LA VOZ DEL ARZOBISPO
DE URGELL
Continuamos la reflexión sobre el amor y obediencia al Santo Padre,
en la vida de la Iglesia, y continuamos orando por el Papa Francisco,
que es el número 266 de los Sucesores del apóstol Pedro. Nos
mantenemos unidos a él, como siempre hacemos cuando
celebramos la Eucaristía y sabiendo que el Papa "preside la caridad
de todas las Iglesias", según afirmaba S. Ignacio de Antioquía.
Hoy nos centramos en las facultades de gobierno y de guía
del Papa, siempre al servicio de la unidad y la caridad. El
gobierno que ejerce está al servicio de su ministerio de unidad y
de supremo pastor de la Iglesia. Así, el Papa tiene la facultad de
realizar los actos de gobierno eclesiástico necesarios o
convenientes por el bien de la Iglesia.
Entre estas funciones están, por ejemplo, nombrar, trasladar y dar el
mandato para ordenar obispos o confirmar la elección, establecer diócesis
y otras estructuras pastorales para la atención de los fieles, promulgar
leyes para toda la Iglesia, aprobar institutos religiosos supradiocesanos,
etc. Y el Papa gobierna de diferentes maneras, según las circunstancias y
los tiempos.
El primado del Papa no fue obstáculo para la unidad de los
cristianos durante el primer milenio. La primacía del obispo de
Roma fue reconocida por todos desde el principio; los primeros
testimonios documentales se remontan al siglo I, cuando la
Iglesia de Corinto recurrió al Papa S. Clemente para que
dirimiera unas disputas internas.
Las aclamaciones a la carta dogmática enviada por el Papa León Magno
al Concilio de Calcedonia (451) – "¡Pedro ha hablado por boca de
León!"– atestiguan hasta qué punto el primado pontificio era garantía
para todos los cristianos, occidentales y orientales, de la unidad en la fe.
Fueron hechos posteriores los que
motivaron la ruptura de la unidad,
primero en Oriente, con el Cisma de
1054, y luego en Occidente, con la
Reforma protestante, que comienza
el 31 de octubre de 1517, en
Wittenberg, Sajonia (Alemania),
cuando Lutero clavó sus 95 tesis en
la puerta de la Iglesia de Todos los
Santos. Por ello S. Juan Pablo II
alentó a todos los cristianos a poner
la mirada en el primer milenio, con el
fin de encontrar caminos para
superar las divisiones eclesiales.
El Papa puede siempre intervenir para
mantener la unidad de la fe y la comunión
eclesial. Pero las formas concretas de ejercer
su autoridad pueden variar en cada momento
histórico, según lo exija el bien de la Iglesia.
Para disipar las reservas de los no
católicos hacia el primado papal,
S. Juan Pablo II se refirió, en su
encíclica sobre el ecumenismo "Ut
unum sint" (1995), a la necesidad
de "encontrar una forma de
ejercicio del primado que, sin
renunciar de ningún modo a lo
esencial de su misión, se abra a
una situación nueva" (n. 95).
Y tomó la decisión inaudita de pedir sugerencias, incluso a las
comunidades cristianas no católicas, invitando a "todos los pastores
y teólogos de nuestras Iglesias para que busquemos, por supuesto
juntos, las formas con las que este ministerio pueda realizar un
servicio de fe y de amor reconocido por unos y otros" (n. 95). El
Papa Francisco lo está retomando con fuerza.
Cataluña siempre se ha distinguido por un gran amor al Papa y a la Sede
de Pedro, desde los inicios, en la Edad Media, y llegando al siglo XIX
cuando, despojado el Papado de sus bienes, los Obispos de Cataluña,
con el venerable Dr. Josep Torras i Bages a la cabeza, hicieron mucho por
ayudarle económicamente en su nueva situación.
Hoy toda la Iglesia tiene el deber de orar por el Papa y
ayudarle, para que pueda realizar su misión en favor de la
Iglesia Universal, al servicio de la Paz en la tierra, y para
implantar la justicia y la solidaridad con los más pobres.
+Joan-Enric Vives, Arzobispo de Urgell
03 de octubre de 2015
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