San
Francisco
de Asís
Le pusieron por
nombre Juan;
pero comenzaron
a llamarle
Francisco porque,
cuando nació, su
padre andaba por
Francia.
En su juventud no
le interesaban los
negocios ni los
estudios. Pero
tampoco era de
malas costumbres.
Hacía limosnas, dando vestidos, y le
gustaban los escritos románticos y los
trovadores.
A los 20 años tuvo que ir a
la guerra y cayó prisionero. Cuando fue liberado
cayó enfermo muy grave.
Volvió a la guerra; pero su
vida íntima iba cambiando,
manifestada en el amor al
prójimo, al repartir sus
propios vestidos.
Se dedicó más a la
oración. También
visitaba y servía a
los enfermos en los
hospitales.
Su vida cambió
cuando un día,
aun sintiendo una
gran repulsa, bajó
del caballo y besó
a un leproso.
Después iba por lugares
apartados llorando sus
pecados, hasta que hizo
como su centro de oración
la capilla de san
Damián, que estaba en ruinas.
Un día entró Francisco
a orar y, ante la imagen
de Cristo Crucificado,
preguntó: “Entonces,
Señor, ¿qué quieres de
mi?”
Y Cristo le
respondió:
“Francisco, ve y
restaura
mi Iglesia que,
como ves, está
en ruinas”.
Francisco lo entendió
de forma material.
Así pues, vendió su caballo y ropas de su padre y el
dinero lo entregó al sacerdote encargado de la
capilla, quien no quiso aceptarlo.
El padre de Francisco llegó a
“san Damián”, golpeó al
joven y lo llevó a casa
encerrándole encadenado.
Pero su madre le puso en
libertad, volviendo Francisco
a san Damián.
De nuevo volvió su padre, le
golpeó y le dijo que renunciara a la
herencia. Francisco no vio en ello
problema. Pero al decir su padre
que pagara los vestidos regalados,
Francisco contestó que todo eso
pertenecía a Dios.
El padre de Francisco le llevó ante el obispo; pero
Francisco se quitó los vestidos y se los dio a su
padre.
El padre
protestaba; pero
Francisco le dijo:
“Hasta ahora tu
has sido mi padre
en la tierra; pero
en adelante podré
decir:
El obispo le regaló a Francisco un vestido de
labrador. Francisco hizo sobre el vestido una cruz
con una tiza y se volvió a san Damián.
Durante dos años anduvo como un mendigo
trabajando para un monasterio.
Pronto
comenzó su
empresa de
reparar la
iglesia de san
Damián.
Alguna vez decía: “Un día habrá aquí un
convento de religiosas que alabarán al Señor”.
Esto sucedió cinco años después con santa
Clara y compañeras.
Para poder reparar la iglesia pedía limosnas al
mismo tiempo que predicaba: “El Amor no es
amado”. Tuvo que soportar burlas y desprecios.
A unos 4 kms. de Asís había una
pequeña iglesia abandonada (la
“porciúncula”), que estaba
dedicada a Ntra. Sra. de los
Ángeles. Pertenecía a los
benedictinos a quienes pidió
Francisco permiso para residir
allí.
Era la fiesta de san Matías en 1209, cuando
Francisco oyó en el evangelio del día: “No llevéis
oro… ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo”.
Francisco lo interpretó literalmente y regaló las
sandalias, el báculo y el cinturón. En adelante
llevaría sólo la túnica con un cordón.
No fueron fáciles los
comienzos para
francisco. Tuvo que
resistir las
embestidas del
demonio incitándole
a sentimientos
malos.
En cierta ocasión, sintiendo más fuerte la
tentación carnal, quitándose la túnica, se arrojó
entre zarzas y espinos.
El primero fue
Bernardo de
Quintanavalle,
rico comerciante,
que repartió su
hacienda entre
los pobres.
El segundo fue Pedro de Cattaneo, el tercero el
hermano Gil, hombre sencillo y bueno. Luego
Silvestre y otros.
En 1212 el abad benedictino regaló la capilla a Francisco,
con la condición de que fuese para siempre la principal
iglesia de la nueva orden.
Francisco aceptó, pero sólo
prestada. Por eso los
franciscanos daban a los
benedictinos la cuota de una
cesta de peces del río una vez a
año.
Los
benedictinos
correspondían
enviando un
tonel de aceite.
En ese año 1212, santa Clara decide seguir a Francisco en su
entrega total a Dios.
La seguirán otras “clarisas”, que se establecen en
“san Damián”.
Francisco y sus
compañeros trabajaban
en el campo, y,cuando no
había trabajo pedían
limosna
No podían
aceptar dinero.
Servían a los
leprosos y
obedecían al
obispo.
Cuando los “hermanos” fueron doce, Francisco redactó
una regla, que prácticamente se componía de consejos
evangélicos.
Y se fueron a Roma, a pie, cantando y pidiendo
limosna, para exponérselo al papa.
El obispo de Asís ya le había hablado muy bien
sobre Francisco y compañeros al cardenal
Hugolino. Este cardenal les acogió en su casa y
les recomendó al papa. Luego fue su protector.
Dicen que años
más tarde san
Francisco,
juntamente con
santo Domingo,
fue a exponer a
dicho cardenal
las nuevas
constituciones.
Por aquellos días el
papa Inocencio III había
tenido un sueño viendo
cómo “un hombre
pobrecito, de pequeña
estatura y aspecto
despreciable” sostenía
la basílica lateranense, a
punto de caerse.
Cinco años más tarde
tendría el mismo sueño
con respecto a santo
Domingo de Guzmán.
Varios cardenales le decían al
papa que la propuesta de
Francisco superaba las fuerzas
humanas. No les parecía bien
vivir en tanta pobreza. Pero el
cardenal Hugolino dijo al papa
que rechazar esta demanda era
injuriar al Evangelio de Cristo.
El papa dijo a Francisco
que orasen para
encontrar una solución.
Y otro día les recibiría.
Cuando otro día se presentaron ante el papa, Francisco le
habló tan hermosamente sobre la providencia divina y el
ser hijos del Rey Celestial, que Inocencio III les concedió
el seguir en esa vida.
Además les concedió llevar la tonsura como clérigos
para que
más
libremente
pudieran
predicar.
Así pues, ahora con mayor alegría y entusiasmo
predicaban la palabra de Dios.
Entre los sucesos de estos años se cuenta que Arezzo era una
ciudad agitada por luchas internas de modo que Francisco veía
cómo los demonios brincaban de alegría viendo cómo los
ciudadanos se mataban unos a otros.
San Francisco mandó, en
santa obediencia, al
hermano Silvestre ir a las
puertas de la ciudad a
expulsar a los demonios,
mientras él oraba. Así lo
hizo y la ciudad quedó
totalmente apaciguada.
En 1216, mientras rezaba
Francisco en la Porciúncula,
tuvo una visión de Jesús
con su madre. Francisco
pidió la gracia de la sanción
de los pecados para todo el
que visitase esa Iglesia.
Jesús le dijo que fuese a
ver al papa Honorio.
El papa estaba cerca, ya que estaba en Perugia. San
Francisco le pidió la indulgencia plenaria y el papa se
lo concedió para la iglesia de la porciúncula.
Pero al ver la
reacción de
extrañeza de los
cardenales, el papa
Honorio III añadió
que solamente era
para un día: el 2 de
agosto.
San Francisco quiso ir a Oriente por dos motivos: para
visitar la tierra de Jesús y para tener la oportunidad de
morir mártir por Jesucristo.
En recuerdo de la devota peregrinación de san
Francisco a los Santos Lugares, los franciscanos
son sus custodios.
San Francisco sufrió mucho al ver en Oriente las
malas costumbres de los soldados de las
cruzadas. Y, como quería morir mártir, buscando
predicar a los sarracenos, fue a ver al sultán de
Egipto.
Estaban enfrentados los
ejércitos del sultán con
los cristianos. Era una
gran temeridad querer
pasar de una parte a la
otra. Pero Francisco con
el hermano Iluminado
fue, le apresaron, le
maltrataron y le llevaron
ante el Sultán.
San Francisco le dijo al sultán: “No son los hombres
quienes me han enviado, sino Dios todopoderoso. Vengo
para enseñaros el camino de la salvación…”
Y le hizo una propuesta: la
prueba del fuego. “Que
alguno de tus sacerdotes
entre conmigo en el
fuego…” Como el sultán
vio que el principal se
marchaba, no quiso aceptar.
Tampoco aceptó que
Francisco solo entrase en el
fuego. Temía a que los
soldados convertidos se
pasasen al campo contrario.
.
El sultán, impresionado por la sencillez y firmeza de
Francisco, después de escucharle con cierto agrado, le
despidió. San Francisco se volvió desalentado por el poco
éxito.
San Francisco fue de nuevo a
Tierra Santa, estando unos meses
percibiendo mejor la vida y
mensajes de Jesús. Pero estando
allí recibió malas noticias sobre el
desarrollo de la nueva orden. Eran
muchos y era muy difícil mantener
la unidad, la pobreza y obediencia
sin una buena organización.
Esta reunión se llamó
de las esteras, porque
tuvieron que hacer
muchas chozas con
esteras para poder
acoger a varios cientos
de hermanos venidos
de Italia y de lugares
más extremos.
Esto fue en
Pentecostés de
1221.
San Francisco les decía; “Hijos míos, grandes
cosas hemos prometido, pero mucho mayores son
las que Dios nos ha prometido…”
Y les mandaba por santa obediencia a no preocuparse de
lo necesario para el cuerpo y a confiar en la Providencia.
La Providencia fue tan grande que de todos los lugares
cercanos les llevaban ofrendas: comida y aun vasijas
donde poder comer. La reunión se convirtió en una fiesta.
San Francisco, con la ayuda del cardenal Hugolino y algún
hermano, redactó nuevos estatutos para presentarlos al
papa Honorio III
No era fácil, pues había
cierta oposición por
parte de algunos
hermanos dirigidos por
fray Elías de Cortona,
que de hecho era quien
dirigía la orden
externamente.
Francisco iba dejando
esta dirección para
dedicarse más al
espíritu.
En el año 1223 el papa Honorio III aprueba los estatutos.
En la Navidad de ese año 1223, al entrar a rezar en la ermita
de Greccio, sintió el deseo de representar en vivo el nacimiento
del Niño Jesús.
Llamó a la gente,
hizo una cueva, le
trajeron una mula y
un buey, y sintió con
mucho amor la
presencia viva del
Niño de Belén.
Hay algunas leyendas, que son como parábolas vivientes.
Una es la del lobo de Gubbio que san Francisco amansó.
Indica la misma mansedumbre del santo y sus deseos de
paz.
Estaba dudoso san
Francisco si sólo debía
dedicarse a la oración o
también a la predicación.
Y consultó a santa Clara
y a fray Silvestre, que era
sacerdote. Los dos le
aconsejaron predicar. No
teniendo entonces gente,
se puso a predicar a las
aves que le atendían y
obedecían.
En 1224 se retiró san Francisco a una pequeña cabaña
del monte Alberna. Sólo le acompañó el hermano León.
Como estaba muy débil, un campesino le prestó su
jumento.
Francisco hizo brotar agua de una peña para que el
campesino sediento pudiera beber.
Estando en aquella soledad, vio bajar del cielo un serafín con
seis alas, como de fuego. Apareció luego entre las alas la efigie
de un hombre crucificado. Francisco sintió un gozo y un dolor
intenso a la vez. Al desaparecer la visión, quedaron impresas
en sus manos y pies y costado las llagas de Jesús crucificado.
Hubo otros hechos
extraordinarios, ya que dan
fe los pastores de la
comarca creyendo que
había fuego en el monte; y
algunos que dormían se
levantaron creyendo que
era ya de día.
Después de la fiesta de san
Miguel, bajó del monte.
Llevaba las llagas
impresas como si
fuese una imagen de
Cristo crucificado. Por
eso solía ir metidas
las manos entre las
mangas del hábito, y
en los pies medias y
zapatos.
Previendo que
llegaban los
últimos días de su
vida, quiso ser
llevado a la
“Ponciúncula” y ser
puesto en el suelo
sin ropa para sentir
más la extrema
pobreza. Pero un
hermano le dijo que
tomase un hábito
prestado en santa
obediencia.
Quiso san Francisco que viniera a despedirse Jacoba de
Settesoli, una dama, a quien apreciaba por los bienes que les
hacía a los hermanos. Ella llegó por inspiración divina trayendo
el sayal para amortajarle.
Hizo llamar a los hermanos que estaban allí y les exhortó al
amor de Dios, a la paciencia, la pobreza y fidelidad a la santa
Iglesia romana. Bendijo a los presentes y a los ausentes.
Y les decía:
“Por mi parte he
cumplido lo que
me incumbía; que
Cristo os enseñe
a vosotros lo que
debéis hacer”
Y pidió que le
leyeran la
pasión según
san Juan.
“Cumplidos en Francisco todos los misterios, liberada su
alma santísima de las ataduras de la carne y sumergida en
el abismo de la divina claridad, se durmió en el Señor este
varón bienaventurado”.
(San Buenaventura)
Unas semanas antes había dicho
“bienvenida hermana muerte” al entrar
por última vez en la Porciúncula.
Antes de morir, fray
Angel y fray León
cantaron la estrofa
de la “hermana
muerte” y
Francisco se
durmió en el Señor.
Tenía 44
años de
edad.
El hermano
Jacobo de
Asís vio cómo
el alma de
Francisco
subía derecha
al cielo en
forma de
estrella muy
refulgente,
entre nubes
blancas.
Su entierro
fue una manifestación al
mismo tiempo
dolorosa y
triunfal. Muchedumbres
escoltaban el
sagrado
cuerpo.
Pasaron por “san Damián” para que santa Clara
y sus monjas le pudieran besar y tocar sus
llagas. Fue enterrado en la iglesia de san Jorge
de Asís hasta que construyeran el nuevo templo.
A los dos años, el 16 de Julio de 1228 era canonizado
san Francisco en Asís por el papa Gregorio IX.
El papa le conocía muy bien, pues había sido su
gran protector, el cardenal Hugolino.
Entre las grandes virtudes de san francisco
podemos destacar el DESPRENDIMIENTO de todo
lo terreno para sentirse libre en su dedicación a
Dios.
Hasta llegar
a pedir
limosna
junto a los
más pobres.
Decía: “Quien no ayuda a
otro hombre, no puede
esperar un día la
recompensa de Dios”.
Una gran HUMILDAD junto con la “perfecta
alegría” en medio de los desprecios e insultos.
porque lo unía al amor de Cristo crucificado
San Francisco
pedía ayudarla
siempre,
especialmente
en tiempos
difíciles. Y
obedeciendo
siempre a los
obispos.
Por medio de
las creaturas
alababa y bendecía al Creador
Bendito seas, mi Señor,
con
todas
tus
criaturas
Automático
especialmente
por
el
hermano
sol,
que se parece a Ti.
Bendito seas. mi Señor,
por la luna y las estrellas,
las has formado preciosas y bellas,
las has formado preciosas y bellas,
claras en la oscuridad.
por el tiempo nublado y sereno,
y por el viento que nos despeja,
por la limpia
hermana agua,
ella es útil, humilde y casta,
tuyos son la gloria y el honor y
toda bendición.
Bendito
seas, mi
Señor, por
nuestro
hermano
fuego,
él es alegre, robusto y bello,
por la hermana madre tierra:
produce frutos, flores y hierbas,
nos sostiene y nos lleva.
Bendito seas, mi Señor, por nuestra
hermana muerte,
de la que nadie puede escapar.
Bendito seas, mi Señor, por la
hermana amistad,
para el corazón del hombre.
tuyos son la
gloria y el
honor y toda
bendición.
AMÉN
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