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SEXTO MANDAMIENTO, 8
CCE 2352: “Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una
tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca
y gravemente desordenado. El uso deliberado de la facultad sexual
fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determina. Así, el goce sexual es buscado aquí al margen de la relación sexual requerida por
el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de
la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de
un amor verdadero”.
Idem: “Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral
de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en
cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos,
el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral”.
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SEXTO MANDAMIENTO, 9
La fornicación 1) niega la relación esencial de la sexualidad humana que, por su propia naturaleza, está orientada a la intimidad del
matrimonio y con un fin procreador; 2) es un escándalo para la
vida social y es contraria a la dignidad de las personas, pues se
prostituyen ya que no están casados. Además, si se engendra una
nueva vida, se enturbia el origen de los hijos nacidos de una relación
no esponsalicia.
La pornografía indica una profunda degeneración del valor sexual
de la persona humana. “Ofende la castidad porque desnaturaliza la
finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno
viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce unos a otros en la ilusión de un mundo ficticio.
Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico” (CCE 2354).
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SEXTO MANDAMIENTO, 10
El matrimonio es una institución natural (se fundamenta en la
naturaleza misma del hombre y de la mujer). Toda unión estable
entre un hombre y una mujer, nacida de un compromiso firme e
irrevocable del amor esponsalicio (entrega y fidelidad) merece
un aprecio y un reconocimiento social. Esa dignidad del matrimonio natural goza en todas las culturas y en todos los tiempos
de general valía y consideración.
El matrimonio cristiano añade a esa dignidad una mayor excelencia: “sacramento grande” (Ef 5, 32), que comunica
una gracia especial para que el amor humano se engrandezca con el amor sobrenatural y para ayudar a los cónyuges a
cumplir las obligaciones del matrimonio.
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SEXTO MANDAMIENTO, 11
CCE 2350: “Los novios están
llamados a vivir la castidad en
la continencia. En esta prueba
han de ver un descubrimiento
del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la
esperanza de recibirse el uno
y el otro de Dios. Reservarán
para el tiempo del matrimonio
las manifestaciones de ternura
específicas del amor conyugal.
Deben ayudarse mutuamente
a crecer en la castidad”.
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SEXTO MANDAMIENTO, 12
El amor está en el origen de la unión de dos vidas para siempre.
Pero la esencia del matrimonio está en el vínculo que se origina
del pacto conyugal entre los esposos, no en el amor.
Mediante la presencia de Cristo entre los esposos cristianos, el amor sensible y el amor afectivo son elevados y sublimados por el amor
sobrenatural, gracia especial que da el sacramento: los esposos están capacitados para vivirlos en su integridad, purificados de los egoísmos que siempre acompañan al querer humano.
Si los esposos llegaran a agotar el amor sensible y el afectivo, el
amor sobrenatural (que fructifica por la oración y la recepción de
los sacramentos) podrá ayudar a que los recuperen.
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SEXTO MANDAMIENTO, 13
CCE 2366: “La fecundidad es un don, un fin
del matrimonio, pues el amor conyugal tiende
naturalmente a ser fecundo. El niño no viene
de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de ese don recíproco, del que es fruto y cumplimiento”. El
cristiano sabe además que los padres son cooperadores con Dios que crea el alma del niño.
Es cierto que “el matrimonio no es solamente para la procreación,
sino que la naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y
el bien de la prole requieren que el amor mutuo de los esposos
mismos se manifieste ordenadamente, progrese y vaya madurando”
(Gaudium et spes 50). Pero tal perfección no se alcanza si se evitan los hijos sin motivos suficientes (dimensiones unitiva y procreadora del acto conyugal que el hombre no puede disociar).
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SEXTO MANDAMIENTO, 14
Moral católica: los padres deben hacer un juicio práctico cuando, por
serios motivos, decidan distanciar el nacimiento de un nuevo hijo,
bien sea por un tiempo determinado o por un espacio indefinido
(mientras perduren las causas de esta decisión).
Gaudium et spes 50: “Con responsabilidad humana y cristiana los
esposos cumplirán su misión (...) de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio
bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por
venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado
de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en último término,
deben formarlo ante Dios los esposos personalmente. En su modo
de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden
proceder a su antojo”. Regirse por la conciencia, según la ley divina.
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SEXTO MANDAMIENTO, 15
La grandeza del matrimonio está sometida a todo genero de degradaciones y aparece un esfuerzo por desvirtuar la familia y el matrimonio al identificar cualquier unión sexual con el matrimonio.
Ejemplo de las “parejas de hecho”. Dos vicios corrompen la naturaleza de la familia: el adulterio y la plaga del divorcio.
El adulterio es un pecado por dos razones:
1) tal relación sexual se realiza fuera del
matrimonio entre ambos (contra la castidad);
2) se comete uno o dos pecados graves contra
la justicia de una o dos personas que están
casadas con los adúlteros, porque sus derechos
son violados por quienes cometen el adulterio.
Graves deberes de justicia si hay un nacimiento ilegítimo.
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SEXTO MANDAMIENTO, 8