Te invito a sentir a María
como la protagonista de
este tiempo litúrgico, y a
vivir la liturgia del
adviento con la Madre
del Verbo que espera.
En el silencio que
envolvía su existencia,
se preparaba a la venida
de Jesús, junto con José,
escuchando las
profecías.
(Is. 2,1-5)
Visión de Isaías, hijo de Amós,
acerca de Judá y de Jerusalén: Al
final de los días estará firme el
monte de la casa del Señor en la
cima de los montes, encumbrado
sobre las montañas. Hacia él
confluirán los gentiles, caminarán
pueblos numerosos. Dirán: "Venid,
subamos al monte del Señor, a la
casa del Dios de Jacob: él nos
instruirá en sus caminos y
marcharemos por sus sendas;
porque de Sión saldrá la ley, de
Jerusalén la palabra del Señor."
Será el árbitro de las naciones, el
juez de pueblos numerosos (…) Casa
de Jacob, ven, caminemos a la luz
del Señor.
El mensaje de Isaías habla de purificación.
¿Cómo lo viviría María? La espera la purificaría, porque la espera
misma es una purificación y esa purificación en Ella la hace el
Señor, cambiando los esquemas que traía en su corazón para acoger
los planes de Dios. Después del SÍ, Ella necesitaría su tiempo para
ir midiendo el alcance de la respuesta dada con tanta fe y
disponibilidad.
Yo necesito dejarme
purificar... Lávame Señor
de mis impurezas, de mis
brotes de poder...
Ayúdame a esperar en
silencio y humildad la
salvación.
Enséñame a dejarme
instruir en tus caminos,
para poder marchar por
tus sendas.
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