Yo, Cristóbal Colón y mi tripulación llevamos navegando ya casi tres meses. Todo el
mundo en este barco está empezando a enfermar y a volverse débil, pensábamos
que el viaje iba a durar mucho menos, y las provisiones se acaban, ya que solo
teníamos para un mes.
Los marineros han perdido la esperanza y la fe, y yo también comienzo a pensar que
nunca vamos a llegar a las maravillosas Indias de las que tanto oí hablar.
Este viaje ha sido una locura. No solo pongo en peligro mi vida, si no que la de
cientos de personas que se han arriesgado por mi estúpido sueño y curiosidad de
explorar. No se cuanto más aguantaremos, solo nos queda la opción de seguir
adelante y rezar a nuestro dios para que nos ayude en esta situación.
Hace calor, no estoy acostumbrado a estas temperaturas. Dentro de poco a lo mejor
me voy a descansar un rato a mi cuarto.
De repente, oigo los gritos de uno de los marineros, indicando con un dedo un punto
medio en el océano, poco después, yo también empiezo a darme cuenta, por fin
habíamos encontrado tierra firme.
Nadie de la tripulación se lo cree, esto es increíble, demasiado para ser real.
Me siento el hombre más contento y satisfecho del mundo; lo demás no paran de
exultar; al fin estamos felices.
Esta noche estaba tan emocionado que no he podido pegar ojo, pero no estoy
cansado, al contrario, tengo unas ganas enormes de explorar estas tierras tan bellas
como en las descripciones de Marco Polo.
La vegetación cubre cada metro de la isla, solo puedo ver el color verde de las hojas
y una cantidad inmensa de loros que vuelan rápido sobre nuestras cabezas.
El clima es muy húmedo y la arena caliente, todo es desconocido para nuestros ojos.
Hay todo tipo de animales, la mayoría no existen en Europa y me pregunto donde
estará la población de esta isla tan extraña y espectacular; parece desierta.
Ya son tres horas que andamos y solo se ven plantas, árboles y naturaleza, empiezo
a estar cansado.
Al cabo de pocos minutos nos encontramos con algo verdaderamente excepcional:
un grupo de indios se nos están acercando con un aire muy amable y pacífico. Sus
caras transmiten seguridad así que ninguno de nosotros está asustado o intenta
armarse. Los indígenas son tan extraños cuanto a su país, van sin ropa y encima
descalzos, muchos de ellos tienen la piel oscura pintada con símbolos de colores y
no tienen mucho sentido del pudor. Sus costumbres deben ser muy diferentes de las
nuestras, no tiene religión ni adoran a ningún ser, tienen una manera de vivir muy
simple y para ellos el dinero no tiene valor.
El siguiente día partí hacia una isla más grande, a la cual nombré
Fernandina. Parece ser muy grande y está hacía el Oeste. La isla
es muy verde y fértil. En la playa nos esperaban muchos hombres,
todos estaban sin ropa como en las demás islas; nos enseñaron la
isla y nos daban lo que les pedíamos, y a cambio yo les daba
algunos abalorios de vidrio, y objetos sin mucho valor. También nos
daban algunos nuevos alimentos como cacao, patatas y azúcar.
He enviado algunos marinero a por agua y ellos mismos les han
enseñado donde podíamos encontrarla y les han ayudado a subir a
bordo los barriles, parece que siente placer al ayudarnos.
Esta isla es inmensa y tengo que rodearla entera porque estoy
seguro de que en ella hay una mina de oro, ya que he podido ver a
algunos hombres con brazaletes en las muñecas y en los tobillos.
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EL DIARIO DE CRISTBAL COLN