Para la augusta fiesta de
este día escribió San Pablo a
los gálatas: "Nosotros sólo
podemos gozarnos en la cruz
de Nuestro Señor Jesucristo,
en el cual reside nuestra
resurrección y nuestra vida, y
por el que hemos alcanzado
la libertad y la salud"
En los días cruciales
de la disolución del
Imperio romano,
parece increíble que
aquella orgullosa
república, extendida
por todo el orbe
conocido, hubiera de
desmoronarse ante la
pequeña comunidad
de creyentes
sembrada por Pedro
entre la tiniebla de las
catacumbas.
La nueva religión de
la cruz, ha crecido en
multitud de milagros,
cuando los
emperadores la
creían aniquilada con
la arbitrariedad de
sus edictos de
persecución. El
testimonio de la
sangre siembra
poderosos
crecimientos.
Constantino es
multitudinario en el
fervor de su pueblo y
entre sus fieles
legiones. Semejante
aureola recome a
Majencio, que
pretexta vengar con
sangre el supuesto
asesinato de Máximo
Hércules, por intrigas
de Constantino.
Sobre un cielo deslumbrante de mediodía vio arder u
cruz de sangre, con esta divisa: IN HOC SIGNO VINC
Y mientras aquel 28 de octubre del 312 se alza al ciel
desde las siete colinas, el incienso inútil ofrecido po
Majencio a los dioses paganos, la última batalla del P
Milvio, sobre el Tíber, proclama a Constantino emper
triunfante en la señal de la cruz.
A los comienzos del siglo IV el más inconcebible
abandono cubría los Santos Lugares, a tal punto que la
colina del Gólgota y el Santo Sepulcro permanecían
ocultos bajo ingentes montañas de escombros.
Constantino ordenaba excavaciones que hicieran
posible recuperar el Santo Sepulcro.
Y allí está Elena, alentando con su poder y sus oraciones el
penoso trabajo. Se descubre una profunda cámara con los
maderos, en desorden, de las tres cruces izadas sobre el
Calvario aquel mediodía del Viernes. ¿Cuál de las tres, la
verdadera cruz de Jesucristo? Y entonces el milagro, el
santo obispo de Jerusalén, a instancias de Elena, las impone
a una mujer desvalida, siendo la última la que le devuelve la
salud.
Tres siglos después —3
de mayo del 630—
acontecía en Jerusalén
otro suceso feliz. El
emperador Heraclio,
depuesta la majestad de
sus mantos y de su
corona, con ceniza en la
cabeza y sayal
penitente, portaba sobre
sus hombros, desde
Tiberíades a Jerusalén,
la misma Vera Cruz que
halló Elena.
En un saqueo de la
Ciudad Santa fue
sustraída por los
infieles persas. Y
ahora era devuelta al
patriarca Zacarías
con estos ritos
impresionantes de
fervor y humildad.
Las liturgias titularon
este acontecimiento
con el nombre de
“Exaltación de la
Santa Cruz".
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