ARTE PICTÓRICO CAJAMARQUINO
En homenaje
a mi terruño,
Cajamarca,
y a quienes
fueron
dos excelentes
profesores
de Secundaria,
en el centenario
y glorioso
Colegio
“San Ramón”:
Maestro Juan Villanueva Rodríguez, “Bagate” y
Maestro Andrés Zevallos De la Puente
Trujillo, Junio 2007
Hasta la década del 60, el Maestro
autodidacta Juan Villanueva
Rodríguez, “Bagate”, era uno de
los más preclaros profesores del
Colegio “San Ramón” de Cajamarca
y al mismo tiempo uno de los
exponentes de la pintura
indigenista cajamarquina.
Sobresalió también en el dibujo,
la fotografía, el modelado
escultórico, la artesanía y en
ejemplo de vida personal.
En sus obras muestra escenas
de la vida campesina,
especialmente de Porcón,
con sus personajes típicos.
Alrededor del fogón
la jornada se hizo abrigadora:
esa vida se fue, pero aún nos queda
el calor de la tullpa en las entrañas…
Con el peso a la espalda
y la rueca en la mano,
la mujer con su kipe
devoró los caminos
construyendo
con cada paso suyo
el mundo que, a pesar de todo,
seguía siendo ajeno…
Jamás protestó por esa carga
y a más hambre o sed
nos compensaba
con metros incansables
de su lana torcida
en huso frágil…
Más de una vez quizá
pensó el patrón:
¡Tus landas son rebeldes,
Cholo haragán…!
¿Acaso no conoces
algún peine de palo
que te arregle…?
Patroncito,
ni siquiera conozco mi historia
o por qué esa otra raza
nos mochó
el cogollo de la vida…
Mire, más bien, mis manos
que son las que trabajan
para hacerle agradable
la vida en su ciudad…
Y el kipe fue algo más.
¿Cuántas veces, siendo niño,
la niñera
-esa Juana inolvidable,
esa Juana querida,
ahora ancianame acunó en sus andanzas,
canturreando?
El kipe, baúl de tesoros,
que entre muchas ricuras
trajo frutos silvestres,
ansiados,
al paladar infantil…
¡Aún los sigo saboreando!
La caja y el clarín nos convocaban
a correr por los patios y zaguanes
para verlos pasar
por la calle empedrada
con su acequia en el medio…
Todas eran “María”,
todos eran “José”:
nos entendían al llamarles,
y al darles la propina que ganamos
premiaban nuestro afecto
con porporo, capulí
o con lukines, que esperaban
ansiosas
nuestras bocas…
La chicha o el cañazo
en las venas,
con la ira y la ceguera que ocasionan
fueron chispa sin fin.
El “te estimo, compadre”,
ya no existe;
el “tú eres siempre mi hermano”,
nunca existió…
Sólo está
“¡Yo son hombre, caracho…
y si te mato
seré mil veces más, más, más…!
¡Barajo…!”
La borrachera, al fin, habrá pasado
y al nuevo día,
con la sangre ya seca de la herida
dirán con inocencia
los rivales de ayer:
“¿Qué te ha pasado?”
“¡Me caí, pué, compadre,
tropezando…!”
Cajamarca de antaño,
con sus calles de piedra
y sus acequias;
sus casitas con huertas
y capulíes;
paredes de tapial,
techos de teja;
sus cuestas y bajadas
aún sin veredas,
reflejando lo antiguo
y pintoresco…
Personajes sin fin
andando en ella,
y elegantes caballos
palanganeando
y sacándole chispas a ese suelo,
con herrajes catones
de albo uno…
Los años han pasado y, sin embargo, basta mirar un cuadro y esa
escena nos hace revivir aquellos tiempos en que aún siendo muy
niños no pensamos quizá que se impregnarían con tal fidelidad esas
jornadas. Y a la espalda o en burro iban llegando la leña, el carbón,
la papa, el trigo, las ocas, el quesillo, los cántaros, las ollas, la paja
para adobes o las tejas: campesinos y campo nos brindaban lo que
era menester para la vida. La huerta daba el resto, y el cuyero…
El dolor por los muertos no era tanto en la visita anual al camposanto.
Con cantos y oraciones, la presencia allí se completaba con las velas
prendidas y a través de su llama quizá el difunto se hacía presente…
y nadie lo notaba.
No sólo la paja de la jalca completó la techumbre de la casa; también
la penca fue la teja del pobre y en sus chozas lo defendió del sol o de
la lluvia, aunque no pudo hacer nada contra la marginación social.
La chicha de jora,
herencia ancestral,
sació la sed
y aún lo sigue haciendo.
Hizo al camino corto
y a la jornada breve,
refrescó las gargantas y
alegró al marginado…
Pero, guay del que abusara
ingiriéndola imberbe:
lo mantendría pobre,
marginado y sufriente…
Dame un trago de chicha,
en honor al pasado.
Gracias, maestro, por tus cuadros.
Gracias por hacer inmortal
cada escena.
Con tu arte he podido
desempolvar recuerdos,
dejando reluciente al tiempo viejo.
Ahora puedo seguir,
amando mucho más a Cajamarca.
Gracias tu compañía
y tus pinceles,
muchas gracias tu arte
y su mensaje.
El maestro cajamarquino
Andrés Zevallos De la
Puente preparó los
cuadros de esta
muestra
en homenaje a
José María Arguedas
y a Mario Urteaga,
por resaltar en sus
obras literarias y
pictóricas los
sentimientos y valores
de la raza indígena,
como un desagravio
al cuestionamiento que
el escribidor comercial M. Vargas publicara con relación
al autor de "Los ríos profundos".
La muestra plasma
con brillantez a los
típicos productos del
Ande cajamarquino
y peruano en las
escenas de la vida
campesina.
El maestro
Andrés Zevallos
es reconocido,
por sus méritos
sobresaliente s
como uno de los
mejores de la
plástica peruana.
Las obras están
agrupadas
en cuatro trípticos
y una celebración:
- AGUA
- PAPA
- MAÍZ
- VIDA CAMPESINA
La vida campesina
incluye:
- Amor, matrimonio y maternidad
- Trabajo y fiesta
- Religiosidad, enfermedad y muerte
La celebración
del TRIGO presenta:
- Tirapa o desyerbo
- Corte, gavilla y pilón
- Trilla
- Aventada y traspaleo
- Amasijo o
preparación del pan
Religiosidad,
enfermedad
y muerte
Cosecha de papa
Siembra de maíz
Aporca y cosecha del maíz
Desgrane del maíz
Tirapa o desyerbo del trigo
Corte del trigo,
gavilla y pilón
Trillando el trigo en la era
Aventada y traspaleo del trigo
Amasijo o preparación del pan
Fondo musical:
Fragmento abreviado
“Premonición. Tukito en tu puerta.”
Miki Gonzalez y orquesta
Solista: Clarín cajamarquino
Arreglos especiales: Miki Gonzalez
Cuadros:
1 a 14: Juan Villanueva Rodríguez, “Bagate”
15 a 28: Andrés Zevallos De la Puente
Texto, fotos y edición musical:
Guillermo Bazán Becerra
[email protected]
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