Píramo y Tisbe
POR : ESTEFANIA LEÓN DE LA TORRE
(Alumna de Cultura Clásica II)
(IES “Fuente de la Peña” –Jaén-)
Píramo
El más bello joven , el cuál se
enamora locamente de Tisbe.
Tisbe
La más bella muchacha de
oriente, enamorada de Píramo.
Vivían en casas contiguas, donde Semíramis, se cuenta,
había rodeado de murallas su alta ciudad. La vecindad
les hizo conocerse; con el tiempo creció el amor, y se
habrían unido en legítimo matrimonio, pero se opusieron
sus padres; no obstante, y a eso no se pudieron oponer,
los dos ardían por igual en sus corazones cautivos.
Una pared medianera de ambas
casas tenía una pequeña grieta
que se había producido hacía
tiempo cuando se construía.
abriendo un camino para la voz
y por allí solían atravesar
seguros en leve murmullo sus
requiebros. Con frecuencia,
cuando Tisbe estaba a un lado y
Píramo al otro y habían notado
mutuamente la respiración de
sus bocas, decían:
« ¿Por qué te interpones entre dos enamorados, pared envidiosa? ¿Qué te
costaba permitirnos unir por entero nuestros cuerpos o, si eso es
demasiado, abrirte por lo menos para besarnos? Pero no somos
desagradecidos, reconocemos que te debemos que nuestras palabras
hayan llegado a oídos amigos.»
Deciden engañar en el
silencio de la noche a
sus
guardianes
e
intentar salir por la
puerta y reunirse junto a
un árbol cuajado de
níveos frutos, un alto
moral, que lindaba con
una gélida fuente. Con
la cara cubierta llega a
la tumba y se sienta
bajo el árbol acordado.
He aquí que llega una leona
con el hocico espumeante y
manchado de la matanza
reciente de unos bueyes, para
aliviar su sed en el agua de la
vecina fuente. La babilonia
Tisbe la vio de lejos bajo los
rayos de la luna y huyó con
pasos asustados a una
oscura cueva, y en su huida
dejó un velo caído a su
espalda.
Cuando la cruel leona aplacó
su sed, de regreso al bosque
se topó casualmente con el
tenue velo de Tisbe y lo
despedazó con su boca
ensangrentada.
Más tarde salió Píramo, vio en el espeso polvo las
huellas seguras de una fiera y se puso pálido en todo
su rostro; pero cuando encontró también la prenda
teñida de sangre dijo:”…”
Y la espada que llevaba en la cintura
la clavó en sus ijares y sin tardanza
se la arrancó, moribundo, de la
caliente herida, y púrpura quedó
tendido boca arriba en el suelo, como
defraudar a su amor.
«Una sola noche perderá a dos enamorados; de los dos, ella merecía una vida más
larga; mi alma es culpable. Yo a ti, desgraciada, te he perdido, yo que te invité a
venir de noche a lugares llenos de miedo y no llegué antes aquí. Despedazad mi
cuerpo y devorad mis vísceras criminales con fieros mordiscos, leones, quienquiera
que seáis los que habitáis bajo esta roca. Pero es un cobarde quien desea la
muerte.» … «Recibe ahora también la bebida de mi sangre.»
Cuando Tisbe vuelve, busca al joven con los ojos y
el corazón, deseando contarle el peligro tan grande
que ha evitado; pero, aunque reconoce el lugar y la
forma del árbol que ha visto, el color del fruto la hace
dudar: no sabe si es este.
Mientras duda, ve
temblorosa
unos
miembros palpitar en
el suelo, un cuerpo
ensangrentado.
Retrocedió y con la
cara más pálida que la
flor del Boj quedó
horrorizada como la
llanura del mar que
tiembla.
Pero después que reconoció a su amor,
abrazó el cuerpo amado, llenó de lagrimas
sus heridas, mezcló el llanto con su sangre
y clavando sus besos en el rostro helado
gritó: «Píramo, ¿qué desgracia te ha
arrebatado de mí? ¡Píramo, responde!».
Píramo levantó los ojos ya pesados por la
muerte, la miró y los volvió a cerrar.
Cuando Tisbe reconoció su prenda y vio la
vaina de marfil sin la espada, exclamó: «Tu
propia mano y el amor te han perdido,
desgraciado. Te seguiré muerto y se dirá que
soy causa y compañera de tu muerte. Y tú,
árbol que con tus ramas cubres ahora el
cuerpo desgraciado de uno solo y pronto
cubrirás el de dos, conserva las señales de la
muerte y ten siempre frutos negros y
apropiados para el luto en memoria de
nuestra doble sangre.»
Dijo, y con la punta de la espada debajo de
su pecho, cayó sobre el hierro todavía
tibio por la muerte anterior.
Y las súplicas llegaron a los dioses
y llegaron a los padres:
pues el color del fruto, cuando está,
es negro
y lo que queda de sus piras
descansa en una sola urna.
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