DANZA A LA LUZ DE LA LUNA
Elsa de Solórzano
Salí al patio con una cerveza en la mano y el ipad en la otra
para seguir los dos juegos en los que había centrado mis
apuestas. Lo de siempre: gané uno y perdí otro, ningún
problema. El leve equilibrio entre ganar y perder me
permitía mantener bajo control mis tendencias ludópatas.
Me acomodé en la vieja mecedora que ha soportado
estoicamente la intemperie durante muchos años sin
caerse a pedazos, como yo en algún momento de mi vida,
cuando tuve que enfrentarme a cosas para las que no me
sentía preparado, como un hijo antes de concluir la carrera,
un matrimonio apresurado, un divorcio inminente y mi
afición no controlada por los juegos de azar.
Comencé a moverme placenteramente viendo la luna casi
llena, adornando una más de mis noches solitarias. Tomé
el teléfono celular pensando en llamar a alguien pero
desistí. Era una buena oportunidad para pensar en mi
mismo, no lo había hecho en mucho tiempo. Pero para
ello consideré necesario un caballito de tequila así que
entré a la casa por él y por otra cerveza.
Regresé a mi espacio idóneo: un jardín un poco descuidado
con apenas algunas plantas, la más especial de todas, una
palmera que sembré veinte años atrás. Me senté justo
frente a ella para observarla. Nunca la podaron, mostraba
el aspecto salvaje que mantendría en su hábitat natural: el
tronco cubierto de las hojas que por desidia o ignorancia en
asuntos de jardinería nunca le corté.
Le ofrecí un brindis recordando el día que la sembré. La
compré en un vivero al que había ido a buscar algunas
plantas para adornar el jardín de la casa a la que me
acababa de mudar después del divorcio. Era igual a una
que habíamos plantado mi padre y yo en el huerto de
nuestra casa en Veracruz, cuando era yo niño.
Repetí el mismo ritual que hice con él en aquella ocasión.
Me pidió que le llevara dos costalitos de sal, dos de arena y
bastante tierra fértil. La regamos y la cuidamos día a día y
creció muy bonita. Era la primera vez que yo me sentía
responsable de algo vivo. Quizá de ahí nació mi vocación
por cuidar la vida y me hice médico.
Me serví otro tequila mientras mis recuerdos se iban instalando
uno a uno a alrededor de mí, iluminados por la luna que
inundaba la soledad del patio y a mi palmera.
- Brindo por ella que ha crecido salvajemente, que no se ha
dejado domesticar como yo, que me he acostumbrado a
obedecer las reglas de un mundo en el que a veces me siento
fuera de lugar- dije levantando el caballito lleno de tequila.
En el interior de las hojas adheridas al tronco de la palmera
algunos animalitos hicieron sus nidos y había también
pequeñas plantitas colgantes. Ese fue uno de los argumentos
con los que me convencí de no pagar la cantidad grosera que
me pidió el jardinero por podarla.
Cerré los ojos y me vi otra vez niño jugando alrededor de la
palmera que sembré con mi padre. Aprendí a subirme a los
árboles para mirar lo que había más allá.
Nunca pensé que con el tiempo recorrería muchos lugares y
vería paisajes tan diversos: desde las nieves perpetuas de los
Andes hasta la dorada costa de California.
Apagué el ipad y me quedé observando detenidamente a
la palmera y su exuberante aspecto, parecía una mujer
virgen que jamás se hubiera depilado. De pronto ocurrió
algo insólito. Comenzaron a salir de entre las ramas secas
cientos de mariposillas blancas que volaron
cadenciosamente a la luz del arbotante de vapor de sodio.
Todas se concentraron en un lugar y poco a poco
formaron una figura. Observé detenidamente el fenómeno
que me dejó boquiabierto e incrédulo. Una pequeña mujer
de cabellos largos formados por plantas colgantes que
estaba vestida de mariposillas blancas, salió del corazón
de la palmera y caminó hacia mí.
Me quedé impactado mientras ella sonrió y se sentó frente
a mí en la mesita del jardín, junto al caballito de tequila y
la cerveza. No medía más de cuarenta centímetros pero
era muy hermosa, los ojos rasgados y las pequeñas orejas
puntiagudas.
Me dijo “hola” mientras yo apuré el tequila pensando que en
cuanto lo bebiera desaparecería esa visión que le atribuí a una
alucinación por cansancio, no había bebido tanto, pero no, ella
seguía ahí, hablándome.
-¿Cómo te va?
-Bi..bi..bi…en…-dije balbuceando
-¿Ganaste o perdiste?
Me supuse que se refería a mis apuestas porque señaló al ipad
que súbitamente se encendió mostrando los resultados finales,
en los cuales efectivamente, gané y perdí.
-Ambas o ninguna….como se quiera ver
-Como todo en la vida….se gana y se pierde
-Así es
El ipad volvió a apagarse de la misma extraña manera en la que
se encendió. Ella se sentó en posición de flor de loto dispuesta a
continuar su charla conmigo mientras yo me bebí otro trago de
tequila para poder humedecer mi garganta seca por la sorpresa
y sosegar a mi cerebro que me decía que estaba volviéndome
loco y eso que tenía enfrente no existía.
Ella volvió a sonreir y estiró los brazos a los lados,
algunas mariposillas se desprendieron y aletearon a su
alrededor pero terminaron posándose de nuevo en su
lugar.
-Entonces no te ha ido mal
-Podría decirse que no- le contesté un poco más tranquilo
-Te agradezco que no hayas arrancado mis ramas. No me
gusta vivir sola y gracias a toda esa cubierta ahora tengo
muchos amigos: pajarillos, mariposas, plantas que se
alimentan de mí, aunque también una que otra plaga,
pero es normal, siempre hay un equilibrio en todo: para
que exista lo bueno también debe de existir lo malo.
-Yo no creo que tu existas-me sorprendí diciéndole antes
de pensarlo
Ella sonrió y se reacomodó en el lugar en el que
permanecía sentada, con el movimiento las mariposillas
revolotearon nuevamente pero se quedaron cubriéndola
en cuanto quedó quieta.
-Da lo mismo que exista aquí frente a ti o en tu imaginación.
Hay quienes sí creen que existimos. Nos llaman Hadas y nos
escriben cuentos, como esa amiga tuya a la que no te atreviste a
llamarle porque no ha querido ayudarte.
Me sorprendió de nuevo. ¿Cómo podría saber de mi amiga la
escritora? Estaba molesto con ella, le había pedido muchas
veces que me asesorara con mis historias, a lo que se negaba
socarronamente
-¿Cómo sabes eso?
-Sé muchas cosas. Recuerda que tengo viviendo aquí más de
veinte años
-Ella es muy egoísta….les ha ayudado a otros y a mí no.
-¿Eso es lo que te molesta? ¿Que no haga lo que quieres?¿Quién
es el egoísta entonces?
-Ah…claro….eres mujer….por eso la defiendes
-Jajajajajaja me inspiras ternura-arrugó la nariz mientras me
hablaba- No es cuestión de género mi querido Doc
-¿También sabes que soy médico?
-Si lo sé. Desde que me plantaste sentí tus manos
cuidadoras de vida. Por eso crecí tanto. Mírame…ya
rebasé la barda de la casa.
-En realidad no me había dado cuenta
-He pasado inadvertida para ti. Como muchas otras cosas
de tu vida que han estado allí y a las que no les has hecho
caso, aunque hayas puesto parte de ti en ellas.
Me quedé reflexionando en lo que me decía. Terminaba
cada frase con un simpático gesto: arrugaba su pequeña
naricita. Le di un trago a la cerveza que me supo horrible
porque ya no estaba fría y lo escupí.
-¿Te molesta lo que te digo?
- No. La cerveza ya no está fría y no me gusta.
-Creí que te habías enojado.
-Si me conoces tanto como dices sabes que no me gusta
discutir.
-Te he visto salir al patio de muchas maneras: enojado,
apurado, preocupado. Cantas cuando asas carne para tus
amigos y te vistes de Santa Claus para alegrar a tus nietos.
-Eso lo hice la navidad pasada.
-Fue lindo
-A ella le gustó. Le mandé un video
-¿Por qué no la llamas?
-No quiero
-Pero quieres que te ayude con tu cuento…
-No sé
-Me dijiste que eso querías…
-Tal vez…
-Ahora estás evasivo. ¿Le has dicho que quieres que te
ayude?
-Sí, pero me dijo que no podía, y me decepcioné de ella.
-Por eso no la llamas
-No. Es por otras razones
-Cuando uno sabe lo que quiere y sabe dónde está eso
que quiere, se levanta y va por ello.
-¿Tu sabes lo que quieres?
-Yo soy el corazón de una planta. Vivo por ella y para
ella. Eso me hace feliz.
-Yo no puedo vivir para alguien. Estoy muy tranquilo
así.
-Deseando que ella te ayude con tu cuento
-En realidad no me importa mucho
-Escribiste algo especial para ella
-No te preguntaré que cómo lo sabes, pero así es
-Te decepcionó que no te comentara nada de lo que
escribiste.
No le respondí. Volvió a sonreir y se levantó estirando las
piernas. Las mariposillas se movieron nuevamente pero luego
volvieron a cubrir su cuerpo.
-¿No te ha dicho la razón por la cual se ha portado así contigo?
-Porque no tiene tiempo, eso me dijo
-Doc…Doc…- movió la cabeza negativamente y su melena de
plantas se agitó de un lado para otro- No conoces a las mujeres.
-Creo que no
-Ella no te quiere en su vida como el personaje de un cuento ¿no
te has puesto a pensar en eso?
-No te entiendo
-Tal vez ella te quiere en su vida real y no como el personaje de
un cuento. Si la tocaste con tus manos como a mí y le regalaste
esta sensación de vida, estoy segura que no lo olvidará nunca,
pero tú no te das cuenta de eso, porque como te dije antes,
tienes frente a tus ojos muchas cosas que aunque están ahí, no
las ves. Buenas noches Doc.
Esta vez no supe qué contestarle. Me quedé en silencio mientras
ella comenzó una sutil danza alrededor de la mesita redonda
del jardín donde había estado sentada frente a mí. Las
mariposillas formaban espirales acompañando sus acrobacias
que yo seguía casi sin parpadear. Levantó el vuelo con ellas
volviendo a la palmera que se abrió con un destello de luz para
recibirla y se perdió dentro de ella.
Miré la luna que me pareció más hermosa que nunca. Tomé el
teléfono celular y le escribí un mensaje a la mujer de la que
estuve hablando con el Hada de mi alucinación, animado al ver
que decía “en línea” su whatsapp.
-¿Ya viste lo hermosa que está la luna?
-¿Tú mirando la luna? ¿y eso?
-De esas veces. Por algo es octubre, por cierto ¿Fuiste a hacerte
la mastografía?
Fueron primero segundos, luego minutos los que tardó en
contestar. Intuí que algo estaba mal y le marqué. Luego de dos
llamadas perdidas contestó.
- No quería decírtelo… Pero es mejor que lo sepas….en el
estudio…hay una mancha…al parecer…aún estoy a tiempo…
Sus frases no mencionaban las temibles seis letras, seis letras, la
misma cantidad de letras que la palabra muerte, seis letras que
me había tocado decir tantas veces como fatídico diagnóstico. El
llanto no la dejó continuar hablando; yo sabía lo que tenía que
hacer.
-Voy para tu casa- le dije y colgué. Arrojé el vasito tequilero que
se estrelló contra la pared haciéndose añicos y miré a la
palmera desde donde el Hada de mi alucinación parecía
mirarme comprensiva. ¡Cómo había perdido el tiempo en
estupideces dictadas por mi orgullo!
Entré a vestirme pensando en todo lo que tendría qué hacer, en
buscar a mis amigos oncólogos, en el hospital más adecuado
para tratar su enfermedad, en que tenía que luchar por ella y
salvarle la vida, en fin….que al saber que podría perderla para
siempre me había dado cuenta que era un tonto egoísta y que la
amaba.
FIN
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ipad - Elsa De Solorzano