Mi perrita Kaski es pequeña, regordeta y suave cual bolita de algodón.
Sus ojos negros, grandes e intensos me observan mientras acaricio su
lomo. Yo juego con ella desde que nació. Por lo que la conozco, sé
cuando quiere jugar con la pelota o prefiere hacerlo con una ramita de
madera.
Hoy paseando por la calle, nos hemos encontrado con una muchacha
que caminaba junto con su perro, pero éste lo hacía lenta y tristemente,
como si la muerte le esperara a la vuelta de la esquina.
Kaski siguiendo su instinto alegre y vital, se ha acercado hasta él y le ha
dado un par de lametones al desesperanzado animal. Y éste le ha respondido con un mordisco que ha teñido su pequeño hocico de gotitas
de color carmín.
La inocencia y el orgullo no son compatibles, Kaski.
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