La liturgia de este 7º domingo del Tiempo Ordinario, ya muy próximos a comenzar la cuaresma,
nos presenta a Jesús perdonando los pecados. Con ello completamos los tres aspectos centrales
del ministerio de Jesús: su actividad kerigmática, la taumatúrgica y la reconciliadora.
Jesús ha regresado a Cafarnaún y la noticia de que estaba en casa provocó de inmediato el
agolpamiento de la gente en la puerta. Mientras hablaba, vienen 4 hombres cargando con un
paralítico para que lo viera Jesús. Pero como no podían entrar abren un hueco en el techo y bajan por
ahí al enfermo. La actuación de los 4 amigos del paralítico provoca la admiración de Jesús ya
que tienen una fe que los mueve a hacer hasta lo imprevisible.
Qué bueno poder contar con amigos que se hacen cargo del desvalido, cargando con su dolor,
con su pena. Qué bueno contar con personas que no temen a los riesgos con tal de salvar la
vida ajena. En este Evangelio, la actuación de los amigos del paralítico, su fe, está puesta como
paradigma de actuación. Más aún, fe significa aquí insistencia, persistencia, perseverancia, riesgo.
El centro del Evangelio de hoy es el PERDÓN. Bien ha podido Jesús decirle al enfermo
directamente: “levántate, recoge tu camilla y anda”. Pero no, Él prefrió comunicar al paralítico,
“Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Más aún, pudiéramos conformarnos con afirmar que
en esta escena bíblica, Jesús une palabra y acción. Pero no debiéramos dejar hasta ahí la reflexión,
porque así arrancaríamos el alma a este Evangelio.
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“Hijo, tus pecados te son perdonados”, significa liberación. Casi no podemos imaginar (mucho
menos explicar) el alcance del perdón, a no ser que lo hayamos experimentado. Perdonar libera,
tanto al beneficiado como al que da el perdón. Libera de prejuicios, de ataduras, de miedos, de la
desesperanza, de egoísmos, de la obstinación y de la estrechez de pensamiento y de afecto.
¿Cómo no va a decir el Señor: “tus pecados te son perdonados”, si con ello, Jesús daba
a los amigos del paralítico la satisfacción y la certeza de haberle ganado la pelea a la
enfermedad? Y además, así es como podemos gustar a fondo lo que dice luego Jesús al enfermo:
levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa.
Para el hombre y la mujer que saben de perdón, las palabras “levántate”, “recoge tu camilla” y
“vete a tu casa”, no son palabras desgastadas ni vacías. Porque “levántate” equivale a ponerse de
pie, a recobrar la dignidad, a liberarse de toda parálisis. “Recoge tu camilla” equivale a dejar
atrás el pasado, hacerse cargo de la nueva situación que ahora se presenta y afrontar la vida
mirando al futuro. Y “vete a tu casa” equivale a echar a andar, comenzar a dar pasos, retomar el
curso de la vida, integrarse a la convivencia humana sin miedos y sin resentimientos.
El perdón de Jesús y el perdón de toda persona tienen la magia de recrearlo todo, de
hacerlo todo de nuevo. Por eso es tan profundo, y a veces tan difícil perdonar. De ahí que
necesitemos llenarnos de la gracia de Dios para que el perdón que demos salga de dentro, con toda
esa fuerza capaz de transformar al perdonado y transformar al que da el perdón.
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Cuando Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la voz de que estaba en casa, y muy pronto se
aglomeró tanta gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras Él enseñaba su doctrina, le
quisieron presentar a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como no podían acercarse
a Jesús por la cantidad de gente, quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y por el
agujero bajaron al enfermo en una camilla.
Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te quedan
perdonados. Algunos escribas que estaban ahí sentados comenzaron a pensar: ¿Por qué ése habla
así? Esto es una blasfemia. ¿Quién puede perdonar los pecados, sino Dios sólo?
Conociendo Jesús lo que estaban pensando, les dijo: ¿Por qué piensan así? ¿Qué es más
fácil, decirle al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decirle: “Levántate, recoge tu camilla
y vete a tu casa?” Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para
perdonar pecados – le dijo al paralítico –: Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu
casa.
El hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla y salió de allí a la vista de todos, que
se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: Nunca habíamos visto cosa igual. Palabra del
Señor.
[  ]
Al final,
rezo el Padrenuestro,
saboreando cada palabra.
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Me sereno para esta cita con Dios.
Me acomodo con una postura que implique todo mi ser.
Al ritmo de la respiración doy lugar al silencio.
( Una y otra vez repito este ejercicio )
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NOTA: La oración preparatoria me ayuda a experimentar libertad de
apegos. La repito tantas veces como quiera, dejando que resuene en mí.
NOTA: Este paso merece hacerlo con esmero. Le dedico unos 10 minutos.
[ Sigo adelante  ]
Señor, ayúdame
a sacar de dentro
el perdón
que vitaliza y humaniza.
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 La parálisis tiene hoy modos
evidentes y modos camuflados. Y
todos ellos agotan la esperanza y
doblegan ilusiones. Por eso hemos de
estar muy atentos a todo aquello que
directa o indirectamente paraliza o
apaga la vida.
 Que nos atrevamos a franquear toda
barrera que paraliza, como lo hicieron
los amigos del paralítico del Evangelio,
haciéndonos cargo del mal de quien
padece. Y así nuestra apuesta
contagie, anime y abra caminos.
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 Jesús no quiere solamente la
curación física del enfermo, quiere
su liberación total. Por eso no
basta restituir la salud. Hace falta
el perdón que ensancha la mente
y el corazón para mirar más allá
de nosotros mismos, más allá de
nuestros miedos, inseguridades y
prejuicios.
 Que nos expongamos a la ternura
de Jesús que nos sana con su
Perdón. Y así, llenos de su
misericordia, actuemos con la
misma audacia de Jesús.
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 No imaginamos el alcance que tiene el
perdón. Ni imaginamos el bien que
hace a otros y a nosotros mismos
perdonar. El perdón devuelve la
sonrisa y despierta esperanza en el
grupo, en la familia, en la comunidad
eclesial, en la calle, en el trabajo, en
los amigos.
 Que dejemos salir la fuerza del perdón
que llevamos dentro como fuerza
vivificadora y como energía humana
transformadora. Y así experimentemos
la magia de la fraternidad, de la
solidaridad y de la reconciliación
consigo mismo, con los demás, con la
creación y con Dios.
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SERÁS DICHOSO
Dichoso el que cuida de los pobres; en los momentos difíciles lo librará el Señor.
Lo cuidará y defenderá su vida, hará que viva feliz sobre la tierra y no lo entregará al odio.
El Señor lo confortará en el lecho del dolor y calmará sus sufrimientos.
Dichoso quien apuesta por el desvalido; en la penumbra contará con la luz del Señor que no se apaga.
Dios se hará sendero abierto para que transite sin caer y hará que aumente su confianza.
El Señor, en persona, será su camino, su ruta, su norte.
Dichoso el hombre y la mujer que saben de perdón; en la soledad los acompañará el Señor.
Dios será su compañía y hará que desaparezcan los miedos, las nostalgias y las ansiedades.
El Señor los colmará con su presencia.
Dichoso quien ama y sirve en todo momento; en el día funesto contará con la vitalidad de Dios.
Dios será el manantial que no se agota y hará que vuelva siempre a recuperar las fuerzas.
El Señor será su fuente, su descanso y su paz.
[ Comienza el Cierre de la oración ]
Para centrar la experiencia vivida en la Oración,
respondo en forma sencilla las siguientes interrogantes:
[ Termino con la oración siguiente  ]
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