«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
No es un azar que en la historia de las representaciones pictóricas de Jesucristo sobresalgan en
calidad y número las escenas de la pasión . Nada más natural desde un punto de vista estrictamente
religioso. La afirmación de Kalher “los evangelios no son más que un relato de pasión con una
introducción prolija” es algo más que una frase brillante. En rigor la encarnación del Verbo resulta
ininteligible sin el relato de la pasión. Al encarnarse, Dios asume la condición mortal hasta las
últimas consecuencia, hace suyo lo más penoso de la existencia humana y, en el extremo límite de la
kenosis o rebajamiento, acepta morir como un delincuente cualquiera, en la cruz. La relevancia de
la pasión en el mensaje cristiano justificaría aquella preferencia artística. Sin embargo su influencia
en el campo artístico se deja ver a otro nivel: en la elección del canon de la belleza. Desde un punto
formal, indisociable no obstante de su contenido religioso, las representaciones de la pasión invierten
el canon clásico de belleza y proporción. Y no por razones, como creyó Hegel, de índole espiriual.
Lejos de escenificar la pugna entre la interioridad y las limitaciones inerentes al cuerpo los cuadros
de la pasión son la prueba más palpable de una fininitud redimida y enaltecida. En ellos el Cristo
maltrecho, ensagrentado, angustiado o perplejo sigue siendo el Dios hecho hombre, nada de lo que
sucede en su rostro o en su cuerpo queda al margen de su divinidad.
Lucas Cranach 1472-1553
Cristo doliente
Quintin Mestsys 1466-1530
Cristo mofado
Giuseppe Cesari 1568-1640
El arresto de Cristo
Donato Bramante 1444-1514
Cristo
Giovanni Bellini 1429-1516
Cristo bendiciendo
Jan Sanders van Hemessen 1500-1556
Cristo llevando la cruz
Hieronymus Bosch 1450-1516
Cristo llevando la cruz
Grunewald 1470-1528
Crucifixió
Claude Mellan 1598-1614
El sudario de Sta. Verónica
Goya 1746-1628
Crucifixión
Paul Gauguin 1848-1903
Cristo amarillo
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