Texto del Patriarca Ignacio IV, de Antioquía.
 Hablando estrictamente,
no hay doctrina social de la
Iglesia.
 Cristo no vino a dictarnos
una planificación de las
estructuras financieras,
económicas o políticas.
 El Reino de Dios inaugurado en la Resurrección de
Cristo es el corazón de nuestro mundo.
 No es una nueva estructura caída del cielo y que
compite con las estructuras elaboradas por nuestras
culturas y sociedades.
 En la Iglesia, sólo hay
estructuras sacramentales,
es decir, que ella es el
signo, el sacramento a
través del cual el Cristo
vivifica este mundo.
 La humanidad de Cristo
Resucitado no es una
estructura de este mundo
y no se puede deducir de
ella ningún programa
técnico.
 Jesús viviente y la
Iglesia, sus
sacramentos, no son
otra "masa" lanzada a
este mundo, sino la
"levadura" de la
incorruptibilidad que
debe transformar la
masa de este mundo.
 Todo lo anterior no significa salir
del combate social. Se trata de un
combate, pero del combate para
el hombre, como prisionero y
esclavo de la injusticia, mentira,
opresión, dinero, desprecio de la
persona.
 Entonces Cristo resucitado, como
hombre verdaderamente
liberado, deificado, será no sólo
la luz de nuestro discernimiento
y nuestros criterios sino también
la fuerza de nuestro compromiso.
 Este nivel, de visión
propiamente cristiana nos
lleva muy lejos. No basta con
participar, con nuestros
hermanos, cualquiera sea su
religión, en un análisis crítico
de las condiciones de trabajo y
de intercambio comercial, por
ejemplo; nuestra fe en Cristo
no nos confiere ningún
diploma de economista o
sociólogo y no nos dispensa de
ninguna capacitación en estas
disciplinas. Pero nuestra visión
cristiana de los hechos debe ir
más lejos.
 Primero, en las causas de
la situación; debemos ir
hasta las últimas
consecuencias a las
motivaciones reales y a
menudo inconscientes de
la corrupción.
 Luego, en la búsqueda de
soluciones, El Evangelio no da
ninguna receta de economía
política, pero nos impone una
exigencia realmente
revolucionaria frente a todos los
egoísmos individuales y
colectivos.
 Nunca podremos descansar en
soluciones hechas y elaboradas
antes de nosotros, sino que en el
momento propicio el Espíritu de
vuestro Padre os inspirará lo
que tenéis que decir y hacer.
 Debemos Ser los testigos de
la Resurrección, con todo lo
que eso significa.
"Testimonio", "martirio" de
toda la vida, que, como lo
muestra la historia reciente.
 Eso exige que tengamos
siempre los ojos vueltos
hacia Cristo, Señor de la
historia, y que no apaguemos
su Espíritu.
 La relación entre la Resurrección
y nuestros problemas sociopolíticos se hace bajo el signo
evangélico de la superación de la
Ley por la gracia.
 Mientras busquemos en el
Evangelio una ley adaptada a las
situaciones de la historia,
estaremos atrasados, y finalmente
surge de eso un cierto complejo
de inferioridad que nunca es
buen consejero.
 Pero no estamos ya bajo la
Ley, no debemos olvidarlo, y
ésa es la libertad para la cual
el Cristo nos liberó y resucitó.
 Es decir que aun en nuestros
problemas más complejos
debemos dar prueba de
inventiva, de esa imaginación
nueva que sólo el Espíritu de
Dios puede suscitar en
nosotros. Para el que vive del
Espíritu, ninguna ley, ningún
orden puede dar la vida.
 Puesto que la Resurrección
del Señor es el
acontecimiento siempre
presente por el cual El entra
en una comunión sin
fronteras con todos los
hombres, podemos
concluir que el mismo
misterio debe actualizarse
en nuestra sociedad. La
Iglesia, irradiación de la
Gloria del Resucitado, no
tiene más sentido en el
mundo que ser signo
viviente de Comunión.
 Se puede decir, en un
plano más ético, que esto
exige en el
comportamiento sociopolítico del cristiano una
superación continua de
todas las susceptibilidades
y una capacidad renovada
de suscitar el diálogo. Los
cristianos deberían ser, en
este sentido, reservas
inagotables de esperanza.
Solo con esta esperanza se
destruye la muerte.
 La novedad de la Resurrección introduce en nuestras estructuras
sociales un nuevo principio de comunidad: la Comunión Divina.
 Esta no es un programa que se difunde por adoctrinamiento: es
una Vida, la Vida trinitaria que se difunde por contagio del
Espírito Santo.
 Nada espectacular hay en esto, como no lo hubo en el
acontecimiento mismo de la Resurrección; pero la potencia de esta
Comunión es invencible: La victoria que triunfó en el mundo es
nuestra fe (I Juan 5,4).
 Parecería que debemos ver
nuestro combate cristiano
en este mundo como vemos
el combate pascual de
Cristo en el Evangelio de la
Pasión y de la Resurrección.
 Notemos el contraste entre
la descripción detallada de
su pasión y la discreción
misteriosa de los
evangelistas sobre su
Resurrección.
 El Espíritu Santo nos
mantiene atentos a las
circunstancias dramáticas de
la Pasión del hombre,
desfigurado y aplastado por
la muerte y por Satanás,
Príncipe de este mundo; por
ello nuestra participación en
este drama no puede ser la de
los testigos pasivos del
Calvario y no debe ser en
ningún caso la de los autores
del sufrimiento del hombre.
 Nuestra participación
debe ser la de Juan, de la
Virgen, de las mujeres
que llevan los perfumes,
la de la iglesia, que no
solo comprende el
sentido del don de su
Señor que va libremente
a la muerte para liberar
a los hombres, sino
sobre todo que vive
ahora en su carne el
mismo misterio pascual
de solidaridad y de
redención.
 La Resurrección
ilumina desde
adentro el drama
de la Pasión,
tanto en el
Evangelio como
en nuestro
combate social
actual.
 Allí se encuentra
el verdadero
compromiso
"místico" de los
cristianos.
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