Ceferino Suárez de los Ángeles
Y
OTROS
RELATOS
DEL
TREN
Prefacio
Tengo la impresión de no estar modificando el método de mi conducta al
emprender mi viaje, tantos años después, en este tren de vía estrecha. El viajar
ha sido para mí ya desde los años de la infancia una aproximación a las
funciones familiares del sueño, o bien de un sueño propiamente dicho, o del
que uno se acuerda al despertarse, o bien de un sueño diurno. Al despertarme,
he vuelto a recordar, en un hormigueo punzante, la máquina de vapor,
guardada en el desván de aquella casa para que nadie se apoderara de ella.
Tal vez siga allí escondida, en las arcas de mi infancia. Aunque, esta mañana,
no me siento alienado en ningún rincón del alma.
Y este viaje de hoy, tan tempranero, cuando tantas cosas se han vuelto
borrosas, me devuelve esa luz transparente que gustosamente acepto. Pone
verdades en mi mano, y soy yo mismo quien las recibo. Con los años el viajero
se convierte en un buscador de su verdad. Por lo que ya no intento, con el
denuedo angustioso de amor al tren Vasco – Asturiano, conjurar cosas así
como una pequeña máquina de vapor. Ya no construyo con masa ilusoria.
Discierno entre mi falsa y genuina experiencia, ni tomo mi deseo por fe. En él
me siento persona, y no tengo que abrir la ventana de ningún mundo cerrada.
Sería mentir decir que mi amor a este tren me conjura de alguna pesadilla para
dejarla tranquila como un sueño. Sería mendaz culpar a una casa con desván y
a los acontecimientos que en ella ha perdido ya su razón de ser.
Por lo que desenlazo mis manos, y viajo sólo sintiendo correr sin cansancio mi
viejo tren. Sólo quiero estar de nuevo para sentir y no pensarlo. Aunque sea
cierto que el olvidar es ignorar las dentelladas en el alma, el valor de la propia
vida. Pero cuando uno lo quiere explicar todo, no aclara nada. Viajo tan sólo
para que mi memoria reviva las imágenes que este tren nunca ha dejado en el
olvido. Sin su recuerdo, mi razón perdería su capacidad de ser razonable.
Llego a este tren como a esa gran visión que me faltaba. ¿Qué es lo que ahora
me tira del alma? Hay viajeros que ven lo que ya no existe. Quisiera ser uno de
ellos. Por lo que pensaré con cierto orden, iré despacio. Miraré primero los
puntos débiles; después los fallos; ojalá para que pronto vea la verdadera razón
que me enseñó que no hay que mirar tan alto para maravillarse.
Los significados humanos surgen de las experiencias, de los sufrimientos y de
los sacrificios, de lo que en la vieja terminología religiosa se denominaban las
pasiones. Sin olvidarme de ser lo que soy, evitaré explicarme a mí mismo. Sólo
un amor desinteresado será capaz de que este tren redescubra su verdad
primordial, su justificación. Más sigiloso ahora, encontrará más ordenada la
escena sin duda alguna. En él nunca el charlatán fue tenido por sabio. Su modo
de ser es inalterable y ha aprendido a vivir con él.
l
l
El círculo de mi tiempo se funda en este tren. Y, cuando ahora mira sin
volcarse en los ojos, mi memoria recorre la espiral de su recorrido, desde
Oviedo a San Esteban, para volver a su punto de origen. Pero he de ser
sencillo. Soy consciente de que para poder recoger, poner los ojos, hallar,
fundir su ritmo en mi corazón, debo poner todo lo que tengo en relación con
lo pequeño. Es evidente que hay hechos y ocasiones irrepetibles. Pero todas
sus palabras singulares se reúnen ahora para resplandecer y afrontar la luz
del día. Nunca cortó frases de papel. Ni toleraría la vida sin las vidas de
quienes amó y hoy están muertos. Su propia vida no le bastaría.
Maravilla del destino: no podría tener una verdadera relación conmigo fuera
de una verdadera relación con este tren, y con el don que él inscribe en mi
espiral. Le saludo y le deseo lo mejor. Ni lo que espero ni su modernización
podrán echarme atrás. ¿Por qué he de tardar tanto en asumir lo que este
tren me viene aclarando? Sin duda, sigue buscando con el amor de toda su
vida. Y no me estoy pasando. Pues el gozo con el que ahora viajaré sólo se
debe a que los años no me han arrojado de los lugares más protectores. Y
uno todo lo puede comprender cuando acoge la hospitalidad debida al
silencio de los otros. No hay duda alguna de que hoy me represento
comprendido en el secreto murmullo del sollozante avanzar de este tren.
Ceferino Suárez de los Ángeles
Y OTROS RELATOS DEL TREN
He descubierto que mi vida no es una historia de respuestas, sino de preguntas,
aunque siga ignorando el significado de muchas de éstas. Creo que la cuestión del
significado no ocurre solamente cuando se siente que la vida se ha perdido; ocurre,
sobre todo, como mensaje final de toda reflexión inexplicable, cuando uno se
descubre afectado por el significado mismo. Y entonces es el momento, se puede
constituir el comienzo de una historia más humana. Ignoro el significado último de
este viaje, pero estoy dispuesto a avenirme con este hecho tan difícil de admitir en
otro tiempo. Y sé que no podré elaborar un discurso auténtico si no en
consonancia con él probable encontrar algo de valor en la propia individualidad.
Aunque tarde, ojalá pueda dar a mi vida esa intencionalidad que esté en
consonancia con la suya. Antes, me fui construyendo en su acogida; ahora, lejos
de desposeerme, sin duda alguna me forjará. Sin duda, es mucho menos lo que sé
que lo que siento. Sólo a través de los otros parece probable encontrar algo de
valor en la propia individualidad. Aunque tarde, ojalá pueda dar a mi vida esa
intencionalidad que esté en consonancia con la suya. Antes, me fui construyendo
en su acogida; ahora, lejos de desposeerme, sin duda alguna me forjará. El tren,
indemne y tranquilo, no es frágil espejo. Restablece los vínculos irrompibles,
deshace límites, apaga la excesiva luminosidad de los sueños, eliminando los
absurdos habidos entre lo real y lo sentido.
Como asturiano, no sabría realizarme o expresarme en una actitud de fidelidad
sin referirme al mensaje y la vida de este tren. Han pasado los años. La vida
cambió. Pero muchas cosas en él vividas permanecen inalterables. La creencia en
una Asturias sin mitos es el mito de una Asturias sin creencias.
Esta mañana he abordado el tren sin pensármelo mucho, eso sí, después de
haber empujado de mi cabeza las horas interminables de la noche, para que
con la llegada de la mañana dejasen de clavar tantos sueños. Como si
debiera apresurarme para no quedarme perdido en la entrelazada liturgia de
una multiplicada noche.
No me pondré a dar una razón de mis sueños, pues dejarían de ser
auténticos. Por otra parte, nunca me han interesado mucho las explicaciones
al uso de los que pretenden interpretar los sueños. Por muy acostumbrado
que esté a su ácido vuelo en los sótanos de mis sombras, creo ignorar las
explicaciones que no solicito. Tal vez pienso que es mucho menos lo que sé
que los grandes interrogantes que siento. Sé que la experiencia de mis
sueños me afecta espiritualmente, pero sólo me interesaría el significado
que pudieran tener para los otros.
Pienso que una persona sólo se manifiesta a través de lo que cree. Y esto a
pesar de sentirme perplejo por estar sintiendo lo mucho que he olvidado. ¿Y
cómo hablar de redención olvidando la historia? Para poder entenderme,
tendré que abrir primero la puerta de este vagón. Para que una vez abierta,
vea lo que nunca pude separar de mí mismo. Sé que probar una cosa no es
suficiente, es menester elevar a los demás hasta ella. El problema
fundamental no es probar la historia real de este tren, sino su presencia. No
es tarea fácil. Pues sin una experiencia interior las palabras no son nada.
Pienso que una persona sólo se manifiesta a través de lo que cree. Y esto
a pesar de sentirme perplejo por estar sintiendo lo mucho que he olvidado.
¿Y cómo hablar de redención olvidando la historia? Para poder
entenderme, tendré que abrir primero la puerta de este vagón. Para que
una vez abierta, vea lo que nunca pude separar de mí mismo. Sé que
probar una cosa no es suficiente, es menester elevar a los demás hasta
ella. El problema fundamental no es probar la historia real de este tren,
sino su presencia. No es tarea fácil. Pues sin una experiencia interior las
palabras no son nada.
Bastará con un instante, con el simple subirme al tren sin embargo, para
que el mundo transforme todos sus posibles significados. Sin darme
cuenta, empezaré a observarlo todo con otros ojos. Y todo a pesar de que
agradecería la sensación de que todo siguiera igual. No hay paz de
siempre, que no es paz, sino momentos de paz ante los que no debo
quedarme extasiado, pero con la certeza de que hoy no la podría
encontrar en otra parte.
La ciudad de Oviedo ya no es lo que era. Todas mis fantasías han perdido
su rostro. Tal vez a mi regreso, busque las explicaciones de mis
sentimientos tan confundidos ahora unos con otros. Últimamente, voy y
vengo de lo otro a lo mío, de lo mío a lo otro. Y veo que la única
Bastará con un instante, con el simple subirme al tren sin embargo, para
que el mundo transforme todos sus posibles significados. Sin darme
cuenta, empezaré a observarlo todo con otros ojos. Y todo a pesar de que
agradecería la sensación de que todo siguiera igual. No hay paz de
siempre, que no es paz, sino momentos de paz ante los que no debo
quedarme extasiado, pero con la certeza de que hoy no la podría
encontrar en otra parte.
La ciudad de Oviedo ya no es lo que era. Todas mis fantasías han perdido
su rostro. Tal vez a mi regreso, busque las explicaciones de mis
sentimientos tan confundidos ahora unos con otros. Últimamente, voy y
vengo de lo otro a lo mío, de lo mío a lo otro. Y veo que la única
posibilidad de creer en identidades es cultivar el amor.
La nueva estación no es nada entrañable. Muy cerca, veo el solar de la
antigua estación, rincón de sollozante sombra. La contemplo describiendo
a su vez mis sentimientos. Observando a Falín, doña Esperanza, Luis,
Emilín, Queta que, aún muertos, comprenden todo lo que voy sintiendo.
Les sonrío a todos. Sus voces me cantan, porque sólo se canta eternidad
cuando se canta de forma tan humana.
Es un buen amanecer para dirigirme a este viaje. Aun-que, unos años
esperando, y ahora lo haga sin
pensármelo. Hablar bien de este tren
no es suficiente; es menester haber accedido a una auténtica claridad
respecto a uno mismo si queremos comprender lo que él significa. Soy un
afortunado porque aún me queda este recinto para encontrarme, para no
sentirme perdedor. Las experiencias en él guardadas emergen en mi
conciencia como creencias. Y no dudo de que el viaje me dará la razón.
Veré como nuevas las cosas viejas, las vividas entonces, vistas por
tantos pero no tenidas en cuenta.
Cuando la nueva locomotora sortee las primeras curvas, lo hará
alardeando de no necesitar los esfuerzos de las máquinas de vapor. Y me
aliviará descubrir cómo los arbustos, sin embargo, se esfuerzan para
asomarse al tren y mirarlo, extendiéndose más allá del soplo fugaz del
instante. Sin dudar, prefieren la cercanía del tren al jeroglífico tan
contradictorio
de las nuevas carreteras. Y será lógico que los
pensamientos que crucen primero por mi mente lo hagan con la rapidez y
la sorpresa de las estrellas fugaces.
He de pensar lo que sienta, pues el viajar es el sentido de la vida, el ser
mismo de la vida. Siempre hay algo más de lo que hay. Por lo que haré
previsión para que tantos pensamientos se unan a mi experiencia más
acorde.
Pienso que una persona sólo se manifiesta a través de lo que cree. Y esto
a pesar de sentirme perplejo por estar sintiendo lo mucho que he olvidado.
¿Y cómo hablar de redención olvidando la historia? Para poder
entenderme, tendré que abrir primero la puerta de este vagón. Para que
una vez abierta, vea lo que nunca pude separar de mí mismo. Sé que
probar una cosa no es suficiente, es menester elevar a los demás hasta
ella. El problema fundamental no es probar la historia real de este tren,
sino su presencia. No es tarea fácil. Pues sin una experiencia interior las
palabras no son nada.
Era a mediados de mayo. Un mes que resultó muy distinto.
Dos niños de la escuela cogieron el tifus, que así se decía
entonces, y nos mandaron a todos para casa. Eso fue todo, y
bastante motivo para la alarma entre los vecinos. A mí me
mandaron para con una familia conocida de uno de estos
caseríos. Allí me sentí bastante refugiado, aunque como en
otro mundo mucho más distinto. A lo lejos, el río Nalón ,
desolado y peligroso, amenazaba como si estuviera muy
próximo. Y una mañana, en la que la niebla se iba
descomponiendo muy temprana y el sol salía sin revelaciones
indeseables, decidí salirme de casa para conocer a Toñín. No
tardé en observar en él la expresión de una víctima de algo
que, sin embargo, no lograba descifrar.
Un anciano, que parecía saberlo todo, me contó cómo la
madre de Toñín se había precipitado llevando la vaca a la
cuadra de Selmo, pues su cuadra aún no tenía pintas de
desmoronarse tan pronto. Y que, por otra parte, la vaca
había ido de mal en peor en cuadra ajena. Y que era lógico
que en el pueblo nadie se tragara la historia que Selmo se
había sacado de la manga. Ya habían pasado los tiempos
para creerse uno que a la vaca la pudiera haber mamado
una culebra. Tampoco parecía inspirar confianza alguna
Sito, eterno pretendiente de Rosina y padre de Toñín,
hablando de si la vaca estaba demasiado ordeñada.
“¡ Ay !, cantaba la culebra! ¡ay!, la culebra cantaba! ¡ay!, voz
tiene de doncella!, ¡ay!, voz tiene de galana!”
La tarde había sido de asombrosa belleza. Por encima y
alrededor de Las Caldas se cernía un gran círculo de aliento
anaranjado. Con la dulce suavidad de su incesante
iluminación mis sentimientos se desarticulaban. Era la
ocasión para atreverme a acompañar a Toñín. Aunque aún
no sabía por qué me habían aconsejado su compañía.
Pero antes de llegar a las orillas del río o a las sombras del castillo,
inesperadamente se dio media vuelta y desapareció entre las sombras. Me
quedé sólo y escuchando fantasmas. Despavorido por tan sorprendente visión,
empezaron a latirme las sienes. Creí que bien pudiera tratarse de una falsa
percepción causada por las sombras. Pero no tuve más remedio que
tropezarme con la realidad. Sobre la hierba se acurrucaban, retorcidos y
envueltos en el insaciable verdor, la madre de Toñín y Selmo, exhaustos en una
entrega ardua.
“¡Ay!, él por aquí venía! ¡ay!, él por aquí pasaba!, ¡ay!,diga lo que él quería!,
¡ay!, diga lo que él buscaba” Nunca me atreví a contarle a nadie todo esto. Por
lo que aquella luna sigue flotando sobre las brumas de mis pensamientos. Ni
tampoco nadie me explicó cómo Toñín se pudo caer al río. Así que tuve que
marcharme antes de poder acercarme a aquel tan lejano entonces castillo.
Bien sabemos que los castillos no encierran otra cosa que lo que en ellos
metemos. Pero bien está que sean un rincón para la emoción, para la emoción
y para el afecto.Este tren, que todo lo sabe, ni excesivamente viejo ni
excesivamente joven, me recuerda que, a estas alturas de la vida, el pasado y
el presente se han de tornar tiempo compuesto.
LOS PUENTES DE HIERRO
Era muy curioso mi comportamiento cuando me
encontraba sobre un puente de ferrocarril. No eran
un paso que se me ofrecía, sino una distancia que
separaba. Y, además, todos los puentes que cruza
este tren son de hierro, menos el de Llera. La
audacia de sus gestos horizontales y verticales,
sus colores negros o grises, ponían en marcha, y
aún no sé por qué, los mecanismos de defensa de
mi interior ante lo que en otra parte pudiera ocurrir.
En vez de pararme en determinar sus ventajas,
me agarraba al rechazo de aquello que podía
temer. Pero ahora ya ni siquiera intento aislar
aquellos sentimientos tan ingenuos y lejanos. Tal
vez, por entonces, con aquellos esquemas tan
simples resolviera ciertas angustias. La angustia
tiene una estructura de salto entre lo insostenible
y la necesidad de sostenerse cuando te sientes en
el aire de un puente.
Sin embargo, era otra mi actitud sobre los puentes de rueda o peatonales.
Éstos nunca me impidieron detenerme o incluirme seguidamente en el
particular designio de las aguas que con tanta sobriedad pasaban por debajo.
La proximidad del agua siempre me ha tranquilizado. Contemplándolas desde
uno de esos puentes, era imposible una sintaxis timorata. Todo temor se iba de
entre las manos y los ojos yendo con todo lo que iba yendo. Sobre ellos la
contemplación correspondía al ser. Había causado extrañeza en el pueblo que
Gervasio se convirtiera en dueño y señor de aquella casa en menos de diez
días que siguieron a la muerte de su novia; y más, cuando todos ya lo
consideraban definitivo solterón de por vida. Las malas lenguas se habían
disparado. La anciana madre de la que había sido quince años su novia,
resultaba una vecina más insoportable que una mala suegra. Suegra no lo
podía ser. Y los más perversos ni siquiera se preguntaban sobre lo intentado
con aquella operación.
Sobre este puente de Fuso de la Reina me aguardaban otras sorpresas.
Mientras el tren esperaba la entrada del otro. Aunque yo por entonces así no lo
viera, los puentes tienen su parecido con los seres humanos: ingenuos,
incapaces del planteamiento, del nudo y del desenlace de historias retorcidas.
No son animales de rapiña a la entrada de una historia que te hayan contado.
Había causado extrañeza en el pueblo que Gervasio se convirtiera en dueño y
señor de aquella casa en menos de diez días que siguieron a la muerte de su
novia; y más, cuando todos ya lo consideraban definitivo solterón de por vida. Las
malas lenguas se habían disparado. La anciana madre de la que había sido
quince años su novia, resultaba una vecina más insoportable que una mala
suegra. Suegra no lo podía ser. Y los más perversos ni siquiera se preguntaban
sobre lo intentado con aquella operación.
Sobre este puente de Fuso de la Reina me aguardaban otras sorpresas. Mientras
el tren esperaba la entrada del otro. Aunque yo por entonces así no lo viera, los
puentes tienen su parecido con los seres humanos: ingenuos, incapaces del
planteamiento, del nudo y del desenlace de historias retorcidas. No son animales
de rapiña a la entrada de una historia que te hayan contado.
Gervasio, sorprendentemente, intentó llevar a mi abuelo a un camino ajeno a las
habladurías. “- Sé que entiendes de estas cosas, sabes a lo que me refiero”. Y,
mientras hablaba, llevaba su mano de la parte frontal a esa otra parte del cuerpo
propia de otros menesteres. Y continuó: “- ¿ Cómo pasaré el sexo de aquí a su
sitio?”. Nunca había oído un planteamiento tan insólito. Dios aprieta pero nunca
ahoga. “- No te lo pensando tanto”. Pocos meses después, me dijeron que lo
habían visto por Oviedo hecho otro hombre.
Y yo, de manera tan tonta, empecé a perder parte de mi miedo a los puentes. Sin
duda, allá en el río y bajo el puente, las cosas se planteaban de otra manera. Bajo
este puente y bajo todos los puentes.
Los chicos del pueblo se bañaban en pelota viva. Pero se trataba de
un juego muy serio. Lo hacían a ciertas horas. Y no necesitaban
pararse a pensar unas normas tan respetadas.
Siempre la a hora del baño coincidía con la del lavar de las chicas del
pueblo de enfrente. Todo era muy ordenado en aquel juego. Y cuando
el tren tan serio asomaba, todos se lanzaban al agua con la rapidez de
las ranas. Y hasta que las chicas no recogieran su ropa tendida, no se
purificaban en el rito de las aguas limpias que en el Nalón otro río
vertía.
No me explico el porqué de aquel miedo. Sobre las aguas quietas del río,
bajo un puente, descubrí por primera vez en la vida el hechizo
impresionante de la niña que corría transparente al sol caliente de una
clara y distinta tarde. No sólo más que un débil sueño en el iluminado
fulgor de las aguas tranquilas de un río que se esconde bajo un puente.
Sobre este puente me vuelvo a preguntar: ¿ el ritual del sexo alguna vez
podrá ser sólo un juego? Seguirá hiriendo con sus flechas. La sexualidad
no siempre es puente para el amor. Sumamente peligroso sería creer con
fuerza lo que nos llevara a negar lo que vemos.
Nuestra salud mental y felicidad sólo se pueden alcanzar cuando
nuestras creencias se basen en los sentimientos acordes con la
experiencia. La neurosis característica de nuestro tiempo ya no
es la represión de la sexualidad y de la culpa. Está en la falta de
orientación, de sentido y significado.
Es necesario que ningún pueblo carezca de las
nociones de lo bueno y lo malo, de lo verdadero y lo
falso. Pero no se debe fomentar la exageración.
Cuando el miedo se adueña de lo real, el absurdo se
instala en el pensamiento. Pero ahora todo es distinto.
Como todos ustedes, también yo lo veo ahora muy
claro, tan sencillo: el tren necesita los puentes y el río
también.
CON LO QUE UN DÍA TE ENCUENTRAS
Ni esos viajes, que nos desplazan hacia destinos muy remotos para regresar al
instante a la posición de nuestra velocidad real, se recuerdan con indiferencia.
El provenir y el pasado vienen siempre a confundirte, y resulta imposible ese
espacio redentivo sin recuerdos ni ausencias. Me siento un vagabundo frágil,
registrando contradicciones y límites, pero soñando con recrear una forma algo
más amplia para mi conciencia.
No me sentía hijo del sueño de mis padres, ni de los de mi abuelo, sino hermano
de mis propios sueños que quería hacer eternos. Mi mente estaba construida de
tal forma que de ordinario se me escapaba la verdadera naturaleza de lo que
pasaba a mi alrededor. Ni se me ocurría la idea de que los otros también
soñaban.
Aún no sabría explicarlo. En aquellos años de la imaginación hambrienta, que,
gracias a Dios nadie después convocaría, mi mundo durante meses era tan
reducido como el escaparate de una confitería. Pero mi imaginación veía entre
los pasteles de Camilo de Blas, tan tentadores como inaccesibles, a los tres
enemigos del alma: al tan inoportuno entonces demonio de la gula, al mundo de
los compradores pudientes, y a la carne tan desagradecida comensal.
Pero había cosas aún más extrañas. Ni qué decir tiene que no me
iba a hacer una larga madeja con los pasteles aquellos. No
tendría ningún derecho. Bien ya sabía que lo que se ve por fuera
no corresponde a lo que se vive por dentro.
Alma inexpugnable para mí, pero que, tras lo sucedido, ya no me
atrevería a comentar. Maruja, impregnada como parecía de un
profundo ensimismamiento, como si su mundo perdido ya no lo
pudiera recuperar jamás, abatida y fuera de todo, se apeó
sorprendentemente. Me quedé helado, dando razón a mis peores
pensamientos. Cuando, guarnecida tras el parapeto de las
sombras, la perdí de vista, seguí pensando que nunca llegaría a
comprenderla. No era ese el momento para irse al cementerio.
Impaciente y lejana era su imagen para mí todavía. Aún no sabía
leer los sentimientos que se esconden tras los hechos.
De vuelta, observé más gente que nunca en la estación. Aquella
súbita excitación contrastaba con la mayor oscuridad de la tarde.
Me sorprendía todo lo que veía. Sin saber aún a dónde iba ni de
dónde venía todo aquello. Pero, tan pronto como el tren se paró,
con mis oídos desbordados, escuché lo que nunca pudiera
imaginar que ocurriera.
Desgraciadamente, el rostro del amor oblativo, en aquellos años
degradantes y míseros de la posguerra, se ocultaba para mí en
las acariciadas letras de Machín. Pasaron los años para que
aquellas melancólicas letras suenen de otra manera en torno a
este cementerio. Como el cálido asombro que adormeció
voluntariamente el amor entrelazado de Maruja sobre la tumba de
su acariciado Pepe.
En este huerto, vuelto paraíso, reencontró el fruto que un día vino
a perder su corazón. Por ello, los ojos del tren no miran
incrédulos, sino con el corazón con que construye sus más
emotivos momentos. Este viejo cementerio es una pequeña obra
de arte.
El tren detiene el tiempo, fija los espacios para los mejores sentimientos, y
mantiene la plegaria allí donde debe seguir existiendo. Pero yo no puedo ser
sencillo cuando la recuerdo. Aún mis sentimientos son difíciles cuando por aquí
paso. Me consuela pensar que sólo Pepe le habla atinadamente preguntándole
qué sientes, qué temes, qué amas. Para mí tuvieron que pasar los años; a ella
le sobraron los días para darse cuenta de todo ello. Siempre he llegado tarde a
las llamadas del corazón. ¿Por qué las grandes historias de amor siempre
terminan en grandes tragedias?
CUANDO LA COMPAÑÍA TE INQUIETA
Si llega ese momento en el que ya no quieras pensar ya más las cosas, podrás
sentir la compañía del río Nalón. Sin pausas, con sonidos de sombra, sin variar ni
una sola vez el ritmo de su soledad. Su apreciable acompañamiento hasta San
Esteban, acaso inmerecido, pero siempre ahí. Sin volver la mirada al río, tal vez no
sea posible el diálogo de los viajeros. Contemplarlo es como sentir la ilusión de
controlar el mundo interior, de poseerlo, de detenerlo en la palma de la mano.
Eterno acompañante, es alma serena que informa el discurrir del tren. Gratificante
big bang mientras los músicos afinan los violines, reúne todas las condiciones
para que las explicaciones de tantas cosas nunca pretendan explicarlo todo.
Esta mañana salí de casa también para reencontrarme con este río. Como si su
transcurrir fuera algo mío. Él siempre comparte su soledad en compañía. Como
eterno adolescente, es un ejemplo algo distinto y, sin embargo, en perpetua
comunicación. Y, por otra parte, como auténtico hombre maduro, extrae de lo no
vivido la raíz de lo que fue para que todo pueda seguir siendo. ¿Todo aparece dos
veces: primero sobre las aguas del río y, más tarde, en el interior de mi cabeza?
El adolescente sentado ahora frente a mí, va aislado en el ámbito oscuro del
interior de la música protegida por los cascos. No me atrevo a opinar sobre su
voluntaria incomunicación. ¿Volcán dormido? Estamos en mundos distintos.
Sería imposible el diálogo.
Y, cuando al principio no está la palabra sino el silencio, allí hasta el monólogo se
fragmenta. Ya no entra en mi cabeza esa nueva relación entre el entender y el ver.
Pero me doy cuenta de que puedo seguir pensando estas cosas porque también yo
me siento solo frente a él. Mi pensar ya no necesita el ver. Más aún: las cosas que
voy pensando no las puedo ver ni siquiera yo mismo.
Aquel otro adolescente se plantó frente a mí fumando un cigarrillo. Me miró
desafiante. Su presencia melancólica e indolente se inmiscuyó desde el primer
momento en el ámbito más oscuro y débil de mi interior. Aún es el día que no
comprendo aquel vuelco de mi corazón y por qué tuve en un instante la impresión
de haber vivido ya aquel momento. “-¿Me conoces?”, le pregunté. “- Claro, del
tren”. “- ¿Qué quieres?”. “- No vengo a contarte nada. Sé que hablas poco, y me
basta”. No creo que este joven se considere un “imposible” haz de problemas y
derive a una urdimbre de sentimientos de inferioridad y constante contradicción.
Peligroso es suplantar la realidad que el tren te ofrece por un mundo sucedáneo.
Pero, claro, es imposible reconciliarte con la realidad si no te has reconciliado antes
contigo mismo.
Curiosamente, su silencio es un silencio lleno de sonoridades para mí. Y me
pregunto de dónde diablos me vendrá ahora a mí esta intranquilidad. Ahora bien,
tengo la seguridad de que el tren me ayudará, sin duda, a compensar este
angustioso silencio. El sí al otro también puede intensificarse en las disyuntivas y
contrariedades.
No me parece que finja nada. Todo el mundo destaca la importancia de la edad,
del sexo y del trasfondo familiar como factores que afectan a los patrones de la
amistad. Y los adolescentes difieren en su susceptibilidad a la presión surgida y su
conformismo varía. Estoy seguro de allí donde tenga que adoptar decisiones,
contradictoriamente, elegirá como árbitro a sus mayores.
No debo decirle nada. Las palabras serían superfluas. En los momentos
esenciales de la vida nos basta con el crédito. No creo que la tristeza se apodere
de él por otra parte. Sin duda está aprendiendo a escucharse a sí mismo. Es
imposible trascender un mundo que no se ha vivido.
El río sigue viviendo en sus sueños, en su imaginación, en donde alimenta
su esperanza. A partir del momento en que ya no lo hiciera, dejaría de
llamarse Nalón. ¿Y así la juventud? Pero ponerme ahora a racionalizar
sería una irracionalidad. La veneración gratuita de una edad es una
tontería. Nunca los problemas humanos se solucionan de una vez para
siempre. Tienen que pasar los años para que uno adquiera un
comportamiento feliz consigo mismo. Es largo el aprendizaje de la escucha
de uno mismo.
¿La primera condición de nuestra hospitalidad es el silencio? Sería capaz
de volver a recorrer en este tren el camino de mi vida, pero ellas. No me
debía extrañar, y menos a mí, que este joven haga del tren su morada, su
refugio interior, donde poder descansar, ser él mismo, donde poder tener
una relación más humana con sus cosas.
Y si llegara a dispersarse, el tren y el río le dirían lo que tiene que hacer.
ENTRE
EL AMOR
Y EL
HAMBRE
Eran los años en los que no ‘podría entender a quien me dijera que todo bien
amado no merecía adoración divina; ni mucho menos pudiera comprender
pensamientos aún más sutiles, como que no es Dios mismo el que sale al
encuentro en el amor, sino que es el trasfondo del amor de quien amamos. Pero
hasta en la escuela nos leían El Kempis: “Ten por vana cualquier consolación que
te viniere de alguna criatura”. Esto me ponía furioso. Ya por entonces pensaba que
los embrollos del corazón no se solucionarían con medidas morales, sino
comenzando por la confianza que en uno otros depositaran.
De ninguna de las maneras pude controlar mi sobresalto. Quedé sin voz cuando
José me dijo que iba a casarse. Hay momentos en los que todo lo más apreciado
se vuelve tormentoso. Mucha gente también veía en José al chico más trabajador
del pueblo. Una noche, a escondidas de su madre, flaco y con aquellos ojos
grandes, se presentó en casa arrastrando un enorme tronco de árbol. Nos
acompañó hasta que el fuego animó el inmenso ruido de la olla. En torno a aquel
fuego se ensanchaba hasta el estómago vacío. Cuando él llegaba a casa, volaban
todos los jinetes de zozobra.
Y yo tenía más motivos que nadie para apreciar a mi primo. Me había resultado
imposible aprender la primera línea de los ferrocarriles españoles: “ De Madrid a
Irún, por Villalba, El Escorial, Ävila, Medina del Campo, Valladolid, Venta de
Baños...” Para mis nueve años que no habían llegado ni a Mieres, era algo
imposible. La maestra me pegó en las piernas. Al día siguiente, José me dio su
abrigo, pero me arrastraba. Y la maestra, que no era tan buena como él, me lo
mandó quitar y me volvió a pegar.
Desde el monte de la Llovera, donde nadie se daba cuenta de que no se podía
estrenar ropa dos veces al año, divisaba medio mundo y todo el calor de los invitados a
la boda. Desde allí bien comprobaba cómo las cosas se desarrollaban más o menos
como yo me temía. Todos se estaban hartando, cosa que no podía dejar de pensar.
Pero esto no era lo peor. También sentía hambre de razones y, cuando más distante
estaba, sentía su necesidad más intensa-mente. Hasta llegué a pensar que la Venus no
era tan buena orquesta cuando se rebajaba a tocar en una boda así. Sin duda, las
gardenias de Machín caían sin ilusión alguna en el blanco y negro de aquel local
cerrado. Y todo lo contemplaba; lo que deseaba saber, y lo que no podía hacérselo
saber a nadie.
Pero a veces los tiempos cambian con brusquedad. Si, meses después, el abuelo me
volviera a decir que en la boda habían comido veintiúna docenas de pasteles, yo
también me empacharía de alegría. El canto de aquel cercano malvís era tan
desfallecidamente triste como para poder compartir mi desdicha.
Sucedió en una lenta madrugada de invierno, cuando los obre-ros de la fábrica de
Trubia, semidespiertos, se disponían a dar fe de su capacidad para el ritual del trabajo.
Y lo que Jo-sé nunca hubiera esperado, allí encontró. Un camión, dijeron, lo cegó. En el
puente sobre el río Nalón.
No me fue posible aguantar su muerte para mí solo.
Estaba convencido de que aquello no iba a tener
arreglo. Veía que miles de ojos censuradores me
espiaban. Y para más Inri, el viejo cura no me
entendía, Actuaba con un corazón tan dividido, que no
veía que entre la fe y la vida sólo hay el intermedio del
amor. Me veía dividido entre lo que sentía y lo que
hablaba.
Tuvieron que pasar los años para que en el tren
descubriera que sin una fe en la inmortalidad nada
sería el amor y todopoderosa la muerte. Que la única
manera de sobrellevar la desdicha es mirándola desde
el amor. Tarde aprendí a no confundir el amor con el
hambre.
RIACHUELOS
Y
MOLINOS
El Nalón es demasiado serio y tiene bastante para sí para meterse en pequeñeces.
No sé que tenga molinos ni pequeños puentes sobre sus aguas. Pero el tren, que
no se le escapa detalle, se identifica también con lo que desde su altura puede ver.
Mirarlos, sentirlos, saber lo que en ellos ocurre. La gente venía a contarle infinidad
de historias. De todo ello me enteré muy pronto, por lo que aún tengo en mi
memoria cómo reaccionaba ante la manera de contárselo.
Desde lejos, estoy viendo el riachuelo que con tanta desgana baja hasta el Nalón.
El pequeño puente. El viejo molino. Toda la aproximación de los dos pueblos sólo
podría cumplirse en su desconsolada soledad. Abren sus ojos cansados para
contemplar sólo batallas perdidas. Su canto está desvanecido como su vida. Son
tan sólo recuerdo de historias que con mucho pudor el tren escuchaba., pues
nunca los intereses propios los llamaba altruistas.
Braulión, del vecino pueblo, tenía sus hábitos, y tampoco le gustaba la idea de ser
confundido. A pocos meses de llegar al pueblo, ya les había enseñado la manera
de superar su temor a los mozos del pueblo vecino. A Rosina, la molinera, le
contaba cómo por Priañes, la noche de la fiesta, había llevado la mejor parte: había
rajado nada más que a siete. Rosina lo miraba de reojo y le aconsejaba paciencia.
Pero su madre pronto le dijo: “ ¿Acaso quieres estar en todas las lenguas de ese
jodido pueblo? Cásate, hija, cásate de una vez”.
Después de la boda, Braulión acrecentó aún más su fama, segando toda la hierba
antes que nadie. La gente de su nuevo pueblo miraba asombrada al ver cómo
cargaba semejantes pacas sobre sus hombros. Y, puestos a comparar, algún
vecino llegó a asegurar que tenía más fuerza que dos yuntas de bueyes.
Rosona, que así la llamaban ahora en el otro pueblo, parió sin darse cuenta.
Hasta su madre, que había parido catorce veces, tampoco nunca había visto cosa
igual. “ -¿ Y qué dijo Braulión? Tenía que haberle hecho por lo menos trillizos.
Para mí el que se fía de un lobo, entre sus dientes muere”. Y así durante meses,
hasta que llevaron a Braulión para el hospital. Seguía pensando sólo en el maíz
sin recoger. Había trabajado más que nunca últimamente. Y lo había hecho hasta
reventar. Un virus desconocido para los médicos e ininteligible para él,
rápidamente desprogramó toda su fuerza para siempre.
Poco después, Rosina, que poco había leído también pero bastante oído, podía
estar pensando: “ Hase de advertir que las cosas de más valor en vosotros son la
honra, la vida y la hacienda. La honra está en arbitrio de las mujeres”. Mientras
renegando de todo el pueblo vecino, se encaminaba hacia el molino tantos meses
cerrado. Pero alguien, atónito, vio cómo se ponía a limpiar la maleza sobre el viejo
puente. Como con ira desafiante. Los vecinos tendrían que bajar al molino, sin
falta de otra venganza mayor. No lo hacía como si su vida comenzara de nuevo
¿Aún el dominio del más fuerte se considera el ideal social? Cuando más seguro
estaba de quienes eran los buenos y los malos, más deseaba su destrucción
inmediata. Inmenso error. Sólo el tren ha venido a darme las mejores lecciones:
ya no sé quiénes eran los inocentes y quiénes eran los malhechores. Cuanto
más el viajero quiera ser juez, más se parecerá a quien es incapaz de volar.
¿Todo pensamiento oculta otro pensamiento? Estoy seguro, sin embargo, de
que en este tren no toda palabra es máscara.
Cómo me gustaría que la gente conocida, dejando por un día la ciudad, se
acercase hasta ese otro pueblo que se queda atrás donde los vecinos han
levantado un monumento de admiración a quien había nacido en el pueblo
vecino. Por estos lugares podrían encontrar ahora esa paz y armonía
tan estropeadas por el espectáculo y la verborrea de los que luchan por el
poder. Los que hablan mucho se ocultan más. Si pongo mis ojos en otro, me
sentiré más fuerte que él o más desaventajado. Sentado en este tren, sólo
poniéndolos en el Nalón podré asumir mi propia realidad.
IMÁGENES MÁS ESTREMECEDORAS
La fugacidad de las imágenes para quien no se deja estremecer desaparecen en el no
ser o, como muchos de nuestros sentires, quedarán a medio nacer; para quien no se
distrae, serán presentimiento de que la realidad es mucho más, como la vida. Para
captar la larga vibración de su brevedad, es preciso llegar más allá de la mirada o,
cerrando los ojos de vez en cuando, lanzarse y correr el riesgo para buscar la falacia de
tu subhistoria tantas veces ocultada o con tanta generosidad interpretada. Si tan sólo te
quedas en su efímero temblor, que se interpone sin dejarte un susurro sin
consecuencias, apenas notarás que se haya producido movimiento alguno en tu curso
afectivo. Pero si las imágenes las consideras tiernas y entrañables, se convertirán en
un encuentro con tu propio rostro sobrecogido. Y cuanto más enigmáticas, más
comprensibles serán. Las imágenes son siempre superiores a nuestra mirada. Tal como
siempre, en este tren el viajero no depende de las circunstancias, sino de la intensidad.
La tozudez del anciano era tanto más insoportable, no porque la vejez lo hubiera
vuelto intratable, sino porque había sido siempre así. Su nuera, que lo había
traído para su casa, pensaba así y tenía la certeza de que no había manera de
remediarlo. Y, aunque en la casa nadie le contrariaba, era imposible cruzar dos
palabras con él. Siempre encerrado en sí mismo y en aquel silencio.
Pero Colás era algo más que una sombra inútil. ¿Nadie era capaz de arrancarlo
de aquel silencio tan suyo? Era evidente que hubo dos únicas excepciones.
Cuando oía que en la radio ponían la canción “ Pienso que nunca más volverás,
mi amor...”Y cuando, mientras su nieta hacía su primera comunión, salió por
primera vez de aquella casa.
Al verle tan flemático y acabado, la gente tenía por seguro que aquella iba a ser
su última excepción. Los alaridos de su nuera subieron aún más de tono antes de
marcharse a vivir a Oviedo. Aunque, la verdad, a la gente no le pareció muy
sincera aquella puesta en escena. Colás ya había hablado con su hijo para
decirle que él se quedaba. Y para entregarle una cantidad de dinero que nadie
conoció. “- ¿Es que quieres condenarte en este infierno? “, le dijo su nuera. “- No
se podrá condenar quien vive ya en el infierno”.
Los alaridos de su nuera subieron aún más de tono antes de marcharse a
vivir a Oviedo. Aunque, la verdad, a la gente no le pareció muy sincera
aquella puesta en escena. Colás ya había hablado con su hijo para decirle
que él se quedaba. Y para entregarle una cantidad de dinero que nadie
conoció. “- ¿Es que quieres condenarte en este infierno? “, le dijo su nuera.
“- No se podrá condenar quien vive ya en el infierno”.
Pocos días después, su hijo se volvía a uno y otro lado con su mirada
atónita. Acaban de enterrar a su padre. Aquel larguísimo atardecer le
parecía infinito. Rehuía ver la imagen de su padre ante sus ojos. Sólo él
conocía el calvario que su padre siempre había silenciado.
En su pueblo natal habían convertido en silencio el fogonazo de la
tragedia. Fue también una experiencia que vino a cambiar el ser del
pueblo. Aquel perro maldito había convertido a su hermanita en un
monstruo encendido de rabia. En un instante, el fuego enloquecedor de la
niña encendió la amarga negrura de su padre. Unos tres segundos le
habían bastado para decidir acabar con aquel furor que le arrebataba lo
único que en este mundo le importaba. Pero aquel tiro no sólo acabó con el
dolor rabioso de su hija: apuntó sin remedio al corazón de Colás.
.
No cabe duda alguna de que no le diré nada de lo que pasa por mi mente al
joven que sigue tan ensimismado. Seguiré mirando por la ventanilla. Extraño
es que cuanto mayor es la distancia, más iluminan mi interior las imágenes. Si
quiero existir, no podré estar separado de las cosas, aislarme del mundo que
encuentro. Hemos de aplicar nuestro oído a lo que los hombres experimentan.
¿Tan sólo soy lo que pienso? Bueno, con tal que no olvide que siempre soy
más de lo que sé y de lo que contemplo. Ojalá me calme rehuyendo la
oposición entre mi cabeza y mi sentimiento, mi pensamiento sin alma y mi
corazón sin cabeza. La cercanía y la distancia sólo son malas para quien no
sabe soportarlas, o perdonarse a sí mismo..
Y no hace falta que lo piense todo. El tren ya es lo suficiente lúcido. Con mi
escucha activa, oiré que la vida habla y que las imágenes transmiten lo mejor
de la realidad. Por otra parte, ¿qué sería mi pensamiento sin la confusión que
en mí produjeron ciertas imágenes? Mi idea del amor universal no sería
significativa sin una solidaridad incondicional con aquellos condenados tan
próximos a mí. Ahora guardaré un silencio. Sólo guardando silencio, podré
seguir hablando de amor.
LOS MÁS OLVIDADOS
En los años a los que me refiero, las predicciones humanas estaban llenas de
limitaciones, o al menos eso era lo que se decía, y bastaba con que no
creyeses que una cosa no viniese a suceder para que, curiosamente,
sucediera. Y, tantos años después, aún no me resulta fácil liberarme de las
sorpresas nunca olvidadas.
Por aquellos años, en Trubia la actitud más insignificante tenía una relación
oscura con la pasada guerra civil. De otra manera, nadie se explicaba la
compartida atención que en el ámbito local merecían algunas humildes
personas. ¿Suceda lo que suceda, dígase lo que se diga, todo es voluntad de
Dios?
Al Turco lo mataron cuando robaba cuatro patatas en una huerta; de la Quina,
era mucho más lo que se celebraba que lo que su oscuro designio
representaba. Castillo, Floro, Cueto y otros parecían prohombres en boca
ajena, pero sus cuatro perras no daban ni para una bota de vino, ni lograron
cubrir con una borrachera sonada al mes su pobreza tan olvidada. Y hasta el
día de hoy, nadie, que yo sepa, se ha parado en pensar en los ineficaces y
tortuosos caminos que por aquellas fechas el miedo dibujaba. Ya todos han
muerto. Y, como se sabe, con los muertos nadie quiere cargar.
Al poco de llegar, ya me había propuesto salir. Y aproveché la primera
ocasión para lanzarme hasta la colina del depósito del agua. Así que no lo
pensé dos veces, y me interné por el barrio de El Bosque. Me paré ante
aquella casucha en semirruinas.
Balbina estaba sentada en el deforme y viejo poyo. Supuso para mí un alivio
el ver, bajo la luz de su extraña interioridad, el brillo agazapado de su infeliz
inocencia. Decidí quedarme. Balbina creía en los diablos que andaban por ahí
sueltos. Una noche le habían sacado las patatas que por la tarde había
sembrado. Otra noche le habían asaltado por haberse atrevido a ir a la fuente
a horas intempestivas. Y ahora, en tiempos normales, sólo se atrevían a hacer
la guerra a unos pocos. Hacía poco tiempo, le habían llevado su vieja vajilla.
Tal vez quería contarme otras cosas, pero, sin duda, no quería que me viesen
hablando con ella. Miró al cielo. De un momento a otro iba a romper con la
lluvia inminente. Lo mejor para ella sería resguardarse. Me quedé turbado,
sobre todo porque me quedaba sin salida a una explicación que disminuyera
mis dudas. Pero, sorprendentemente,antes de recogerse, me dijo: “- Lo mejor
que puedes hacer ahora es irte a las cerezas aquellas, Juanín no las recoge,
es buena persona”. No me atreví a subir al cerezo pues su vecina estaba
recogiendo las berzas de junto al árbol.
Tal vez quería contarme otras cosas, pero, sin duda, no quería que me viesen hablando
con ella. Miró al cielo. De un momento a otro iba a romper con la lluvia inminente. Lo
mejor para ella sería resguardarse. Me quedé turbado, sobre todo porque me quedaba
sin
salida
a
una
explicación
que
disminuyera
mis
dudas.
Pero,
sorprendentemente,antes de recogerse, me dijo: “- Lo mejor que puedes hacer ahora
es irte a las cerezas aquellas, Juanín no las recoge, es buena persona”. No me atreví a
subir al cerezo pues su vecina estaba recogiendo las berzas de junto al árbol.
Al día siguiente, me sentí perdido en una aventura sin guía, arrastrado por una especie
de violencia interior que iba en aumento. Me parecía absurda toda la realidad. Toda era
anónima y falsa. Al oír a mi tía, deseaba tener la certeza de que no estaba en Trubia ni
en ninguna otra parte del mundo. Me zumbaba la cabeza al pensar que Balbina
pudiera haber muerto de disgusto. Mi tía también estaba convencida de que había
sido Balbina la que había robado aquellas berzas.
Cuando, por fin, me despedí de Trubia, también un asomo de melancolía vibraba
sobre mi convencimiento de que muchos diablos efectivamente se deslizaban
subrepticiamente por los mismos caminos sinuosos que los hombres trazaban. ¿Qué
era primero, la marginación o la automarginación? Pero estas preguntas no me las
hacía entonces en estos términos. Sin duda, en Trubia, en aquellos tiempos, me
responderían que todo tenía un mismo origen: el diablo. Con toda su razón alguien
todavía hoy recuerda a sus pobres diablos.
Pero la sabiduría secreta de este tren nos recuerda otras cosas que tampoco
hemos de olvidar. Sigue considerando a Trubia como un apasionante escondrijo
industrial del siglo pasado. El tren es muy agradecido. Su gente estaba muy
orgullosa con las máquinas de vapor construidas en la fábrica. Santamaría, viejo
maquinista, las recordaba una por una. Además, este tren no nació con vocación
carbonera, sino como necesidad estratégica de sacar los pesados cañones de la
fábrica de Trubia para embarcarlos a las bases del Ferrol y Cartagena.
Por otra parte, no es función de sus viajeros desvelar el lado oculto de las cosas. Y
todo ya ha cambiado. Los jóvenes que se suben a mi vagón sonrientes no han
conocido el miedo de otros tiempos. ¿ O han visto alguna vez reírse al miedo?
Pero estos chicos son muy jóvenes. Cuando aprendan a amar, verán todo lo que
otros han amado.
Por lo que se ve, también el “ desencantamiento ” del mundo ha llegado a Trubia.
Procuro comprenderlo. ¿Pero no me precipito? ¿Las heridas que curan con el
tiempo no son también las que guardan el veneno? Pero sólo viviremos en la
medida en que leamos nuestra vida.
Además, lo primero no es la acción y el rendimiento, sino la presencia, la persona
y la estima. Bueno es que estos jóvenes abran espacios para descansar un poco
del peso de la historia.
Sorpresa
Ya no sé cuándo empecé a no tener miedo a las sorpresas. De niño, proscrito de
la suerte y huérfano del mérito, temía que otra sorpresa viniera a coronar otro
desorden. Pero quizá ya en los tiempos de la adolescencia empezaron a no tener
esa relevancia de antes. Hasta llegué a agradecer aquellas gratas que venían a
cruzar la monotonía. Quizás miedo anterior se debiera a la seriedad de mi tristeza.
En algún momento encontré cierta satisfacción en las que me contaron, sin duda
alguna.
Rufo era otra vida, otro mundo que, aún pasados los años, me sorprendería como
paradigma de toda una época donde sólo unos pocos no se conformaban con lo
que les ofrecían. Su imagen, turbulenta y lúcida, sigue tomando posesión de un
largo espacio en mis admiraciones.
La verdad era que nadie en el pueblo apelaba a ninguno de sus gestos a la hora
de dividirse en buenos y malos. Siempre, a la hora de la verdad, desaparecía en
el no ser, se esfumaba como la nada. Pero no era así. Sus cosas se exageraban a
veces. Y pienso que en su celebrado desdén sus vecinos se exorcizaban. De ahí,
la admiración y el desprecio del que gozó, el amor y el odio que recogió.
Repentinamente las cosas cambiaron en el pueblo. En un segundo, el rumor se
convirtió en noticia que se extendió como la pólvora. El sargento retirado, más
temido que el mastín del que siempre se acompañaba, iba a lograr casar a Rufo
con su hermana viuda. El escándalo estaba servido. Y Rufo no se merecía tal
holocausto. La hermana no se quedaba atrás del dichoso sargento que había
sacado tajada de tantas escrituras y testamentos y ahora urdía un matrimonio tan
infame.
Y Rufo desapareció del pueblo. Pero todos se pusieron de acuerdo. No les costó
ningún trabajo conseguir una cita para la noche a orillas del Nalón. Concordaron
una estrategia colectiva para hacer una sonada cencerrada. En pocos momentos,
decidieron las colinas en las que se situarían en grupos pequeños; el grupo que
comenzara a jacarear diría ¡ bomba va!, y el que quisiera continuar ¡ bomba viene!
Al parecer, la cencerrada resultó implacable y rotunda, un memorial de la pasada
guerra, revivida ahora sin armas pero con ira. El sargento, como una furia, bajó a
llamar a la guardia civil.
Inesperadamente, a las dos de la mañana, Rufo subía lento y cansino por
la pendiente hacia su pueblo. Y cerca ya, tan pronto como oyó ¡bomba va!,
coreado ahora por la guardia civil, no se le ocurrió otra cosa más que
responderles ¡ bomba viene! Salidos de su escondite, fueron a por él. Se había
quedado tan pancho. Pero la paliza que le dieron hizo resonar todas las
contraventanas del pueblo.
Tras un primer momento de perplejidad, todos los vecinos comprendieron que
lo mejor era ir a decírselo al señor cura. Ya no había moros en la costa. Pero
hasta las aguas del río buscaban rabiosas los inquietos álamos de sus orillas.
En el calabozo todo era oscuridad. Pero Rufo pudo hablar con su cura.
- ¿ Por qué te metes en estos berenjenales?
- ¿Estará usted hablando ahora del sargento, no?
- Ahora si que ya no te entiendo.
- Pues ustedes tienen escrito por alguna parte que conviene que uno se
fastidio por el bien de los otros.
Dijeron que el buen cura había sentido envidia del designio de Rufo. Era el
designio que él siempre había soñado. Rufo hacía las cosas sin proclividad
alguna a concluir en pose. A Rufo le robó su personaje, para que el pueblo no
tuviera conflictos. Aunque sin él todo hubieran sido conflictos.
Pienso que ésta no fue la única gran sorpresa que Rufo dio a sus paisanos. Por
mi parte, logró el que las sorpresas ya no consiguieran obsesionarme más.
Aunque continuara sorprendiéndome el que la bondad se vuelva tantas veces
contra el que la practica.
Hay cosas que se saben, otras que pueden llegar a saberse, y otras que no se
sabrán nunca. Peligroso es pensar que la verdad es una y el error múltiple. Yo no
sé cómo Asturias puede ser pensada y hablada. Pero difícil resultará si se olvidan
estas pequeñas historias que reflejan y contienen tanta de su realidad.
Hay cosas que no cambian o parecen no cambiar. El orvallo, por ejemplo,
observado con atención desde la ventanilla, me sigue arrebatando la raya del
horizonte sin intentar explicarme nada, e irrumpe poniendo humedad en el
misterio. Con sus perfiles endiabladamente amistosos oculta el interior ciego
de lo que no resulta tan trivial.
Quizá el orvallo no pretenda eso. Y puede que todo sean figuraciones mías.
Puede ser que yo esté contemplando este orvallo con los ojos de un pasado
que ahora viene a mi mente. Pero, así y todo, no me preocupa volver a
encontrarme con él. Al fin y al cabo, con sólo su observación el corazón me
impulsa a imaginar un sosegado y suave viaje. Pero no siempre fue así.
Tras su ventana Teresina veía las tardes del otoño llegar como un lento
funeral. Pegada a ella, aguantaba como quien aguanta un castigo. Triste
estación del otoño que siempre venía a convertir sus nervios en vino violento.
Su marido, siempre enfermo, se consumía, sin duda alguna, también en esa
otra penumbra interior.
Observaba cómo la languidez
había invadido el rostro del
enfermo. Prefiriendo la nostálgica luz del otoño, abrió la
ventana. Aunque el caer
vespertino
de
las
hojas
quebrara la melancolía aún
más triste que el orvallo.
Tampoco
las
aguas
tan
cercanas del río
lograban
inmovilizar la impaciencia. Todo
amor es una aventura y una
incertidumbre.
Pero sus ojos, grandes y tristes, se sobresaltaron cuando llamaron a
la puerta. Dudó, en un primer momento, si cerrar la ventana, pero
corrió a la cocina para apagar la radio. ¿ Quién podía ser a estas
horas? Tiró de la puerta hasta que se abrió de par en par. Se ahogó
ante la sorpresa y sólo puedo exclamar: “¡Jesús! Se quedó por un
momento sin saber qué hacer.
Nunca había temido las decisiones más fundamentales, ni siquiera
para casarse con su enfermo primo. Pero ahora la puerta ya estaba
abierta. El enfermo silenciaba sus lamentos. Ella insinuó a Francisco
que pasase. Tampoco él, incapaz de llevarle la contraria a su madre,
nunca se había decidido a dar un paso.
Y, de repente, el moribundo abrió los ojos y preguntó: “ - ¿Quién es,
Teresina?” Por primera vez, Teresina le contestó con firmeza: “- Pues ... un
desconocido”. El enfermo continuó: “- Pensé que sería él. No me importa
quién sea. Ponle la radio”. “- No estamos ahora para fiestas “, añadió ella. “Tranquila, Teresina,. ¡Bastante ya has esperado! “. Corrió a cerrar la
ventana. El murmullo de las hojas caía atónito, perdido, extraviado. Y, del
mismo modo, la muerte vino a colocarse sobre aquel frío altar.
El anciano sacerdote estaba acostumbrado a todo. Por eso no se quedó
perplejo al ver a Francisco en la casa del difunto. También conocía muy bien
la soledad de Teresina, y en el fondo se alegró por el paso que se había
atrevido a dar. “- Todos sabemos lo que has hecho por tu Alfonso. Pero hay
que pensar que en la vida todo llega”. Pero Teresina no escuchaba. Una es la
ocasión que esperas y otra la que se te presenta. El sacerdote continuó: “
“- Que Francisco se vaya a buscar el sacristán. Hay que repicar a muerte.
Líbralo de las palabras inmerecidas de la gente”.
Teresina se cruzó de brazos. Sin querer reconstruir el
significado de lo que sucedía. Tantas cosas había venido
callando en aquel silencio de sombras, que la casa le
parecía ahora sola, sin nadie, sin ella misma. Como si
hasta Francisco estuviera metido en una pared. Como si
ella también se encontrara fuera de sí misma.
“-No, por favor. Que Francisco se vaya. Pero que no
suenen hoy las campanas. Ya es demasiado tarde para
todo.”
El orvallo de la tarde es siempre un baño liberador.
Desde el orvallo la perspectiva se hace más
concéntrica. Pero con tal que su caligrafía no cree
callejones sin salida. Cuando se presenta, puede ser el
momento crítico en el que el amor se descubre no sólo
deseo ser para el otro, sino también deseo de ser
deseado. Cuando el corazón del otro, humedecido por el
orvallo, se volvió ventana, Teresina pudo ver la auténtica
realidad de todo. Y es que el orvallo siempre sorprende
sin canto y despacio. El orvallo siempre viene a liberar
el espíritu.
E
S
C
U
E
L
A
S
DE PUEBLO
La nómina de los maestros que a diario cogían el tren era
impresionante. El de Caces, Godos, Udrión, Vega, Valduno, Grado...
Hablaba bastante con casi todos. Y, en el fondo, no me parecía ninguna
fantasía llegar a ser maestro un día. Pero entre ellos y yo había una
voluntad más débil y un espíritu desprovisto de muchas cosas. Su recta
intención exigía un espíritu más preocupado por los niños que el mío. Y,
además, temía que impusiesen más respeto entre los viajeros que en la
misma escuela. Pues para los viajeros la educación ocupaba un lugar
central, como el único lugar donde encontrar sentido y camino hacia un
mundo más humano.
Lo hice más pensando en el maestro enfermo que intentando una
acción pedagógica, como que, si me propusiera, no estaba a mi
alcance. Estuve un mes, el último del curso. En aquella escuela
desamparada, perdida entre caminos y castaños, me encontré con lo
que no se narra pero el corazón nunca borra. No tenía experiencia para
nada, y menos sabiduría para ello. Al recordarla, aún utilizo nombres
falsos, y sin pormenores de ningún tipo.
Candelina parecía llevar el vestido de siempre, blanco
con pequeños lunares azules claros, y sin planchar.
Hacía meses que faltaba a la escuela. El segundo día,
su padre, muy pálido y sin afeitar, me la trajo. Me dijo
que su esposa, internada en el psiquiátrico, vendría para
casa de un día para otro. Tan pronto como su padre
cruzó el vestíbulo después de despedirse, todos los
niños miraron hacia la puerta como esperando ver a
Candelina emprender carrera tras su padre. Pero no fue
así. Su figura, frágil y ensimismada, se quedó allí al
terminar la escuela, al acecho y apuntando sorpresas
de una tarde en declive.
Todos los niños se habían ido. Sumida en la cálida
penumbra del orvallo, brotando como incienso trémulo.
Escuchándola, me sentí en las nubes, verdaderamente
en otro mundo. Aunque no diera crédito a sus palabras.
En un primer momento, pensé que probable-mente la
niña había tenido una pesadilla a la noche, pues, por
otra parte, no parecía estar fabulando. Temblaba como
una hoja, y en ningún momento me miraba a los ojos.
Me sentí ahogado ,como en la vergonzosa penumbra
de un confesionario.
-Continúa...
-¿Hablando con usted?
-Bueno, como quieras.
-Quiero que sepas que yo he tenido toda la culpa.
-¿Por qué no olvidas de una vez esa pesadilla?
-Por favor, no quieras ahora ser el bueno conmigo.
-No quiero ser tan bueno como tu papá, ni siquiera ser
bueno.
-¿También tu me mentirías?
- ¡ Bueno, al menos ahora ya me miras a los ojos! Pero yo no le
diría nada de esto a mamá cuando llegue.
-¿No se lo dirás a nadie?
-No, Candelina; no se lo diré a nadie.
En el pueblo se sabía que su padre tenía sus rarezas. Nadie se había
enterado que el día en que su esposa iba a llegar a casa, se hubiera
largado para su pueblo natal en las montañas de León. Por lo que causó
una impresión espantosa el enterarse de que, al poco de llegar, se había
ahorcado. ¿Por qué nunca es bastante?
A los pocos días, volví a ver a Candelina. Estaba sentada en una piedra
junto a la estación, y , con una formalidad impropia de sus trece años,
tiraba del vestido de su madre. Pero lo hacía con un sufrido silencio. Mi
abrumadora incapacidad me hacía sentirme más culpable que nunca.
Candelina no había vuelto a la escuela. La pálida luz solitaria sobre su
pupitre había descubierto la forma más triste que aquel día mi cabeza iba
adquiriendo.
-Fui yo la que me puse sobre las piernas de papá mientras
escuchaba la radio...
-¡Pero tú no pensabas en nada malo...!
-Tampoco papá. Fue toda la culpa mía. Fui muy imprudente.
El conocido psiquiatra de Oviedo, abrió los ojos para
decirme “- A mi entender ha sido esa muerte de su padre
más violenta para la niña que la propia violación. Por otra
parte, la ambivalencia de esa debilidad de sus padres
agrava la situación. No quisiera, créeme, ver confirmada la
esquizofrenia de esta niña”.
Ya no me surgirían dudas sobre el camino a seguir, pues de
ninguna de las maneras me haría maestro. Se me hicieron
muy duros aquellos días. Hiciera lo que hiciera, aquellas
vacaciones serían las más tristes. Nunca había sentido un
sentimiento tal de derrota. Aún hoy me preocupa el saber si
el desarrollo de la libertad humana lleva a más sufrimiento.,
pues entonces las explicaciones clásicas sobre el origen del
mal son simplistas. Creo que no es posible pensar en lo
racional, ni expresarlo, sin referirse a lo que es diferente y se
le opone, es decir, sin lo irracional. Por muy claro que tuviera
que lo débil y lo malvado nunca pudieran caer más
bajo en ellos que en mí.
Candelina aún seguía ingresada en un psiquiátrico. De
ninguna de las maneras soy capaz de abarcar la manada de
mis sentimientos.
PAISAJES
Llevo ya bastantes minutos en el tren y aún no me he parado a considerar cómo los
paisajes siempre han sido para mí una fuente de consuelo. Y es que uno es tan
limitado en las preocupaciones, que me olvido hasta de esa inundación de imágenes
con las que la naturaleza quiere tender una mano a mi interior.
Cuando mi alma se sumergía en su contemplación con sencillez, sin darme cuenta
quedaba atrapado sin remedio. Nunca su contemplación sencilla me dejaba dividido. En
su contemplación entonces me sentía confortado, aceptado, reconocido y querido.
Sucedía que la familiaridad de su aliento me transportaba, como un rumor de besos,
hacia esos caminos y edades donde nunca podría sentirme perdido o engañado.
Nunca me confundían. Aunque la mayoría de las veces lo contemplado resultara ser
imagen de lo que buscaba, o a imagen mía.
Aunque sabía que fuera del tren las cosas no sucedían así. Desde la ventanilla del tren
resulta más fácil contemplarlo todo en una única experiencia.
En el valle inmenso que acuna a la villa de Grado, por ejemplo, esta mañana gris pone
lentitud a una expectativa distinta. La suavidad de su paisaje no es sólo lugar de
belleza, sino nido de sombras también.
En Grado siempre hubo gente que se fijaba en todo, al menos por aquellos años. Todos
se conocían, y hasta los nombres de los tratantes del mercado de los miércoles eran
familiares para todos. Y la presencia de una persona desconocida causaba una
De la mujer que, inesperadamente, vino a consumirse en el recogimiento de
Grado, nadie sabía nada. Nadie sabía si lo había hecho por propia voluntad o si
había sido abandonada por alguien. Y, aunque en la villa no pasaba un día sin
que se descubriesen nombres y razones, nadie fue capaz de averiguar detalles.
De tal manera que , contra todo pronóstico, ni La Laila, ni La Tangana, ni La
Garabina, a quienes se les confiaba estos menesteres, lograron otros
pormenores. Y con los días se fue acrecentando el misterio en torno a la
anciana. Todo el mundo seguía sus pasos, lentos y acompasados, hacia el
parque para compartir horas y horas de silencio con su gato. El melancólico
desánimo del parque parecía haber encontrado en aquella pareja la
correspondencia de la extrañeza de aquel otoño.
Una tarde, en la sombra solitaria del parque, La Laila tuvo la oportunidad de
atisbar indicios de lo que estaba pasando, pero su fantasía le distrajo
,atendiendo a los juegos del gato. Anhelante y nostálgica, llegaba la música
desde un salón de baile cercano.
“Estrella de plata, la que más reluces, por qué me llevas por este calvario, llenito
de cruces...” La anciana cerró sus ojos evocando ese pasado desconocido para
La Laila.
Cuando la lluvia opresiva le impedía salir, se asomaba a la ventana oculta tras el
manzano, como sin querer ser vista. La lluvia la confundía con la agridulce
tristeza del manzano, mientras miraba dónde podía estar escondido el gato.
Ni la persona más fiel hubiera hecho las cosas mejor. Le había arrastrado hasta
ella aquella carta de su hermano. Sólo para no entorpecer el ascenso eclesiástico
de su hermano, había tenido que irse tan lejos y hacer la renuncia que iba a
turbar su ánimo para siempre.
Su Xiel le había advertido ya que se verían abocados a esa vicisitud que sólo
corren los que navegan juntos. Abandonó inmediatamente a su hermano, pero
cuando ya su Xiel estaba muerto. No le costó en absoluto. Sus sentimientos ya
estaban enterrados con aquel su pecado verdadero de haberle abandonado por
una ambición ajena. Ni la casa ni el parque que su Xiel tanto había recordado,
le vinieron a dar vida a sus ojos apagados entre tantas cosas perdidas. Ni el
amor ni la fidelidad ahora la reconocían.
Cuando en Grado se escuchaba el silbido del tren que se alejaba, y “La
Moscona” daba las doce del mediodía. Nadie reparó en más detalles sobre su
muerte tan silenciosa. Sólo, pocos días después, se condenó la brutalidad del
vecino que mató el gato. ¿Alguien sabía algo? El gato había podido asomarse
tras los cristales de la ventana para ofrecer las señales doloridas del diálogo roto.
Y cuando se atrevió a salir, fue para su perdición. Sólo tuvo tiempo para sembrar
por la quintana todos los papeles de la difunta. Pronto La Laila pudo contar una
historia. Pero ya nadie la creyó.
El paisaje y el tren tienen una naturaleza común. No me canso de unirme a él,
procurando que la imagen idealizada de mi tierra, como la de todo asturiano, se
apoye en una observación cuidadosa.
LOS QUE VIAJAN POCO
En la mayoría de los pequeños pueblos que se pueden ver desde el tren, hay
gente para todo. No parece que ningún vecino haya alcanzado la fórmula para
paralizar el deterioro, pues ya no está en las manos de cualquiera. Aunque
siempre hay alguien que se adelanta, eso sí, queriendo reducir el exacto interés
del visitante y para darle una explicación razonable. Sus habitantes, como en
todo el mundo, siguen viviendo con unos símbolos e instituciones determinadas, y
se someten a ellas ciegamente alegando, de ese modo, de su conciencia sus
verdaderos problemas. Al acercarte, verás que aquí es necesaria una subjetividad
distinta de la del historiador: una subjetividad que sea la misma de la historia.
En otros tiempos el escenario estaba dibujado de muy distinta manera. Supongo
yo que el tren del Vasco aportaba a sus gentes seguridad, comodidad, hasta la
idea de un futuro mejor para sus pequeños. Aunque el mundo de éstos era por
entonces otro. Los niños viajaban poco. La imaginación, siempre tan viajera, era
su vida. Ésta a muchos de ellos no los libraba del hambre, pero sí de la angustia y
del absurdo. La imaginación que por la noche soñaba, por el día en el juego se
entretenía.
Una tarde todos los niños de la es-cuela fuimos hasta las orillas del Nalón, y a ver
de cerca el paso del tren. Había metido las patatas cocidas sobrantes del
mediodía en un trozo de pan. Pero no fue el bocadillo, que debía tragarme a
escondidas, lo que vino a amargarme la tarde.
Los diez jugadores éramos los veteranos de la escuela , con once castañas cada
uno. Ellas eran: Pili, rubia y ojos verdes; Margot, pelo castaño claro y más gorda
que la anterior; Anita, muy buena pero con el nombre y la antipatía de su madre;
Marta, rubia pero con muy mala leche; y Josefina, que quería a Pepín y además
tenía los rizos negros. Nosotros. Juanín, el más creído; Alberto, tan moreno que lo
llamábamos “Chocolate”; Pepín, del que ya lo dije todo; Tomás, el que más
empollaba; y yo. Ninguna de ellas eligió entre sus preferidos al más rubio. Y mis
compañeros lo emparejaron con Anita. Bueno, a veces el juego no tiene pies con
cabeza. A esas edades el lenguaje no expresaba pensamientos o ideas, sino
sentimientos y afectos. Y muchas veces esto lo venía a desarreglar todo. Con
semejante bocadillo y con un tren que aquella tarde tanto se retrasaba, ¿ qué
podía esperar de juego tan tonto?
Los jóvenes, en cambio, viajaban bastante más. Los aprendices de la fábrica de
Trubia, por supuesto, todos los días. Y, cuando en el tren se juntaban, siempre a
ciertos acuerdos llegaban. Anita y sus hermanas, de Santa María, eran su fruto
más deseado. Pero aquí lo más imposible era el árbol: Sabino, el gaitero, era de
lo más respetado. Había en Santa María también otras buenas mozas. Por lo que
a mí respecta, no entendía tal emoción por un nombre. En nada me agradaba que
a personas tan distintas se las llamara por el mismo nombre. Mi tentación
constante era por entonces la de ser mezquino.
Un día todos ellos se casarían. Algunos lo hicieron en Santa María.
En estos asuntos en el tren era como fuera de él. Pero había cohesión y
solidaridad entre los viajeros. No era una comunidad de santos, pero había
determinadas leyes de acción y conducta. No sé si en este edén quedan algunas
Anitas, pero estoy seguro que al tren aún le parece mal esa dureza del corazón
que no siga soñando con Santa María. Y mayor es ahora su intranquilidad tras el
accidente en el que perdieron la vida las más bellas jóvenes de Santa María.
Y en el mundo de sus mayores no todo era igual. Había muchas diferencias. Me
hubiera gustado ver como viajeras a Inés, Balba, Carmen Solís..., que todas las
semanas se andaban a pie kilómetros hasta Grado. Se hubieran merecido ir en
primera con Pepe Blanco, Mauro, Antonio, Pire... Pero eran pocas las mujeres
que iban en primera, o daban título a la casa, las renombradas eran casi todas de
Caces, como Emiliana. Al recordarlas, veo que nunca llego a pensamientos. Ellos
llegan a mí. Hemos de considerar a las personas más bien por lo que sufren.
Mi adolescencia se extendía por el sinuoso camino de su recorrer cual dos planos
fundados en una separación. Evitaba a las personas que hablaran de mi familia,
como a la parte más oscura e indefensa de mí. Por otra parte, mis experiencias
subjetivas de tensión se fueron adaptando al atractivo que en mí empezaban a
despertar todos aquellos viajeros de tercera. Sin divinizar nada. En el tren no se
necesitaba soñar. Él lo comunicaba todo directamente al corazón del viajero. El
nunca se paró a escribir libros. Los vive.
UN LUGAR INADECUADO
PARA SOÑAR
Excepto la de Oviedo, todas sus estaciones eran uniformes, sin encanto. Sus salas
de espera no eran espacios para soñar. Sólo a sus horas se convierten en mundo
de personas, en escuchar activo, donde la vida habla.Por lo que mi adelanto
aquella mañana encontró en la sala de espera el lugar más inadecuado para el
sueño. Mejor estaría aún en la cama. Decidí ponerme a dormitar sobre el banco de
madera.
Por ver las cosas como las veía, las esperaba como las soñaba. Pero, en realidad,
aquel verano había sido muy animado. El sol prometía brillar como cuando lucía
para las mejores fiestas. En el camino que va desde el cementerio a la carretera
general, torcimos la última curva tras la estación del ferrocarril. Desde la última vez
que había pasado por allí, pocas cosas habían cambiado. Todo seguía igual. Más
al llegar a la curva, me quedé pensando que exactamente era donde había
advertido que papá había cogido el Alsa y no el tren. ¿Por qué aquella vuelta a
casa con las lágrimas de un fraudulento abandono? Pero escuchando una voz que,
inesperadamente, se había puesto a cantar en algún lugar no lejano : “ El sol, si le
llamas, vendrá...se detendrá en mi voz hasta la eternidad...¿Por qué la canción no
ha de ser verdad? ¿Por qué?”.
Tan pronto como llegáramos a la carretera, el mundo se abriría de izquierda a
derecha para poder mirar al azul del cielo o a la espléndida vega que dejábamos
atrás. Desde lo alto lo veríamos todo con mayor claridad.
- ¡ Un momento! ¿Querías decirme algo?
- ¡Ah, naturalmente!
- Eres capaz de muchas cosas, hijo, pero piensa
que me siento totalmente agotada.
- ¿Y qué hacemos ahora?¿ Oyes el tren que
llega?
- Ese tren, hijo, viene de vuelta.
Siempre con mucha fuerza, con mucho espíritu, pero ahora le fallaba todo. Y,
cuando nos dispusimos a continuar, su cuerpo efectuaba un brusco giro, como
si quisiera venir a buscar todo su apoyo en el mío. Aquel extraño
comportamiento me sorprendió, pues era signo de una confianza largamente
esperada y que ahora venía a reducir a nada la pesadilla más infeliz.
Dándome cuenta que sus respuestas eran espejo donde mis preguntas se
miraban. Con la suficiente intensidad como para su inesperada aprobación. Y
aunque avanzáramos con la sensación de no adelantar un solo paso.
- ¿No es verdad que has cambiado mucho?
- Pues claro que sí, hijo.
Súbitamente todo otro mundo había desaparecido. Cuando el camino se iba
estrechando cada vez más, mis fuerzas se iban iluminando. Pero el cuerpo de
mamá, ya sin energías, se resistía a ser controlado. No fue entonces un suspiro,
fue un gigantesco suspiro de alivio lo que me pareció que había surgido de sus
entrañas. Todo volvía como a comenzar de nuevo.
- ¡Pues claro que llegaremos!
Y ya no necesitaba alargar mi cara hasta la suya. Mamá, por otra parte, se
sentía tan agotada, que era preciso posponer para más arriba el disfrute de
aquella armonía que ahora me infundía. Todo llega en esta vida. Cuanto mayor
fuera el silencio, el callar y el dejar hablar, más grande sería la resurrección de la
palabra esperada.
- Mírame: ¡también yo estoy que casi no puedo más! Y ,sin embargo, no
creo lo que ven mis ojos... Verdaderamente ya estamos casi arriba.
Piensa que me siento feliz, aunque no hayas querido esperar el tren.
También mamá había cantado en otro tiempo aquella canción: “ Dame tu mano y
ven a salvarme de mi sufrir, del extraño aquel edén en el que me perdí...”
Pero, justo al final del camino, apareció un enorme socavón. Su visión me dejó
pasmado. Era lo bastante grande como para que cupieran todos los cuarenta
vecinos del pueblo. Y, en aquel instante, el sol de un cielo azul iluminó la fosa en
la que mamá llevaba varios años muerta.
No supe entonces qué hacer. Tampoco recuerdo si caí también en la fosa, o si
salí corriendo. Pero me desperté llorando.
Gracias a Dios, pronto llegó el tren rescatándome de lo oculto. Bastante alivio
tenía con encontrarme en él. sentido sería una desintegración. Aunque el sentir y
el sentido siempre los conjuguemos tan mal. Sin embargo, el sueño de los
necesitados es loa a la omnipotencia de Dios en el corazón humano.
INSTANTÁNEAS
A Tolín lo licenciaron en el 57 y llegó al
pueblo cantando isas.
En Canarias había conocido a Olga, una
joven, al parecer, rica cuyos caballos
también había atendido durante los
permisos.
Pasaban los meses y Tolín mantenía aquel
nuevo deje adquirido en las islas; y en el
pueblo, donde se desconocía por completo
la cuestión de las lenguas extrañas,
comenzaron a llamarle “ el Americano”.
Su tía nunca se había impuesto el propósito de hacerle un gran caballero. Sabía
muy bien que su sobrino siempre soñaría con tierras extrañas.
-
¿Quieres que te cante una isa?
¿Y no sabrías hacer otra cosa?
A mí es lo que se me ocurre hacer ahora.
Te entiendo.
En pocos meses terminó casándose con Teresa, no muy hermosa, ni con quien
tenía muchas cosas en común. Pero Tolín se sintió capaz de liberarla de aquella
esclavitud al recuerdo del pasado bien holgado de su familia. Los buenos tiempos
nunca vuelven.
Y no advirtió que a la mínima distracción las corazonadas pueden resultar
despiadadas. Para su suegra fue un meter las narices en lo que no le incumbía
cuando empezó a compadecerse de su solterona cuñada. Lo mandó a dormir al
viejo caserón.
Ya la primera noche le vino encima el color apagado de aquellas paredes. Al
ver los extraños pájaros del cuadro, sintió toda la hostilidad de la soledad.
Buscó nombre para cada uno de los pájaros; y en aquella búsqueda se detuvo.
Corrió a sacar la botella de coñac escondida en el baúl. Ante el espejo bebió
como si volviera a Canarias. Y murió como fue, sin enterarse.
Necesitaban sin duda llegar a tiempo a la Flor de Grado. Una fiesta es un
paréntesis necesario en el juego de la vida, y sobre todo cuando la vida se
vuelve un juego tan trágico. No había más remedio que soportar la extraña
conversación de aquella singular pareja.
- Hasta ese desconocido me daría la razón. ¡Vaya desgracia la mía!
¡Cargar contigo toda mi vida!
- Muy bien. Dile lo que quieras añadió el marido.
- ¿Quién diría que eres algo todavía? Sí, y ¡aún te ríes! No, y te tengo
que decir que esto se acabó.
- Sí, lo sé. Me lo vienes diciendo todos los días del año.
El marido se levantó e intentó marcharse. Pero al instante se volvió a sentar a su
lado.
- Sé que tienes toda la razón. Pero no me lo digas de esta
manera.
- Muy bien. Maravilloso ¿no? Yo no puedo ser mala y tú no puedes ser
bueno.
- Haz lo que quieras- le dijo fríamente.
- ¡Eres un monstruo!
- Sigue, sigue... Puedes decir lo que quieras.
- No, no y no.
- ¿Sí? ¡Cómo si tú fueras una santa!
- Lo estaba esperando. Desde ahora mismo se acabó lo que se daba.
No faltaba más, hombre.
- ¿Por qué?
- Porque la que se va a marchar soy yo.
- Qué quieres que te diga; que te vaya bien.
- Eso no lo puedes decir tú.
- Ya era hora de oírte eso.¿ O es que tus hijos saben quién fuiste tú?
No sé si llegaron juntos a la Segunda Flor de
Grado. Hay quienes, no hallando nada digno de
alegría en la pareja, se dedican a buscarla en una
fiesta lejana. Pero temo que nadie encuentre en
algún lugar lo que ya no tiene.
Hacía dos años que Florín había quedado viudo. Ya no recordaba tampoco los
años transcurridos por Pravia perdido en el limbo de los bailes y los gestos bravos.
Y los últimos años le había tocado contabilizar otros silencios y otras sorpresas.
Aunque no estaba seguro de que su desdicha había empezado aquella noche del
Xiringüelo , donde se había encontrado con la mujer que sería su esposa, una de
esas mujeres a quien nadie podría entender jamás en otro lugar que no fuera una
verbena.
Sabía que el que se mira, aunque se equivoque, se adentra en sí mismo. Su
esposa había muerto sin dejarte un mensaje, sólo con una última imprudencia.
Había muerto sin saber si su vida había sido un sueño o si ella misma era la
que soñaba. Indudablemente, debió decirle a la chiquilla una cuantas tonterías
de antaño.. Siempre le había resultado imposible ponerla a razonar. Siempre
había sido tan contradictoria. ¿Para qué le serviría el desconcierto de su hija
estupefacta, si ya había logrado la derrota de su marido? ¿Por qué siempre que
muere un amor hay que buscar un asesino?
Florín iba ahora hasta Pravia a ver si encontraba a su hija desaparecida.
Esperaba encontrarla en aquel salón donde, mientras los niños ya dormían, la
Bella Doly hacía suspirar a su madre en los brazos de su canción preferida: “ Oh
carbonero, qué negro estás”.
Hay prisiones matrimoniales que ni demasiado tarde se percatan de su
situación. Florín estaba seguro de que su chiquilla había cogido el tren. Sólo la
tristeza desinteresada de este tren es capaz de descubrir la intuición más
acertada. Cuando la soledad es tan grande, necesitas compartirla para olvidarla.
No hay mayor error que el de renunciar a la propia felicidad.
Me hubiera gustado haber
hablado más con los
curas
que
siempre
viajaban en tercera. Aún
puedo decir sus nombres:
Antonio, Cipriano, Bernardo, Benjamín, Manuel, Víctor, Demetrio... Nombres
tan inseparables de sus parroquias. Dueños apacibles que vivían lejos del
desafío de la racionalidad, pero que ninguno tuvo el furor ansioso de mejorar
el mundo a costa de su gente. Sus parroquias no eran ninguna sucursal que
administrara religión. Sobre ellos he oído de todo. Pero, cuando me enteré de
su soledad, me he molestado. Y hasta llegué a hablar de la bajeza de ciertos
cristianos. Con razón, pensaba yo, alguien había dicho que se sentía más
cerca de un ateo profundo que de un creyente superficial.
- No hay derecho a que le dejen enfermar y morir en este abandono- le
dijo el médico del pueblo, con tanta fama de ateo como de humanista.
- Tal vez esté recibiendo lo que me merezco- le respondió el sacerdote
casi agonizante.
- ¿De quién? A mi bien me echan en cara sus fieles lo bien que usted lo ha
hecho. Si los curas dejasen de buscar a Dios donde ya no existe para
encontrar otros sitios donde quizá esté vivo, alguno estaría ahora aquí
acompañándole.
No leían ningún periódico, y tampoco escuchaban la radio. Esto les permitía
escuchar las voces de los que no tenían voz, el pulso de la vida. El mayor logro de
la religión en estos pueblos ha sido lograr que los hombres y mujeres se sintieran a
gusto en su parroquia.
Nunca me gustaron las personas que dirigen palabras hiperbólicas. ¿A quién las
dirigen? Por lo demás, en el aire transparente de este tren nunca se escuchaban
palabras así. Los viajeros, a pesar de sus miserias, nunca convertían las palabras
en letra muerta, y escuchaban el gritos de los necesitados y el silencio de su
corazón.
Escribe:
Ceferino Suárez
de los Ángeles