El perdón supone una mirada profunda,
un encuentro fraterno,
y una opción por el prójimo.
Mateo 18,15-20 / XXIII Tiempo Ordinario –A- / 7 septiembre 2008
15Por
eso, si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás
ganado a tu hermano. 16Si no te escucha, toma contigo uno o dos, para que
cualquier asunto se resuelva en presencia de dos o tres testigos.
El Evangelio nos llama constantemente al perdón.
A aprender y practicar el perdón desde el amor.
¿Estamos más habituados al lenguaje de la responsabilidad y la culpa
que al del amor y la gratuidad?.
La primera corrección que tenemos que ejercer no es tanto para con los demás, sino
para con nosotros mismos.
El perdón adquiere un nuevo significado cuando aprendemos a perdonarnos
y cuando nos sentimos perdonados gratuita e incondicionalmente.
17Si
no les hace caso, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la
comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
La comunidad ha de ser signo de perdón y de paz.
Los creyentes estamos invitados a donar la experiencia del perdón al mundo.
La realidad no la podemos dividir en “buenos y malos”
o en “perdonados y perdonadores”
Jesús nos anima a ayudarnos mutuamente a ser mejores.
La corrección fraterna se entiende como un proceso de búsqueda –oveja perdidarealizado con respeto y amor.
18Os
aseguro que lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo; y lo que
desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
Jesús habla en plural, sus palabras van dirigidas a toda la comunidad.
“Atar o desatar”. De nosotros depende.
El amor, que es la clave, nos recuerda que el desatar y el perdonar tienen absoluta
prioridad sobre el atar y el excluir.
Jesús apostó por “atar” su vida a las personas desposeídas, enfermas, víctimas de
la injusticia y todo tipo de exclusión y opresión.
Su vida es signo de acogida, liberación y perdón. Nos invita a que así sea la nuestra.
19También
os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra
para pedir cualquier cosa, la obtendrán de mi Padre celestial. 20Porque donde
están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
El encuentro fraterno, siendo plenamente humano («ponerse de acuerdo»), es signo
eficaz de la presencia de Jesús.
Nuestra oración no es para que Dios cambie, sino para cambiar nosotros.
En ella y por ella aprendemos a vivir en confianza incondicional, y nos convertimos
en protagonistas y autoros de aquello que Dios es y quiere dar a cada persona.
Tú y yo somos responsables de encarnar el cuidado personal de Dios por cada
criatura, y de manera especial el cuidado de Dios por esas personas necesitadas
y cercanas.
Creo en las personas que construyen
una tierra libre, fraterna y solidaria.
Creo en una tierra nueva,
donde los niños crezcan
con la certeza de un mundo mejor.
Creo en la fuerza del amor,
en el perdón y en la paz.
Creo en las manos que levantan
a los que cayeron al borde del camino.
Creo en el respeto y la tolerancia
que acoge a cada cual como es.
Creo en el esfuerzo diario
que conserva la naturaleza
para las generaciones presentes y futuras.
Creo en Dios, Padre/Madre de todos, amigo y compañero de camino.
Creo en las personas, reflejos del amor de Dios.
Creo en la bondad porque creo en Dios.
Si no creo que la bondad es el fondo de toda criatura y de todo ser humano,
no creo en Dios.
Si no creo más en la bondad que en la maldad, no creo en Dios.
Pero creo en Dios y creo en la bondad, a pesar de todo. Amén.
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23 Tiempo Ordianrio -A-