1Yo
soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.
2Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará;
y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que
lleve más fruto. 3Ya vosotros estáis limpios por la
palabra que os he hablado. 4Permaneced en mí, y
yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar
fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así
tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. 5Yo soy
la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en
mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque
separados de mí nada podéis hacer.
6El
que en mí no permanece, será echado fuera
como pámpano, y se secará; y los recogen, y los
echan en el fuego, y arden. 7Si permanecéis en
mí, y mis palabras permanecen en vosotros,
pedid todo lo que queréis, y os será hecho. 8En
esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho
fruto, y seáis así mis discípulos.
29En
aquellos días no dirán más: Los padres
comieron las uvas agrias y los dientes de los
hijos tienen la dentera, 30sino que cada cual
morirá por su propia maldad; los dientes de
todo hombre que comiere las uvas agrias,
tendrán la dentera.
31 Porque
la roca de ellos no es como nuestra
Roca, Y aun nuestros enemigos son de ello
jueces. 32Porque de la vid de Sodoma es la
vid de ellos, Y de los campos de Gomorra;
Las uvas de ellos son uvas ponzoñosas,
Racimos muy amargos tienen. 33Veneno de
serpientes es su vino, Y ponzoña cruel de
áspides.
1Ahora
cantaré por mi amado el cantar de mi amado
a su viña. Tenía mi amado una viña en una ladera
fértil. 2La había cercado y despedregado y plantado
de vides escogidas; había edificado en medio de ella
una torre, y hecho también en ella un lagar; y
esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres.
3Ahora, pues, vecinos de Jerusalén y varones de
Judá, juzgad ahora entre mí y mi viña. 4¿Qué más se
podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?
¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas
silvestres?
5Os
mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi
viña: Le quitaré su vallado, y será consumida;
aportillaré su cerca, y será hollada. 6Haré que
quede desierta; no será podada ni cavada, y
crecerán el cardo y los espinos; y aun a las
nubes mandaré que no derramen lluvia sobre
ella. 7Ciertamente la viña de Jehová de los
ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de
Judá planta deliciosa suya. Esperaba juicio, y
he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor.
21Te
planté de vid escogida, simiente verdadera toda
ella; ¿cómo, pues, te me has vuelto sarmiento de vid
extraña? 22Aunque te laves con lejía, y amontones
jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá
aún delante de mí, dijo Jehová el Señor. 23¿Cómo
puedes decir: No soy inmunda, nunca anduve tras los
baales? Mira tu proceder en el valle, conoce lo que
has hecho, dromedaria ligera que tuerce su camino,
24asna montés acostumbrada al desierto, que en su
ardor olfatea el viento. De su lujuria, ¿quién la
detendrá? Todos los que la buscaren no se fatigarán,
porque en el tiempo de su celo la hallarán.
8Oh
hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y
qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y
amar misericordia, y humillarte ante tu Dios. 9La
voz de Jehová clama a la ciudad; es sabio temer a tu
nombre. Prestad atención al castigo, y a quien lo
establece. 10¿Hay aún en casa del impío tesoros de
impiedad, y medida escasa que es detestable?
11¿Daré por inocente al que tiene balanza falsa y
bolsa de pesas engañosas? 12Sus ricos se colmaron
de rapiña, y sus moradores hablaron mentira, y su
lengua es engañosa en su boca. 13Por eso yo
también te hice enflaquecer hiriéndote, asolándote
por tus pecados.
12Ahora,
pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu
Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios,
que andes en todos sus caminos, y que lo
ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu
corazón y con toda tu alma; 13que guardes
los mandamientos de Jehová y sus estatutos,
que yo te prescribo hoy, para que tengas
prosperidad?
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