AQUELLAS VEREDAS INOLVIDABLES
Era y espero lo siga siendo un lugar maravilloso; como pedazo arrancado del
Paraíso.
Ahí experimenté mi transición de niño a adolescente. Ahí conocí los primeros besos
con sabor a miel. Y la hiedra amarga de las primeras traiciones.
Ahí tuve mis novicios sueños de grandeza, con tintes a veces de pesadillas que me
colocaron en mi lugar de poca cosa.
Recuerdo ese sitio, como si se me presentara en diapositivas cotidianas, de todas las
noches, de toda la vida. Le tengo tan fresco, a pesar de las telarañas del tiempo que
empañan la memoria.
Recuerdo cuando me escapaba del rigor de los días, de mi vida cuando asechaba el
sufrimiento, el dolor. Recuerdo aquella enorme roca, a la veda del camino a Los
Horizontes, con vista a valles bordeados de flores exóticas de mil colores a donde yo
llegaba para llorar mis penas, llanto de niño herido. Y allí encontraba en mi soledad
el consuelo.
La silueta de la Iglesia de Santo Tomás la Unión se divisaba, hacia el Norte, cuesta
abajo la conjunción de los ríos Nahualate y Yaxhà. El recorrido del ahora un solo
río que se perdía entre barrancos y hondonadas adornados de helechos, musgos,
orquídeas y de flores Ave del Paraíso.
Apenas se divisaba el color plomizo del humo emanado de las casitas rústicas de los
habitantes de Pasacul y Paculam, aldeas de la etnia Mam perdidas entre el espesor
de aquella semi-jungla de cafetales, Nadie supo decirme con certeza cómo llegaron
desde su Huehuetenango lejano para radicarse precisamente allí, quizá empujados
por la incertidumbre y la pobreza, producto de la injusticia y la indiferencia social.
A lo lejos se divisaba los dos picos del Volcán Siete Orejas, con su árbol de
Albaricoque silvestre inmerso entre ambas puntas.
Más al sur, la pequeña cordillera formada por el Cerro de San Marcos, que
escondía apenas los domos de los volcanes de San Pedro, Tolimán y Atitlàn, a
orillas del lago más bello del mundo.
Recuerdo ahora en la lejanía y sumido en la nostalgia, aquellas escapadas de la
escuela.
Recuerdo a mis amigos de entonces, a mi inseparable Amilcar huérfano de padre,
hijastro de un viudo, chaparro, regordete y calvo quien en los tiempos del dictador
Ubico fungió como Sargento y quién con manu militare nos impartía el curso
obligatorio de Instrucción Militar. A pesar de ello, tenía el corazón de oro.
Aquellos cómplices de entonces de tantas aventuras vencidas. Aquellas batallas
inventadas y siempre ganadas en nuestra imaginación infantil, sueños de
grandezas y de héroes caídos, juegos de hombres en miniatura soñando con ser
grandes.
Nuestras exploraciones en búsqueda de tesoros inexistente nos llevaba a veces a las
cataratas formadas por el Río San Lorenzo, que ocultaban apenas, detrás de la
cortina de agua, una cueva a la que nunca tuvimos el coraje de ingresar, ya que era
utilizada por los nativos para sus prácticas de hechicería.
Otras tantas veces, después de caminar por largos trechos formados por
interminables surcos de Cardamomo nos conducían a la cima del Cerro de San
Marcos. El éxito de nuestra empresa era coronado por la vista más espectacular. A
nuestros pies, la planicie y los valles que en la distancia conducían al Lago de
Panajachel. Al lado opuesto, todo un mar de cañaverales en flor. El azul del Océano
Pacífico se divisaba en el horizonte.
Opciones de aventuras sobraban.
Hacia el Norte, atravesando la cuesta empedrada a un costado de la Casa Grande,
lugar de residencia temporal de los patrones, a quiénes casi nunca veíamos; era más
fácil ver a Dios. Algunos metros cuesta abajo, el trapiche, lugar indiscutible para
proveernos de una sabrosa porción de melcocha caliente y que los trabajadores
gustosos nos ofrecían envuelto en hojas de plátano.
Acto seguido, la bifurcación del camino; a la derecha nos conducía al Pueblo de
Santo Tomás la Unión, a algunos kilómetros, no sin antes aventurarnos en aquella
cabaña olvidada y que en un momento de frenesí, le prendimos fuego porque fuimos
testigos, de cientos de culebras Mazacuata en brama y que con sus chillidos
formaban un ruido infernal. Iniciábamos el descenso del barranco que nos conducía
a la enorme poza del Río Nahualate que estrellaba con violencia sus aguas en una
pared de roca y que al hacerlo, formaba un remolino y una enorme cueva servía de
testigo mudo de la fuerza de la naturaleza en su estado más salvaje. Muchos
intrépidos o insensatos perdieron la vida en esa cueva. Entraron; nunca más
salieron.
A la izquierda, el camino a nuestro punto de predilección; la poza del Río Yaxhà.
Al costado izquierdo, sobre una loma, el cementerio local, luego, algunos
kilómetros cuesta abajo, nos esperaba la diversión a granel.
En esa poza, encaramados en una enorme piedra que servía de antesala a las caídas
de las aguas, en el lugar más peligroso del río ya que desde allí se formaban los
rápidos; por sobrevivencia o por orgullo varonil perdí el miedo, aprendí a
lanzarme en picada.
Aprendí a nadar. Pero sobretodo; aprendí a luchar, a no dejarme vencer, a
intentarlo de nuevo hasta triunfar. A aceptar los desafíos que el destino me
deparaba. Empezaba a convertirme de niño a hombre.
Llegar a esos parajes significaba toda una odisea. Empezaba dejando el pueblo de
San Antonio Suchitepequez, una vez dejada la asfaltada, se aventuraban
entonces los camiones saturados de bienes y personas, autobuses y cualquier
otro vehículo por un estrecho camino de una sola vía, polvoriento en el verano,
fangoso en el invierno.
Algunos kilómetros después; se debía atravesar el puente de hamaca sobre el
Nahualate, siempre en muy mal estado y que presentaba un constante peligro
para quienes osaran atravesarlo. Muchos perdieron la vida al caer
inexorablemente al vacío.
El camino serpenteaba entre pendientes peligrosas, atravesando cuánta finca era
posible, “El Marne”, “La Esperanza”, “La Abundancia”, “Alta Vista”, “Baja
Vista”, “La Paz” y luego; esa finca, la de mis sueños “Filadelfia”.
De aquellos otrora primeros amores no quedó en la memoria que sus nombres;
algunos. De los rostros que en su momento para mí serían inolvidables, ya ni
me acuerdo. Solo quedó impregnado para siempre en mis recuerdos; la belleza
sublime de aquel lugar y la niñez perdida para siempre.
*** Este lugar me sirvió de marco para mi primer novela: »Ángel con las alas rotas»
donde mi personaje, Juan Ramón vivió los primeros años de su corta
existencia.
-RonyFer-
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