Klostret i Sendomir (El monasterio de Sendomir), dirigida por Victor
Sjöström en 1919 (estrenada el 1 de enero de 1920).
Productora: Svenska Biografteatern.
Guión: Victor Sjöström, según el relato del escritor vienés Franz Grillparzer (1828).
Fotografía: Henrik Jaenzon.
53 m. Muda. B/N.
Restaurada en 2010, con el formato correcto y colores reproducidos (las versiones anteriores eran
en blanco y negro y con un formato incorrecto).
Reparto:
*Tore Svennberg (Estocolmo, 1858-1941): El conde Starschensky; después, monje del
monasterio.
*Tora Teje (Estocolmo, 1893-1970): Elga, esposa del conde. Fue también la actriz protagonista
de Erotikon, de Mauritz Stiller.
*Richard Lund (Suecia, 1885-1960): Oginsky, primo de Elga. Es sir Archie en Herr Arnes
Pengar, de Mauritz Stiller.
*Renée Björling (Suecia, 1898-1975): Dortka, la doncella de Elga.
*Albrecht Schmidt (Dinamarca, 1870-1945): el administrador del conde.
*Gustav Adolf Ranft (Estocolmo, 1856-1929): abad del monasterio de la provincia de Sendomir.
Argumento:
La acción transcurre en Polonia en el siglo XVII, en la provincia de Sendomir, que entonces
pertenecía a la región histórica conocida como la Pequeña Polonia (al SE de la Polonia actual),
entre cuyas ciudades estaban Cracovia y Sendomir. En la actualidad, la ciudad de Sendomir,
Sandomir, Sandomierz o Sandomiria, pertenece a la región (voivodato) de Santa Cruz, a unos 200
km al sur de Varsovia. Se encuentra situada junto al río Vístula.
Dos caballeros, acompañados de sendos criados, que viajan con destino a Varsovia, deciden
descansar en el monasterio de Sendomir, situado en la misma ruta que ellos siguen. Un monje de
la orden franciscana les abre las puertas, un hombre entrado ya en años, adusto, severo y muy
serio. Los introduce en una habitación en la que, a pesar de la agradable temperatura reinante,
decide encender fuego en la amplia chimenea. Como uno de los huéspedes le llamase “padre”, el
monje encolerizóse, indicándole ásperamente que él no era “padre”, sino “hermano”. Abandona
la habitación de los atónitos caballeros, pero, después de reflexionar unos minutos en el rellano,
decide entrar de nuevo y satisfacer la curiosidad de los visitantes, que han inquirido sobre el
origen de tan pía fundación. Es entonces cuando el fraile toma asiento, y, después de advertirles
que no deben interrumpir su relato ni hacer preguntas después, les narra una extraña y triste
historia.
Hacía algún tiempo, el conde Starschensky llevaba más de tres años viviendo en su castillo de
Sendomir junto a su mujer, Elga, y su hijito. Ese castillo es hoy el monasterio. Era un hombre
inmensamente rico, temeroso de Dios y que amaba con verdadera pasión a su joven y bella
esposa. El conde disponía de un administrador de su confianza, de igual modo que su esposa de
una doncella, Dortka. Tanta felicidad vése de pronto interrumpida cuando el fiel administrador
decide contarle a su señor una fundada sospecha.
La decisión de revelársela ha sido forzada porque los criados del castillo han empezado a ver
también movimientos extraños, especialmente de noche. El caso es que más de una noche, el
administrador también ha visto con sus propios ojos que un intruso ha accedido al castillo,
introduciéndose en las habitaciones privadas de la señora. No sabe quién es, pero es seguro que
ha accedido por una pequeña torre, en cuya parte inferior hay una diminuta puerta. Cuando el
conde le replica diciéndole que él es el único que posee la llave que permite abrir esa puerta, se
dirige a un cajón, y, con gran sorpresa, descubre que, en efecto, la llave no está allí. Sus temores y
celos se acrecientan. No tiene más remedio que abandonar el castillo por tres días, y así se lo
comunica a su complaciente y cariñosa esposa, pero antes de irse da instrucciones precisas al
administrador de ser informado mediante un mensajero de cualquier anomalía que se presente. La
misma noche de su partida, como tantas otras, accede al castillo, gracias a la complicidad de la
doncella, el misterioso intruso, que no es otro que Oginsky, un primo de Elga, joven y apuesto,
que tiempo atrás habíase educado en el castillo del padre de ella, enamorándose ambos, hasta el
punto de comprometerse antes de que Elga conociese al conde Starschensky. Pero el padre de
Elga desbarató esos planes y la conminó a que se desposase con el conde.
Al comprobar el administrador que hay luz en la cámara de la condesa, viendo además una fugaz
sombra masculina a través de la ventana, decide avisar de inmediato a su señor, emprendiendo él
mismo el viaje, a fin de alcanzarlo. Lo consigue en una encrucijada, volviendo de improviso el
conde, aunque su llegada ha conseguido alertar a la doncella, avisar a la condesa y lograr que
Oginsky escape en su caballo. No obstante, Dortka es avistada despidiendo al intruso, por lo que
es conducida por el conde y por su administrador delante de Elga, a fin de recibir una explicación
convincente. Elga recrimina a su marido su comportamiento, advirtiéndole que sobre su doncella
sólo ella tiene autoridad. Negándolo todo, con determinación y energía, se niega a continuar el
interrogatorio, encerrándose en su cámara, junto a su hijo y su doncella.
A la mañana siguiente decide poner en marcha el plan urdido por la noche. Se acerca zalamera a
su marido, lo besa una y otra vez y le hace creer que la persona que había entrado furtivamente la
noche anterior era un joven enamorado de Dortka. El conde, ingenuamente, cree por completo en
sus palabras, hasta el punto de no sólo reconciliarse con su esposa, sino de reprocharle a su
administrador de haberlo dejado en ridículo.
Confiada y tranquila, Elga se entretiene, junto con Dortka, en el jardín, cortando unas flores.
Mientras tanto, el conde, su hijo pequeño y el administrador permanecen arriba. El conde besa a
su hijo y juega con él, pero, al coger una caja de madera, descubre casualmente que esconde en el
forro interior un retrato en forma de camafeo de Oginsky. De nuevo se le nubla la vista y los
celos se apoderan de él. Compara las facciones del amante con las de su hijo y dáse cuenta que se
parecen estrechamente. Enloquecido, coge al niño violentamente para arrojarlo por la ventana,
pero el administrador se lo impide. Éste le revela un plan secreto para esclarecer por completo el
misterio. En efecto, el conde, acompañado de algunos criados, abandona el castillo montado en
su carruaje, dirigiéndose a un lugar incierto.
En la siguiente toma vemos a Elga junto a su hijito, dormidos ambos. De pronto irrumpe en la
habitación el conde, conminándola a que lo siga, mientras él coge al niño en brazos. Llegan a un
lugar del castillo en donde le advierte que si ha cometido algún acto de deshonra o de deshonor,
no debe traspasar la puerta que hay delante de ella. Elga, decidida, afirma no temer nada y no
tener nada que ocultar. Entran y se sientan, frente a frente, junto a una mesita. El niño ha sido
colocado en un rincón de la habitación. El conde, entonces, procede a abrir un cajón y extraer un
papel, en realidad una declaración de Oginsky en la que confiesa, escrito de su propio puño y
letra, que lleva varios años manteniendo una relación adúltera con su prima Elga y que el niño es
el fruto de ella.
Elga lo niega todo, afirmando que se trata de una vil calumnia. Pero el conde se levanta, se dirige
hacia una pared, descorre una cortina, y allí está Oginsky, maniatado, que se reafirma en su
confesión. Elga queda paralizada por la impresión. El conde ordena a su esposa que corte las
ligaduras de su amante, al que fuerza a batirse con él, en presencia de Elga. Pero, al acercarse ésta
a la puerta y proferir gritos de auxilio, en un descuido, Oginsky, como un cobarde, huye por la
ventana, alejándose velozmente en su caballo. El conde, Elga y el niño están ahora solos. Ella le
suplica desesperadamente que la deje vivir, bien sea en un convento o en una prisión.
Starschensky le dice a su esposa que el único medio que tiene de reparar su culpa y de salvar su
vida es matando a su propio hijo. Ella al principio se horroriza, pero finalmente accede, en un
acto antinatural de absoluto egoísmo. Cuando va a clavarle el puñal al pequeño, que está en sus
brazos, el conde le coge la muñeca y lo impide. Abre la puerta y entrega al niño al administrador,
que tiene orden expresa de llevarlo a cierto lugar. Starschensky, desolado y enfurecido, le dice a
su esposa que ha comprobado cómo no quiere a nadie, pues si se hubiese negado a sacrificar a su
hijo, habría salvado su propia vida, ya que habría demostrado algo tan poderoso como el amor de
una madre. Pero se ha comportado como una malvada. Aunque ella se cuelga al cuello de su
marido, implorando de nuevo perdón, el conde le clava el puñal y la mata. Después vemos cómo
el niño es dejado por el conde, junto con una carta, en la puerta de la mísera vivienda de una
carbonera, que se hará cargo del pequeño y a quien no le faltará nada para su educación y
manutención.
Con el fin de expiar su horrendo crimen, el conde fundó un monasterio en su propio castillo, convirtiéndose
él mismo en el más humilde de sus frailes. En este momento termina la narración. Es entonces cuando
irrumpe en la acogedora estancia el abad del monasterio, recordándole admonitoriamente al fraile, al que
llama por su nombre, Starschensky, que es la hora de su penitencia pública diaria, que coincide con el rezo a
los difuntos. Delante de Cristo crucificado, y en medio de la multitud congregada en la iglesia, Starschensky
levanta sus brazos al cielo en señal de arrepentimiento y de perdón.
Klostret i Sendomir (1919). Los dos caballeros viajeros llegan a la puerta del monasterio. Detrás,
el fraile que les abre la puerta y que les contará la historia del convento.
Klostret i Sendomir (1919). Elga, la esposa del conde Starschensky, llega a su castillo después de
haber dado un paseo (o quién sabe si después de haber visitado a su amante secreto, su primo
Oginsky).
Klostret i Sendomir (1919). Dortka, la doncella de Elga, frente a Oginsky, el amante secreto de la
condesa. La escena corresponde a la noche en que él es descubierto por el conde y su fiel
administrador.
Klostret i Sendomir (1919). Elga es ricamente ataviada por su doncella Dortka para recibir a su
amante Oginsky.
Klostret i Sendomir (1919). Elga, sentada, junto a su amante secreto, su primo Oginsky.
Klostret i Sendomir (1919). El conde Starschensky le lee a Elga la confesión de Oginsky de que
mantiene una relación adúltera con su prima, y que el niño es fruta de la misma.
Klostret i Sendomir (1919). Starschensky descorre la cortina que ocultaba al maniatado Oginsky,
quien se reafirma en su confesión del adulterio tenido con Elga, que contempla atónita y
horrorizada a su esposo.
Klostret i Sendomir (1919). Elga suplica perdón a su esposo después de haber sido descubierto
infaliblemente su adulterio.
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