Acudimos alegres a la celebración de la Eucaristía en el
«Día del Señor». El domingo
es un día de descanso. Pero
no sería el «día del Señor»,
si no nos reuniéramos para
proclamar nuestra fe y para
que, ofreciendo a Dios
nuestra acción de gracias y nuestras súplicas, escuchemos su
Palabra como Luz que nos vaya orientando en nuestra vida.
El mensaje de la liturgia de este domingo es de la esencia
del cristianismo:
Estos «dos amores» constituyen la identidad cristiana.
Las lecturas que hoy vamos a proclamar ponen de relieve,
con toda su fuerza, que el mandamiento principal para el
creyente es «amar a Dios con todo el corazón, con todas las
fuerzas; y al prójimo como a nosotros mismos».
A veces somos delicados, y hasta escrupulosos, en detalles
pequeños o en aspectos secundarios de nuestra vida cristiana
y olvidamos lo principal. Por eso pensemos, reflexivamente, lo
que la Palabra de Dios nos expone hoy como base principal de
nuestra condición de cristianos.
Desde el comienzo de la Misa pensemos en nuestra actitud
personal frente a este primero y principal de los mandamientos.
Pedimos perdón a Dios, y a los hermanos, por las veces que
hemos quebrantado el mandamiento del amor a Dios y al
prójimo, como Jesús nos manda.
Espíritu Santo, ven a acompañarnos
para que nuestra Iglesia no cese nunca de convertirse
bajo tu impulso y se identifique cada día más
con el Evangelio de Jesús...
Que nosotros no rechacemos la invitación de Dios
a acercarnos y escuchar su Palabra,
y trabajar por el Reino,
sino que con nuestras obras y palabras
demos testimonio de nuestra fe
y ejemplo de nuestra esperanza.
Ven, Espíritu Santo, ilumina nuestra mente,
nuestro corazón y nuestra voluntad,
para que podamos comprender, aceptar y vivir
la Palabra de Dios.
Amén.
Esta primera lectura del Éxodo nos trae el texto de la
antigua Ley entregado a Moisés. El texto se centra en el
amor a los otros, prohibiendo toda forma de explotación,
opresión, injusticia y abuso de los débiles. Aunque todavía
imperfecta en el punto del amor a los demás, la antigua
Ley era muy consciente de la importancia de este
mandamiento.
El libro del Éxodo, recogiendo diversas normativas dadas
al pueblo por Moisés a lo largo de su peregrinación por el
desierto, dedica varios capítulos (19-23) a detallar los
términos de la Alianza que Dios ha querido hacer con su
pueblo. Nosotros la solemos resumir en lo que llamamos
«decálogo» o «los diez mandamientos». Pero son muchos
más los detalles que enumera el libro.
Hoy
escuchamos
unas
pocas
normas, referentes a la justicia social,
o sea, a nuestros deberes para con
el prójimo: cómo tratar a los
inmigrantes y forasteros, a los pobres
y débiles. Prepara así el libro del
Éxodo lo que Jesús va a contestar
sobre cuál es el mandamiento
principal.
El salmo dieciocho es una oda real de liberación y de
victoria. Aunque es un salmo hebreo está impregnado de
elementos egipcios. Recuerda uno de los himnos del
faraón con descripciones de sus victorias y su majestad
sobre las naciones enemigas. En 2Sm. 22 tenemos un
lugar paralelo del cual nos podremos servir para aclarar
conceptos.
v.2. «Yo te amo, Señor» (ver. 2): Es muy raro este
comienzo. Lo normal es que el verbo amar tenga a Dios
como sujeto y no como objeto. En la Biblia el amor de
Dios es primero y Él siempre va por delante. Y lo curioso
es que emplea el verbo hebreo rehen que evoca las
vísceras, el amor visceral, entrañable, indestructible.
Vamos a ser generosos con Dios. Vamos a
encariñarnos con Él; vamos a amarle con un
amor pasional; como río desbordado que se
precipita hacia el mar del amor infinito de Dios.
«Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza»...
Da gusto rezar con las propias palabras del
salmista y decirle a Dios a boca llena: «Yo te
amo, Señor». Repitamos esta oración porque
esas palabras se hacen miel en nuestros labios.
«Te amo, te amo». Y es que no estoy
acostumbrado a ese lenguaje.
En la Biblia siempre eres Tú quien nos tomas la
delantera; siempre nos amas primero, siempre
nos sorprendes con tu amor. Pero, en este salmo,
este gran amigo tuyo ha querido madrugar un
poco más que Tú para decirte: "Yo te amo". Y
este amor tan grande, tan intenso, tan mañanero
hacia Ti es su fuerza.
¡Qué fuerza tiene el amor! Nada se pone por
delante. Nadie lo puede detener. ¿Quién podrá
adivinar lo que será capaz de hacer una persona
poseída por el amor de Dios desde el amanecer?
La Palabra de Dios recibida afecta a cada situación.
Pablo proclama la Palabra de Dios en medio de muchas
dificultades. La comunidad la oye, asimila y la practica.
La Iglesia de Tesalónica es ejemplo para otras iglesias.
En la lectura que hacemos hoy de la carta de San Pablo
a los Tesalonicenses -y que es continuación de lo que
leímos el domingo pasado- nos expone el ejemplo de
unos cristianos, el prototipo de una comunidad cristiana,
de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al
Evangelio de Jesús. Por eso su fe se hizo notoria
ante el resto de las comunidades, sin tener necesidad
de propagarlo.
La comunidad de Tesalónica estaba formada
por fieles convertidos principalmente del
paganismo. No eran judíos en su mayoría.
Habían experimentado que los ídolos a los que
rendían homenaje «no eran salvadores». Y
aceptaron el mensaje evangélico de modo
radical.
Su honestidad cristiana y profunda fe, llegó al
conocimiento de todos y, por eso, produjo una
verdadera irradiación misionera. Por ello San
Pablo da gracias a Dios.
Pablo les recuerda a los cristianos de Tesalónica
los inicios de su evangelización, cuando, entre
dificultades, «acogieron la Palabra entre tanta
lucha con la alegría del Espíritu Santo»,
«abandonaron los ídolos y se volvieron a Dios» y a
Cristo Jesús, Resucitado, a quien también esperan
al final de los tiempos.
Así los de Tesalónica se convirtieron, para íntima
satisfacción de Pablo, en modelo para toda la
región (Macedonia y Acaya, la actual Grecia): «La
fe de ustedes ha corrido de boca en boca».
El precepto más importante
(Mc. 12,28-34; Lc. 10,25-28)
34
Al saber los fariseos que había tapado la boca a
los saduceos, se reunieron alrededor de él; 35 y uno
de ellos, [doctor en la ley] le preguntó
maliciosamente:
36 –Maestro, ¿cuál es el precepto más importante en
la ley?
37 Jesús le respondió:
–Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma, y con toda
tu mente.
Éste es el precepto más importante; 39 pero el
segundo es equivalente: Amarás al
38
prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen la
ley entera y los profetas.
40
5º Parte del evangelio de Mateo (c21-25):
«Tu Rey entra humildemente en Jerusalén»
Discusiones en Jerusalén:
-Discusión sobre la autoridad de Jesús
· Parábola de los 2 hijos (dom26)
· Parábola de los siervos homicidas (dom27)
· Parábola de los invitados a la boda (dom28)
-Discusión sobre el César y Dios (dom29)
-Discusión sobre el 1er mandamiento (dom30)
Le deberíamos estar agradecidos al maestro
de la ley que formuló la pregunta a Jesús sobre
cuál es el principal mandamiento.
Le dio ocasión a Jesús de afirmar que es el
amor: el amor a Dios y el amor al prójimo.
De alguna manera esta respuesta completa lo que nos
enseñaba el domingo pasado con lo de «paguen al
César lo del César y a Dios lo de Dios».
El amor cristiano y su empeño. La ley farisaica
asfixiaba a los hombres. Para el cristianismo la única ley
es el amor. Nada más de acuerdo con la naturaleza
humana, aunque nada tampoco más exigente.
Para nosotros puede parecemos extraña la pregunta
que hoy hacen a Jesús los fariseos. Para ellos no
resultaba extraña ni sorprendente. Para los fariseos y
«maestros» de la ley, todos los preceptos tienen el
mismo valor ya que, por ellos, se alcanza la salvación.
Por otra parte, la pregunta es importante por la confusión
que reinaba ante los seiscientos trece preceptos (365
prohibiciones y 248 mandatos positivos) que los expertos
habían sacado de la Ley.
Cualquier incumplimiento de alguno de ellos, significaba
una inobservancia de la Alianza. A Jesús no le resulta
difícil dar la respuesta definitiva a la pregunta que le
hacen y zanjar la cuestión sobre el modo de interpretar la
Ley de Moisés.
Lo fundamental y, por tanto, el principal mandamiento es
el amar «a Dios con toda el alma, con todo el corazón, con
todo el ser», y «al prójimo como a ti mismo».
Precisamente en este mandamiento de "amor a Dios y al
prójimo" tienen su origen y su resumen todas las enseñanzas
de la Ley y de los profetas.
El hombre creyente no ha sido "sometido" al cumplimiento de
600 preceptos para alcanzar su liberación, sino que se le
ofrece el camino del amor a Dios con toda el alma y al prójimo
como a sí mismo. El resto de los mandamientos los cumplirá
sin dificultad alguna.
Para aquellos creyentes, con 613 mandatos y para nosotros
con los 10 mandamientos que conocemos y miles de
explicaciones, no ha variado la respuesta de Jesús: «hay un
único y principal mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. Amarás al
prójimo como a ti mismo».
El Amor nace de Dios (como dice un comentarista): de verse
cada día querido y perdonado de él en la propia miseria, y
llamado además a ser hijo. El amor no lo producimos, se nos
da. Y cuando se recibe, se expande en toda dirección: Dios,
hombres, naturaleza, vida...
Decimos que la misa de cada domingo es una celebración
del amor de Dios y un alimento y exigencia de nuestro amor al
prójimo. Procuremos que sea realmente así, para que toda
nuestra vida esté más penetrada y guiada por el amor total a
Dios, nuestro Padre, y por un eficaz amor al prójimo, nuestro
hermano.
Si fuere así, podemos estar contentos porque, como dice
San Juan en su primera carta (3,14), «sabemos que hemos pasado
de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos».
Entre las preguntas que le hicieron sus
adversarios a Jesús, ésta parece la más
«inocente», aunque, con seguridad, con ella
también esperaban ponerlo a prueba y cogerlo en
falta.
De la multitud de normas que tenían los judíos,
¿cuál es el mandamiento principal de la ley?
Entre las diversas escuelas rabínicas había
discusiones al respecto: para algunos, por
ejemplo, el principal mandamiento era el del
sábado.
Jesús responde claramente que lo principal es
amar a Dios absolutamente («con todo el
corazón»: Dt. 6,5), y añade otro semejante y unido
al anterior: amar al prójimo «como a ti mismo»
(Lv. 19,18).
A lo largo del año este pasaje
(entre los tres sinópticos que
lo reproducen) se lee hasta
siete veces en las eucaristías
dominicales y feriales.
En el Evangelio Jesús pone juntos los dos
mandamientos del amor. Se refiere a Ley, pero la
lleva a plenitud y le da todo su significado. De ahí
podemos sacar algunas conclusiones:
a) Jesús explícitamente afirma que el amor total a
Dios y el amor al prójimo son el resumen de la
voluntad de Dios.
b) Jesús distingue entre los dos amores. No son lo
mismo; su objeto es diferente: Dios no es el
hombre, ni el hombre es Dios. Ambos son muy
importantes, aunque en primer lugar está el amor a
Dios.
c) el amor al prójimo tiene el segundo lugar,
aunque es «similar» al amor a Dios. Quiere
decir que los dos amores no pueden ser
separados. Quiere decir que el amor a Dios
es la fuente del amor al prójimo, y el amor al
prójimo es la expresión del amor a Dios.
d) esta unidad de los dos amores es lo típico
del cristianismo. Unifica la oración y el
servicio a los demás; la contemplación y el
compromiso; la práctica religiosa y la acción
social, etc.
El libro del Éxodo subraya la dimensión social de la Ley de
Dios. En efecto, Dios no quiere solamente una actitud del
hombre para con El, sino una postura del hombre para con los
hombres.
El libro del Éxodo, por encima de su valor histórico y
literario, es, para el pueblo de Israel, una gran confesión de fe
en Dios -que lo ha liberado de la esclavitud por medio de
Moisés- y que lo ha convertido en pueblo libre y se ha
vinculado a él por medio de una alianza.
El pueblo tiene que aceptar los riesgos y las dificultades que
conlleva su alianza con Dios. Muchas veces claudica, falla, no
cumple su misión; pero se libra del rechazo por parte de Dios y
de la aniquilación gracias a la intercesión de Moisés.
La «liberación» realizada por Dios no se agota en la
mera «libertad», lejos de la opresión egipcia, sino que
mira al encuentro con Dios, al pacto con él, a la
observancia de las exigencias de la «alianza» (cfr. Ex.
19, 3-6) entre el pueblo y Dios.
La «alianza» lleva consigo la exigencia de considerar a
Dios como el único Señor y a cumplir sus normas y
mandatos.
Pero también exige aceptar a los demás como
hermanos, un compromiso solidario y fraternal.
La transgresión de estas normas, es una ofensa
a la divinidad.
Por un lado, se nos advierte que no podemos
despreciar al pobre, al necesitado; no podemos
abusar del indigente ni del abandonado; Dios está
de su parte y los acoge y defiende.
En aquella sociedad, los inmigrantes, las viudas,
los huérfanos eran los más pobres y más
necesitados que se veían en la necesidad hasta de
empeñar su manto (fundamental prenda de vestir)
en muchas ocasiones.
Por otra parte, nos dice el Señor, que si
estamos afligidos; si estamos sufriendo de algún
modo y por alguna de las muchas causas que
hay de sufrimiento, que acudamos al Señor y él
nos escuchará y aliviará nuestro sufrimiento.
El ejemplo arrastra
Es lo que enseña San Pablo en el mensaje a los
Tesalonicenses.
El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla
que ofrece muy grande cosecha calladamente.
La fe cristiana es como esa semilla que germina en
buenas obras. Por eso es necesario sembrar el
mensaje, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.
No lo podemos encerrar porque se ahogaría inútilmente.
Y si no lo ahogamos, su misma fuerza producirá
frutos de atracción y ejemplaridad. La rosa no
necesita publicidad para mostrarse atractiva. Así
pasó con la comunidad cristiana de Tesalónica y
pasará con la nuestra si actuamos como ellos.
A su vez, y con ocasión de la presencia
cristiana entre los gentiles, San Pablo pone
énfasis en el amor de Dios. Este amor es
incompatible con los ídolos y viejos modos de
vida de la gente, de modo que después de su
conversión, el pueblo debía abandonarlos.
Lo principal es amar
¿Cuál es el mandamiento principal? Los judíos tenían
centenares de preceptos: exactamente 365 "negativos" y 248
"positivos" (los primeros empiezan por "no...", y los otros por
"debes..."). No es de extrañar. Toda sociedad organizada
tiende a multiplicar con el tiempo sus leyes y normas.
También nosotros podemos a veces andar perdidos sin
saber bien a qué dar importancia y a qué no. El Código de
Derecho Canónico (del año 1983), que regula la vida de la
comunidad eclesial, contiene 1752 cánones, que, por cierto,
terminan con una norma sobre el traslado de los párrocos y
formula un principio que vale para todos los cánones
anteriores: «teniendo en cuenta la salvación de las almas,
que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia».
Jesús, de entrada, da más importancia a las personas (Dios
y el prójimo) que a la ley o a la norma: lo principal es amar.
Pone en primer lugar el amor a Dios. Pero en seguida le une el
amor al prójimo, cosa que puede no gustarnos demasiado.
Amar a Dios «con todo el corazón», o sea, ponerlo a él
por delante de todo lo demás, es el primer mandamiento:
escuchar su Palabra, encontrarnos con él en la oración, amar
lo que ama él, hacer nuestro proyecto de vida contando con
él...
Pablo alaba a los de Tesalónica porque «abandonando los
ídolos, se volvieron a Dios, para servir al Dios vivo y
verdadero». Es un aspecto que hemos de recordar todos, en
medio de un mundo que tiende a privilegiar los horizontes
meramente materialistas y hasta idolátricos.
En el sermón del monte había enseñado explícitamente, y
además ampliando el mandato a los enemigos: «han oído que
se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo; pues yo les
digo: amen a sus enemigos, para que sean hijos de su Padre
celestial que hace salir el sol sobre malos y buenos» (Mt 5,43-45).
En el Ritual del Bautismo, en el diálogo inicial, en la puerta
de la iglesia, el ministro pregunta a los padres y padrinos «al
pedir el Bautismo para sus hijos, ¿saben que se obligan a
educarlos en la fe, para que estos niños, guardando los
mandamientos de Dios, amen al Señor y al prójimo, como
Cristo nos enseña en el evangelio?». Es un buen resumen de lo
que se espera de uno que empieza su vida cristiana el día de
su bautizo.
Te damos gracias, Padre,
por todos los hombres y mujeres
que viven de acuerdo
con el mandamiento del amor a Dios y al prójimo,
aunque no estén en nuestra Iglesia, oficialmente.
Sabemos Padre, de tu predilección por los pobres,
los marginados, los necesitados.
Te oramos para que nosotros sepamos acogerlos,
respetarlos y ayudarles de verdad.
En nuestra oración recordamos también a todos aquéllos
que tienen cargos de responsabilidad
en la Iglesia y en la sociedad,
para que acierten a realizar su misión
como un servicio para todos.
Que nosotros
sepamos amar a Dios
con todas nuestras fuerzas
y al prójimo
como a nosotros mismos,
y así nuestra vida sea
testimonio de la fe cristiana
que profesamos.
Amén.
«El salmista, habiendo escuchado los
beneficios del Señor, le ofrece el don más
valioso: el amor» (San Atanasio).
La contemplación de la palabra que
hemos meditado, y con la cual nos
comprometemos a actuar en la vida
diaria, nos permite destacar dos aspectos
de la exigencia que nos hace la Alianza
con Dios: la justicia social y el amor al
prójimo «como a ti mismo».
La justicia social
Moisés desciende a detalles que no han perdido
nada de actualidad:
a) Cómo actuar con el forastero, con el
inmigrante: «no oprimirás ni vejarás al forastero»,
y la motivación: «porque forasteros fueron
ustedes en Egipto». Este mandato de atender al
forastero se recuerda varias veces en la Escritura. El
forastero, el inmigrante, con o sin papeles, es el
prototipo de persona que necesita ayuda hasta que
se establezca definitivamente.
b) Cómo actuar con los débiles: «no explotarás
a viudas ni a huérfanos», y la motivación:
«porque si los explotan y ellos gritan a mí,
yo los escucharé, se encenderá mi ira y los
haré morir a espada».
c) Cómo actuar cuando un pobre nos pide un
préstamo: «si prestas dinero a uno de mi
pueblo, a un pobre que habita contigo, no
serás con él un usurero, cargándole
intereses», y la motivación: «si grita a mí, yo
lo escucharé, porque yo soy compasivo».
Lo más importante es recoger esta
«motivación» que se añade a la norma:
Dios considera como dirigido él mismo el
trato que damos a los forasteros o a los
pobres e indefensos: «si los explotas y
ellos gritan a mí, yo les escucharé,
porque soy compasivo... y se
encenderá mi ira contra ti»".
Es impresionante que se nos diga que los gritos
de los pobres mal tratados suben hasta Dios
mismo. Cuando humillamos a alguien, es a Dios
mismo a quien humillamos.
Lo que yo hago con ese forastero, o con este
pobre del que me resulta fácil aprovecharme, lo
estoy haciendo a Dios. Eso ya lo decía el AT, en
este caso el libro del Éxodo.
Pero nos lo ha dicho más concretamente
todavía Jesús: «conmigo lo hicieron (o dejaron
de hacerlo)» (cfr. Mt. 25, 40.45).
Como a ti mismo
A veces, el modelo es Dios Padre: «sean perfectos
como su Padre celestial es perfecto... hace llover
sobre justos y pecadores...».
Otras veces, el modelo es Jesús mismo: «ámense los
unos a los otros como yo los he amado».
Aquí, el modelo somos nosotros: con la misma medida
con que nos amamos a nosotros mismos, hemos de amar
a los demás.
Sencillamente, basta que hagamos a los demás lo que
queremos que ellos nos hagan a nosotros en los mil
detalles de la vida de cada día.
Lo enseñó también Pablo: «toda la ley se concentra
en esta frase: amarás al prójimo como a ti mismo»
(Ga. 5, 14).
Si al final del día, haciendo el breve examen de
conciencia (sana costumbre, tanto si es dentro de la
Oración de la noche, como si no), la pregunta que nos
debemos hacer cada día es muy sencilla: ¿he amado?, ¿o
bien me he buscado a mí mismo, he pensado sólo en mis
intereses, y he tratado con indiferencia al prójimo?
Esto vale para el ambiente de una familia o el de
una comunidad religiosa o el de una comunidad
parroquial o también el de la sociedad en la que
vivimos.
El mandamiento del amor es una de esas
consignas de Jesús a sus seguidores que, si nos la
creyéramos de veras y la pusiéramos en práctica,
cambiaría el mundo como con un fermento activo.
El amor que celebramos, nos impulsa a
cambiar nosotros y al cambio de
nuestro mundo y de nuestra sociedad.
Algunas preguntas para meditar durante la semana:
1. En nuestras Comunidades Cristianas, ¿sucede algo parecido a lo que vivía la
Comunidad de Tesalónica?: ¿nos animamos mutuamente, unas a otras, con
nuestro fervor y nuestra riqueza interior? ¿podría Pablo sentirse satisfecho de
nosotros?
2. ¿De qué modo influye el amor en los cambios sociales? Se puede cambiar sin
amor?
3. ¿Distingo entre los dos amores, y doy a Dios el primer lugar?
4. ¿Estoy convencido Estoy convencido que el amor a Dios debe expresarse
practicando la justicia y la caridad?
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