12 A. CREO EN EL ESPÍRITU
SANTO
El Espíritu Santo,
Tercera Persona de la Trinidad
El Espíritu Santo es la Tercera Persona de
la Santísima Trinidad, distinta del Padre y
del Hijo, de los que eternamente procede
como Amor subsistente.
Así como la Palabra de Dios es el Hijo, el
Amor de Dios es el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo,
Tercera Persona de la Trinidad
En el Símbolo Niceno-Constantinopolitano
(el Credo que recitamos normalmente en
Misa) decimos:
1) “Señor”, porque es Dios, y porque
gobierna y dirige nuestras vidas para
llevarnos a la santidad;
2) “Dador de vida”, porque así como el
alma da la vida al cuerpo, así la gracia—
don del Espíritu Santo—da la vida al alma;
El Espíritu Santo,
Tercera Persona de la Trinidad
En el Símbolo Niceno-Constantinopolitano
(el Credo que recitamos normalmente en
Misa) decimos:
3) “que procede del Padre y del Hijo”,
porque es el Amor que procede de Ellos (cf
CEC, 246-248);
4) “que con el Padre y el Hijo recibe
una misma adoración y gloria” porque,
por ser Dios, debe ser adorado y
glorificado junto con Ellos;
El Espíritu Santo,
Tercera Persona de la Trinidad
En el Símbolo Niceno-Constantinopolitano
(el Credo que recitamos normalmente en
Misa) decimos:
5) “que habló por los profetas”: pues
movidos por Él, los profetas nos enseñaron
los misterios de Dios.
La misión del Espíritu Santo
•“El Espíritu coopera con el Padre y el Hijo
desde el comienzo del Designio de nuestra
salvación y hasta su consumación. Pero a
partir de la Encarnación es cuando se nos
revela y nos es dado, cuando es reconocido
y acogido como Persona” (CEC, 868).
La misión del Espíritu Santo
Encarnación
Por obra del Espíritu Santo, el Hijo —
enviado por el Padre— se hizo hombre en
las entrañas de la Santísima Virgen .
Pentecostés
El Padre y el Hijo enviaron al Espíritu Santo
para dar vida a la Iglesia, Cuerpo Místico
de Cristo.
Se revela plenamente la Trinidad.
La misión del Espíritu Santo
"El Espíritu Santo prepara a los hombres, los
previene por su gracia, para atraerlos hacia
Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les
recuerda su palabra y abre su mente para
entender su Muerte y su Resurrección. Les
hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo
en la Eucaristía para reconciliarlos, para
conducirlos a la comunión con Dios" (CEC, 737).
La misión del Espíritu Santo
"El Espíritu Santo prepara a los hombres,
los previene por su gracia, para atraerlos
hacia Cristo. Les manifiesta al Señor
resucitado, les recuerda su palabra y abre
su mente para entender su Muerte y su
Resurrección. Les hace presente el
Misterio de Cristo, sobre todo en la
Eucaristía para reconciliarlos, para
conducirlos a la comunión con Dios"
(CEC, 737).
La misión del Espíritu Santo
Esta animación de la Iglesia por el Espíritu
Santo permanece a lo largo de la historia,
garantizando que se conserve el depósito
de la Revelación, de modo que la Iglesia
continúe siempre llevando las almas a
Dios:
por la fidelidad a ese divino depósito
por la administración de los sacramentos
El Espíritu y la santificación de
las almas
Nuestra santificación se atribuye al Espíritu
porque consiste en el crecimiento en la
caridad, en el amor; y Él es el amor
subsistente:
“Dios es amor” (1Jn 4, 8) y el amor “Dios
lo ha derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que nos ha sido
dado” (Rm 5, 5)
El Espíritu y la santificación de
las almas
"Puesto que hemos muerto, o al menos,
hemos sido heridos por el pecado, el
primer efecto del don del Amor es la
remisión de nuestros pecados" (CEC, 734).
Tratar al Espíritu Santo
•El Espíritu Santo nos moldea con su gracia
y con sus dones para que nos sepamos
hijos de Dios (cf Ga 4,6) y vivamos de
acuerdo con esta altísima dignidad,
imitando a Jesucristo e identificándonos
con Él (cf CEC, 736).
Tratar al Espíritu Santo
Para muchos cristianos, el Espíritu Santo es
el Gran Desconocido.
Quien busca sinceramente la santidad,
debe buscar cada vez más intensamente su
trato, porque es Él quien nos ha de
santificar.
Tratar al Espíritu Santo
"Ven, ¡oh Santo Espíritu!: ¡ilumina mi
entendimiento, para conocer tus mandatos;
fortalece mi corazón contra las insidias del
enemigo; inflama mi voluntad... He oído tu
voz, y no quiero endurecerme y resistir,
diciendo: después..., mañana. Nunc coepi!
¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me
falte.
Tratar al Espíritu Santo
¡Oh!, Espíritu de verdad y de sabiduría,
Espíritu de entendimiento y de consejo,
Espíritu de gozo y de paz!; quiero lo que
quieras, quiero porque quieres, quiero
como quieras, quiero cuando quieras...”
San Josemaría Escrivá, abril de 1934.
Los dones del Espíritu Santo
•Los dones del Espíritu Santo son
"disposiciones permanentes que hacen al
hombre dócil para seguir sus impulsos"
(CEC, 1830). "Completan y llevan a su
perfección las virtudes de quienes los
reciben" (CEC, 1831).
Los dones del Espíritu Santo
Sabiduría: hace comprender la maravilla
de Dios y buscarlo sobre todas las cosas y
en nuestro trabajo y obligaciones.
Los dones del Espíritu Santo
•Entendimiento: descubre con mayor
claridad las riquezas de la fe
Los dones del Espíritu Santo
•Consejo: señala los caminos de la
santidad, el querer de Dios en la vida
diaria, anima a seguir la mejor solución
para la gloria de Dios y el bien de los
demás
Los dones del Espíritu Santo
•Ciencia: lleva a juzgar rectamente las
cosas creadas y a mantener el corazón en
Dios
Los dones del Espíritu Santo
•Fortaleza: alienta continuamente y ayuda
a superar las dificultades que encontramos
en nuestro caminar hacia Dios.
Los dones del Espíritu Santo
Piedad: mueve a tratar a Dios con
confianza de hijos.
Los dones del Espíritu Santo
Temor de Dios: induce a huir de las
ocasiones de pecar, no ceder a la tentación
y evitar lo que pueda entristecer a Dios, a
temer separarnos de quien amamos y es la
razón de nuestro ser y vivir.
Los frutos del Espíritu Santo
Los frutos del Espíritu Santo son actos
que el cristiano en estado de gracia realiza
bajo el impulso del Paráclito, y que
muestran la docilidad a sus mociones.
Los frutos del Espíritu Santo
Así como los frutos de un árbol indican el
árbol que los ha dado, así los frutos del
Espíritu Santo indican su presencia y
actividad en el alma.
Los frutos del Espíritu Santo
Caridad :
es el amor sobrenatural a Dios y a nuestros
hermanos, y es como la raíz y alma de toda
virtud y obra buena.
Los frutos del Espíritu Santo
Alegría o gozo :
es la consolación interior que sienten los
justos en el servicio de Dios, como una
recompensa anticipada.
Los frutos del Espíritu Santo
Paz:
es el dominio y señorío del hombre
espiritual sobre sus apetitos y pasiones.
Los frutos del Espíritu Santo
Paciencia:
es el valor en el sufrimiento, y aun el deseo
de arrostrarlo más y más en vista de las
eternas recompensas.
Los frutos del Espíritu Santo
Longanimidad :
es la firme esperanza y completa seguridad
en las promesas de Dios.
Los frutos del Espíritu Santo
Bondad:
es el deseo de hacer el bien a todos, y de
hacer los mayores sacrificios para que se
propague y difunda dicho bien.
Los frutos del Espíritu Santo
Benignidad :
apacibilidad de carácter, suavidad de trato,
blandura de condición, para atraer a todos
los hombres a la verdad y al bien, y
cautivarlos en obsequio de Nuestro Señor.
Los frutos del Espíritu Santo
Mansedumbre:
es freno en las impaciencias y ardores de
cualquier pasión, hasta del mismo celo por
Dios, cuando lo piden la discreción y
prudencia, para que no se comprometan
con algún desorden sus mismos intereses
divinos.
Los frutos del Espíritu Santo
Fidelidad :
es la firme lealtad a Dios y al prójimo, no
faltando a ambos en lo que se les debe, o
por razón de justicia, o por razón de
caridad.
Los frutos del Espíritu Santo
Modestia :
es la lucha contra los arranques del amor
propio, el deseo de huir de vanas
alabanzas y de evitar la publicidad de las
buenas acciones, cuando no exija otra cosa
el mayor servicio de Dios.
Los frutos del Espíritu Santo
Continencia :
es la templanza y moderación en el uso de
las cosas exteriores, tanto de placer, como
de honra y de riquezas, dentro de lo que
permite la misma ley de Dios.
Los frutos del Espíritu Santo
Castidad :
es el apartamiento absoluto de toda
sensualidad impura, según corresponde a
cada estado, a tenor de los dictámenes de
la ley de Dios, o por el deseo de mayor
perfección.