clic
El pedazo de tierra que teníais,
detrás de aquel otero por donde entraba el sol,
lo trabajaban juntas tus manos y Sus Manos.
Salía el Sembrador una mañana,
y abría el mundo el corazón estéril.
De pronto sorprendían
Sus Ojos creadores
un filo de cizaña advenediza.
El grano de mostaza se hacía ya posada
para todas las aves viajeras, y crecía en el trigo
la forma presentida de Su Carne...
Volvían los pastores, con la noche a la espalda
-¿con la muerte a la espalda volverían?-,
y balaba el aprisco recobrado y concorde.
Él volvía
también,
y te llamaba
como quien grita
alerta,
cada tarde,
a la hora precisa
de los rezos.
Pero un día
se fue,
ya para
siempre.
Junto al
taller,
cerrado por
ausencia,
el mástil de
un madero
naufragaba
en la sangre
del ocaso,
y el campo y
tú
quedabais a
la espera.
Se van los hijos mozos...
La tierra ya no da para la vida.
No da para los ojos y el deseo.
Detrás del oleaje varado de los
surcos la múltiple sirena de la
ciudad invita a la aventura.
Los brazos se han cansado de
echar semilla al viento
irresponsable,
¡y están muy lejos del dolor del
campo el Sanedrín blindado de
leyes y el Pretorio!
Sobre la tierra, núbil a pesar de los hombres desalmados,
tarde o temprano llueve.
¡ Dios sigue amaneciendo cada día !
Aún tiene el horizonte camino para el alba y el regreso.
Y en el soto erizado de chopos de esperanza
permanece de guardia la alondra de tu ermita.
Música: Ella es María - Texto: Obispo Casaldáliga - Montaje: Lorenzo Pascua, O.P.
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Campesina