El dato histórico es incuestionable:
Jesús se dedica a los leprosos antes que a nadie.
Se acerca a los que se consideran abandonados por Dios,
toca a los leprosos que nadie toca.
Estos tienen que ser los primeros en experimentar la misericordia del Padre
y la llegada de su reino.
Su curación es la mejor “parábola” para que todos comprendan que Dios es
el Dios de los que sufren el desamparo y la exclusión.
Cuando se acerca a ellos, Jesús les está mostrando, antes que nada,
que son dignos de ser amados.
José Antonio Pagola.
“Jesús: aproximación histórica”
Marcos 1, 40-45
VI domingo Tiempo Ordinario –B15 febrero 2009
Los leprosos eran excluidos del pueblo para que no contaminaran a la comunidad.
Perdían los derechos de ciudadanos y los derechos religiosos.
Se les consideraba seres manchados y contagiosos, apestados peligrosos, parias
sociales. Tenían que evitar todo contacto con los puros.
Entrar en contacto con un leproso significaba quedar impuro y no poder reunirse
con el resto de la comunidad hasta no haberse purificado.
La situación se agravaba -¿más todavía?- por el estigma y el sello religioso.
El leproso era además un castigado de Dios, un maldito de Dios.
No había lugar para la compasión, pues era un rechazado de Dios.
Los sacerdotes en su nombre declaraban al leproso impuro y lo expulsaban
del pueblo de Dios.
Es preciso tener presente este marco socio-religioso para valorar
el comportamiento de Jesús.
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Se le acercó un leproso
y le suplicó de rodillas:
Si quieres, puedes limpiarme.
Un leproso se acerca a Jesús. Estaba prohibido pero se acerca.
Dice una bonita oración que supone el reconocimiento de su situación lamentable
y mucha fe: Puedes hacerlo, no hace falta siquiera que me toques, ni que hagas
ni digas nada, basta que quieras... Somete toda su vida a la voluntad de Jesús.
¿Cómo me acerco a Jesús? ¿Con qué actitud? ¿Qué espero de Él? ¿De qué me
gustaría ser limpiad@?
41Jesús,
compadecido, extendió la mano,
lo tocó y le dijo:
–Quiero, queda limpio.
42 Al instante le desapareció la lepra y quedó limpio.
“Compasión” es una palabra crucial en los Evangelios.
La compasión son las entrañas sensibles, maternales, de Dios. Entrañas que se
manifiestan en la vida de Jesús.
Jesús se compadece, hace suyos los sufrimientos de [email protected] demás y actúa en
consecuencia. No evita tocar lo intocable. Ya nadie puede ser considerado impuro.
Es la pauta para quien quiera seguirle: sentir como propio el dolor de las personas
que sufren.
Su mano también está tendida hacia ti, te toca, quiere sanarte, limpiarte,
liberarte...
Deja que la ternura y la compasión
salgan a través de ti.
A través de tus manos, tocando y acariciando;
a través de tus ojos, mirando con alegría y ternura;
a través de tus oídos, escuchando los gritos y súplicas;
a través de tu boca, dialogando y guardando silencio;
a través de tu nariz, oliendo la miseria,
respirando esperanza;
a través de tus pies, acercándote a quienes te necesitan...
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Entonces lo despidió, advirtiéndole
severamente:
44–No se lo digas a nadie; vete,
preséntate al sacerdote y ofrece por tu
purificación lo que mandó Moisés, para
que les conste a ellos.
Las órdenes de silencio es el recurso que utiliza Marcos para evitar que
las personas se hagan una imagen parcial y errónea de Jesús y su misión.
La revelación de la identidad de Jesús se completa en su pasión, muerte
y resurrección.
La purificación consiste simplemente en algo puramente ritual. Nunca,
en ningún texto, se acompaña la purificación de la impureza con el arrepentimiento
o la conversión.
Él, sin embargo, tan pronto como se fue, se puso a divulgar a voces lo
ocurrido, de modo que Jesús no podía ya entrar abiertamente en ninguna
ciudad.
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Era tan grande el entusiasmo de este hombre que, a pesar del mandato de silencio,
se convirtió en testigo y pregonero de la bondad de quien le había curado.
Al ser divulgado lo sucedido, Jesús había quedado impuro legalmente y parece que
no tenía intención de purificarse.
Supone la marginación de Jesús. No se dice que no quisiera entrar en los pueblos,
sino que “ya no podía entrar”.
Actualmente hay gente que malvive, como el leproso del evangelio, en los márgenes
de la sociedad. Son personas rechazadas por razones económicas, sociales,
religiosas...
La historia del encuentro de Jesús con el leproso es hoy también nuestra historia.
Tenía que quedarse fuera, en lugares despoblados,
y aun así seguían acudiendo a él de todas partes.
Las personas descubren que Jesús y la oferta de liberación, acogida y vida
están “fuera” y no “dentro”.
Acuden a Jesús de todas partes,formando la nueva comunidad en torno a Él,
al margen de la sinagoga y de los ritos, leyes y normas oficiales.
Pon tus manos sobre mí, Jesús,
tus manos humanas,
curtidas y traspasadas:
comunícame tu fuerza y energía,
tu anhelo y tu ternura,
tu capacidad de servicio y de entrega.
Pon tus manos sobre mí, Jesús,
y abre en mi ser y vida
surcos claros y ventanas ciertas
para el Espíritu que vivifica:
líbrame del miedo y de la tristeza,
de la mediocridad y de la pereza.
Pon tus manos sobre las mías, Jesús,
que están sucias y perdidas;
dales ese toque de gracia que necesitan:
traspásalas, aunque se resistan,
hasta que sepan dar y gastarse
y hacerse reflejo claro de las tuyas.
Déjame poner mis manos en las tuyas
y sentir que somos hermanos,
con heridas y llagas vivas
y con manos libres,
fuertes y tiernas, que abrazan.
Ulibarri, Fl.
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Tiempo Ordinario 6 -B-