Miguel-A.
“Valientes”
160 seg.
(R. Alarcón)
Por primera vez en la
historia, y posiblemente
única, los ejércitos de la
Unión Soviética, Estados
Unidos, y España hacían
unas maniobras militares a
gran escala de forma
conjunta. Se trataba de un
simulacro de salvamento
donde intervenían
unidades de tierra, mar, y
aire de los tres ejércitos.
La base del escenario era
el portaviones Dédalo que
patrullaba a escasas millas
de la costa Gallega de
Finisterre.
El día había sido muy ajetreado. Las distintas escuadrillas de aviones
militares habían realizado viajes constantes con aterrizajes alternativos
entre el portaviones Dédalo y el aeropuerto de Santiago de Compostela.
Mientras, las lanchas neumáticas llevaban a los hipotéticos salvados a
otros barcos menores, que finalmente los trasladaban al puerto, seguro
en hipótesis, de Bilbao. Había sido una jornada muy intensa y de un
ruido ensordecedor. Por fin, se había decretado un descanso hasta el
amanecer del día siguiente. Todo volvió a la calma.
Sobre la cubierta del portaviones Dédalo en torno a una mesita a
rebosar de planos, los generales responsables de los tres ejércitos
discutían la forma de transcurrir la jornada y planeaban cómo habían de
hacerse las cosas a las siguientes: La labor había sido buena hasta
llegar al portaviones, pero había fallado un poco la coordinación con
los otros barcos menores que hacían la ruta entre el Dédalo y Bilbao.
En cualquier caso había de ensayarse hacer la evacuación con un poco
más de rapidez.
- Todos mis hombres son muy valientes -dijo el general Soviético-.
Emprenden la tarea que se les ordena con total convencimiento. Ésa es
la clave del éxito. En las academias de los ejércitos Soviéticos
insistimos en que el soldado no debe pensar. El pensamiento
únicamente es facultad de los oficiales.
- Evidentemente -respondió el general Norteamericano- el
convencimiento tiene un efecto psicológico positivo, pero lo que usted
está diciendo me parece una barbaridad. Esa tesis que insinúa
supondría afirmar la infalibilidad de las decisiones de los oficiales.
- Vean. Soldado Petrov -dijo a un marinero que pasaba
por allí-, láncese al agua, vaya hasta tierra, busque
una rosa, y tráigala.
El marinero se despojó de su ropa, y se lanzó al agua.
Al cabo de una hora, el marinero Petrov volvió con la
rosa.
- ¿Lo han visto? -comentó el general Ruso agitando,
eufórico, la rosa entre sus manos-. ¡Eso se llama
valentía y eficacia!.
- ¡Eso no es nada! -replicó el general Norteamericano-.
Ahora enviaré a uno de mis marineros a buscar una rosa
con una mano atada a la espalda.
- ¿Y quién me asegura a mí que no va a desatarse la
mano? -protestó el general Ruso.
- General Shustikov, ¿por qué es usted tan desconfiado?.
- En la academia militar
Soviética, en lo referente a
las tácticas, nos enseñan a
tener en cuenta cualquier
posible maniobra del
enemigo para adoptar,
inmediatamente, la
estrategia adecuada.
- Está bien -respondió el
general Norteamericano-.
Tengo la solución a sus
suspicacias. Entre mis
subordinados hay un
marinero a quien un tiburón
le arrancó un brazo en el
Caribe.
Pasada una hora, el
marinero Jhonson, un
gigante rubio de dos
metros de estatura y a
quien, efectivamente, le
faltaba un brazo,
volvía, empapado en
agua, con una rosa
entre los dientes.
- ¿Ven? -exclamó el
general Smith muy
ufano-. ¡Eso se llama
valentía!.
- Eso que han demostrado ustedes no es nada -terció el
general Español-. ¡Ahora enviaré a un marinero con
ambas manos atadas a la espalda!.
- ¿Y cómo sé yo que no va desatarse las manos en el
agua? -preguntó el general Shustikov.
- Bueno, sí, pensando en
la teoría de las tácticas y
estrategias, ya había
tenido en cuenta la
reacción a su suspicacia.
¡A ver, González! -dijo el
general Pérez a un
soldado bajito con cara de
cabreado-, córtese las
manos, láncese al agua,
vaya a tierra, y tráigame
una rosa.
- ¡Que lo haga tu puta
madre! -respondió
inmediatamente el
marinero Español.
- ¿Lo han visto? sentenció el general
Pérez-. ¡Eso sí que se
llama tener cojones!.
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