Lección 1 para el 3 de octubre de 2015
«Mas yo estoy lleno de poder del
Espíritu de Jehová, y de juicio y de
fuerza, para denunciar a Jacob su
rebelión, y a Israel su pecado»
(Miqueas 3:8)
«¿Quiero yo la muerte del impío?
dice Jehová el Señor.
¿No vivirá, si se apartare
de sus caminos?»
(Ezequiel 18:23)
Los profetas tenían un doble mensaje:
1. Denunciar el pecado.
2. Anunciar el perdón divino.
Esto les planteaba un dilema: si daban el
mensaje, se arriesgaban a sufrir persecución
o muerte (Lucas 3:19-20); si callaban, el
juicio de Dios caería sobre ellos.
Con menosprecio de sus vidas, decidieron
realizar la labor que Dios les asignó.
Transmitieron las palabras de Dios que
recibieron a través de sueños, visiones o
revelaciones directas. Gracias a ellos, aún
tenemos hoy día el privilegio de recibir el
mensaje divino que les fue confiado.
«Las palabras de Jeremías hijo de Hilcías, de los sacerdotes
que estuvieron en Anatot, en tierra de Benjamín» (Jeremías 1:1)
Jeremías era un sacerdote,
educado para el servicio santo.
Nació en Anatot, hoy Anata, unos 4 km.
al noreste de Jerusalén.
Dado que Abiatar (descendiente de Elí)
fue desterrado a Anatot cuando perdió
el sumo sacerdocio, es posible que
Jeremías fuese uno de sus descendientes
(1R. 2:26).
Su ministerio profético abarcó desde 627
a.C. hasta más allá de 586 a.C.
Según Jeremías 1:2-3, sus más de 40
años como profeta abarcaron el reinado
de los últimos cinco reyes de Judá.
«Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que
nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones»
(Jeremías 1:5)
Jeremías era un joven
entre 18 y 20 años
cuando fue llamado al
ministerio profético.
Pero Dios ya lo había escogido mucho antes
para esa labor. Había apartado (santificado) a
Jeremías para ser profeta a las naciones.
Al nacer, todos los hombres son dotados por
Dios para realizar ciertas funciones, pero
ellos son responsables de desarrollar esas
aptitudes.
Del mismo modo, Dios hoy tiene un plan
para cada persona. Debemos descubrir cuál
es ese lugar y procurar cumplir el propósito y
el plan que Dios tiene para con nosotros.
«Y yo dije: ¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé
hablar, porque soy niño. Y me dijo Jehová: No digas:
Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y
dirás todo lo que te mande» (Jeremías 1:6-7)
«El joven [Jeremías] se aterrorizó ante la idea de ser
profeta. Fue abrumado por el sentimiento de
indignidad; su naturaleza rechazaba una tarea que lo
obligaría a ser diferente de sus contemporáneos» (CBA).
Al igual que Moisés, se excusó por su incapacidad
para hablar en público (Éxodo 4:10-15).
Pero Dios capacita a todo el que escoge. Acompañó
su llamamiento con promesas específicas:
«La palabra de Jehová vino a mí, diciendo: ¿Qué ves tú, Jeremías? Y dije:
Veo una vara de almendro… Vino a mí la palabra de Jehová por segunda vez,
diciendo: ¿Qué ves tú? Y dije: Veo una olla que hierve; y su faz está hacia
el norte» (Jeremías 1:11, 13)
El significado de la primera profecía de
Jeremías es más claro en hebreo.
Podríamos traducirla así: «Veo una vara
del árbol vigilante [shaqed]... Bien has
visto; porque yo estoy vigilante [shaqad]
sobre mi palabra para ponerla por obra».
El almendro anuncia la llegada de la
primavera. Tan ciertamente como que
ésta vendrá, la palabra de Dios se
cumplirá con seguridad.
¿Cuál era la palabra de Dios que se
cumpliría en ese momento? Una «olla
que hierve».
«La palabra de Jehová vino a mí, diciendo: ¿Qué ves tú, Jeremías? Y dije:
Veo una vara de almendro… Vino a mí la palabra de Jehová por segunda vez,
diciendo: ¿Qué ves tú? Y dije: Veo una olla que hierve; y su faz está hacia
el norte» (Jeremías 1:11, 13)
La olla estaba ladeada desde el norte, y a
punto de volcar su contenido hirviente
hacia el sur, sobre la tierra de Judá.
Los ejércitos de Babilonia (al este de Judá)
debían subir por el Éufrates para evitar el
desierto. De este modo, atacarían a Israel
desde el norte.
Ante esta amenaza, los habitantes de Judá
tenían dos opciones: permanecer en sus
pecados, o arrepentirse de ellos.
Según su respuesta, el mensaje de Jeremías
sería «para arrancar y para destruir», o «para
edificar y para plantar» (Jeremías 1:10).
«En el joven Jeremías, Dios veía alguien que sería fiel a su
cometido, y que se destacaría en favor de lo recto contra gran
oposición. Había sido fiel en su niñez; y ahora iba a soportar
penurias como buen soldado de la cruz. El Señor ordenó a su
mensajero escogido: “No digas, soy niño; porque a todo lo que
te enviaré irás tú, y dirás todo lo que te mandaré. No temas
delante de ellos, porque contigo soy para librarte.”»
E.G.W. (Profetas y reyes, pg. 299)
Lecciones para aplicar en nuestra vida:
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La palabra de Jehová vino a mí, diciendo: ¿Qué ves tú, Jeremías?