuerza de mi
juventud y de mi ansiosa expectación.
Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con la primera sensación
confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas, de establecimientos cerrados, de
faroles como centinelas borrachos de soledad. Una respiración grande, dificultosa,
venía con el cuchicheo de la madrugada. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las
callejuelas misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado, estaba el
mar.
Debía parecer una figura extraña con mi aspecto risueño y mi viejo abrigo que, a
impulsos de la brisa, me azotaba las piernas, defendiendo mi maleta, desconfiada de
los obsequiosos “camàlics”.
Recuerdo que, en pocos minutos, me quedé sola en la gran acera, porque la gente
corría a coger los escasos taxis o luchaba por arracimarse en el tranvía. […]
Ante la puerta del piso me acometió un súbito temor de despertar a aquellas personas
desconocidas que eran para mí, al fin y al cabo, mis parientes y estuve un rato
titubeando antes de iniciar una tímida llamada a la que nadie contestó. Se empezaron
a apretar los latidos de mi corazón y oprimí de nuevo el timbre. Oí una voz temblona:
“¡Ya va! ¡Ya va!”
Unos pies arrastrándose y unas manos torpes descorrieron cerrojos.
Luego, me pareció todo una pesadilla.
Se iniciaba ya el otoño. Los árboles de la cuidad comenzaban a acusar
la ofensiva de la estación. Por las calles había hojas amarillas que el
viento, a ratos, levantaba del suelo haciéndolas girar en confusos
remolinos. Hicimos el camino en la última carretela descubierta que
quedaba en la ciudad. Tengo impresos en mi cerebro los menores
detalles de aquella mi primera experiencia viajera. Los cascos de los
caballos martilleaban las piedras de la calzada rítmicamente, en tanto
las ruedas, rígidas y sin ballestas, hacían saltar y crujir el coche con gran
desesperación de mi tío y extraordinario regocijo por mi parte. Ignoro
las calles que recorrimos hasta llegar a la placita silente donde habitaba
don Mateo. Era una plaza rectangular con una meseta en el centro, a la
que se llegaba merced al auxilio de tres escalones de piedra. En la
meseta crecían unos árboles gigantescos que cobijaban bajo sí una
fuente de agua cristalina, llena de rumores y ecos extraños. Del otro
lado de la plaza, cerraba sus confines una mansión añosa e imponente,
donde un extraño relieve, protegido en una hornacina, hablaba de
hombres y tiempos remotos; hombres y tiempos idos, pero cuya
historia perduraba amarrada a aquellas piedras milenarias.
La sombra del ciprés es alargada
Realismo social (años 50)
Inclinó la cabeza contra las manos que había enlazado fuertemente. Lo que siguió lo entendí más confuso
porque se puso a morderse los nudillos de los dedos, nerviosamente. Me contó que había estado a punto de
ir a Suiza con su padre y que la noche anterior se desesperaba asomada al balcón de su cuarto pensando que
eso ya nunca se podría remediar, que las cosas que podrían haber hecho en aquel viaje ya nunca las haría y
la gente que podría haber conocido ya no la conocería; y que pensando eso no se podía consolar. Que un
viaje le puede cambiara uno la vida, hacérsela ver de otra manera y a ella ese año se la habría cambiado. Le
pregunté que por qué no había ido, pero no me contestó directamente.
- Si usted no vive aquí- dijo-, no puede entender ciertas cosas. Hace poco que está aquí, ¿no?
- Tres días.
- Tres días- repitió-. No puede entender nada. Si le explico por qué no fui a Suiza se reirá, dirá que qué
disparate, que eso no puede ser. Creerá que lo ha entendido, pero no habrá entendido nada. Solamente uno
que vive aquí metido puede llegar a resignarse con las cosas que pasan aquí, y hasta puede llegar a creer que
vive y que respira. ¡Pero yo no! Yo me ahogo, yo no me resigno, yo me desespero.
Hablaba con rabia, con voz excitada, como si yo la estuviera contradiciendo. Había pasado de un tono a otro
sin transición. Tuve miedo de que nos oyeran los de la habitación, porque se había ido desplazando hacia el
hueco de la puerta y estábamos seguramente a la vista de las personas de dentro. Incluso parecía que ella se
gozase en alzar la voz como si con sus últimas frases quisiera desafiar a alguna de aquellas personas, o tal vez
a todas ellas. Se me ocurrió decirle que seguramente sacaba las cosas un poco de quicio bajo el peso de su
desgracia, pero en seguida sentí que me había equivocado tratando de consolarla por ese camino. Lo vi en
sus ojos casi furiosos.
- Aquí tendría que estar usted hace diez días de la mañana a la noche, aquí en esta casa, a ver si se ahogaba
o no se ahogaba, como yo me ahogo. Oyendo cómo le dicen a uno de la mañana a la noche pobrecilla,
pobre, pobrecilla. Día y noche, sin tregua, día y noche. Y venga suspiros y de compasión y más compasión,
para que no se pueda uno escapar. Y compasión también para el muerto, compasión a toneladas para todos,
todos enterrados, el muerto y los vivos y todos. Usted ¿qué cree?, ¿que un muerto necesita tanta
compasión?, ¿que necesita de los vivos para algo? Por lo menos a él, que lo dejen en paz, ¿no le parece?
Entre visillos, Carmen Martín Gaite
"- A mi padre y a mí nos pilló la guerra en el
pueblo y en el pueblo nos quedamos. Cuando
subí por primera vez, después, aún quedaban
muertos por estos sitios. Ahí, sin ir más lejos –
señaló a su espalda-, a la puerta del chozo,
había tres que enterré yo.
Parecía extraño que aquellos parajes solos y
mudos pudieran haber visto la guerra de que
el pastor hablaba, el paso y la muerte de
tantos hombres. Aquel silencio amarillo y
susurrante no podía haber sido roto por una
voz, un estruendo, un lamento; parecía tierra
inmutable, indiferente, donde todas las cosas
habrían de desaparecer irremisiblemente
como la piedra, en polvo calcinado, sin dejar
huella en su dormida nada«
J. Fernández Santos: Los bravos
-¿Y qué hay de vuestra boda, Miguel? –preguntó Sebastián.
Miguel estaba tendido, con el antebrazo derecho sobre los párpados cerrados; dijo:
-Qué se yo. No me hables de bodas ahora. Hoy es fiesta.
-Pues tú estás bien. No sé yo qué problema es el que tenéis. Ya quisiéramos estar como tu novia y tú.
-Ca, no lo pienses tan sencillo.
-Pues la posición que tú tienes…
-Eso no quiere decir nada, Sebas. Son otros muchos factores con los que tiene uno que contar. Uno no vive
solo, y cuando en una casa están acostumbrados a que entre un sueldo más, se les hace muy cuesta arriba
resignarse a perderlo de la noche a la mañana. Eso aparte otras complicaciones que no sé yo, un lío.
-Pues yo no es que quiera meterme en la vida de nadie, pero, chico, te digo mi verdad: yo creo que uno en
un momento dado tiene derecho a casarse como sea. O vamos, compréndeme, a no ser que tenga
responsabilidades mayores, por caso, enfermos o cosa así. Pero si es sólo cuestión de que se vayan a ver un
poquito más estrechos, ¿eh?, económicamente, yo creo que hay que dejarse de contemplaciones y cortar
por lo sano. Que les quitas un sueldo con el que han estado contando hasta hoy; bueno, pues ¡qué se le va a
hacer! Todos tienen derecho a la vida. Y también, si te vas, es una boca menos a la mesa. Por eso te digo; yo
que tú, no sé las cosas, ¿verdad?, pero vamos, que respecto a la familia, me liaba la manta a la cabeza y
podían cantar misa. Mi criterio por lo menos es ése, ¿eh?; mi criterio.
-Eso se dice pronto. Pero las cosas no son tan simples, Sebastián. Desde fuera nadie se puede dar una idea
de los tejemanejes y las luchas que existen dentro de una casa. Aun queriéndose. Las mil pequeñas cosas y
los tiquismiquis que andan de un lado para otro todo el día, cuando se vive en una familia de más de cuatro
y más de cinco personas. No creas que es cosa fácil.
-Si es que ya lo sabemos, pero con todo eso hay que arrostrar.
-Que no, hombre, que no; prefiere uno fastidiarse y esperar el momento oportuno.
SÁNCHEZ FERLOSO, Rafael: El Jarama.
LA RENOVACIÓN DE LOS 60
Nacer, crecer, bailar una vez en la fiesta del pueblo delante de la procesión del Corpus con el moño alto,
porque era buena bailarina y se decidió, que sí, que a pesar de todo, a pesar de estar determinada al dolor y
a la miseria por su origen, ella debía bailar ante el palio en la procesión del Corpus, en la que el orgullo de la
Custodia a todos los campesinos de la plana toledana salva, hundirse después, hundirse hacia la tierra,
rodear el airoso talle (que la hizo elegir para la fiesta) de tierra asimilada, comida, enterrarse en grasa pobre,
ser redonda, caminar a lo ancho del mundo envuelta en esa redondez que el destino otorga a las mujeres
que como ella han sido entregadas a la miseria que no mata, huir delante de un ejército llegado de no se
sabe dónde, llegar a una ciudad caída de quién sabe qué estrella, rodear la ciudad, formar parte de la tierra
movediza que rodea la ciudad, la protege, la hace, la amamanta, la destruye, esperar y ahora gemir.
No saber nada. No saber que la tierra es redonda. No saber que el sol está inmóvil, aunque
parece que sube y baja. No saber que son tres Personas distintas. No saber lo que es la luz eléctrica. No
saber por qué caen las piedras hacia la tierra. No saber leer la hora. No saber que el espermatozoide y el
óvulo son dos células individuales que fusionan sus núcleos. No saber nada. No saber alternar con las
personas, no saber decir: "Cuánto bueno por aquí, no saber decir: "Buenos días tenga usted; señor doctor".
Y sin embargo, haberle dicho: "Usted hizo todo lo que pudo".
Y repetir obstinadamente: “Él no fue". No por amor a la verdad, ni por amor a la decencia, ni
porque pensara que al hablar así cumplía con su deber, ni porque creyera que al decirlo se elevaba
ligeramente sobre la costra terráquea en la que seguía estando hundida sin ser capaz nunca de llegar a
hablar propiamente, sino sólo a emitir gemidos y algunas palabras aproximadamente interpretables. “Él no
fue" y ante la insistencia de un hombre, tal como ella nunca había conocido que existieran - dotados de esa
alta prepotencia - aunque bien que lo adivinaba a veces mirando la ciudad de lejos con su nube de humo
encima surgida de ciertos agujeros que hasta tanto más tarde no había de conocer, repetir: "Cuando él fue,
ya estaba muerta
“Él no fue" y seguir gimiendo por la pobre muchacha surgida de su vientre y a través de cuyo
joven vientre abierto ella había visto, con sus propios ojos, írsele la vida preciosista que, como único bien, le
había transmitido.
L. Martín Santos: Tiempo de silencio
¡ Allí estaban las chabolas! Sobre un pequeño montículo en que concluía la carretera derruida,
Amador se había alzado –como muchos años antes Moisés sobre un monte más alto- y señalaba
con ademán solemne y con el estallido de la sonrisa de sus belfos gloriosos el vallizuelo
escondido entre dos montañas altivas, una de escombrera y cascote, de ya vieja pulida y
expoliada basura ciudadana la otra (de la que la busca de los indígenas colindantes había
extraído toda sustancia aprovechable valiosa o nutritiva) en el que florecían, pegados los unos a
los otros, los soberbios alcázares de la miseria. La limitada llanura aparecía completamente
ocupada por aquellas oníricas construcciones confeccionadas con maderas de embalaje de
naranjas y latas de leche condensada, con láminas metálicas provenientes de envases de
petróleo o de alquitrán, con onduladas uralitas recortadas irregularmente, con alguna que otra
teja dispareja, con palos torcidos llegados de bosques muy lejanos, con trozos de manta que
utilizó en su día el ejército de ocupación, con ciertas piedras graníticas redondeadas en refuerzo
de cimientos que un glaciar cuaternario aportó a las morrenas gastadas de la estepa, con
ladrillos de “gafa” uno a uno robados en la obra y traídos en el bolsillo de la gabardina con
adobes en que la frágil paja hace al barro lo que las barras de hierro al cemento hidráulico, con
trozos redondeados de vasijas rotas en litúrgicas tabernas arruinadas, con redondeles de
mimbre que antes fueron sombreros, con cabeceras de cama estilo imperio de las que se han
desprendido ya en el Rastro los latones, con fragmentos de barrera de una plaza de toros
pintados todavía de color herrumbre o sangre, con latas amarillas escritas en negro del queso de
la ayuda americana, con piel humana y con sudor y lágrimas humanas congeladas.
LUIS MARTÍN-SANTOS: Tiempo de silencio.
Sin embargo, en este mismo ámbito de calcinada tierra, cielo remoto,
imposibles pájaros, luz obsesiva, durante el reino de los Veinticinco
Años de Paz, reconocidos y celebrados hoy por todos los bien
pensantes del mundo, hombres armados habían golpeado a
compatriotas indefensos con látigos, fustas, bastones; se habían
cebado en ellos con sus culatas, correas, botas, fusiles. Hombres cuyo
único delito fue el de defender con las armas el gobierno legal, real,
cumplir con su juramento de fidelidad a la República, proclamar el
derecho a una existencia justa y noble, creer en el libre albedrío de la
persona humana, escribir la palabra LIBERTAD en tapias, cercados,
aceras, muros. […]
Condenados a muerte, miraron por última vez el cielo, las nubes, los
pájaros, todo aquello que de una u otra forma representaba para ellos
la vida. Pasaron el duermevela agitado que precede a la ejecución.
Escribieron su carta de adiós al padre, la madre, la mujer, la novia, los
hijos. Comieron el último plato de lentejas. Bebieron ávidamente la
última taza de café. Caminaron hacia el paredón vigilados,
encuadrados, empujados, sostenidos por sus verdugos. Afrontaron los
fusiles con serenidad, lloraron, solicitaron valientemente la venia de
dar la orden de fuego, suplicaron vida salva, se reconciliaron con Dios,
rechazaron los auxilios del cura, gritaron, rieron, aullaron, se mearon
de miedo, cayeron tronchados por las balas, rindieron el último
suspiro.
Juan Goytisolo: Señas de identidad
NOVELA A PARTIR DE 1975
«A 36.000 kilómetros de la Tierra –leyó ella – se halla una órbita geoestacionaria, fija a la atmósfera porque se
mueve a la misma velocidad que la Tierra: la órbita Cementerio, como se denomina a aquella a la que se envían
los satélites cuando pierden su vida útil. […]» O sea, para entendernos, que los pobres satélites son como
elefantes que van a morir a su necrópolis común. No deja de tener su lado poético, si lo piensas. Imagínate, Bea:
unos cachivaches enormes cuya labor principal era la comunicación, mudos, aislados para siempre, rodeados
de un ejército de cachivaches similares que tampoco podrán comunicarse nunca más. Alucinante, ¿no?
Piensa en eso ahora, Bea, tantos años después. Hace cuatro años que no ves a Mónica. Piensa en la
soledad de los satélites, la soledad orbital. Abandonados por aquellos a los que una vez sirvieron. Olvidados y
fríos. Rodeados del vacío más yermo y absoluto, en el silencio helado del universo helado, cubiertos de una
capa de escarcha que no brilla, que no tiene siquiera ya luz que reflejar. Inmóviles y dignos en su glacial retiro,
satélites difuntos, cadáveres exánimes de gélida chatarra, antiguallas que fueron monstruos de acero y hierro,
que una vez transmitieron fechas, datos y cifras a los que concedían importancia crucial. Fechas, datos y cifras
que ahora nadie recuerda. Ni la fuerza del hierro escapa al desamparo. Ahora, incomunicados, herrumbrosos
titanes que han perdido su fuerza, condenados a un mutismo eterno y oxidado, jalonan de morralla un sector
desolado. Los cables y las tuercas se acabarán desintegrando, aunque quizá falten siglos para que ocurra eso.
En cualquier caso, piensa, qué poco importa el tiempo en un paisaje ciego, donde cada minuto es exacto al
siguiente, donde a cada segundo sucede otro segundo. Idéntico, inmutable, un segundo apagado para un tiempo
marchito. Órbita cementerio. Soledad orbital.
A veces pienso, Mónica, donde quiera que estés, que a mí me ha pasado lo mismo. Que fui enviada al
mundo con una misión: comunicarme con otros seres, intercambiar datos, transmitir. Y sin embargo, me he
quedado sola, rodeada de otros seres que navegan desorientados a mi alrededor en esta atmósfera enrarecida
por la indiferencia, la insensibilidad o la mera ineptitud, donde nunca espera que la escuchen, y menos aún que
la comprendan. A nuestro alrededor giran universos enteros, estrellas, soles, lunas, galaxias, aerolitos, grandes
constelaciones, nubes de gas y polvo, sistemas planetarios, materia interestelar. Hasta basura espacial. Pero
sobre todo, un silencio insondable que todo lo absorbe. Un vacío enorme y negro, una quietud indescifrable. Y
aunque sé que no debería ser así, el caso es que me siento a millones de años luz de cualquier señal de vida, si
la hay, que se desarrolle a mi alrededor. Siento que navego en la órbita cementerio.
Lucía Etxevarría: Beatriz y los cuerpos celestes
En un piso de la calle 52 Este de Nueva York,
ante los ojos conmovidos de una mujer y un
hombre que oyen tras las ventanas cerradas el
viento del invierno y el rumor como de
catarata de la ciudad a la que asoman muy
pocas veces y encuentran en el baúl de Ramiro
Retratista lo que nunca han buscado, lo que les
perteneció siempre, sin que lo supieran o lo
desearan, las razones más antiguas de su
desarraigo y de su complicidad.
(...)
Ellos me hicieron, me engendraron, me lo
legaron todo, lo que poseían y lo que nunca
tuvieron, las palabras, el miedo, la ternura, los
nombres, el dolor, la forma de mi cara, el color
de mis ojos, la sensación de no haberme ido
nunca de Mágina y de verla perderse muy
lejos, al fondo de la extensión de la noche.
A. Muñoz Molina: El jinete polaco
Mucho más tarde, cuando Jaime Astarloa quiso
reunir los fragmentos dispersos de la tragedia
e intentó recordar cómo había empezado todo,
la primera imagen que le vino a la memoria
fue la del marqués. Y aquella galería abierta
sobre los jardines del Retiro, con los primeros
calores del verano entrando a raudales por las
ventanas, empujados por una luz tan cruda
que obligaba a entornar los ojos cuando hería
la guarda bruñida de los floretes. El marqués
no estaba en forma; sus resoplidos recordaban
los de un fuelle roto, y bajo el peto se veía la
camisa empapada en sudor. Sin duda expiaba
así algún exceso nocturno de la víspera, pero
Jaime Astarloa se abstuvo, según su
costumbre, de hacer comentarios inoportunos.
La vida privada de sus clientes no era asunto
suyo. Se limitó a parar en tercia una pésima
estocada que habría hecho ruborizar a un
aprendiz, y se tiró luego a fondo. El flexible
acero italiano se curvó al aplicar un recio
botonazo sobre el pecho de su adversario.
A. Pérez Reverte: El maestro de esgrima
Todos los días salía de casa subiéndose sus imaginarias
solapas de espía, un cigarrillo colgado del labio y la mirada esquinada
de astucia. Deteniéndose en los escaparates y simulando curiosidades
imprevistas, angulando reojos, hurtando el perfil, burlando
persecuciones y salvando emboscadas, vencía sin novedad la primera
etapa del trayecto. A partir de allí, le esperaba otra suerte de peligros.
Si aguardaba la luz verde para cruzar una calle y se ponía a su altura
una mujer con alguna prenda negra, perdía una baza de semáforo. Si
azul, ganaba el derecho a acelerar el paso durante un minuto. Si
alcanzaba a un transeúnte ciego o cojo, no podía adelantarlo mientras
no lo liberase algún hombre con un peso a la espalda. Quedaba cautivo
de una plaza si la estaban regando o había un niño con un gorro, y no
podía franquearla hasta que cruzase un perro o levantase el vuelo una
paloma. Pero si el perro se paraba a hacer una necesidad, también él
debía pararse y contener la respiración, pues en caso contrario las
reglas del juego lo obligaban a retroceder hasta encontrar una monja o
cualquier otra persona de uniforme. Por momentos la vida le parecía
apasionante.
Luis Landero: Juegos de la edad tardía
Los héroes sólo son héroes cuando se mueren o cuando los matan. Y
los héroes de verdad nacen y mueren en la guerra. No hay héroes vivos,
joven. Todos están muertos. Muertos, muertos.
(...)
El soldado le está mirando; Sánchez Mazas también, pero sus ojos
deteriorados no entienden lo que ven: bajo el pelo empapado y la
ancha frente y las cejas pobladas de gotas la mirada del soldado no
expresa compasión ni odio, ni siquiera desdén, sino una especie de
secreta o insondable alegría, algo que linda con la crueldad y se resiste
a la razón pero tampoco es instinto, algo que vive en ella con la misma
ciega obstinación con que la sangre persiste en sus conductos y la tierra
en su órbita inamovible y todos los seres en su terca condición de seres,
algo que elude a las palabras como el agua del arroyo elude a la piedra,
porque las palabras sólo están hechas para decirse a si mismas, para
decir lo decible, es decir todo excepto lo que nos gobierna o hace vivir
o concierne o somos o es este soldado anónimo y derrotado que ahora
mira a ese hombre cuyo cuerpo casi se confunde con la tierra y el agua
marrón de la hoya, y que grita con fuerza al aire sin dejar de mirarlo.
Javier Cercas: Soldados de Salamina
NOVELA DEL EXILIO
Aquellos muertos que íbamos encontrando,
después de días bajo el sol de África, que
vuelve la carne en vivero de gusanos en dos
horas; aquellos cuerpos mutilados, momias
cuyos vientres explotaron. Sin ojos o sin
lengua, sin testículos, violados con estacas de
alambrada, las manos atadas con sus propios
intestinos, sin cabeza, sin brazos, sin piernas,
serrados en dos. ¡Oh, aquellos muertos!
A. Barea: La forja de un rebelde (II)
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