Ps. Luz Dueñas Colque
C.Ps.P. 4564
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sobreproteger al niño, puede resultar muy
contraproducente, ya que no tendrá la
posibilidad de desarrollar libremente su
personalidad y se le puede llenar de miedos e
inquietudes convirtiéndole en una persona
insegura.
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Muchos padres se sienten en la obligación o
tienen el deseo de facilitarle la vida al
máximo a sus hijos.
Este tipo de conducta les niega la posibilidad
de cometer simples errores que no le harán
mal sino todo lo contrario, les ayudarán a
resolver ellos mismos poco a poco, los
problemas que les vayan surgiendo.
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No se debe pasar de un extremo a otro: ni
dejarles completamente desamparados ni,
por supuesto, ejercer una vigilancia obsesiva
sobre ellos.
No podemos olvidar que nuestra función
como padres es la de guiar a nuestros hijos,
para que se conviertan en personas adultas y
equilibradas que puedan responder ante las
dificultades que puedan surgirles en la vida.
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Generalmente, los niños que sufren esta
sobreprotección son los más tímidos de la
escuela, aquellos que se sienten inferiores al
resto, los que parecen tener miedo de manera
constante. También cabe destacar que la
sobreprotección abarca distintos campos y que
resulta negativa en todos ellos, como ejemplo
podemos citar la higiene infantil extrema.
No debemos confundir tampoco la
sobreprotección con el exceso de mimo y el
consentimiento, que son cosas completamente
opuestas, aunque pueden tener consecuencias
muy similares.
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Algunos padres sienten que no son lo
suficientemente buenos o que no pasan el
tiempo suficiente con sus hijos y este
sentimiento de culpabilidad es el que les lleva a
intentar que su hijo no sufra en ningún momento
porque considerarían el fracaso de su pequeño
como algo propio.
Como casi todo en la vida, la clave está en el
equilibrio y tratar de ayudar y apoyar a nuestros
hijos enseñándoles y guiándoles para resolver su
problemas, pero no resolviéndolos por ellos.
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Pero hacerles todo o facilitarles tanto la vida
no es el mejor modo de formarles y hacerles
crecer como personas. Generalmente, el
resultado de una sobreprotección es la
inseguridad. Este sería también el caso de
hijos únicos, padres de edades avanzadas o
familias con hijos adoptivos.
Desde la infancia. Los niños son capaces de
hacer mucho más de lo que podemos pensar.
No dejan de sorprendernos. Les vemos
pequeños y les creemos incapaces o
indefensos pero sólo hay que darles la
oportunidad de hacerlo para comprobar que
pueden llegar a eso y mucho más.
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Debemos ayudarles a desarrollar estrategias
para enfrentarse a las dificultades y posibles
problemas que les surjan en la vida, pero no
resolvérselas. Podemos ser su bastón para
que se apoyen y ayudarles a caminar pero no
sus piernas.
Ayudemos, también, a que sean capaces de
tomar decisiones con criterio y asumiendo
sus consecuencias. Así sabrán tomarlas
posteriormente ellos solos

Tratemos de aumentar su autonomía y darles
cierto grado de libertad y responsabilidad,
proporcional a su grado de madurez. Así,
lograremos que sean personas
independientes y seguras. Descubrirán por sí
mismos cuáles son sus posibilidades y
experimentarán situaciones de éxito que
ayudarán a que su autoestima crezca.
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Exigirles ciertas tareas, obligaciones o
responsabilidades no quiere decir que no se
les siga proporcionando cariño y apoyo.
Autoridad y amor incondicional, es la mejor
fórmula para garantizar su felicidad.
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Un aspecto importante en el desarrollo social y
afectivo del niño es la disciplina; entendida como la
adquisición de habilidades tomando como modelo a
una persona.
Los niños pequeños admiran profundamente a sus
padres, personas que les protegen y, por tanto, las
más importantes en su vida; a los que desean imitar.
Cuando imitan, influye más lo que hacen que lo que
dicen, convirtiéndose los padres en modelos de
conducta.
Un aspecto importante en el desarrollo social y
afectivo del niño es la disciplina; entendida como la
adquisición de habilidades tomando como modelo a
una persona.
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Todos los niños necesitan reglas y
expectativas para ayudarles a aprender el
comportamiento apropiado.
El mantenimiento de unas normas claras es
estrictamente necesario para conseguir que el
niño alcance una conducta plenamente
adecuada.
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Las normas deben ser explícitas, conocidas por todos
los miembros de la familia y muy concretas. Es
importante que se vea la disciplina como enseñanza y
no como castigo. El aprender a seguir las reglas
mantiene al niño seguro y le ayuda a él/ella a
aprender la diferencia entre lo que es correcto o
incorrecto.
Su cumplimiento debe ser muy estricto.
Una vez que se establecen las reglas, los padres
deben explicarle a su hijo/a las consecuencias de
romper las reglas. Deben decidir cuáles van a ser los
premios y las consecuencias. Siempre deben
reconocer y ofrecer refuerzo positivo y apoyo cuando
el niño sigue las reglas.
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Permita que su hijo experimente las consecuencias de su
comportamiento. La consistencia y el ser predecible son
las bases de la disciplina y el halago es el mayor refuerzo
para el aprendizaje.
Cuando sea posible, las consecuencias deben llevarse a
cabo de inmediato, deben estar relacionadas con el
romper la regla y deben ser de poca duración para que
usted pueda moverse a enfatizar lo positivo de nuevo.
Las consecuencias deben de ser justas y apropiadas a la
situación y la edad del niño.
Las normas deben ser estables y no arbitrarias. Muchas
veces los padres actúan en relación a su estado de ánimo.
Si están de buen humor, se muestran más relajados y
permisivos. Si están de mal humor, nerviosos o cansados,
se muestran más severos.
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Las personas que las imponen deben ser
coherentes entre sí. Compatibles con las que
se imparten en la escuela.
Hemos de ser consecuentes con las normas
que predicamos. Hemos de cumplir las
promesas que hagamos a nuestros hijos. No
debemos imponer amenazas que luego no
podremos cumplir.
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Obligar a cumplir la orden más o menos a la fuerza
puede sólo dar resultado en niños pequeños. Por
ejemplo, llevarles a lavarse las manos, quieran o no;
claro que conviene lavárselas, pero al mismo tiempo
elogiares, decirles: “Muy bien, lo estás haciendo muy
bien” (aunque sea a la fuerza). Confíen en que su hijo
va a hacer lo correcto dentro de los límites de su
edad y nivel de desarrollo.
Hable con su hijo como usted desearía que alguien le
hablase a usted si lo estuviese regañando. No recurra
a ponerle nombres, gritarle o faltarle el respeto.
Sea claro sobre lo que usted quiere decir. Sea firme y
específico.
Permita la negociación y flexibilidad; ello puede
ayudar a establecer las destrezas sociales en su hijo.
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Las RABIETAS constituyen un estadio en el desarrollo,
en el curso del aprendizaje, para enfrentarse con la
frustración y conseguir el autocontrol. La presencia
de rabietas, crisis de llanto, es habitual en niños
pequeños desde el año y medio hasta los 3 a 4 años
de vida. A partir de los 4 años un niño puede perder
ocasionalmente el control y tener una rabieta. Si
todavía persisten en la edad escolar es obligado llevar
al niño a un especialista adecuado y deben valorarse
las presiones escolares, familiares y ambientales.
Es de capital importancia realizar un buen manejo de
los primeros episodios de berrinches para evitar crear
un mal hábito y saber controlar los próximos si se
produjeran nuevamente.
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Es muy importante que los padres mantengan
una actitud coherente y constante, debiendo
estar entre sí de acuerdo en el manejo del niño
con rabietas.
La actitud que asuman los padres en esos
momentos es fundamental, ya que dependerá en
gran parte como el niño se comporte en el
futuro. No responder con agresión ni perder los
estribos, ya que esto genera más inseguridad en
el niño y por consiguiente persistencia del
problema.
Además, los niños imitan estas actitudes de
violencia (tirar objetos, pegar a otros niños, etc.)
1) No perder el control de la situación, mantener la calma; con padres
controlados y tranquilos, los niños seguirán el ejemplo. No permitir
que el niño se haga daño a si mismo o a los demás.
2) En el momento del episodio, es correcto mantener una actitud de
indiferencia, ya que el niño a pesar de los intentos de hablarle no
escuchará nada ya que su llanto no se lo permite.
3) Es necesario mostrar firmeza que contenga al niño; darle el tiempo y
espacio para que se recupere.
4) Si la situación se revierte es importante no concederle lo que quería
previamente.
5) Se le debe dar la oportunidad de elegir actividades u
opciones que sean aceptadas por los progenitores. De
este modo, el niño con deseos de autonomía pero que
aún no sabe de su manejo y control, no se sentirá
impotente, atenuando así sus sentimientos de
frustración.
6) Se le puede alzar, darle seguridad y afecto una vez
pasado el episodio, pero no recompensarlo con
“premios” (golosinas o juguetes) si se porta bien. Esto
es para no confundir al niño creando un circulo vicioso
de: Berrinches= Premio.
7) De continuar con esta actitud de rabieta y llanto
descontrolado, a pesar de lo anteriormente expuesto,
los padres podrán decidir dejarlo en su habitación u
otro lugar adecuado y cercano a ellos.
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Los celos son una emoción natural, propia del
desarrollo normal del niño. Parten de la
necesidad de exclusividad, de protagonismo y de
atención de los padres. No se pueden evitar, pero
sí se pueden atenuar y ayudar a gestionar, para
que no se cronifiquen y generen problemas más
importantes en la etapa adulta. Las
características personales del niño, su tolerancia,
autoconfianza, y seguridad interna, son factores
que intervienen directamente en la
eliminación de cualquier sentimiento de
inferioridad o celos entre hermanos.
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Se produce una regresión hacia comportamientos más
infantiles: recuperar el chupete o el biberón, volver a
hablar como un bebé, exigir que le den la comida o le
lleven en la silla.
Pueden aumentar las rabietas y manifestar
comportamientos agresivos: mordiscos, empujones,
peleas.
En ocasiones vuelve a hacerse pis o a chuparse el dedo.
Busca llamar la atención desobedeciendo, molestando,
incluso intentando dañar o fastidiar al hermanito.
El apetito y el sueño también se pueden ver afectados, se
vuelven más inapetentes, les cuesta conciliar el sueño o
aumentan las pesadillas y el miedo.
Están más sensibles, lloran con facilidad, pierden interés
por el ocio, disminuye su rendimiento escolar...
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Todo cambio en la vida del niño provoca
reacciones emocionales que podemos ayudar a
controlar.
Dar información previamente, anticipar de forma
realista las consecuencias que puede traer dicho
cambio, transmitir seguridad y protección,
pueden ayudar al niño a prepararse y adaptarse
mejor a dicho cambio.
Así pues, desde el embarazo le podemos
informar de lo que sucederá, de los cambios que
pueden llegar, justificarle las ausencias, los
nervios, las prisas, explicarle cualquier duda que
nos manifieste, llevarle al hospital para que
comparta el acontecimiento...
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Es importante cambiar en lo mínimo sus hábitos desde el primer
día, permitiendo que le cuide alguien cercano y en su propia
casa, si es posible, acudiendo al colegio o a la guardería, y
procurar dedicarle la misma atención de siempre, jugando,
mostrándole cariño, acompañándole en sus rutinas.
Hacerle partícipe de todo, colaborando en la preparación de la
habitación, en la elección del nombre, en el cambio de pañales,
en el baño o paseo del bebé, y que se sienta protagonista de la
situación, ayuda a la aceptación del nuevo nacimiento.
Resulta positivo fomentar la relación y comunicación entre los
hermanos ya desde el final del embarazo, que pueda hablarle,
cantarle y contarle sus cosas.
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Debemos ignorar en lo posible sus reacciones
negativas, gritos, llanto, rabietas, y reforzar todo
acercamiento y comportamiento positivo. Ello le
ayudará a regular sus emociones y conductas.
Si le hacemos partícipe de los beneficios y
privilegios que conlleva el ser hermano/a mayor,
este papel le resultará más gratificante y
privilegiado. Sentirá que las posibles pérdidas
que haya tenido, de atención o exclusividad, se
ven recompensadas. Así dejarle unos minutos
más antes de irse a la cama, acompañar a uno de
sus progenitores a realizar gestiones, comer con
ellos, en sus horarios, pueden ser algunas
opciones.
•
Los celos son inevitables, pero a veces somos los
adultos quienes, sin buscarlo, contribuimos a
alimentar una relación conflictiva y de rivalidad entre
los hermanos. Fomentar una relación sana entre
ellos, contribuye a generar una integración adecuada
en la sociedad, enseñándoles a respetar a los demás,
a compartir, perdonar y confiar.
Pongámosles las cosas fáciles: evitemos que el menor
coja juguetes del mayor, no les comparemos en
cualidades o comportamientos, valoremos las
diferencias y fomentémoslas. Según las edades y
características de los niños, tienen obligaciones,
necesidades y recompensas diferente.
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Los celos son inevitables, pero a veces somos los
adultos quienes, sin buscarlo, contribuimos a
alimentar una relación conflictiva y de rivalidad entre
los hermanos. Fomentar una relación sana entre
ellos, contribuye a generar una integración adecuada
en la sociedad, enseñándoles a respetar a los demás,
a compartir, perdonar y confiar.
Pongámosles las cosas fáciles: evitemos que el menor
coja juguetes del mayor, no les comparemos en
cualidades o comportamientos, valoremos las
diferencias y fomentémoslas. Según las edades y
características de los niños, tienen obligaciones,
necesidades y recompensas diferente.
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Sobreprotección, establecimiento de límites, celos entre hermanos