Los grandes centros comerciales han visto
que la Navidad es un gran negocio y la estrategia
comercial no se opone a la Navidad,
sino que la integra y deja
en segundo plano el hecho
religioso: “el nacimiento
de Jesús”.
El misterio cristiano da miedo al hombre y
a la mujer de hoy porque ese misterio le cuestiona,
interpela su vida…
y su celebración exige voluntad
de vivirla a la luz de la fe, en un clima
de recogimiento y de paz, de cercanía,
desprendimiento y amor.
El miedo a ese Dios que está ya presente, que se
regala a sí mismo a la humanidad, pone en crisis
nuestro modo de ser hombres…
y nos pide que revisemos
nuestra relación con la vida y
nuestro modo de concebirla.
Como cristianos no nos
hemos de dejar arrastrar
por la sustitución
de los signos religiosos
por la figura centrada
en santa Claus que
trae regalos y privilegia
a aquellos que más tienen.
Ante esta realidad, nos tendremos que preguntar
si la Navidad nos la han robado o los cristianos
la hemos vendido porque nos da vergüenza
celebrarla con un sentido cristiano.
Si de verdad somos seguidores de Jesús de Nazaret
tenemos que plantearnos cómo queremos celebrar
la Navidad,
como creyentes que hemos descubierto
quién es Jesús y su Buena Noticia
o preferimos dejarnos
llevar por lo que está
de moda, lo que hoy
en día priva más.
Evitemos que las luces y el ruido
de la calle opaquen la Estrella
de esperanza que se puede levantar
cada día.
Tal vez, nos demos cuenta de que
hemos prestado poca atención a la vida
de nuestro espíritu que nos aporta
la capacidad para pensar, para amar,
para contemplar, para meditar…
La Navidad será
auténticamente cristiana
cuando los cristianos
comencemos por una mejor
preparación, por vivir
el tiempo de Adviento,
que nos ayude a abrirnos
al misterio de Dios,
ya presente
entre nosotros.
La Navidad no nos la robarán
ni la venderemos si cada uno
de los creyentes la vivimos y
la celebramos:
• como la fiesta en la que el ser humano
reconoce la presencia de Dios
en la aventura humana y, por tanto,
la dimensión trascendente de su propia vida.
• como nacimiento de Dios dentro de cada hombre,
porque nace el amor, el perdón, la justicia,
la fraternidad… y habremos comenzado
a construir la civilización del Amor.
• con el asombro de los primeros protagonistas:
María y José, los ángeles, los pastores y los
magos...
• como el Dios que ha decidido estar presente
en la historia de cada persona, de caminar
con cada uno de nosotros para enseñarnos
el arte de vivir.
• como la Esperanza que
se hace firme, que se impone
sobre el desánimo y
desaliento.
• como mensajeros: para llegar a los lejanos que
todavía no la conocen, a los que se han alejado,
a los que han equivocado su camino. Estén aquí,
cerca de nosotros, o lejos.
• como la misericordia y la fidelidad con
nosotros, por lo que “Dios se ha hecho
hombre para que el hombre se haga Dios”
(S. Agustín)
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