Jesús les dijo:
“ (…) Y que los muertos resucitan lo ha indicado también
Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios
de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.
No es un dios de muertos, sino de vivos,
porque para él todos viven”. (Lc 20, 34-38)
El pueblo de Israel no llegó de golpe a creer en la
resurrección de los muertos.
Durante muchos siglos se pensó que todos los muertos
pasaban al sheol, morada para los buenos y malos.
Era un lugar sin retorno,
en el que ya no era posible alabar al Señor.
La 1ª lectura recuerda el martirio de los siete
hermanos macabeos.
Por mantenerse fieles a su fe, y profesando su
esperanza en la resurrección, son condenados a muerte
por el rey Antíoco Epifanes.
Su madre va alentando a cada
uno de ellos.
Manifiesta su fe en la
resurrección, al decir al menor :
“ No temas a este verdugo,…
acepta la muerte
para que vuelva yo
a encontrarte
con tus hermanos en el tiempo
de la misericordia”. (Mac 7,29)
El Dios fiel no puede dejarse ganar en fidelidad.
Habrá de dar la vida a los que la han entregado
por Él.
En tiempo de Jesús,
los fariseos admiten ya la idea
de la resurrección.
Los saduceos la rechazan.
En el evangelio de hoy, son estos
los que se dirigen a Jesús
con una historia tradicional.
¿una mujer casada
con varios maridos,
de quién sería esposa
en el mundo de los
resucitados?
Con esta pregunta
los saduceos tratan
de conocer la postura
del Maestro.
Jesús les dice que el matrimonio
es una institución creada para esta vida.
La comunidad humana se sobrepone a la muerte
gracias a la regeneración de nuevos seres humanos.
En el reino de la vida futura la muerte ya no tiene poder.
Y por tanto, no es necesario el matrimonio.
El texto termina con una frase lapidaria referida a Dios.
Dios es el viviente y la fuente de la vida.
Dios no hizo la muerte.
Ama la vida y nos invita a vivir en una comunidad de vivos.
Su alianza permanece a pesar de nuestros
cansancios y errores, de nuestros pecados y de la muerte.
Para Dios, su amor es más
fuerte y definitivo que la
misma muerte.
Nada ni nadie podrá
arrebatar de su mano
a las personas que Él
ha amado con amor eterno.
Señor Jesús, primogénito de entre los muertos,
a ti encomendamos nuestra suerte, confiando
compartir contigo nuestra vida resucitada. Amén.
Texto: José Román Flecha Andrés
PALABRA DEL SEÑOR –Salamanca
Presentación: Antonia Castro Panero
Música: Contemplación
Descargar

Diapositiva 1