Al caer la tarde
Acaricia la Luz la espalda de los montes
y la piel de la tarde se tiñe de rubores.
Aquí estamos, Señor, con los brazos abiertos
y el corazón desnudo para tus largos besos.
Lanza dardos de oro a nuestras esperanzas.
Que nos queme el amor a la hora de las lágrimas.
Abrimos nuestra sed al Corazón que late
por el pecho del cielo. Comulgamos su Sangre.
La semilla de Luz ya se entierra en el campo.
Se entierra en nuestras vidas y florecen milagros.
Como santos de templo bajo luz de vidriera,
meditamos extáticos. Y huele a incienso, a cera.
Ya se acerca la noche con su oscuridad y sus
miedos.
Levantamos los brazos, como ramas de invierno,
despidiendo a la Luz.
Nos reunimos en torno a tu Mesa, para darte
gracias por lo experimentado en el día que
termina.
Y esperamos de nuevo, con el alba, los
mimos de unos labios abiertos.
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