En un pueblo costero, a la otra orilla del
mundo, vivía una tribu de relojes. Se
dedicaban a la caza de las horas para
construir horarios solidarios.
A lo lejos, en lo alto de la
montaña, se veía a un Sabio
Reloj. A él acudían todos los
demás a pedir consejo.
Una mañana soleada de
invierno, subían los relojes,
pensativos, al encuentro del
Sabio. Sus agujas,
impacientas y temblorosas,
deseaban encontrar
respuestas que ayudasen a
la Humanidad.
Una vez reunidos todos en la cima
de la montaña, la tribu de los relojes le
mostró unas fotos de las catástrofes
del mundo. Con gestos de asombro,
tristeza y desilusión, el Sabio Reloj
miraba despacio cada una de las
imágenes, tratando de encontrar
soluciones para todos esos problemas.
En la primero foto que cogió
aparecían escenas dramáticas:
montañas de personas fallecidas,
edificios destruidos, tanques por las
calles…En otra, se veía cómo una ola
gigante arrasaba toda la ciudad.
Ante la inmensa marea, una
multitud, sin rumbo, era
arrastrada, tratando de
agarrarse a todo lo que
encontraba a su alrededor.
Así, hasta llegar a la
última, la cual
mostraba un grupo de
niños trabajando en
unas minas recogiendo
piedras y
depositándolas en
vagones. Sus caras,
llenas de polvo y
tristeza, reflejaban
las horas pasadas en
la oscuridad inmensa.
Una vez vistas todas las imágenes, la
tribu de relojes, se colocó en círculo y el
Reloj Sabio encomendó la única misión que
podía funcionar: detener el tiempo.
En el momento en el que iban a
suceder las tragedias, el tiempo se
detenía, y la población era
trasladada a otros lugares donde
reinaba la paz, el amor, la
solidaridad y los niños disfrutaban
de su infancia.
De ese modo, con la ayuda de de
De ese modo, todos los relojes y la
sabiduría del más anciano, el mundo se
convirtió en un espacio para la felicidad
y las desgracias… se esfumaron como el
viento… .
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