El tema de este bellísimo himno
es la obra de Dios en la creación. El
poema presenta una semejanza
notable con un himno egipcio al dios
Sol, proveniente del siglo XIV a. C.
Más
evidente
aún
es
su
relación con el primer capítulo del
Génesis. Sin embargo, el salmista
utiliza sus fuentes de inspiración con
una gran libertad y originalidad.
Se describe al universo visible
como una realidad desbordante de
movimiento y de vida, que refleja,
hasta en los detalles más ínfimos (vs.
17-18, 21), el poder y la sabiduría del
Creador.
1. CON ISRAEL
El autor de este salmo ha "copiado", purificando de toda idolatría un himno egipcio
en honor de Aton-Ra, el dios sol, compuesto por Amenofis IV. Vació, grosso modo,
su lenguaje en el molde de los seis días del Génesis, introduciendo un gran
optimismo ante la naturaleza... Poniendo en guardia finalmente ante el "mal" que la
libertad humana puede hacer, y que finalmente debe desaparecer.
2. CON JESÚS
San Juan presentó a Jesús como el Verbo Encarnado: "El Verbo, todas las cosas
fueron hechas por El y sin El no se hizo nada". (Juan 1,3). "En El estaba la vida"...
Imaginemos a Jesús. "el hombre-Dios, que vino a vivir en medio de los seres que
había creado, paseándose en sus dominios, en su obra maestra, mirando el mar, el
sol, los animales, los seres vivientes. ¡las parábolas nos hablan de muchos de
ellos!
3. CON NUESTRO TIEMPO
Debemos descubrir constantemente la belleza, la fecundidad, el poder de la
creación: a fuerza de vivir entre estas maravillas, nos habituamos a los paisajes, a
los bosques, a las flores... No somos sensibles a su mensaje.
Bendice, alma mía, al
Señor:
¡Dios mío, qué
grande eres!
Te vistes de belleza
y majestad,
la luz te envuelve
como un manto.
Extiendes los cielos como una
tienda, construyes tu morada sobre
las aguas; las nubes te sirven de
carroza, avanzas en las olas del
viento; los vientos de sirven de
mensajeros; el fuego llameante, de
ministro.
Asentaste la tierra sobre sus
cimientos, y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del
océano, y las aguas se posaron
sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se
precipitaron, mientras subían los
montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste un frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los
montes; en ellos beben las fieras
de los campos, el asno salvaje
apaga su sed; junto a ellos
habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su
canto.
Desde tu morada riegas los
montes, y la tierra se sacia de tu
acción fecunda; haces brotar
hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al
hombre.
El saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del
Señor, los cedros del Líbano que El
plantó: allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol,
se retiran,
y se tumban en sus
guaridas;
el hombre sale a sus
faenas,
a su labranza hasta
el atardecer.
Cuántas son tus
obras, Señor,
y todas las hiciste
con sabiduría;
la tierra está llena
de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y
dilatado, en él bullen, sin
número, animales pequeños y
grandes; lo surcan las naves,
y el leviatán que modelaste
para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su
tiempo: se la echas, y la
atrapan; abres tu mano, y se
sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se
espantan; les retiras el
aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la
tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando El mira la tierra, ella
tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la
tierra, que los malvados no existan
más.
¡BENDICE, ALMA MÍA, AL SEÑOR!
ARMONIA EN LA CREACION
Me propongo descubrir la belleza de tu creación, Señor, pensando en la mano que la
hizo. Tú estás detrás de cada estrella y detrás de cada brizna de hierba, y la unidad de tu
poder da luz y vida a todo cuanto has creado.
Tu presencia es la que da solidez a las montañas y ligereza a los ríos; tú das al océano
su profundidad, y al cielo su color. Tú apacientas las nubes en los campos del cielo y las
haces fértiles con el don de la lluvia sobre la tierra. Tú guías a los pájaros en su vuelo y
ayudas a la cigüeña a hacerse el nido. Tú le das al buey su fuerza, y a la gacela su
elegancia. Tú dejas jugar a los grandes cetáceos en el océano mientras peces sin número
surcan sus abismos.
De todos te preocupas, a todos proteges; diriges sus caminos y les das alimento para
regenerar sus fuerzas y su alegría.
Y en medio de todo eso, el hombre. El hombre existe para contemplar tu obra, recibir tus
bendiciones y darte gracias por ello. ¡Cuánto más te cuidarás de él, heredero de tu tierra
y rey de tu creación! Lo alimentas con los frutos de la tierra para formar su cuerpo y
liberar su mente. Tú mismo le ayudas a que saque esos frutos y elabore ese pan.
Todo está en orden, todo está en armonía. Sólo hay una nota discordante en el concierto
de la creación. El pecado está presente como un borrón en el paisaje, como una
hendidura en la tierra, como un rayo en el firmamento. Destruye el equilibrio en el mundo
del hombre, ennegrece su historia y pone en peligro su futuro.
Oh Dios, Señor de la creación, tu amor se ha derramado en
el universo, llenándolo de belleza, y, nosotros hemos creado el
pecado: libra nuestra alma de toda maldad y que la creación
sea el espejo donde contemplemos tu rostro.
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SALMO 103 - Ciudad Redonda