Mädchen in Uniform (Muchachas de uniforme), de Leontine Sagan (1931).
Leontine Sagan, nacida Leontine Schlesinger, directora teatral, realizadora y actriz de origen
austriaco (Viena, febrero 1889 – Pretoria, mayo 1974).
Basada en la obra Gestern und Heute, de Christa Winsloe.
Guión: Christa Winsloe y Friedrich Dammann.
Productor: Carl Froelich.
Cámara: Reimar Kuntze y Franz Weihmayr.
Decorados: Fritz Maurischat y Frederick Winckler-Tannenberg.
Reparto:
*Emilia Unda: directora del colegio.
*Dorothea Wieck: Elisabeth von Bernburg.
*Hedwig Schlichter: Señorita von Kesten.
*Hertha Thiele: Manuela von Meinhardis (se le asigna el nº 124 en el colegio).
*Gertrud de Lalsky: Exzellenz von Ehrenhardt (tía materna de Manuela).
*Ellen Schwanneke: Ilse von Westhagen.
*Ilse Winter: Marga von Raso (es la alumna encargada de tutorizar a Manuela).
*Ethel Reschke: Oda von Oldersleben.
*Ilse Vigdor: Barbara von Beckendorf.
*Charlotte Witthauer: Ilse von Treischke.
*Annemarie von Rochhausen: Eldegard.
*Doris Thalmer: Mariechen von Ecke.
Leontine Sagan fotografiada por Franz
Löwy en 1918. Debajo, a la dcha, otra
imagen de la autora.
Fräulein von Kesten (Hedwig Schlichter) procede a presentarle a la directora (Emilia Unda) del colegiointernado de hijas de oficiales, situado en la ciudad de Potsdam, el libro con los gastos económicos. Es la
primera escena en que aparece la directora, en palabras de Siegfried Kracauer, «encarnación del “espíritu de
Potsdam”. Y como otro Federico el Grande femenino, anda siempre con un bastón y dicta órdenes del día que
recuerdan las gloriosas jornadas de la Guerra de los Siete Años». Es en esta misma escena, al revisar los
libros de cuentas y transmitirle la servil Srta. von Kesten que las niñas se quejan de la escasez de la comida,
cuando la directora responde que la base del método educativo es “disciplina y hambre; hambre y
disciplina”, que es lo único que puede de nuevo devolver la grandeza a Prusia.
La autoritaria directora del internado (Emilia Unda) pasando revista a las alumnas.
Plano de la secuencia en que las alumnas, durante su aseo personal, tienen un momento de
esparcimiento y de diversión.
La profesora Elisabeth von Bernburg (Dorothea Wieck) con Manuela von Meinhardis (Hertha Thiele), inmediatamente después que Eldegard, que se encontraba a solas con su
compañera en el dormitorio, informase a la profesora que Manuela es huérfana de madre. Por vez primera, la profesora hace que la muchacha sienta como si la tuviese.
La célebre escena en la que la profesora Elisabeth von Bernburg (Dorothea Wieck) le da las buenas noches con un beso a Manuela von Meinhardis (Hertha Thiele).
La célebre escena en la que la profesora Elisabeth von Bernburg (Dorothea Wieck) le da las buenas noches con un beso a Manuela von Meinhardis (Hertha Thiele). A
todas las alumnas, en el dormitorio colectivo, se lo da en la frente, pero a la recién llegada se lo da, con exquisita delicadeza, en la boca.
La célebre escena en la que la profesora
Elisabeth von Bernburg (Dorothea
Wieck) le da las buenas noches con un
beso a Manuela von Meinhardis (Hertha
Thiele). A todas las alumnas, en el
dormitorio colectivo, les da el beso en la
frente, pero a la recién llegada se lo da,
con exquisita delicadeza, en la boca. Ni
Siegfried Kracauer ni Lotte Henriette
Eisner, en sus famosos estudios sobre el
cine alemán, hacen especial hincapié en
las ambiguas evocaciones lésbicas de este
beso verdaderamente único en la historia
del cine. Es cierto que Kracauer dice:
“Manuela siente el afecto de Fräulein von
Bernburg y le profesa y corresponde con
una pasión que encierra su reprimido
deseo de amor”. No olvidemos que es
huérfana de madre, que su padre es un
oficial y su protectora, su tía materna, una
mujer áspera y muy poco amable.
La alumna recién llegada al internado,
Manuela von Meinhardis (Hertha Thiele),
en un maravilloso primer plano. Desde el
principio, desde su primer encuentro,
Fräulein von Bernburg percibe la
fragilidad, sensibilidad y excepcionales
cualidades de la adolescente (tiene
catorce años y medio), cuya tristeza se
debe a la ausencia de cariño durante su
vida. Pero Manuela se integrará muy bien
en la convivencia diaria con sus
compañeras, aunque será la profesora
Elisabeth von Bernburg la que cambie su
manera de percibir la realidad y las
relaciones humanas.
Kracauer define a Manuela como “un
compendio único de dulce inocencia,
temores ilusorios y emociones confusas”.
Pondera la extraordinaria interpretación
de ambas actrices en esta película
inigualable.
Escena en la que se pone de relieve el inmenso cariño, el amor incluso, que siente Manuela von Meinhardis (Hertha Thiele)
por la profesora Elisabeth von Bernburg (Dorothea Wieck). Ésta acaba de regalarle un camisón nuevo. La satisfacción de
Manuela es inefable. Las alumnas heredan el uniforme de otras anteriores, y en muchos de ellos suele encontrarse, como en
el que le proporcionaron a Manuela, un corazón con las iniciales «E. v. B.», alusivas a la profesora preferida de todas ellas.
Manuela von Meinhardis (Hertha Thiele) abrazándose con la que quizá sea su más querida compañera, Ilse von Westhagen (Ellen Schwannecke).
Es después de la función de teatro, en la que Manuela ha interpretado a Don Carlos, en el drama homónimo de Schiller.
Después de haber bebido un poco más de la cuenta, Manuela tiene que ingresar en la enfermería, donde la
directora le regaña humillándola en exceso, prohibiéndole que hable con el resto de compañeras.
Otra escena fundamental de la especial relación entre Manuela y la profesora Elisabeth von Bernburg.
Kracauer la analiza superficialmente, indicando que termina primando en la profesora el sentido de la
autoridad, esto es, que la realizadora no se ha atrevido a romper con el orden establecido. La escena
transcurre después de que la directora haya castigado a Manuela, con lo que tanto una como otra desobedecen
abiertamente la autoridad constituida. La profesora le indica que tiene que madurar, que debe superar la
atracción y el amor que tiene hacia ella, es decir, hacia la profesora, quien no puede hacer excepciones.
Imagen que corresponde a la misma escena de la diapositiva anterior. La sutileza de la relación entre ambas mujeres es
difícilmente superable, sobre todo la actitud de la profesora, mezcla de ternura, comprensión, admiración y respeto.
Imagen que corresponde a la misma escena de la diapositiva anterior. Manuela mira embelesada al objeto de sus deseos y de
sus sueños. Los ojos llorosos, la sensualidad de los labios, las bellas facciones, se complementan admirablemente con la
suavidad e inteligencia de su profesora. La relación entre ambas sólo puede ocurrir entre mujeres; es tanta la delicadeza, que
estamos ante un territorio vedado a los hombres. Si hay amor lésbico, que sería muy difícil confirmarlo, desde luego está
exento de cualquier sexualidad prosaica y vulgar. Es un sentimiento muy profundo el que existe entre ambas. Pero Manuela
termina creyendo que su adorada profesora la ha abandonado, o, al menos, mantiene una fría distancia que su sensibilidad no
podrá soportar.
La directora recrimina a Elisabeth que haya hablado con Manuela, habiéndoselo prohibido. Elisabeth le responde con firmeza, desaprobando sus
autoritarios métodos de educación. “No puedo soportar la forma, le dice, en que usted transforma a las niñas en aterrorizadas criaturas”.
La profesora Elisabeth von Bernburg (Dorothea Wieck) es sin duda el personaje más fascinante, enigmático y perturbador de esta obra
maestra del cine. Comenta Kracauer que mientras Manuela “encarna la adolescencia con su manifiesta vulnerabilidad”, Dorothea
Wieck “brilla aún con una juventud que se desvanece irreparablemente. Cada gesto suyo dice de batallas perdidas, esperanzas
enterradas y deseos sublimados”. De hecho, concilia magistralmente la autoridad, el respeto, la humanidad en el trato, la vocación y la
tolerancia, convirtiéndose en un ser misterioso, cercano y distante a la vez, indescifrable, como una estrella lejana que fuera
apagándose casi imperceptiblemente en el firmamento. Este plano corresponde a un fundido de un segundo en el que la profesora, que
está teniendo una discusión con la directora, piensa intuitivamente que Manuela puede cometer una locura, superponiéndose ambos
rostros, el de la muchacha primero y el de Elisabeth después.
Creyendo que su profesora la ha abandonado, Manuela, angustiada y desesperada, intenta suicidarse. Desde el principio,
comenta Kracauer, la realizadora va familiarizando progresivamente al espectador con la escalera, que poco a poco se irá
haciendo amenazante, hasta convertirse en un abismo sin fondo. Sus compañeras llegan a tiempo y la salvan.
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