Marcia
Julio 2003
Tu alma y la mía,
se encontraron por casualidad,
porque el destino quiso aquél día,
unir nuestra soledad.
Ninguno de los dos lo planeamos,
todo pasó tan natural,
y cada vez más nos necesitamos,
aunque lo queramos disimular.
Tu soledad y la mía,
desaparece cuando hablamos,
cuando compartimos una sonrisa,
o cuando un suspiro intercambiamos.
Nos extrañamos a morir,
cuando no sabemos uno del otro,
quién nos lo iba a decir,
que nos enamoraríamos poco a poco.
Bendito sea aquél día,
en que nos conocimos,
yo, tu eterna sonrisa,
y tú, el más bello de los luceros.
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