No pensemos que, la devoción a María, quedó encorsetada en épocas
pasadas. Pueblos y ciudades, hombres y mujeres, ermitas y catedrales,
avenidas y plazas siguen llevando su nombre: MARIA. Vayamos y, lejos de
perdernos por otros senderos, manifestemos que Ella sigue siendo el
camino que nos indica donde y cómo llegar hasta Jesús.
Pongámonos en camino. Como lo hizo Ella. Con el corazón mirando
hacia el cielo para encontrarse con la voluntad de Dios,
con los pies, hacia el encuentro del hombre,
para que supieran que ya nunca, con Cristo, estarían solos.
Vamos y, digámosle, que la amamos y que nunca la olvidaremos.
y
Todos tenemos un hueco en ese hontanar de dulzura y de fe,
de esperanza y de amor que es Santa María.
Todos somos invitados a ir a Ella;
otra cosa es que en todos exista respuesta.
Porque, las flores, expresan los
quilates del amor de los que
nos llamamos cristianos.
Porque nos ama,
nos protege, nos ilumina,
nos cobija y nos espera…
Porque, las flores, reflejan lo que las palabras
son incapaces por sí mismas de transmitir y
de gritar.
¿Quién podrá más? ¿Quién ganará?
¿La pereza o la oración? ¿La contemplación o el ruido?
¿La respuesta o la lejanía? ¿Las flores o los abrojos?
¿María o la seducción que nos invade?
¡A porfía! ¡Todo por Jesús, con María!
Porque, María, desde la cruz se convirtió
en Madre de todos los hombres.
Desde entonces, ya no estamos huérfanos.
María, también tiene su corazón.
Y, ese corazón, se deja ganar con el
cariño de sus hijos e hijas.
Texto: Javier Leoz Jiménez.
Presentación: Ana María
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