Miguel-A.
“El
loro
del
capitán”
Aunque nací, y vivo, tierra adentro, y
no vi el mar, por primera vez, hasta
mis trece años, siempre me he
sentido un poquito pirata. Ya en mi
adolescencia, al igual que otros
muchos adolescentes, me enamoré
de la cadencia y musicalidad del
romanticismo (Bécquer, y
Espronceda) cuyos versos me
aprendía de memoria. Y el poema
máximo exponente de este último, es
la “canción del pirata”, que yo
lanzaba a voz en grito con la fuerza y
“locura” de la juventud: “¡Que es mi
barco / mi tesoro, / que es mi dios / la
libertad, / mi ley / la fuerza y el viento,
/ y mi única patria / la mar!”. Sin
embargo, la vida, que a veces va de
“puta”, te puede jugar malas
pasadas... y hay que aterrizar donde
se pueda. ¡Y yo aterricé como
agricultor!.
¡A la vejez, viruelas!, suele
decirse. Y cuando la enfermedad
degenerativa me ha impedido el
trabajo en la agricultura, y otras
muchas actividades personales
de la vida cotidiana, he vuelto a
mis principios de pirata: esta vez
navegando por los procelosos
mares de internet... con un silla
de ruedas por tabla de surff. Sí,
soy un pirata... un pirata
informático... pero un pirata legal
(aunque la legalidad sobre
derechos de autor me importe
menos que un pito). Digamos
que soy un pirata ético: pirateo
lo que necesito, pero jamás con
fines económicos, ayudo a los
demás cuanto pueda, y no me da
la gana tener derechos de autor.
Un capitán pirata enroló en
su tripulación a un
cocinero que era
aficionado a realizar tucos
de magia. El mago y
cocinero era muy bueno en
ambas facetas... pero la
vida no es justa: mientras
unos llegan al estrellato
“por su cara bonita”, otros
no pasan de peones de
brega, aunque hagan
“gloria bendita”.
El cocinero-mago, tras la
cena, amenizaba, a diario,
las primeras horas de las
noches de la tripulación
con sus trucos de magia.
El capitán de la nave tenía como mascota un loro que, noche tras
noche, observaba al mago la realización de sus trucos de magia.
Maliciosamente, el ave solía revelar a la tripulación los secretos del
mago. Cuando éste hacía desaparecer algo, el loro gritaba:
- ¡¡Lo tiene a su espalda!! ¡¡Lo tiene a su espalda!! ¡¡Beee!!.
Eso irritaba terriblemente
al mago, que llegó a
pensar en deshacerse del
loro en varias ocasiones.
¡Pero, como se trataba de
la mascota del capitán, el
tema era muy delicado!.
Un día, el barco sufre
un accidente, y se
hunde. El mago se las
ingenia para llegar
nadando hasta un
madero que flotaba, y
se aferra de él. Al poco
tiempo, el loro aparece
volando, y se posa en
el otro extremo del
madero.
Ambos, con el madero,
flotan a la deriva. Así, pasan
tres días sin pronunciar una
sola palabra. En todo ese
tiempo, el loro no dejaba de
mirar de reojo al mago. En la
mañana del cuarto día, el
pájaro se dirige al mago, y le
dice:
- Bueno... me doy por
vencido. ¿Cuál es el truco?
¿Dónde carajo has
escondido el barco...?.
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