ÍNDICE
Introducción
1. Los protagonistas de la reconstrucción
a. La Iglesia
b. La familia
c. La educación
d. El Estado
e. La sociedad f. El mundo empresarial
2. Los valores de la reconstrucción
a. El valor moral
b. La solidaridad
d. El trabajo
e. La honestidad
g. La sana austeridad
h. La paz
3. Conclusión
c. La justicia
f. La unión
A LA IGLESIA QUE PEREGRINA EN MONTERREY:
¡PAZ Y BIEN!
Muy queridos hermanos y hermanas en el Señor:
¡Jesucristo ha resucitado, aleluya, aleluya! Este es el grito jubiloso de la
Pascua que pone en pie a todos los cristianos del mundo para anunciar la
Buena Noticia. Es el grito de la Pascua que también resuena en
nuestra ciudad, entre nuestras montañas, en cada parroquia, en los
hospitales, en los colegios, en las cárceles, en cada casa. Cristo, nuestra
esperanza, ha resucitado. Como a los primeros discípulos del Señor, la
resurrección nos lleva a mirar al Cielo, pero al mismo tiempo, nos
compromete con nuevas fuerzas, con mayor motivación y más sólida
convicción, en la renovación de nuestra sociedad y en la vivencia de
nuestra fe en el mundo, sabiendo que ya hemos vencido en Cristo. Por
eso, ahora, en la Pascua, es el momento para emprender una tarea
difícil, pero posible y necesaria: la renovación de nuestra sociedad.
En la reciente asamblea pastoral de diciembre de 2010, en que nos
reunimos para preparar el plan de pastoral orgánica, publicado el 9 de
marzo de este año, una y otra vez se habló de la necesidad de que nuestra
iglesia particular viva un verdadero compromiso con la realidad
social en la que estamos inmersos. Como objetivo principal de
nuestra arquidiócesis nos propusimos renovar las parroquias hasta
convertirlas en comunidades de discípulos misioneros comprometidos
con la realidad social en la que vivimos. Esa es la hoja de ruta que nos
traza el plan de pastoral orgánica. Queremos que la iglesia de Cristo que
peregrina en Monterrey sea una auténtica comunidad de discípulos
misioneros comprometidos con nuestra sociedad.
En el análisis que precedió a la redacción de ese plan pastoral, apareció
continuamente una realidad que no se puede negar: el deterioro
de nuestra convivencia ciudadana. Efectivamente, constatamos que, en
un breve lapso de tiempo, la convivencia ciudadana se ha quebrantado
mucho y el ambiente moral de Monterrey se ha resentido de una
profunda crisis de valores que se percibe en múltiples manifestaciones.
El aumento de la adicción a las drogas en nuestros jóvenes, la presencia
del así llamado "narcomenudeo" en las calles de la ciudad, los jóvenes
embriagados por el alcohol en los fines de semana, el debilitamiento
del papel educativo de la familia y el incremento desorbitado de los
actos delictivos, son síntomas palpables de una destrucción moral que
afecta gravemente a nuestra sociedad.
Dentro de este debilitamiento de la convivencia, la inseguridad
ciudadana se ha convertido en un tema recurrente en nuestras
conversaciones porque las acciones criminales han comenzado a ser
ya una realidad cotidiana. En poco tiempo, casi sin darnos cuenta,
hemos pasado de vivir en una ciudad tranquila y serena, a
encontrarnos en un mundo inseguro, y a organizar nuestra vida
tomando en cuenta unas nuevas realidades a las que tenemos que
enfrentarnos cada día: el miedo y la inseguridad.
Considerando estos datos, parece urgente comenzar una verdadera
reconstrucción, total, profunda, sin perder de vista que toda
reconstrucción siempre ofrece la posibilidad de hacer las cosas bien y
mejorar lo anterior, de volver a empezar superando los defectos y
proponiéndonos nuevos objetivos más ambiciosos que ayuden a
reconstruir el tejido social de nuestra ciudad y las condiciones de vida
de todos los que habitamos en ella.
Estos días de Pascua de Resurrección reviven y
actualizan la victoria de Cristo sobre el mal y sobre
la muerte de un modo definitivo. La Pascua es un
nacimiento en la esperanza y una invitación
constante a mirar las cosas de arriba: "Así pues, si
habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de
arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.
Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra" 1.
La Pascua es la fiesta del optimismo, de la
renovación: "Purificaos de la levadura vieja, para ser
masa nueva; pues sois ázimos. Porque nuestro cordero
pascual, Cristo, ha sido inmolado. Así que, celebremos.
la fiesta, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia e inmoralidad,
sino con ázimos de pureza y verdad“2 . Es la ocasión para dejar
atrás el apego al mal y buscar el bien por encima de todo. Por eso,
esta Pascua puede ser el inicio de una reconstrucción que no se puede
demorar mucho más. Hay un esfuerzo que realizar, pero con la
certeza de que Cristo ha vencido el mal y ha renovado el mundo con su
ofrecimiento y su victoria. Todos juntos, con esas claves que nos ofrece
la Pascua, podemos salvar nuestra ciudad.
1. Los protagonistas de la reconstrucción
a. La Iglesia
Entre los responsables de esta
reconstrucción moral y social
de Monterrey, no podemos
dejar fuera a la Iglesia Católica
con su presencia como religión
mayoritaria en la ciudad.
La primera constatación que tenemos que hacer es que nosotros,
Iglesia, también necesitamos reconstruirnos. Hemos sido sacudidos
por escándalos muy graves que nos han afectado últimamente, y
esto nos tiene que llevar a examinar cómo hemos reaccionado y a
replantearnos si estamos cumpliendo de verdad la misión que Cristo
nos ha asignado. Somos los primeros que necesitamos evangelizarnos y
construir nuestra vida desde el Evangelio, sin tapujos ni componendas.
En nuestra acción pastoral, tenemos que
ser un apoyo real para nuestros hermanos
y ayudarles a recuperar la esperanza;
no una esperanza utópica e irracional a
pesar de todo, sino la esperanza de
quien sabe que Dios no nos abandona
nunca y con la certeza de que "sabemos
que en todas las cosas interviene Dios para
bien de los que le aman; de aquellos que
han sido llamados según su designio“3 . Recuperar la fe y la esperanza y
fortalecerlas es seguramente el mejor recurso para seguir trabajando con
motivación, convicción y compromiso en esta reconstrucción de la
sociedad que tenemos delante.
Hoy, más que nunca, los pastores tenemos que acercarnos a
nuestros feligreses. Ellos necesitan de nuestra presencia, testimonio y
orientación. Nos miran a nosotros esperando una guía, una motivación y
también, sobre todo, un testimonio personal. Tienen derecho a pedirlo y
tenemos el deber de dárselo.
Tenemos que reconocer que muchas veces hemos descuidado la formación
y el crecimiento en la fe. Y, por ello, hoy más que nunca, hay que insistir
en la formación cristiana, en la espiritualidad. Necesitamos presentar de
nuevo a Cristo como Salvador y como modelo de vida. Como dice
nuestro plan de pastoral orgánica 2011 - 2015, nuestra primera línea de
acción debe ser "que todas las personas tengan un encuentro vivo y
kerigmático con Jesucristo, para que logren una conversión personal, y
puedan iniciarse como discípulos misioneros de él“4 . Y los primeros que
debemos vivir esa conversión somos nosotros.
También tenemos que poner en el centro
de nuestras vidas y de nuestras enseñanzas
el amor a Dios y al prójimo sobre todas
las cosas, tal y como nos enseñó Jesucristo.
En nuestra predicación, en nuestra catequesis,
es el momento de insistir en el amor a Dios.
Más que nunca, los católicos tenemos que
actuar movidos por el amor a Dios y volver
a creer en ese amor que nunca falla.
El amor de Dios es el punto seguro para
edificar una renovación espiritual en la Iglesia.
Dios que se ha manifestado como amor
nos pide una respuesta de amor.
Ante los graves problemas del país, se puede
presentar la tentación de que la Iglesia asuma un
protagonismo político que no le corresponde, pero
"la Iglesia no puede ni debe emprender por
cuenta propia la empresa política de realizar la
sociedad más justa posible. No puede ni debe
sustituir al Estado.
Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por
la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación
racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la
justicia, que siempre exige también renuncias, no puede afirmarse
ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino
de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la
justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las
exigencias del bien“5 .
Los católicos no debemos olvidar que un buen católico es
necesariamente un buen ciudadano, consciente de sus deberes y
derechos sociales, integrado en su comunidad y un constante
luchador por el bien y la verdad en su vida y en su ambiente,
alguien que sabe ser misericordioso y comprensivo con los demás,
pero al mismo tiempo inflexible ante el pecado y el mal en
cualquiera de las formas que pueda presentarse en la sociedad.
Los católicos sabemos que, además del pecado personal, existe el
pecado social que también debe ser erradicado de nuestras vidas y de
nuestra sociedad. "Es social todo pecado cometido contra la
justicia en las relaciones entre persona y persona, entre la persona y
la comunidad, y entre la comunidad y la persona. Es social todo
pecado contra los derechos de la persona humana, comenzando
por el derecho a la vida, incluido el del no-nacido, o contra la
integridad física de alguien; todo pecado contra la libertad de
los demás, especialmente contra la libertad de creer en Dios y de
adorarlo; todo pecado contra la dignidad y el honor del prójimo.
Es social todo pecado contra el bien común y contra sus
exigencias, en toda la amplia esfera de los derechos y deberes de
los ciudadanos“6.
El católico, el cristiano, no puede
condescender con estos pecados que afectan gravemente al amor
al próximo, base de la enseñanza moral del Evangélico.
b. La familia
Las presiones y el estrés de la sociedad actual hacen que los padres de
familia no cuenten con mucho tiempo para dedicarlo a sus hijos en un
ambiente de serenidad. Y esto ha hecho que, poco a poco, se debilite el
papel educativo de la familia. Ante las dificultades que entraña
actualmente la tarea de educar a los hijos, no son pocos los padres de
familia que, más o menos conscientemente, y muchas veces movidos por la
circunstancias, han tirado la toalla y simplemente se contentan con que
sus hijos asistan a la escuela y no creen problemas en casa. Así,
encontramos a muchos jóvenes que viven "a su aire", en una especie de
abandono encubierto y que convierten la casa en un hotel en el que
duermen y donde, al máximo, cuidan ciertas normas.
El aumento de roturas matrimoniales
también ha afectado seriamente
a las familias y a la educación de los hijos.
Todavía se estudian científicamente
los efectos del divorcio en los hijos
y nos damos cuenta de que, por desgracia,
nuestra sociedad no siempre puede ofrecer
una ayuda adecuada a estos niños y jóvenes
que requieren una atención muy cercana
que les ayude a superar el desarrollo
traumático del proceso que viven sus papás.
Otro elemento que tenemos que superar es el de la violencia dentro de
las familias. La violencia, física y psicológica, sigue constituyendo una
verdadera epidemia que daña profundamente a todos los miembros
de la familia y genera como un germen de violencia para la sociedad
entera. Se puede decir que, en gran parte, la violencia que vivimos en
la sociedad tiene sus orígenes en hogares donde se cultivó este
ambiente de violencia y de falta de respeto mutuo.
La solidez del núcleo familiar es un recurso
determinante para la calidad de la convivencia
social. Por ello la comunidad civil no puede
permanecer indiferente ante las tendencias
disgregadoras que minan en la base sus propios
fundamentos. Es necesario, por tanto, que las
autoridades públicas "resistiendo a las tendencias
disgregadoras de la misma sociedad y nocivas para la dignidad,
seguridad y bienestar de los ciudadanos, procuren que la opinión
pública no sea llevada a menospreciar la importancia institucional del
matrimonio y de la familia“7 . La familia constituye, más que una
unidad jurídica, social y económica, una comunidad de amor y de
solidaridad, insustituible para la enseñanza y transmisión de los valores
culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el
desarrollo y bienestar de los propios miembros y de la sociedad 8.
También es esencial la familia para la transmisión y educación de la fe
y de los valores más profundos del ser humano.
"En el seno de una familia, la persona descubre
los motivos y el camino para pertenecer a la
familia de Dios. De ella recibimos la vida, la
primera experiencia del amor y de la fe. El gran
tesoro de la educación de los hijos en la fe
consiste en la experiencia de una vida familiar
que recibe la fe, la conserva, la celebra, la
transmite y testimonia. Los padres deben tomar
nueva conciencia de su gozosa e irrenunciable
responsabilidad en la formación integral de sus
hijos“9 .
Hay que considerar este refortalecimiento de la familia como una tarea
urgente pues "La familia es insustituible para la serenidad personal y para
la educación de sus hijos“10
c. La educación
La educación es la base de la regeneración de la sociedad.
El reto de formar nuevos ciudadanos constituye la mejor
inversión para el futuro de nuestra ciudad.
Debemos combatir la cifra de ocho millones de jóvenes en edad
productiva que viven en nuestro país y ni estudian ni trabajan. En
Monterrey, como en toda la República mexicana, tenemos que buscar
que no haya niños sin escolarizar y que se ofrezca una educación de la
mayor calidad posible, adecuada a los tiempos, sin perder el fondo cívico
y humanista que debe alentar todo proyecto educativo. Antes que
técnicos, tenemos que formar seres humanos y ciudadanos.
No podemos resignarnos a considerar como algo normal el ver a nuestros
jóvenes, muchachos y muchachas, en el ocio, expuestos a las adicciones.
Nos están lanzando un mensaje a toda la sociedad, nos piden que les
hagamos caso.
Tampoco podemos seguir educando a los jóvenes en una cultura de la
"tranza", como si el triunfo a cualquier precio fuese el valor más alto
por el cual vale la pena todo, hasta la renuncia a todo principio.
Uno de los objetivos que debemos perseguir con mayor ambición es
la creación de ambientes sanos después de la escuela. Cada niño,
cada joven, debe tener oportunidad de gozar de ambientes
sanos después de sus clases. El deporte, la cultura, la sana
diversión, ayudarán a formar mejores ciudadanos. En esto podemos
colaborar todos, desde las parroquias hasta las empresas. Los niños
y jóvenes de Monterrey tienen el derecho de contar con centros de
socialización que los ayuden a crecer como personas y a usar
debidamente sus tiempos de ocio. No podemos dar por supuesto
que el tiempo de ocio solo pueda conducir a la perversión.
Muchos de nuestros jóvenes se quejan de que no cuentan con un futuro
profesional en el que poder realizarse, que la escasez de trabajo y los
sueldos tan bajos no permiten formar una familia ni tener una estabilidad
de vida. Es verdad que su futuro depende en gran parte de ellos que
son quienes tienen que forjárselo, pero también tenemos la responsabilidad
de ofrecerles un futuro profesional. Por eso, la educación tiene que
orientarse a facilitarles la entrada en el mercado de trabajo, pero también,
en la medida de nuestras posibilidades, cada uno, especialmente aquellos
sectores que estén involucrados en la economía productiva o financiera,
tiene la grave responsabilidad de crear puestos de trabajo dignos en los
que los jóvenes puedan desarrollar sus talentos y alcanzar una plenitud de
vida en la seguridad y en la paz. Este es un presupuesto fundamental para
construir una sociedad justa y en paz.
Aunque se haya quedado para el final en este recuento,
no resulta menos importante el deber de todos de
suscitar una sensibilidad social y cívica en nuestros
alumnos, en nuestros niños y jóvenes, desde la casa,
desde la escuela, desde la parroquia.
Una educación centrada solo en los intereses del niño o del joven, o peor
aún, orientada solo a un éxito monetario, no ayuda a crear una
sociedad renovada y en paz. Hace falta inculcar un sentido de
solidaridad real que nos lleve a todos a tomar conciencia de que no
vivimos aislados ni existimos a pesar de los otros, sino con los otros, en
una unidad de destino como miembros de la misma sociedad. El
principio de solidaridad, enunciado también con el nombre de
"amistad" o "caridad social", nace de la comunidad de origen y la
igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres. No es un
simple capricho ni una virtud que solo se puede vivir en comunidades
pequeñas o en las familias. No, la solidaridad es un vínculo que nos une
y que nos eleva como seres humanos, frente a las tendencias del egoísmo
que solo crean avaricia, aislacionismo y conflictos sociales.
d. El Estado
Ante la crisis social que vive Monterrey se han
escuchado muchas voces alzándose contra el
Estado y la autoridad como si solo de ellos
dependiese el problema social en el que vivimos.
En muchos ciudadanos, la crispación ante la
crisis de convivencia y seguridad en la que
estamos
inmersos,
se
ha
convertido
automáticamente en una desconfianza ante toda
autoridad y en una actitud crítica y amarga ante
aquellos que son o deberían ser los garantes del
Estado de derecho.
Sin embargo, en estas circunstancias es oportuno recordar que, en el
fondo, el Estado somos todos, ya que el Estado no es más que la
organización de la sociedad para el ejercicio de la autoridad. Y esto nos
tiene que llevar a pensar que nuestros compromisos con el Estado y con la
sociedad no terminan el día en que depositamos nuestro voto para elegir a
nuestros gobernantes.
Necesitamos crear más espacios de participación para los ciudadanos,
pero también tenemos que desarrollar nuestro compromiso con la ciudad
y con el país en el que vivimos. La solución no viene solo desde arriba,
también tenemos que construirla desde abajo.
Es verdad que tenemos el derecho de exigir a
nuestros gobernantes que actúen con honestidad
e inteligencia, con prudencia y eficacia, pero
también tenemos el deber que sumarnos a
sus iniciativas y medidas. Podemos exigir que
se mejoren los sistemas policiales, pero también
tenemos el deber de pagar nuestros impuestos puntualmente; tenemos el
derecho de pedir decisiones eficaces y comprometidas a nuestros
gobernantes, pero al mismo tiempo tenemos el deber de adherirnos a
ellas; tenemos todo el derecho de señalar lo que no está bien, pero no
podemos escatimar nuestro apoyo a las instituciones, que son y deben ser
nuestros garantes de la paz, de la seguridad y de la convivencia.
El fenómeno mundial de la globalización hace que decisiones externas
tomadas lejos de nuestras fronteras nos afecten decisivamente. Así, por
ejemplo, la apertura a la venta de armas pesadas en Estados Unidos
desde 2004 ha extendido el uso de armamentos sofisticados puestos al
alcance del crimen organizados. La facilidad de comunicaciones, que es
un bien para todos, también se convierte en un recurso para los grupos
marginales que actúan fuera de la ley. No nos queda más remedio que
adaptarnos a este mundo en el que vivimos y tomar decisiones sabias
para mejorar aquellos medios que puedan sostener la legalidad y la
convivencia social. Si en México hoy podemos hablar de una sociedad
abierta, esto tiene que redundar en progreso y desarrollo y no en miedo y
desconfianza.
e. La sociedad
La filosofía de trabajo y familia que generó el Monterrey de prosperidad
que conocimos, parece haberse debilitado. Poco a poco, el objetivo se
centró más en el tener y el parecer que en el hacer y el ser. La sociedad
sufrió los efectos de este cambio de mentalidad, y el interés personal
prevaleció sobre el sentido social que había inspirado a las
generaciones de nuestros padres y abuelos. Aquellas familias luchaban
día con día para superarse inspiradas por un fuerte deber social y un ideal
de desarrollo personal que solo se concebía unido al desarrollo de México.
Hoy se percibe en muchos ambientes un sentido hedonista de lucro
personal desligado de responsabilidades sociales o, peor aún,
enfrentado a la sociedad. El ideal es tener más para gozar más, al
precio que sea, y sin nada que pueda obstaculizarlo. El mismo
concepto de desarrollo o de progreso ha desaparecido de nuestro
imaginario social y en nuestros ambientes estamos cosechando una
apatía y un egoísmo que se ha ido sembrando poco a poco.
No se puede buscar el enriquecimiento olvidándose de los demás,
especialmente de los más pobres. Hay que hacer un esfuerzo por
generar oportunidades de trabajo para que más hermanos nuestros
puedan salir de la pobreza. No se puede perder de vista que el
desarrollo personal solo es posible cuando se da el progreso de todos;
solo se puede vivir realmente mejor si todos viven realmente mejor.
En Monterrey se observa un clasismo malsano, fuente de conflictos
sociales, que rompe el necesario entendimiento mutuo, pilar de la
convivencia. El simple rechazo del otro porque no es de "los míos"
genera distancia y resentimiento. Tenemos que hacer un esfuerzo
para superar estas barreras y construir así una paz duradera.
Es el momento para replantearnos los valores que guían nuestro
actuar de cada día en la sociedad volviendo a lo que de verdad es
importante. Tenemos que devolver a la dignidad del ser humano su
valor central en la sociedad.
f. El mundo empresarial 11
Monterrey es tierra de grandes empresarios que han construido un futuro
para muchas familias. Los pioneros del florecimiento empresarial de
Monterrey destacaron en lo económico y en lo social. En lo social fueron
ejemplo cuando concibieron y otorgaron a sus trabajadores
prestaciones de vivienda, de bonos de alimentos, de cuidado de la salud
y esparcimiento y en algunos casos aún de educación de la familia que en
aquellos tiempos resultaban innovadores y produjeron justicia, desarrollo
y paz. Los empresarios se involucraban en las principales tareas de interés
colectivo. Apoyaron la creación de instituciones de Educación Superior,
participaron en grandes proyectos de infraestructura, gestionaron
instituciones
de
asistencia
y
de
cultura,
entre
otras.
Eran hombres profundamente comprometidos con la comunidad. Vivían
épocas de relativa bonanza.
Con la apertura económica de México, las tareas específicas del
negocio crecieron en magnitud y relevancia. Casi de pronto, sin
tiempo para prepararse, México se sumergió en la globalización con
su competencia que no da tregua. Hubo que ajustar costos,
perfeccionar sistemas, actualizar tecnologías, aprender a competir
lo mismo en el último extremo del mundo que en el mercado de la
esquina y esta dura competencia internacional ha mermado los
recursos que pueden invertirse en políticas sociales o en proyectos
comunitarios.
Actualmente, la tercera generación de aquellos grandes emprendedores
toma el relevo en el liderazgo de la actividad económica. Desde entonces
hasta ahora han cambiado muchas cosas y los escenarios económicos se han
vuelto mucho más complejos. El reciente golpe de la última crisis mundial
ha sacudido mucho a nuestras empresas y esto ha redundado en un
empobrecimiento de muchas familias. A grandes rasgos, la economía
mundial ha dado prevalencia a la finanza sobre la producción, y los
mercados abiertos, libres de reglas, han generado deudas impagables
que repercuten en todo el tejido económico. Sin embargo, en Monterrey
se siguen suscitando emprendedores que continúan creando fuentes de
empleo y contribuyen al desarrollo con empresas de calidad mundial. A
pesar de todas las barreras generadas por el crimen organizado, siguen
luchando por poner en pie empresas y crear fuentes de trabajo.
En el orden económico mundial, se perciben síntomas de recuperación,
pero no podemos perder de vista que todavía nos movemos en un
escenario económico inestable. De todos modos, esta situación, por más
compleja que sea, no nos puede hacer perder de vista la dimensión social
del capital. Hoy, más que nunca, los agentes económicos no pueden
contentarse solo con buscar enriquecerse, lo cual es legítimo, sino que
además deben generar empleo y empleo digno. Una sociedad sin tasas
de empleo suficiente es siempre una sociedad inestable.
Necesitamos crear una cultura empresarial socialmente responsable
teniendo siempre en cuenta que "la actividad empresarial es buena y
necesaria cuando respeta la dignidad del trabajador, el cuidado del medio
ambiente y se ordena al bien común. Se pervierte cuando, buscando solo el
lucro, atenta contra los derechos de los trabajadores y la justicia“12 .
El Papa Benedicto XVI presentaba un análisis muy
claro en su última carta encíclica Caritas in Veritate,
publicada el 29 de junio de 2009. Decía
textualmente: "Las actuales dinámicas económicas
internacionales, caracterizadas por graves distorsiones
y disfunciones, requieren también cambios profundos
en el modo de entender la empresa.
Antiguas modalidades de la vida empresarial van desapareciendo,
mientras otras más prometedoras se perfilan en el horizonte. Uno de los
mayores riesgos es sin duda que la empresa responda casi exclusivamente
a las expectativas de los inversores en detrimento de su dimensión social.
Debido a su continuo crecimiento y a la necesidad de mayores capitales,
cada vez son menos las empresas que dependen de un único empresario
estable que se sienta responsable a largo plazo, y no solo por poco tiempo,
de la vida y los resultados de su empresa, y cada vez son menos las
empresas que dependen de un único territorio.
Además, la llamada deslocalización de la actividad productiva puede
atenuar en el empresario el sentido de responsabilidad respecto a los
interesados, como los trabajadores, los proveedores, los consumidores,
así como al medio ambiente y a la sociedad más amplia que lo rodea,
en favor de los accionistas, que no están sujetos a un espacio concreto y
gozan por tanto de una extraordinaria movilidad. El mercado
internacional de los capitales, en efecto, ofrece hoy una gran
libertad de acción. Sin embargo, también es verdad que se está
extendiendo la conciencia de la necesidad de una responsabilidad social
más amplia de la empresa.
Aunque no todos los planteamientos éticos que
guían hoy el debate sobre la responsabilidad
social de la empresa son aceptables según la
perspectiva de la doctrina social de la Iglesia,
social de la Iglesia, es cierto que se va
difundiendo cada vez más la convicción según la
cual la gestión de la empresa no puede tener en
cuenta únicamente el interés de sus propietarios,
sino también el de todos los otros sujetos que
contribuyen a la vida de la empresa:
trabajadores, clientes, proveedores de los
diversos
elementos de producción,
la
comunidad de referencia.
En los últimos años se ha notado el crecimiento de una clase
cosmopolita de manager, que a menudo responde solo a las
pretensiones de los nuevos accionistas de referencia compuestos
generalmente por fondos anónimos que establecen su retribución.
Pero también hay muchos managers hoy que, con un análisis más
previsor, se percatan cada vez más de los profundos lazos de su
empresa con el territorio o territorios en que desarrolla su
actividad“13. Este análisis del Papa también puede aplicarse a
Monterrey, y sus conclusiones son igualmente válidas para la clase
empresarial de nuestra ciudad que ha escrito hermosas páginas de
compromiso social en la historia de México, y ahora, del mismo
modo, está llamada a ejercer su liderazgo y su audacia en la
reconstrucción de la sociedad regiomontana.
2. Los valores de la reconstrucción
a. El valor moral
En la tarea de la reconstrucción de la sociedad regiomontana es
importante no perder de vista que el valor moral es el único que
debe presentarse como absoluto en el juicio del ser humano sobre su
actuar. Todos los demás valores se supeditan a lo bueno o lo malo
en sí mismo, que es precisamente lo que nos señala el valor moral.
El bien y el mal aparecen en nuestra conciencia como opciones de vida
en innumerables actos concretos. Del mismo modo, escuchamos en
nuestro interior constantemente una voz que nos repite: "haz el bien y
evita el mal". Sin embargo, no siempre seguimos este imperativo y nos
inclinamos por opciones que pueden proporcionar beneficios
concretos al margen de ese bien que se nos presenta en la conciencia,
o también puede darse que no exista una clara percepción del bien.
El bien no se identifica simplemente con lo que me atrae o que me resulta
agradable o útil. Algo es bueno cuando es lo que debería ser, y algo es
"bueno para mí" cuando me ayuda a ser lo que debo ser. El bien
aparece cuando yo puedo pensar que lo que hago lo puedo convertir en
norma universal, para todos, y deducir que lo que hago es algo que
también me gustaría que me hicieran a mí.
La exigencia de vivir en el bien y hacer el bien, así como la de evitar el
mal, siempre se presentan como un imperativo, si queremos una
sociedad humana, justa y saneada.
El cristianismo nos llama a convertirnos en hombres nuevos, a
identificarnos con el espíritu y las obras del espíritu. "El espíritu es el que
da vida; la carne para nada aprovecha“14.
Cuando obedecemos a la
carne y actuamos contra nuestra conciencia, actuamos contra nosotros
mismos. Cuando obedecemos a nuestra conciencia, buscando el bien y
evitando el mal, respondemos a nuestras aspiraciones más profundas, las
cuales nos llevan a la satisfacción y a la felicidad.
b. La solidaridad
Hablar de solidaridad no es algo que suena a nuevo en nuestra
ciudad. Basta recordar cómo todos sumamos esfuerzos para
ayudar a los damnificados en los días posteriores al paso del
huracán Alex por nuestra ciudad. Todos hubiéramos querido
hacer más por ellos, pues nos parecía poco lo que podíamos
aportar ante el sufrimiento que estaban viviendo. Esos esfuerzos
fueron verdaderos gestos de solidaridad.
El principio de solidaridad, enunciado también con el nombre de
"caridad social", 15 es una exigencia directa de la fraternidad
humana y cristiana . Todos los seres humanos, por el hecho de ser
hermanos, hijos del mismo Dios, estamos unidos en una misma
familia. La solidaridad es la dimensión social del amor.
"La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de
todos; por tanto no se la puede dejar solamente en manos del Estado" 16 ,
sino que depende de cada uno. Una sociedad es solidaria solo si sus
miembros son solidarios. Y esa solidaridad, en el amor mutuo, requiere e
implica, a su vez, una verdadera justicia social, base de la caridad social.
La solidaridad debe captarse, ante todo, en su valor de principio social
ordenador de las instituciones, según el cual las "estructuras de pecado",
que dominan las relaciones entre las personas y los pueblos, deben ser
superadas y transformadas en estructuras de solidaridad, mediante la
creación o la oportuna modificación de leyes, reglas de mercado,
ordenamientos.
La solidaridad es una verdadera y propia virtud moral, no un
sentimiento superficial de conmiseración hacia los males de tantas
personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación
firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por
el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente
responsables de todos. La solidaridad se eleva al rango de virtud
social fundamental, ya que se coloca en la dimensión de la justicia,
virtud orientada por excelencia al bien común, y en la entrega por el
bien del prójimo, que está dispuesto a "perderse", en sentido
evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a "servirlo" en
lugar de oprimirlo para el propio . 17
La solidaridad
nos tiene que llevar
a superar el clasismo
y a construir
una sociedad más justa.
c. La justicia
La solidaridad nos lleva a la justicia, que es como su base, pues no
puede existir una solidaridad auténtica que no esté basada en la justicia.
La justicia es otro de los valores imprescindibles para la
reconstrucción social de Monterrey; es la base del Estado de derecho y,
por ello, el esqueleto legal que sostiene la convivencia pacífica.
La justicia es una constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo
lo que les es debido 18 . Por ello, la justicia es, ante todo, una
actitud que se convierte en hechos reales, tangibles, no solo un vago
deseo. Se traduce en la actitud determinada por la voluntad de
reconocer al otro como persona. Es libre y fruto de una decisión.
Es cierto que "el orden justo de la sociedad y del Estado es una
tarea principal de la política" 19 y no de la Iglesia. Pero la Iglesia
"no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia" .
20
La justicia debe regir
las relaciones humanas y sociales,
entre personas e instituciones.
Debe ser omnipresente,
como un criterio de juicio
para discernir la moralidad
de cualquier relación humana o social.
Sin justicia no se puede hablar de ética,
pues la justicia es como el primer paso
del actuar rectamente; y la justicia
comienza con la observancia de la ley.
"La justicia resulta particularmente importante en el contexto actual, en el
que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, a pesar de las
proclamaciones de propósitos, está seriamente amenazado por la
difundida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de la utilidad
y del tener. La justicia, conforme a estos criterios, es considerada de forma
reducida, mientras que adquiere un significado más pleno y auténtico en la
antropología cristiana. La justicia, en efecto, no es una simple convención
humana, porque lo que es "justo" no está determinado originariamente por
la ley, sino por la identidad profunda del ser humano" . 21
Pero "por sí sola, la justicia no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí
misma, si no se abre a la fuerza más profunda que es el amor" .22 Si la
justicia es el primer escalón de la moralidad social, el amor es el ideal al que
debemos tender.
d. El trabajo
Uno de los pilares de la vida y la prosperidad de Monterrey ha
sido su filosofía del trabajo, considerado como un modo
honesto para ganarse la vida, crearse un porvenir y contribuir
al desarrollo de la sociedad.
Toca a las instancias públicas y a la sociedad desarrollar e implementar
políticas de reducción del desempleo y de creación de nuevas fuentes de
trabajo a las que se debe dar una prioridad indiscutible. El desempleo y el
subempleo deterioran en las personas la conciencia de su dignidad
humana. Con un esfuerzo conjunto entre sociedad y gobierno se debe
asegurar a toda persona el acceso al derecho-deber fundamental de tener
un empleo digno. El trabajo estable y justamente remunerado es la
solución al círculo vicioso de la pobreza. 23 El trabajo digno y estable es
una condición indispensable para ofrecer un futuro seguro a cada
ciudadano y uno de los principales pilares de la paz social.
El mundo del trabajo debe respetar la maternidad y el descanso festivo.
Debe respetar a la infancia y debe buscar la justa remuneración de
acuerdo a la productividad y los beneficios generados. Para ello, es
necesario que las empresas, las organizaciones profesionales, los
sindicatos y el Estado se hagan promotores de políticas laborales que
no solo no perjudiquen, sino que favorezcan el núcleo familiar.
La familia es la gran protagonista
de la construcción de la paz; y la vida
familiar y el trabajo se condicionan
recíprocamente de diversas maneras.
Los largos desplazamientos diarios
al y del puesto de trabajo,
el doble trabajo, la fatiga física
y psicológica limitan el tiempo
dedicado a la vida familiar.
Por otro lado,
las situaciones de desocupación
tienen repercusiones materiales
y espirituales sobre las familias,
así como las tensiones
y las crisis familiares influyen
negativamente en las actitudes
y el rendimiento en el campo laboral.
El reconocimiento y la tutela de los derechos de las mujeres en el mundo
del trabajo dependen, en general, de la organización del trabajo, que debe
tener en cuenta la dignidad y la vocación de la mujer, cuya verdadera
promoción exige que el trabajo se estructure de manera que no deba
pagar su desarrollo personal con un menoscabo de su dignidad ni en
perjuicio de su familia, en la que como madre tiene un papel insustituible.
La tutela de estos derechos de la mujer ofrece una medida del grado de
humanización de la sociedad y de su sensibilidad hacia las personas que
la integran. Una sociedad que respeta realmente la dignidad de la
mujer es una sociedad sólida, humana y rica en valores.
El fin que se debe buscar es que todos los ciudadanos
tengan acceso a un trabajo decente, y eso, como ha
recordado Su Santidad el Papa Benedicto XVI, "significa
un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la
dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo
libremente elegido, que asocie efectivamente a los
trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su
comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los
trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un
trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y
escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo
que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su
voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente
con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un
trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que
llegan a la jubilación". 24
Pero, además de una actividad, el trabajo o la laboriosidad es un
valor que produce la alegría de saber que, con el esfuerzo personal,
se pueden conseguir muchas metas para bien de uno mismo y de los
demás. El trabajo realizado con amor es fuente de muchas
satisfacciones personales y palanca de un verdadero progreso.
e. La honestidad
Un valor clave en la reconstrucción de nuestra sociedad es la honestidad y
la honradez. La permisión de ventas al contado por precios desorbitantes
en las que se sospechaba que el origen del dinero no era muy limpio, el
"tranzar" en cosas de aparente poca monta, el tráfico de influencias,
el ejercicio del "compadrismo", que permite el mal en función de la
amistad personal, el no pagar impuestos o el no cubrir el pago de la
seguridad social del personal en las empresas o en las casas privadas, ha
ido abriendo la puerta a la corrupción y, en ese clima, han prosperado
grupos de dudoso origen que se han ido adueñando de la ciudad.
Se he permitido mucho el mal y la corrupción, y ahora nos toca una tarea
ardua de exigencia en la búsqueda de la honestidad total. Tiene que
ser cada ciudadano, en su medio ambiente, en su actividad cotidiana,
quien se proponga el respeto exquisito de la ley y el no permitirse ni
permitir nada que no pueda ofrecer garantías de legalidad. La
reconstrucción de la honradez no es tarea de los cuerpos policiales, sino
de cada uno de los ciudadanos. Y es indispensable para edificar la paz.
No es fácil promover y vivir el valor de la honestidad. La V Conferencia
General del episcopado Latinoamericano y del Caribe, reunida en 2007
en Aparecida, constataba que "se necesita mucha fuerza y mucha
perseverancia para conservar la honestidad que debe surgir de una
nueva educación que rompa el círculo vicioso de la corrupción
imperante".25 Y en su mensaje final afirmaba la necesidad de crear
"una cultura de la honestidad que subsane la raíz de las diversas
formas de violencia, enriquecimiento ilícito y corrupción" 26 . Este
mensaje se aplica en nuestra sociedad en el momento presente. Hay que
poner en marcha esa fuerza y esa perseverancia para construir
una cultura de la honestidad.
f. La unión
Los juicios apresurados, las descalificaciones sin fundamento y el
señalamiento de culpabilidades no demostradas, han producido mucha
crispación social.
Las divisiones y la sospecha mutua entre los ciudadanos y hacia las
autoridades ha mermado la confianza, factor esencial para el desarrollo
social y la convivencia pacífica, y por ello, se impone como tarea
prioritaria el reconstruir esta confianza para renovar la convivencia.
En esta crisis de convivencia
que vivimos hay que cultivar
la bondad de corazón.
Esto no quiere decir
comportarse ingenuamente ante
los problemas que nos encontramos
ni pecar de una excesiva confianza,
sino tratar de fomentar la bondad
en el trato con los demás,
evitar enfrentamientos innecesarios,
no dar cauce a las calumnias y buscar
en todo la concordia y el entendimiento,
en la tolerancia y el respeto mutuo.
Es cierto que ya no podemos confiar en todos, como también es cierto que
los enemigos de la convivencia y los violentos deben ser neutralizados por
la sociedad para defender el bien común, pero el resto de los ciudadanos
no podemos vernos mutuamente como enemigos, con desconfianza y
sospecha, sino como coprotagonistas de un mismo proyecto de convivencia
donde todos sumamos esfuerzos, donde todos contamos. Tenemos que
estar más unidos que nunca para edificar nuestro futuro común.
La unión también nos tiene que llevar a valorar nuestras raíces culturales
y religiosas. Ellas son como el cimiento de nuestra convivencia. Las
manifestaciones de nuestra rica cultura mexicana, impregnadas de un
profundo sentido religioso y de una rica tradición humanista, nos educan
en un sentido de comunidad, de alegría y de sana armonía; nos
acercan socialmente y hacen que todos, sin distinciones, celebremos con
un mismo espíritu. Estos son valores que nos ayudan a construir una
convivencia social más sana, más humana.
Para los cristianos, la unión tiene una mayor profundidad e
importancia que la eleva a comunión, siguiendo el modelo de la
Santísima Trinidad 27. Por ello, los cristianos tenemos que ser
fermento de unión en nuestra sociedad buscando la cercanía a los
más necesitados y la confluencia de intereses en el bien común.
g. La sana austeridad
Tenemos que volver a una sana austeridad, a un modo de vida que
no busca tener más que el que vive a mi lado, sino usar lo
necesario para vivir cómodamente, sin lujos ni excentricidades, sin
jactancias.
Monterrey era una ciudad cuyos habitantes tenían fama de austeros, de
ahorradores, y esa austeridad y esos ahorros se convirtieron en
inversiones que generaron desarrollo y progreso. Actualmente, el gasto
se dispara muchas veces por encima de las propias posibilidades y
eso ahoga a no pocas familias que no están dispuestas a negarse nada,
aunque esta situación les suponga vivir siempre endeudados.
Frecuentemente, no se trata de gastos necesarios, lo cual sería
comprensible, sino de desembolsos en bienes superfluos. El resultado a
largo plazo es la pérdida de la serenidad y la vida en una tensión
constante por pagar las deudas contraídas. Además, las repercusiones
en la actividad económica de las deudas no pagadas acaban
afectando a todos. El problema no es tanto tener deudas o no, sino vivir
de un modo irrealista con deudas que nunca se podrán saldar.
La austeridad también
se puede considerar
una virtud cristiana 28
que nos enseña a usar
de los bienes materiales
sin vivir para ellos.
Esta austeridad nos lleva
al desprendimiento, siguiendo
el ejemplo de Jesucristo,
que no tenía
donde reposar la cabeza 29,
y es fuente de paz social
y de serenidad personal.
h. La paz.
Dejo para el final la paz, que es fin y camino, valor e ideal. Es una
meta que buscamos como sociedad, pero al mismo tiempo es
también una actitud con la que debemos vivir y una virtud que
debemos cultivar.
No se puede confundir la paz con la mera ausencia de la guerra, ni se
puede reducir al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge
de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se
llama "obra de la justicia” 30. Efectivamente, la justicia es como la base
de la paz. Un Estado con una justicia sólida que defiende la
seguridad y los derechos de cada ciudadano es un Estado que vive las
condiciones imprescindibles para que se pueda dar la paz.
La paz es el fruto del orden y el entendimiento mutuo. Nace del respeto
de leyes justas y del respeto a cada uno. Es fruto de un esfuerzo
constante que construye esa paz cada día; pues no se puede considerar
como algo adquirido de una vez para siempre. Por eso la paz jamás es
una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer.
Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el
cuidado y la promoción de la paz reclaman de cada uno un constante
dominio de sí mismo y una vigilancia por parte de la autoridad legítima.
El Estado, al que los ciudadanos entregan el poder de la fuerza para
imponer el orden y la seguridad, es el garante de esa paz. Todos sus
organismos locales, estatales y federales, deben ser constructores del
orden y de la paz en el respeto a la dignidad de las personas, de sus
propiedades y de sus rectas inquietudes.
Sin embargo, aunque se asiente sobre la justicia, la paz es
también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia
puede realizar. La justicia es la base y el amor es el ideal. El
amor fraterno fortalece y acrecienta la paz elevándola a la
armonía y la comunión. Por ello, se puede decir que la paz sobre
la tierra, nace del amor al prójimo 31.
La Iglesia, sacramento de reconciliación y de paz, debe
trabajar para que los discípulos y misioneros de Cristo sean
también "constructores de paz". La Iglesia está llamada a ser una
escuela permanente de verdad y justicia, de perdón y reconciliación
para construir una paz auténtica 32.
Conclusión
Miramos hacia el futuro con esperanza. Monterrey ha pasado ya por
algunas situaciones difíciles en su historia, como los conflictos
sociales surgidos el siglo pasado, a finales de los años sesenta, o las
crisis económicas de 1973, de 1982 o de 1994. Hemos sobrevivido al
huracán Gilbert y al Alex, y siempre hemos encontrado en todos y
cada uno de nuestros vecinos los recursos de la ilusión, de la
motivación, del esfuerzo personal y del compromiso.
Ahora, ante este nuevo reto, nos sostiene la convicción de
que vamos a poder y de que vamos a conseguirlo con
esfuerzo y dedicación, con sacrificio, pero lo haremos por el
bien de las futuras generaciones de regiomontanos que nos
miran con confianza, seguros de que vamos a dar la medida.
Esta Pascua de Resurrección nos
muestra el signo de la cruz como
un símbolo de victoria, de entrega
y salvación, y nos enseña
el sepulcro vacío como el lugar
donde se consumó esa victoria,
lejos de la curiosidad de los hombres.
La cruz y el sepulcro nos muestran
que Dios hecho hombre por amor,
vencedor de la muerte y del pecado,
sigue amándonos fielmente, a pesar de
todos nuestros defectos y errores.
Pongo todas estas intenciones en manos de la Santísima Virgen
Guadalupe, verdadera Madre de nuestra patria y de nuestra
tierra, para que Ella nos alcance de Dios las bendiciones y las
gracias que necesitamos.
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