TESTAMENTO
ESPIRITUAL
Hoy, 23 de abril de 1853, en el
momento que cumplo mis
cuarenta años en las
inquietudes de una
enfermedad
grave, sufriendo en el cuerpo,
pero sano de espíritu, he
escrito en pocas palabras mis
últimas voluntades,
proponiéndome expresarlas
más completamente cuando
tenga más fuerzas.
Pongo mi alma en
manos de Jesucristo,
mi Salvador,
asustado por mis
pecados, pero
confiando en la
infinita
misericordia.
Muero en el seno de la Iglesia
católica, apostólica y romana. He
conocido las dudas del siglo
presente, pero toda mi vida me ha
convencido que no hay reposo
para el espíritu y el corazón más
que en la fe
de la Iglesia y bajo su autoridad. Si
atribuyo algún precio a mis largos
estudios es que me dan derecho
de
suplicar a todos los que amo que
sigan fieles a una Religión donde
he encontrado la luz y la paz.
Mi ruego supremo a mi
familia, a mi mujer, a mi
hija, a mis hermanos y
cuñados, a todos los que
nacerán de ellos
es que perseveren en la fe,
a pesar de las
humillaciones, los
escándalos, las deserciones
de las que serán
testigos.
A mi tierna y querida Amelia,
que ha hecho la alegría y el
encanto de mi vida y cuyos
cuidados tan dulces han
consolado desde hace un año
todos mis males, yo dirijo mis
adioses cortos como todas las
cosas de la tierra. Le
agradezco, la bendigo, y yo la
esperaré. En el cielo
solamente podré devolverle
tanto amor como merece.
Doy a
mi hija la bendición de los
Patriarcas, en el nombre del
Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo. Me es triste no
poder trabajar más tiempo en
la obra tan querida de su
educación, pero la confío sin
pena a su muy buena y muy
amada madre.
Doy también aquí las
gracias a todos los que
me han hecho algún
servicio. Pido perdón
por mis prontos y malos
ejemplos.
Yo solicito sus oraciones a
la Sociedad de San Vicente
de Paúl de mis amigos de
Lyon. No cesen a
instancias de lo que les
digan, él está en el cielo.
Rueguen siempre por el
que los ama mucho
pero que necesita
mucho de sus súplicas,
mis muy queridos
amigos. Yo dejaré la
tierra con menos temor.
Espero firmemente que
no nos separemos y que
me quede con ustedes
hasta que vengan a mí.
Que sobre todos
nosotros sea la
Bendición del Padre, del
Hijo, del Espíritu Santo.
Así sea.
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