Los astros se
ponen
para surgir sobre
otros cielos
y en la corona
joyante del
firmamento
brillan
eternamente.
Las hojas del bosque
se convierten en la vida del aire invisible
las rocas se desintegran para alimentar
los musgos hambrientos
que sobre ellas crecen
El polvo que pisamos,
al llegar el verano se
transformará
en dorados granos o dulces
frutos o en flores policromas.
Las hojas caerán
las flores se marchitarán y
dejarán de ser
pero solo esperan en las horas
invernales
el dulce y caliente hálito de
mayo.
Aunque lloremos
cuando hermosas formas familiares
que hemos aprendido a amar son
arrancadas
de nuestros brazos.
Aunque con el corazón
destrozado
con negro luto y silente paso
llevemos su barro insensible a
descansar
y digamos que se han muerto.
No hay muertos; no han hecho más que
pasar
más allá de las brumas que aquí nos
ciegan
se han ido a la vida nueva
y más amplia de aquella esfera más
serena.
Sólo se han sacado sus
harapos
para ponerse una veste
radiante
no se han ido lejos,
no se han ido ni separado.
Aunque invisibles para el
ojo mortal
están todavía aquí y nos
aman aún
y no olvidan nunca a los
seres queridos
que dejaron atrás.
Algunas veces nuestra
frente febril
siente su caricia, un aliento
balsámico;
nuestro espíritu los ve y
nuestros
corazones se reconfortan y
serenan.
Si, siempre cerca de
nosotros, aunque invisibles
están nuestros queridos e
inmortales espíritus
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