Hemos reducido tantas veces a Cristo a ideas,
sistemas o costumbres religiosas,
que hemos perdido todo el incomparable fruto de un encuentro personal.
Nos hemos quedado con un deber cuando se trataba de un llamamiento;
hemos perdido el diálogo para conservar sólo el catecismo.
Víctor Manuel Arbeloa.
“De andar por la vida”
Texto evangélico: Mateo 7, 21-27. Tiempo Ordinario 9 A.
Comentarios y presentación: M.Asun Gutiérrez.
Música: Bach. Concierto dos violines en D.
21No
todo el que me dice: ¡Señor, Señor!
entrará en el reino de los cielos,
sino el que hace la voluntad de mi Padre
que está en los cielos.
Jesús termina el discurso de la montaña con una llamada a la autenticidad
y a la coherencia entre el decir y el hacer, entre la teoría y la práctica.
Nos sitúa ante el terreno de las decisiones personales.
Jesús nos previene de la frecuente y peligrosa desviación de reducir la fe a conocimientos y
prácticas religiosas, separándola de las tareas y responsabilidades de la vida cotidiana.
Una fe que no lleva al compromiso en la vida práctica acaba aburguesándose
y degenerando en rutina o fanatismo.
Se trata de escuchar, no solo oír, con el corazón, y pasar a la acción
viviendo según la voluntad del Padre.
El mundo sería distinto si fuésemos realmente coherentes
e hiciéramos vida el mensaje del evangelio.
22Muchos
me dirán aquel día:
–¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu
nombre, y en tu nombre expulsamos
demonios, y en tu nombre hicimos muchos
milagros?
23Pero yo les responderé:
–No os conozco de nada. ¡Apartaos de mí,
malvados!
No basta conocer la Palabra, o decirla o predicarla. Lo fundamental es hacerla vida.
A quienes han escuchado su palabra en la montaña, y a cada un@ de [email protected], Jesús
les da una clara recomendación: que traduzcan a sus vidas lo que acaban de
escuchar.
Y un aviso a los de mentalidad farisaica, estrictos cumplidores de la antigua ley, que
se sienten justos ante Dios y ante [email protected] demás. La verdadera sabiduría está en la
forma de actuar, no en lo mucho que sabemos ni en lo bien que hablamos.
24El
que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre
sensato que edificó su casa sobre roca.
25Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa;
pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca.
Es indispensable escuchar la Palabra y traducirla en acciones concretas
para hacer la voluntad de Dios –buscar primero el Reino y su Justicia-.
Él es única Roca en la que apoyarnos y edificar nuestra casa.
Así, cuando vengan los torrentes y soplen los vientos de las crisis de la vida,
de las dudas de fe, de las dificultades, de la pérdida de seres queridos...,
nada podrá derrumbarnos ni arrancarnos del sólido fundamento,
ni siquiera la última tempestad, el miedo a la muerte.
26Sin
embargo, el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica,
es como aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena.
27Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos,
se abatieron sobre la casa, y ésta se derrumbó. Y su ruina fue grande.
No se puede construir nada firme y duradero sin buenos y profundos cimientos.
El texto nos ayuda a preguntarnos sobre qué bases construimos nuestra vida. A
reflexionar si nuestro cimiento único es el Evangelio –construir sobre roca-, o la
costumbre, la rutina, las normas, las tradiciones familiares o sociales, un cierto
sentido religioso de miedo o de interés –construir sobre arena-.
La apertura al Espíritu nos capacita para acoger la palabra y hacerla vida, no por
cumplir, ni por obligación, sino por la ilusión y la alegría de los [email protected] que por amor
desean realizar la voluntad de su Padre.
Mirar como tú miras, con ojos claros y limpios,
comprendiendo siempre al hermano.
Saberse discípulo, no tenerse por maestro
y gozar del aprendizaje diario. Coherencia.
Almacenar bondad en el corazón, cultivar una solidaridad real
y sentir que nos desborda el bien.
Reconocer que no todo es tierra firme,
construir sobre roca nuestra casa,
no tener miedo a huracanes y riadas. Coherencia.
Poner por obra tus palabras,
hablar con el lenguaje de los hechos,
olvidarse de máscaras y apariencias. Coherencia.
Coherencia, Señor,
de un aprendiz de discípulo
que, a veces, se atreve
a tenerte por maestro.
Ulibarri, Fl.
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Tiempo Ordinario 9 -A-