Sólo desde el gozo del bien llegamos a ser buenos y libres de verdad.
El reino de Dios es su gozo con las criaturas,
o el gozo de volver a encontrar lo perdido.
Y nuestra conversión consiste en acoger el gozo de Dios
y dejarnos mover por él, ser hallados, volver a casa,
volver a la vida y compartir el gozo de Dios.
José Arregi
Texto: Lucas 15, 1-11 //24 Tiempo Ordinario –CComentarios y presentación: Asun Gutiérrez.
Música: Mozart. Concierto Clarinete en La.
1Entre
tanto, todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo.
2Los fariseos y los maestros de la ley murmuraban:
–Este anda con pecadores y come con ellos.
La murmuración es la actitud propia de quienes quisieran controlar una situación que se
les escapa.
Los fariseos (principales representantes oficiales del judaísmo religioso) y los maestros
de la ley (intérpretes y custodios de la Escritura), se tienen por justos, se creen
poseedores de la verdad segura e inmutable, censuran a todo el que no piense como ellos,
se dedican a murmurar. No comprenden a Jesús y lo rechazan.
Los publicanos y pecadores, personas despreciadas y condenadas por los justos oficiales,
son quienes se acercan a Jesús y se reconocen en sus palabras como destinatarios del
amor entrañable del Padre.
La intransigencia de los fariseos y de los maestros de la ley contrasta, en todo el
Evangelio, con la actitud de Jesús. Las palabras y la actuación de Jesús revelan cómo es
el amor gratuito y entrañable del Padre.
Jesús entra en conflicto con los “biempensantes” religiosos de su tiempo y de todos los
tiempos.
3Entonces
Jesús les dijo esta parábola:
4–¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las
noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la descarriada hasta que la
encuentra?
Jesús refleja cómo es el corazón de Dios: amor no condicionado a nuestro buen
decir ni a nuestro correcto actuar. Amor incondicional y gratuito que se adelanta
siempre.
Jesús nos enseña a no limitarnos a conservar, a no encerrarnos en [email protected] [email protected]
ni en nuestros círculos y nos anima a buscar, a salir hacia lo incierto, hacia quien nos
necesite.
Podemos preguntarnos si la imagen que muestra Jesús del Padre coincide con la que
nos han enseñado y con la que mostramos.
5Y
cuando da con ella, se la echa a los hombros lleno de alegría, 6y al llegar a casa,
reúne a los amigos y vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la
oveja que se me había perdido!». 7Pues os aseguro que también en el cielo habrá más
alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no
necesitan convertirse.
Uno de los rasgos más sobresalientes de estas parábolas es el de la alegría. Lucas
subraya la fiesta, la gran alegría que necesita ser compartida y repartida.
Es una invitación a dejarnos encontrar por Dios, a crear espacios en nuestra vida
para que se realice ese encuentro.
¿Es la alegría una de las características de la vivencia y expresión de mi fe? ¿Siento
que la experiencia de encuentro con Jesús es fuente de alegría en mi vida? ¿Vivo
con alegría y siento la necesidad de compartirla?
8O
¿qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una
lámpara, barre la casa y la busca con todo cuidado hasta encontrarla? 9Y
cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: «¡Alegraos
conmigo porque he encontrado la moneda que se me había extraviado!».
10 Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios
por un pecador que se convierta.
La moneda y la oveja, sin que ellas hagan nada, son buscadas por el inmenso interés
de sus dueños.
Las dos parábolas nos cuentan situaciones muy semejantes: la de una pérdida, una
búsqueda intensa, un encuentro y una gran alegría compartida.
Ese interés y entusiasmo produce conversión, seguimiento y fiesta.
La conversión no es una condición, sino la consecuencia del amor desbordante y
gratuito de Dios.
POR ENCIMA DE LO NUESTRO
Tú eres el Dios sobre el que todos opinamos,
el Dios que todos buscamos,
el Dios que todos abandonamos,
el Dios con el que todos luchamos.
Pero, a la vez, Tú eres el Dios que nos recreas,
que nos encuentras aunque no te busquemos,
que permaneces fiel cuando te dejamos,
que nos vences y convences.
Tú eres el Dios del que todos hablamos,
el Dios al que todos usamos,
el Dios que todos desfiguramos,
el Dios al que todos intentamos comprar.
Pero, a la vez, Tú eres el Dios que nos habla con amor,
que nos respeta y cuida con pasión,
que nos da identidad y rostro,
que se muestra insobornable en su gratuidad.
Tú eres el Dios que cree en nosotros,
el Dios que espera en nosotros,
el Dios que ama en nosotros,
por encima de nuestros gestos, hechos y palabras.
F.Ulibarri
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Tiempo Ordinario 24 C - 15-9-13