La Tumba Misteriosa
Texto: Alberto Ruz Lhuillier*
Ilustración: Enrique Valderrama
Me llené de gusto al
saber que el Instituto
Nacional de
Antropología e Historia
me había comisionado
para dirigir los trabajos
arqueológicos en
Palenque. Y supe que,
trabajar en la jungla
calurosa y húmeda de
Chiapas, no sería una
aventura sencilla.
Hicimos todos los preparativos necesarios y nos transportamos a la zona. Cuando vi
que la mayor parte de los edificios estaban cubiertos por la exuberante vegetación,
comprendí por qué Hernán Cortés y sus tropas, al pasar a corta distancia de ahí, no se
dieron cuenta de su existencia.
Las anteriores exploraciones arqueológicas confirman que Palenque tuvo un fin
dramático.
Después de florecer durante los siglos VII a IX, fue ocupada por invasores de la costa
del Atlántico y, luego, destruida probablemente por una sublevación popular. La
población campesina se adueñó de sus templos y palacios. Vencidos totalmente
sacerdotes y señores, los palencanos, desorganizados, no pudieron luchar contra la
selva. El centro ceremonial fue cubierto por la vegetación.
Cientos de árboles rodeaban las ruinas. La majestuosidad de los cedros, las caobas y
los zapotes, que alcanzaban una altura hasta de cuarenta metros, nos hacían muy
pequeños. Era una realidad bulliciosa, llena de los gritos del mono aullador, de algún
rugido del jaguar o puma, del ligero paso del venado, de la plática interminable de aves
de ricos plumajes y de los lentos movimientos de las serpientes.
Entre mis propósitos estaba el de buscar
algún edificio oculto debajo de otro. Para los
pueblos mesoamericanos era costumbre
construir templos encima de los más
antiguos. Por eso escogí el Templo de las
inscripciones, el más grande y, al parecer, el
más importante.
Al ver que en el piso había una excavación parcial, decidimos perforar ahí sin tocar la
lápida. Al escarbar nos encontramos con un grueso relleno de piedras. Me fijé que el
muro de atrás del santuario se prolongaba debajo del piso. Este indicio revelaba la
existencia de otra construcción debajo del templo.
Una de las losas que forman el piso del santuario llamó mi atención.
En cada uno de sus lados mayores había seis agujeros cerrados con tapones de piedra
removibles. Como otros investigadores que habían pasado por Palenque, yo también
me pregunté para qué servirían.
La respuesta la encontraría después.
Después de quitar piedras y
tierra, apareció un techo en
forma de bóveda y, al cabo de
varios días de trabajo, se vieron
los peldaños de una escalera
interior que, seguramente, había
sido rellenada para ocultar el
pasaje.
Una vez adentro, me di cuenta de que
la losa que no habíamos tocado
funcionaba como puerta y que sus
doce agujeros servían para que fuera
removida con cuerdas. Para sacarla,
haría falta la fuerza de cuando menos
doce hombres.
Tardamos cuatro temporadas de tres
meses cada una, de penosa labor, para
ir extrayendo el relleno de la escalera,
que se prolongaba a más de veinte
metros debajo del piso del templo. En el
extremo de ese corredor, sobre una
pequeña plataforma, hallamos los
esqueletos muy destruidos de cinco o
seis jóvenes.
Al limpiar la cara de la pared norte de la
bóveda, quedó descubierta una
abertura triangular. Estaba cerrada por
una losa que no embonaba
perfectamente. Retiré las piedritas y la
cal que llenaban la rendija.
El 15 de junio de 1952, con
palancas, cuerdas y poleas,
movimos hacia atrás aquella losa.
Entonces descubrí con gran
emoción lo que ocultaba.
Tras la losa había una inmensa
cámara. ¡El reflector me descubrió un
espectáculo maravilloso! Muros
cubiertos por capas de cal. Estalactitas
y estalagmitas que brillaban como
nieve.
Poderosas vigas de piedra negruzca
reforzaban una altísima bóveda. Los
muros estaban adornados con
personajes modelados en estuco. *
Un enorme monumento de piedra,
totalmente esculpido, ocupaba la
mayor parte del espacio. Sólo los
relieves del estuco habían sufrido los
efectos de la tremenda humedad. En
ellos se reconocían a nueve sacerdotes
ricamente vestidos.
Llevaban en sus manos las insignias
de su rango: un cetro con la máscara
del dios de la lluvia y un escudo con los
rasgos del dios solar. (Probablemente
son los nueve señores de la noche,
guardianes del mundo de los muertos).
La cripta y su monumento se
encontraban en las mismas
condiciones que cuando los mayas
cerraron la puerta.
Pensamos que el monumento podía
ser un altar secretamente oculto en el
corazón de la pirámide.
La exploración no había terminado.
Con una barreta se taladró el grueso
bloque y se llegó a un vacío.
Por la abertura introduje un alambre y,
cuando lo saqué cuidadosamente, vi
que estaba cubierto de pintura roja. ¡Ya
todo era más claro!
Se trataba, sin duda, de un sarcófago.
Las antiguas escrituras cuentan que el
color rojo indica el Este, lugar donde el
sol nace diariamente. Este símbolo de
resurrección se ha encontrado en
varias tumbas de Mesoamérica.
¡La sepultura que acabábamos de
descubrir no tiene igual en todo el
continente americano!
Por el lujo del entierro de este
personaje, se puede confirmar que,
entre los mayas, existieron
diferencias sociales muy marcadas.
Por una parte, estaban los
campesinos y los artesanos que
labraron y construyeron estos
tesoros y, por otra, una aristocracia
despótica.
Tuvimos que interrumpir los trabajos
durante varios meses, por falta de
fondos.
Reiniciamos la tarea arqueológica
con ansiedad, y en la noche del 27 al
28 de noviembre de 1952, tuvimos
entre nuestras manos una delicada
tarea.
Con gatos de camión levantamos la gran lápida labrada que cubría el sarcófago.
Transpirábamos de miedo al pensar que algo pudiera romperse.
Debajo de la lápida, encontramos una cavidad tapada por una losa que tenía cuatro
agujeros con tapones de piedra removibles. Levanté dos de ellos; uno para que pasara
la luz de la linterna, el otro para mi propia mirada. En el fondo del sarcófago cubierto de
cinabrio — color rojo mineral se destacaban una calavera y numerosos fragmentos y
piezas de jade. Pasando cuerdas por los agujeros, levantamos la losa. El fondo y las
paredes también estaban pintadas con cinabrio.
El esqueleto de un hombre de unos cuarenta años yacía rodeado de figurillas y joyas.
El personaje debió ser enterrado con
una máscara puesta. Pero, durante los
ritos funerarios, ésta resbaló. Muchos
de los fragmentos de jade de un verde
intenso rodeaban el cráneo. Además,
había una diadema, orejeras, un collar,
brazaletes y anillos.
Largos años de estudio me llevaron a
encontrar este hallazgo.
¡Y no menos tiempo debí emplear para
analizar, documentar, fechar, reconstruir
e interpretar este valioso
descubrimiento!
El estuco es una mezcla de cal y arena que
se aplica a los muros y se puede modelar
con las manos. Al endurecerse queda en
relieve y se vuelve resistente.
*El antropólogo Alberto Ruz Lhuillier falleció
en 1979. Con su esfuerzo amplió
enormemente el horizonte histórico de
nuestro país. De ello dan cuenta
innumerables páginas y la Sala Maya del
Museo Nacional de Antropología.
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