CAPITULO
XXVIII
Las Hijas de la Caridad:
LA CONSOLIDACIÓN
JOSÉ MARIA ROMAN, SV (I Biografía), BAC 1981, pp. 459-475
“DIOS FUE EL QUE COMENZÓ ESTA OBRA”
La parábola del grano de
mostaza puede ser un buen
ejemplo de explicación de las
Hijas de la Caridad: 4 jóvenes en
menos
de
3
siglos,
se
multiplicaron por decenas de
miles.
Todo comenzó el 29 de
noviembre de 1633 en la casita
de Luisa de Marillac.
Vicente era consciente que Dios
había comenzado todo esto:
“…según la regla que propone
San Agustín, que, cuando no se ve
al autor de una obra, es que la ha
hecho el mismo Dios. Dios fue el
que comenzó esta obra; por
tanto, esta obra es de Dios…”
(p. 459).
Las HC nacieron como un modesto proyecto
de ayuda a las cofradías de la Caridad, pero
muy pronto desbordó los estrechos límites
iniciales. La idea venía de Vicente: poner en
cada parroquia un pequeño equipo de mujeres
consagradas por entero al servicio de los
pobres. De unir entre sí a esos equipos y
formar con ellos una comunidad sometida a
una disciplina única y dotada de un espíritu.
Los objetivos de la nueva
asociación
eran:
“El
fin
principal…honrar y venerar a
nuestro Señor Jesucristo como
manantial y modelo de toda
caridad, sirviéndole corporal y
espiritualmente en la persona de
los pobres...Así es como tenéis
que estar dispuestas a servir a los
pobres en todos los sitios a donde
os envíen….ya que ése es vuestro
fin” (p. 460).
Ese era el espíritu: Una cofradía o
sociedad de “sirvientas de los
pobres de la caridad”. Sí, las
sirvientas, las criadas de esos
incómodos amos que son los
pobres.
Los
ricos
tenían
demasiadas personas que los
sirvieran. Los pobres, en cambio,
contaban sólo con las humildes y
abnegadas “Hijas de la Caridad”, el
otro nombre, de origen popular.
De esta forma, Vicente lograba un sano
equilibro entre espíritu y materia; o si se
quiere: Misioneros e Hijas de la Caridad
en una sola labor evangelizadora.
Aspectos inseparables en sus relaciones
mutuas.
El gran peligro: Que se tomara estas
sirvientas como religiosas. No, porque
Vicente tuviera aversión a la vida
religiosa, sino más bien, por el peligro
que representaba el orden jurídico,
con
inmediatas
repercusiones
prácticas: “Vosotras no sois religiosas
de nombre, pero tenéis que serlo en
realidad, y tenéis más obligación de
perfeccionaros que ellas. Pero, si se
presentase entre vosotras algún
espíritu enredador e idólatra, que
dijese: `Tendríais que ser religiosas
…entonces hermanas mías, la
compañía
estaría
en
la
extremaunción…Pues quien dice
religiosa quiere decir enclaustrada, y
las HC tienen que ir por todas partes”
(p. 462).

El título de Cofradía: Para evitar dicho
peligro, Vicente prefirió para la comunidad
el título de cofradía. Una parte de hermanas
estaban en desacuerdo, pero su oposición
sólo logró imponer el nombre de
“compañía” (que también salvaguardaba su
nueva mística).
El hábito: No adoptaron hábito alguno
las primeras hermanas. Usaban su
vestimenta propia del campo: una saya
gris y cofia blanca, típica de las
campesinas de los alrededores de París.
Por uniformidad, otras hermanas
hicieron lo mismo, ganándose el nombre
de “las hermanas grises”.
Ni Vicente ni Luisa hacían concesiones a
las modas ni a caprichos individuales. Se
dio el caso de Polonia, permitiendo
algunos
cambios
por
razones
geográficas, no obstante, se discutió en
consejo. Baste decir a este respecto que
no había espacio para la vanidad
femenina, la cual no faltó de muchas
maneras muy sutiles: “En fin, si no
pusiéramos atención en ello, ya no se
vería ninguna uniformidad y sería la
pérdida de la compañía”. ¡Pobre Vicente!
Sus
exhortaciones
quedaron
cortas…Pronto apareció la tela y el
almidón…muy lejos de la sencillez de las
primeras hermanas.
Simples mujeres seculares:
Vicente no quiere religiosas como
sinónimo de clausura. Sin embargo, el
verdadero peligro era la atracción y los
peligros del mundo…y ver transformadas
a estas mujeres en sirvientas de los
pobres. Una tarea nada fácil. Para ello,
Vicente se dio a la tarea de comunicarles
una mística propia de la grandeza y
novedad de su vocación, con la ayuda de
Luisa de Marillac:
“No teniendo, ordinariamente, por
monasterios sino las casas de los
enfermos; por celdas, cuartos de
alquiler; por capillas, las parroquias; por
claustros, las calles de la ciudad o las
salas de los hospitales; por clausura, la
obediencia; por rejas, el temor de Dios, y
por velo, la santa modestia, deben, en
fuerza de esta consideración, llevar una
vida religiosa como si estuvieran
profesas en religión”.
“LA PROVIDENCIA LES HA REUNIDO AQUÍ A USTEDES DOCE”
Vocaciones:
El crecimiento: El crecimiento
de las HC fue lento al principio,
luego, crecieron a un ritmo más
rápido. A los 8 meses de
fundación, eran 12 (1634). Puede
calcularse que para 1645-1646
eran más de un centenar. Para
1660, debían ser algo más de
200.
Las vocaciones provenían de gente
campesina
humilde
de
los
alrededores de París, reclutadas por
el mismo Vicente en sus misiones,
por Luisa de Marillac y por otras
damas durante sus visitas a las
caridades.
Bastantes no sabían leer ni escribir.
Unas pocas eran de condición más
elevada.
La Compañía admitía tanto jóvenes
solteras como viudas que no
tuvieran a su cargo niños pequeños.
“LAS VIRTUDES SÓLIDAS”
Eran probadas en el trabajo directo con
los pobres en una cofradía parroquial,
luego las aspirantes realizaban una breve
etapa de formación en casa de Luisa, a
manera de noviciado, con el nombre de
seminario interno. La recomendación
era la misma para todas:
“Será conveniente que les diga – le
escribía a Luisa – en qué consisten las
virtudes sólidas, especialmente la de la
mortificación interior y exterior de
nuestro juicio, de nuestra voluntad…de
los afectos…especialmente en la virtud
de
la
obediencia
y
en
la
indiferencia…”(p. 465).
Como ejemplo de virtudes sólidas,
Vicente mostraba como modelo a las
jóvenes campesinas, por su espíritu
verdadero, así como la sencillez, la
humildad, la falta de ambiciones, la
sobriedad, la pureza, la modestia, la
pobreza, el trabajo, la obediencia.
“NUESTRA QUERIDA MADRE”
Colaboradora imprescindible en la
formación de las hermanas fue Luisa de
Marillac. Sus escritos son escasos
comparados con los de Vicente; el
proceso de su vida interior no es muy
bien conocido; ella permaneció siempre
voluntariamente
en
la
sombra
proyectada por su director y padre
espiritual; se tardó casi 3 siglos en
beatificarla y canonizarla. Últimamente
ha salido a la luz la escondida figura de
la Srta. Le Gras, gracias a una
investigación actualizada.
Vicente, mediante un largo trabajo
educativo, fue templando el alma de su
más íntima colaboradora: En 1633,
cuando se hizo cargo de la dirección de
las hermanas, Luisa había superado sus
más graves crisis espirituales. Tenía 42
años y era una mujer madura, entrando
en un período de florecimiento espiritual
sobreponiéndose las penas que seguían
atormentando su alma, como lo fue la
situación de su hijo, Miguel: hombre de
personalidad variable que atraía sobre sí
constantes tribulaciones.
Luisa logra que las tribulaciones de su hijo
no interfirieran de manera drástica en sus
deberes de superiora de la compañía.
Para 1635 cambia el tono de su
correspondencia. La dirigida tenía que ser,
a su vez, directora. Los consejos recibidos
por Vicente, los transmitía ahora a sus hijas
con gran seguridad y un aplomo creciente.
Aunque a la sombra de su director y
fundador, su responsabilidad en la
formación de las hermanas, en la
administración y el gobierno de la
compañía, no era meramente delegada.
Cada vez fue tomando más soltura y
confianza.
Alguna vez se atrevía incluso a sostener
puntos de vista contrarios al de Vicente y
los hacía prevalecer. Hasta 1647 ejerció en
persona la dirección del seminario, es decir,
formadora. Su influencia se deja entrever
en las cartas a las hermanas, en las
conferencias y en ejemplo de su vida.
Incluso, Vicente le llegó a confiar la
dirección los ejercicios espirituales. Pronto
las HHCC la empezaron a llamar
: “nuestra
querida madre”.
Su salud: Siempre enfermiza, no le
impidió realizar sus trabajos:
 1639: Dos fundaciones (Agners) y en
1646 (Nantes)
 1649: Hace una peregrinación a
Chartres
 1644: Entró en un período de
desprendimiento interior que
la condujo a una renuncia de sí
misma cada vez más profunda.
 1651-1660:
Alcanza un estado de unión
con Dios, con todas las
características de una
consumación mística.
“CON LA AYUDA DE DIOS, EN EL PORVENIR, TENDRÁN SUS REGLAS”
El proceso de elaboración de las Reglas
de la HC fue parecido al de las Reglas de
los misioneros.
En ambos casos Vicente quiso que se
tuviera una larga práctica para probar su
utilidad. En 1634 existía ya un pequeño
reglamento escrito hecho por Luisa y
que Vicente explicaba a las hermanas,
recibiendo modificaciones y añadiduras
continuas hasta los años 40s. En 1643
constaba de 32 artículos, divididos en 2
secciones.

Se prescribía el orden del día y los
actos de piedad

Contenía
las
normas
fundamentales del espíritu de los
diversos trabajos, las virtudes
típicas de la compañía y las
relaciones de las hermanas entre sí
y con las personas externas.

Era una regla muy breve y
sencilla, pero que las hermanas
sólo conocían de oídas en las
conferencias semanales. Pronto
hubo peticiones de que se les diese
por escrito. Vicente lo prometía,
pero no lo hacía..ni lo haría en el
corto tiempo.
Dificultades: La diversidad de varios
reglamentos de acuerdo a las
circunstancias y la diversidad de los
pobres a quienes servían (fundaciones o
ministerios).
El problema más grave era que la
comunidad no tenía aún aprobación
eclesiástica. Cuando se obtuvo la del
arzobispo de París, en 1655, se tomó en
cuenta unas Reglas comunes o regla
fundamental, válida para todas las
hermanas y casas, y varias reglas
particulares para hermanas de las
parroquias, de hospitales, de escuelas,
etc.
En 1655 inició Vicente la lectura y
explicación sistemática de las Reglas
comunes., prolongándose hasta 1659. En
los meses siguientes explicó las reglas
particulares. Sin embargo, Vicente no se
decidió a imprimir las Reglas; se limitó a
copiarlas a mano y enviar un ejemplar a
cada casa. En esa duda le sorprendió la
muerte.
Nunca hubo una ceremonia de entrega de
las Reglas semejante a la que tuvo lugar con los
misioneros. Tampoco el primer sucesor de
Vicente la hizo imprimir – Renato Almerás-. Lo
cierto es que de los 75 artículos de las Reglas
actuales, 70 corresponden a las primitivas
Reglas. Es una lástima que no se cuente con un
texto original salido de la pluma de San Vicente.
“AUNQUE POR AHORA NO TENGAN VOTOS”
Vicente pensó en la posibilidad que las HC,
lo mismo que los misioneros, emitiesen
alguna clase de votos. La cuestión era
bastante difícil. Una comunidad femenina
con votos era sinónimo de comunidad
religiosa y por tanto de clausura. El asunto
se llevó mucho más lento y cauteloso que
en el caso de los misioneros.
La primera alusión de votos se encuentra
en la conferencia del 5 de julio de 1640:
“Las HC aunque por ahora no tengan
votos, no dejan de estar en ese estado de
perfección si son verdaderas HC”. Ese “por
ahora” da a entender con claridad que la
idea andaba ya rondando en la mente del
Fundador.
Vicente, apoyado en una experiencia de
votos religiosos hospitalarios de Italia que
presenció, le dio pie para señalar las
características de los votos a las hermanas:
“…los votos de esos buenos religiosos son
solemnes y no pueden ser dispensados ni
siquiera por el papa; pero de los votos que
vosotras podríais hacer, el obispo podría
dispensar. Sin embargo, valdría más no
hacerlos que tener la intención de
dispensaros de ellos cuando quisierais”
(p. 471).
La segunda cuestión, versaba sobre la
manera de hacer los votos y la autoridad
con que debía contarse:
“…si algún día – una hermana tuviera- ese
deseo, debería hablar con sus superiores, y
después de eso quedarse tranquila, tanto si
se lo permitían como si se lo negaban” (p.
471).
Se perfilaba así una disciplina: aunque
enteramente privados y de conciencia, se
sometería a la concesión por parte de los
superiores:
“Oh Dios mío! Nos entregaremos
totalmente a ti; concédenos la gracia de
vivir y morir en la perfecta observancia de
una verdadera pobreza…Concédenos…la
gracia de vivir y morir castamente…vivir en
una perfecta observancia de la obediencia.
Nos entregaremos también a ti, Dios mío,
para honrar y servir toda nuestra vida a
nuestros señores los pobres, y te pedimos
esta gracia por su santo amor..Todas
nuestras hermanas dieron de muy buena
gana su consentimiento con testimonio de
devoción y se pusieron de rodillas” (p. 472).
En 1640, el P. Lebreton gestionaba en
Roma la aprobación de los votos de los
misioneros. Un año más tarde, el
arzobispo aprobaba los votos de la CM.
No hubo nada parecido respecto a las
HC.; sus votos no estaban aprobados,
pero en el terreno de los hechos, las
cosas se desarrollaron con simultaneidad
muy significativa.
En 1642 se producía la primera emisión
colectiva de votos por parte de los
misioneros. Un mes más tarde, emitían
sus votos las 5 primeras HC, contando
entre ellas a Luisa de Marillac. Fueron
votos perpetuos.
Los votos de las hermanas
tuvieron un caminar más largo
que el de lo misioneros En q650 eran
bastantes las que los tenían. La
costumbre era emitir votos anuales al
cabo de 5 años de ingreso a la compañía.
Se permanecía en esa situación durante
otros 5 años y se podía prolongar hasta
7, al cabo de los cuales emitían los votos
perpetuos, renovándose después con
periodicidad. A la muerte del fundador
había hermanas con votos perpetuos y
hermanas con votos anuales.
La característica principal de ambos es
que eran “privados”, pues no contaban
con ninguna aprobación eclesiástica. Sin
embargo, para emitirlos y renovarlos se
requería el permiso de los superiores.
Después de la muerte de Vicente se
universalizó la costumbre de hacer
solamente votos temporales, renovados
cada año el día 25 de marzo.
Esa fue la fórmula final aprobada por la Santa Sede, que
conservan todavía hoy las HC. La intuición de Vicente había
creado el sistema de profesión más original de toda la
iglesia: una comunidad cuyos miembros quedan cada año
en entera libertad. La perduración de la compañía pruba
el acierto del Fundador.
“AHORA SON UN CUERPO ESPECIAL”
Vicente no se apresuró a solicitar la
aprobación canónica de las HC. Hasta
1645 no habían hecho nada al respecto,
ni siquiera la diocesana. En ese mismo
año se hicieron 2 suplicas. No hubo
problemas por parte del arzobispo,
quedando así el decreto que daba
existencia canónica en la diócesis de
París a las HC. En ese momento había
nacido propiamente la compañía:
“Hasta el presente no habéis sido un
cuerpo separado del cuerpo de las damas
de la cofradía de la Caridad; y
ahora…Dios quiere que seáis un cuerpo
especial…” (p. 474). La aprobación
arzobispal daba a Vicente la dirección de
la nueva sociedad, pero colocaba a ésta
“bajo la autoridad y dependencia” del
arzobispo de París. Además, faltaba el
nombre de “Hijas de la Caridad”. Luisa
de Marillac se inquietó, por lo que hizo
que la reina Ana de Austria dirigiese al
papa una súplica pidiendo a los
sacerdotes vicentinos como directores
perpetuos. Sin embargo, no sabemos
los ecos y alcances de esta iniciativa. Lo
cierto es que se necesitaba la
aprobación civil:

Las letras reales se obtuvieron enseguida

Los problemas surgieron cuando se intentó
registrar en el Parlamento, ya que los
encargados de llevar dichos trámites
murieron. Nicolás Fourquet, hijo de una
dama de la Caridad continuo con los
trámites, pero cuando comenzó a tomar
cartas en el asunto, resultó que no había
ningún
documento;
éstos
habían
desaparecido.
¿La culpable? Luisa de Marillac.
Pero ¿cuáles eran los motivos? Por
una parte, tenía interés en suprimir
la cláusula que colocaba a la
compañía bajo la autoridad del
arzobispo. Por otra parte, su íntima
amistad con la Sra. Fouquet,
teniendo por ello fácil acceso a los
documentos. El fallecimiento de
Méliand y su secretario pudieron
ser causa suficiente.
Fue necesario empezar otra
vez desde el principio.
Se
pidió
una
nueva
aprobación al arzobispo.
En 1655 se confía el gobierno
y dirección perpetuos de la
cofradía “a Vicente de Paúl y
sus sucesores los superiores
generales de la CM”.
Todo lo que antes se refería
al obispo, ahora se hablaba
del superior. El rey concedió
las nuevas patentes en 1657,
y éstas fueron registradas
por el Parlamento en 1658.
La cofradía de las HC
disfrutaba
al
fin
de
reconocimiento
y
personalidad jurídica.
Consta que en los últimos años
de su vida tanteó Vicente la
posibilidad de obtener para las
HC la aprobación de la Santa
Sede. Pero sólo hasta 1668
obtuvieron las HC la aprobación
pontifica mediante un decreto
del cardenal Luis de Vendome,
legado a latere de Clemente IX.
Podemos concluir que
Vicente temí que la
aprobación
del
Instituto encontraran
en
Roma
fuerte
oposición y prefirió
contentarse con la
aprobación diocesana
antes de exponerse a
una negativa.
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