La roca sobre la que se construye la Nueva Comunidad
es la Fe en Jesús
como Mesías Hijo de Dios vivo.
Mateo 16, 13-20 // XXI domingo Tiempo Ordinario-A- // 24 agosto 2008
13De
camino hacia la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus
discípulos:
Cesarea
de Filipo
La escena sucede en Cesarea, tierra pagana situada a unos 30 kms. del lago
de Genesaret. En un momento significativo de su misión, cuando acaba su
estancia
en Galilea y se dispone a subir a Jerusalén, Jesús plantea una doble pregunta a
sus discípulos.
En este contexto el pasaje tiene una doble función: reafirmar a Jesús en su
misión
y confirmar a los discípulos en el seguimiento.
Mateo también quiere indicar el carácter universal de la misión de Jesús.
-¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
14Ellos le contestaron:
-Unos que Juan el Bautista; otros que Elías; otros que Jeremías o uno de los
profetas.
La respuesta de la gente lo asocia a algunos personajes conocidos del
pasado y a Jesús lo ven en continuidad con ese pasado.
No captan su originalidad. No descubren la novedad del Mesías.
15Jesús
les preguntó:
-Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?
Es la pregunta concreta, trascendental, personal y definitiva que Jesús
me dirige a mí.
¿Es Jesús para mí una doctrina o una Persona que vive, me interpela y da sentido
a mi vida?
¿Es mi Camino, mi Verdad y mi Vida? ¿Ordeno mi vida mirándole a Él?.
¿Mi código de vida son las Bienaventuranzas?.
Yo ¿qué digo de Jesús?. ¿Quién es Él realmente para mí, para cualquier momento
de mi vida?.
16Simón
Pedro respondió:
-Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Pedro, como portador del grupo, responde con una profesión de fe:
“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Siguiendo el ejemplo de Pedro hagamos la profesión de Fe, no sólo con la boca,
sino fundamentalmente con nuestra vida: que Jesús es el Mesías,
el Hijo de Dios vivo, centro de nuestra vida y de la vida de la comunidad.
17Jesús
le dijo:
-Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún
mortal, sino mi Padre que está en los cielos. 18Yo te digo: tú eres Pedro, y sobre
esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer.
La respuesta de Jesús contiene una bienaventuranza, una promesa y un encargo.
Pedro es felicitado por proclamar su Fe, algo que no es mérito propio, sino un Don,
una revelación del Padre.
Es Jesús y su Espíritu quien pone los fundamentos de una nueva comunidad a la
que nada ni nadie podrá vencer.
19Te
daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado
en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.
Pedro es señalado en la comunidad por su sencillez, su servicio, su fe y su
amor, aunque alguna infundada interpretación lo entienda como jefe supremo y
único.
Frente a los fariseos que cierran la entrada del Reino, los discípulos
deberemos abrirlas y dedicarnos a desatar, acoger y liberar.
Toda responsabilidad delegada sólo tiene sentido si expresa la voluntad del
Señor, adaptando las nuevas necesidades y situaciones según la Palabra de
Jesús.
20Entonces
mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
Lo que convence no son las palabras, sino los hechos, la vida.
Se trata de que, a nivel personal y comunitario, nuestro estilo de vida, nuestra
actuación, nuestra manera de relacionarnos con las personas y con el mundo,
nuestra organización y nuestras estructuras, hagan visible al Jesús del Evangelio.
El encuentro con Jesús no es fruto de la reflexión doctrinal.
Sólo acontece en la adhesión interior y en el seguimiento fiel.
Con Jesús nos empezamos a encontrar
cuando comenzamos a confiar en Dios como confiaba él,
cuando creemos en el amor como creía él,
cuando nos acercamos a los que sufren como él se acercaba,
cuando defendemos la vida como él,
cuando miramos a las personas como él las miraba,
cuando nos enfrentamos a la vida y a la muerte
con la esperanza con que él se enfrentó,
cuando contagiamos la Buena Noticia que él contagiaba.
Es difícil acercarse a Jesús y no quedar atraído por su persona.
Jesús aporta un nuevo horizonte a la vida,
una dimensión más profunda, una verdad más esencial.
Su vida es una llamada a vivir la existencia desde la raíz última,
que es un Dios que sólo quiere para sus hijos e hijas
una vida más digna y dichosa.
El contacto con él invita a desprenderse de posturas rutinarias y postizas;
libera de engaños, miedos y egoísmos que paralizan nuestras vidas;
introduce en nosotros algo tan decisivo como la alegría de vivir,
la compasión por los últimos o el trabajo incansable por un mundo más justo.
Jesús enseña a vivir con sencillez y dignidad, con sentido y esperanza.
José Antonio Pagola. “Jesús. Aproximación histórica”
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