Adviento
Reflexión para la
esperanza
Aunque era otoño, quiso el jardinero
adornar de flores una pequeña parte
de su jardín, que había quedado
agostada en el verano.
“No conseguirás nada”, le
dijeron los robustos robles del
camino.
“Caerán lluvias, soplarán vientos y se
llevarán las diminutas semillas al mar o
a los ríos, donde nada germina”,
continuaron.
El jardinero encaprichado
no se resignaba con la
franja amarillenta, que
desmerecía la belleza de
su jardín.
Seleccionó las semillas de flores,
tomándolas de colores y especies
variadas. Las introdujo, una a
una, después de mullir la tierra,
y las tapó con suavidad con la
palma de su mano.
No se sentó a esperar, pues
un jardinero nunca está
ocioso , pero plantó también
en su corazón otra semilla,
llamada esperanza.
Elevó interiormente una súplica a la Madre
Naturaleza, para que fuera benévola e hiciera
germinar sus flores; pidió a la tierra que diera suave
acogida en su seno a las pequeñas semillas, que las
despertara con su toque húmedo y les dejara posar su
raíces...
Pidió a la
lluvia...
... Que cayera
lentamente para
empapar la tierra.
Pidió al sol...
... Que luciera a su tiempo con rayos
cálidos, que no abrasaran los
pequeños brotes.
Pidió al viento...
... Unos días de discreción, de
cierta ausencia, para dejar
inmóviles las diminutas
simientes en la tierra.
El jardinero
siguió sus
labores
satisfecho,
mientras en su
interior
alimentaba la
esperanza.
A los pocos días, al
volver del huerto
lejano, donde los
frutales aparecían ya
podados y sin hojas,
sintió en su interior una
leve llamada. Alzó los
ojos: a pocos metros, en
la parecilla agostada,
brotaba...
... Una solitaria y pequeña flor de
color rojo
“¡Gracias!”,
exclamó.
Y soñó con las
nuevas flores que
brotarían
sucesivamente.
Al pasar junto a los robles, les
dio una suave palmada,
acariciando los troncos.
Son posibles un cielo nuevo
y una tierra nueva.
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