La bella muerta
Autor y Narrador
Manolo Berriatúa
Sus ojos que antes bullían
como mariposas blancas
hoy han quedado varados
en una playa lejana.
Su rostro, ebúrneo milagro,
parece estatua tallada
por una mano maestra
sobre mármol de Carrara.
En el remanso del pecho
las manos, tan apretadas,
simulan que están rezando
una sentida plegaria
y las enreda un rosario,
como cadena de ancla.
Tiene el gesto tan sereno
y la boca tan callada,
que sus labios no son labios,
son una puerta a la nada.
Cuatro cirios encendidos
se yerguen y velan armas.
Cuatro puntos cardinales
que la muerte, enamorada,
marca con cuatro banderas
de cera, dolor y llamas.
Flota en el aire un silencio
que es un grito sin palabras
o quizá un coro de réquiem
que ángeles mudos cantaran.
La noche acude llorando
Y, como no tiene lágrimas,
rasgando su velo negro
derrama estrellas de plata.
—¡No está muerta, está dormida!
¡Cuidado con despertarla!
Dice su madre transida
de una imposible esperanza.
Y todos bajan los ojos.
Y Dios se vuelve de espaldas.
Sobre la frente los besos.
Sobre el corazón la calma.
¡Cómo puede estar tan bella
si ya ha volado su alma!
M. Berriatúa
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