No habéis recibido un espíritu de esclavos,
para recaer en el temor,
sino un espíritu de hijos
que nos hace clamar ¡Abbá, Padre!
(Rm 8, 15)
Texto: Juan 20,19-23.
Música: Joaquín Madurga. Envía tu Espíritu.
Juan 20,19-23. Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los
discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos.
Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
-Paz a vosotros.
Todos los evangelistas hablan del temor que sintieron quienes habían seguido a
Jesús, después de su ejecución en la cruz. El cuarto evangelista en particular nos
dice que el temor es lo contrario a la fe. El miedo impide vivir una fe que transforme
la vida. El miedo revela falta de amor.
¿Tengo miedo a algo o a alguien?, ¿me cuesta ver que el Espíritu sigue actuando hoy?
En toda situación, Jesús se acerca y nos ofrece su paz. La que libera del miedo, de
la vieja condición de “encerrados” y prepara para asumir nuevos desafíos.
El Espíritu de Jesús recrea a las personas, transforma una comunidad cobarde y
cerrada en una comunidad valiente, con las puertas y ventanas abiertas.
Y les mostró las manos y el costado
Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús les dijo de nuevo:
-Paz a vosotros.
El encuentro con Jesús provoca alegría.
Paz es la primera palabra, el primer deseo de Jesús resucitado.
Renueva el don de la paz, armonía personal y social, coherencia de vida, confianza,
búsqueda de la justicia..., para subrayar que ha comenzado un tiempo nuevo.
El tiempo del Espíritu.
¿Cómo me acerco a las personas?
¿Mi saludo, como el de Jesús, transmite alegría, cercanía, paz..?
Y añadió:
Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros.
El Enviado por excelencia, nos envía a todos.
El Espíritu llena por dentro y lanza hacia fuera.
El soplo del Espíritu genera un nuevo modo de ser con una misión en la vida.
Nos encarga llevar la libertad a las personas angustiadas,
la alegría a las desencantadas, la Buena Noticia a todas.
Para que seamos la forma externa de la presencia, acogida y compañía de Dios.
Para que mostremos su Espíritu y a las personas se les despierte la paz, la luz,
la confianza, la alegría... al sentir que nunca están solas ni abandonadas.
Para lograrlo es necesario dejarnos conducir por Él, superar nuestros miedos,
salir de la rutina y afrontar los retos de un mundo siempre en cambio,siempre nuevo.
Sopló sobre ellos y les dijo:
-Recibid el Espíritu Santo.
(1 Tes 5, 19)
El Espíritu de Jesús es la autodonación de Dios.
Por el Espíritu, los discípulos allí reunidos,
hombres y mujeres, con María,
se sienten libres y liberadores.
Buena ocasión para preguntarnos
por “nuestro espíritu”.
¿Qué experiencia tengo
de su acción en mi vida?
¿En qué se nota la acción del Espíritu
de Jesús en la comunidad de creyentes?
¿Muestro un cristianismo apagado,
SIN ESPÍRITU,
basado más sobre temores, normas y miedos
que sobre la alegría y la fuerza
de la Vida Nueva?
A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará;
y a quienes se los retengáis, Dios se los retendrá.
El Espíritu que Jesús nos sopla, el Aire que Jesús nos contagia, el Ánimo que Jesús
nos infunde, la Libertad que Jesús nos consigue, su Alegría, su Paz, su Entusiasmo...
nos ayudan a vivir a la manera del Espíritu de Jesús.
Junto al Espíritu nos da una recomendación: vivir perdonando y perdonándonos.
Quien escucha y vive el Evangelio, descubre la revolución social del perdón.
¿Qué hago para concretar en mi vida personal la misión de reconciliación universal?
Y entre tanto susurro,
brisa,
y beso,
mándanos una ráfaga
de viento recio
que logre despertarnos,
o un huracán
que derrumbe nuestros muros
y consiga inquietarnos,
pues somos muy dados
a acostumbrarnos,
a aclimatarnos,
a asentarnos,
a encasillarte
en nuestras percepciones,
gustos y necesidades.
Ponnos en aprieto,
desmonta nuestras justificaciones,
sácanos a campo abierto,
y no dejes que te manipulemos.
Mándanos una ráfaga de viento
o un huracán, si es preciso,
para que nuestro cuerpo y espíritu
se dejen llenar y guiar
por tus impulsos y sueños.
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