El perdón supone una mirada limpia y profunda,
un encuentro fraterno,
y una opción por el prójimo.
Texto: Mateo 18,15-20 / 23 Tiempo Ordinario –AMúsica: Mozart. Concierto para flauta y arpa. Andantino.
El texto forma parte del cuarto discurso de Mateo,
conocido con el nombre de “discurso comunitario”.
Es continuación de la parábola de la oveja perdida.
Muestra la actitud fundamental que debe existir en la comunidad:
una misericordia semejante a la del Padre.
El modelo de comunidad que nos presenta Mateo es el de una comunidad
de hermanos en la que las murallas de clases sociales,
prejuicios, privilegios, autoritarismos se han de derribar
para que nazca la comunidad de iguales y participativa.
15Por
eso, si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás
ganado a tu hermano. 16Si no te escucha, toma contigo uno o dos, para que
cualquier asunto se resuelva en presencia de dos o tres testigos.
Jesús nos anima a ayudarnos mutuamente a ser mejores. Es una invitación a
reflexionar sobre cómo son nuestras relaciones con los demás.
El Evangelio nos llama constantemente a aprender y a practicar
el perdón desde el amor.
¿Estamos más habituados al lenguaje de la responsabilidad y la culpa
que al del amor y la gratuidad?
El perdón adquiere un nuevo significado cuando aprendemos a perdonarnos
y cuando nos sentimos perdonados gratuita e incondicionalmente.
17Si
no les hace caso, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la
comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
Jesús habla a la comunidad. No remite a ningún otro responsable.
En la situación actual, ¿a qué comunidad? ¿Habría que decirlo en las concentraciones
multitudinarias? ¿En las celebraciones de grupos reducidos alrededor de la Mesa?
¿La estructura de las parroquias y de la Iglesia se corresponde con la comunidad
que Jesús pensaba y quería?
¿Se tiene en cuenta lo que quiere y piensa la comunidad?
La comunidad de Jesús no está formada por “buenos y malos”, “perdonados y
perdonadores”, “jueces y reos”, sino por hermanos que se quieren y se ayudan.
18Os
aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo; y lo que
desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
Jesús habla en plural, sus palabras siempre se dirigen a toda la comunidad.
“Atar o desatar”. De nosotros depende.
Jesús apostó por “atar” su vida a las personas empobrecidas, enfermas, víctimas
de la corrupción y de la injusticia, “desatándolas” de todo tipo de exclusión y
opresión.
Su vida es signo de acogida, liberación y perdón. Modelo y ejemplo para la nuestra.
19También
os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra
para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial. 20Porque donde
están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
El encuentro fraterno, siendo plenamente humano (“ponerse de acuerdo”), es signo
eficaz de la presencia liberadora de Jesús.
En la oración y por la oración aprendemos a vivir en confianza incondicional. Nos
convertimos en cauce de la presencia, acogida, solidaridad, ternura... de Jesús, los
unos para los otros.
Nuestra tarea es ayudarnos mutuamente a ser personas más humanas, más libres
y más felices, caminando juntos hacia la fraternidad universal.
Creo en las personas que construyen
una tierra libre, fraterna y solidaria.
Creo en una tierra nueva,
donde los niños crezcan
con la certeza de un mundo mejor.
Creo en la fuerza del amor,
en el perdón y en la paz.
Creo en las manos que levantan
a los que cayeron al borde del camino.
Creo en el respeto y la tolerancia
que acoge a cada cual como es.
Creo en el esfuerzo diario
que conserva la naturaleza
para las generaciones presentes y futuras.
Creo en Dios, Padre/Madre de todos,
amigo y compañero de camino.
Creo en las personas, reflejos del amor de Dios.
Creo en la bondad porque creo en Dios.
Si no creo que la bondad es el fondo de toda criatura
y de todo ser humano, no creo en Dios.
Si no creo más en la bondad que en la maldad, no creo en Dios.
Pero creo en Dios y creo en la bondad, a pesar de todo. Amén.
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23 Tiempo Ordinario A